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Soliloquios tras la huelga

Fernando Gil


Aunque el Gobierno no se haya querido enterar -no te quieres enterar, P. P.- ha habido una huelga general en España. Un día en el que millones de personas -¿el 80%, el 70% el 60% de los currantes? ¡Muchísimos en todo caso!- han ejercido su derecho a dejar de trabajar, con el coste de dejar de percibir el salario de una jornada y algunas con un coste más alto, pero el Gobierno, su partido, la patronal y neoliberales como Carlos Rodríguez Braun (¡Santo Dios, qué tonto es!) se han negado a admitir la evidencia.

Primero han tratado de impedirla deslegitimando la convocatoria y acusando a CC.OO. y UGT de dar una respuesta desorbitada a una negociación fracasada con el Gobierno en un tema que, según él, no es para tanto. Después, señalando que no había motivos para hacer una huelga general -¡si España va bien!- y atribuyéndola a una maniobra del PSOE -¡la huelga la convoca Zapatero!-, luego, según se avecinaba lo irremediable, acusando a los sindicatos de convocar una huelga contra España. Absurdo. Si algo es un país, lo son sus moradores, y el elevadísimo porcentaje que paró ese día no creyó que se estaba perjudicando a sí mismo. España, ese día más que nunca, eran ellos -éramos todos los que paramos-, porque ese día los que dejaron de trabajar fueron los verdaderos protagonistas del país, por cantidad y por cualidad: ese día el país fue lo que los huelguistas quisieron que fuese. Lo que pasa es que, por un lado, eso le quitó protagonismo a Aznar, que estos seis últimos meses ha ido dándose pisto internacional, pero ha quedado como un gilí importante ante sus homólogos europeos, que han visto que el día 20 de junio, en su propio país, pintó menos que la Tomasa en los títeres.Y por otro, Aznar piensa que España es él; claro que eso también lo pensaba Franco, y en menor medida -los territorios son más pequeños-, Ibarretxe se cree que el País Vasco es él, y Pujol, que Cataluña es él. En fin, trucos, que a pocos engañan, de gobernantes tramposos y soberbios, pero volvamos a la huelga.

Cuando la huelga era ya imparable, el discurso oficial y paraoficial cambió de tercio: la consigna fue hablar del derecho a trabajar el día 20; no otro día sino el derecho a trabajar el día 20, pero siempre ocurre igual.

En España, cada día, 1,5 millones de personas censadas quieren trabajar y no pueden ( es como si un sector productivo hiciera huelga general cada día), otra buena proporción de trabajadores es despedida de sus puestos de trabajo y otra buena proporción los ocupa con un contrato precario (el 40% de los contratos es inferior a una semana), cuando lo hay (“ojalá me hagan un contrato-basura, porque es un contrato” me decía una víctima del extendido despotismo patronal), porque entre los corsarios que ejercen de empresarios ha corrido como la pólvora la práctica del trabajo negro, de obligar a trabajar sin contrato, sin límites, sin más acuerdo del: esto es lo que hay. Según la Inspección de Trabajo el 48% de los contratos son fraudulentos. Y según datos oficiales, sólo el 57% de los parados cobra un subsidio a pesar de que existe un superavit de 3.600 millones de euros (¿destinados a las eléctricas, a las Koplowitz, a Villalonga o a conseguir el déficit cero (patatero)? Así que lo que el Gobierno, sus amigos, sus socios y sus adheridos, lo que han defendido en los días previos a la huelga general es el derecho a la explotación humana más vil. El día 20 de junio ha sido, para el Gobierno y la patronal, el del derecho al trabajo en condiciones leoninas. ¡Y todavía dicen que no hay motivos para hacer huelga un día!

El día 20 de junio fue, para una amplísima masa asalariada, un día sin explotación, un día donde el capital tuvo, obligado, que dejar de ganar dinero, y sobre todo, un día en el que en muchísimas empresas e instituciones, públicas y privadas, mandamases y empresarios no pudieron ejercer su enorme y cotidiano poder sobre los trabajadores. No pudieron parar la huelga; sino que se les impuso en un acto de fuerza; algo que no están acostumbrados a ver y mucho menos a soportar. El día 20 fue como volver a la adolescencia y desobedecer, como hacer pellas o novillos (pagando, claro).

Hay otras otros motivos que explican el enfado de Aznar, porque se le afea la despedida europea. Se ralentiza la economía y sube el paro, salen a la luz nuevos escándalos políticos y financieros -Gescartera, BBVA, alcalde de Ponferrada, ¡vaya tío, el Ismael!- que se unen a los antiguos -stock options, Zamora (¡archivado!), Funeraria de Madrid, IMEFE, construcción de Burgos, lino-, cae la bolsa impulsada hacia abajo por las empresas de la nueva economía (vaya ganancia la de su amigo Juan Villalonga), se le enfrentan los sindicatos, sus socios catalanes de CiU se hacen los remolones con la ley de partidos y hasta los obispos, tan amigos ellos, se le cabrean...y en vísperas de despedirse de la presidencia europea, una huelga general.

No es de extrañar que ante tal colección de reveses se enfade una persona tan pagada de sí misma que atribuía a sus personales méritos la pasada bonanza económica. ¡El milagro soy yo!, decía, jantancioso, para indicar que el desastre era González (que también tenía lo suyo). Pero la suerte se le ha terminado y ahora le toca pedalear cuesta arriba; por eso se enfada.

Uno de los argumentos de Aznar contra la huelga ha sido oponer la movilización propuesta por los sindicatos a los votos que han llevado al PP al Gobierno, con lo cual refleja la idea que tiene de la democracia: que el ciudadano una vez que ha votado tiene que aguantarse con lo que haga el Gobierno hasta las próximas elecciones. Precisamente, una de los cosas que ha revelado el éxito de la huelga -haya parado el 60% o el 80%, da lo mismo- es la falta de mecanismos colectivos para criticar la labor del Gobierno sin tener que esperar a unas nuevas elecciones, dado que los mecanismos institucionales, las sesiones parlamentarias de control al Gobierno, sirven de poco por sus vicios de origen. En este sentido, la huelga general ha sido como una consulta popular, como un referéndum con una pregunta sencilla: el que esté contra la política del Gobierno, que pare el día 20. Por eso, el personalista Aznar ha tomado la huelga general como un plebiscito en su contra.

Habría que recordarle ahora su satisfacción en diciembre de 1988, porque la huelga general del 14 de aquel mes se hacía contra el Gobierno del PSOE. Entonces muchos patronos cerraron las empresas, otros animaron a los trabajadores a ir a la huelga y en otros lugares (entre ellos parece que estaban las instituciones del Gobierno autonómico de Castilla-León, que presidía Aznar) a los trabajadores no les descontaron del salario la jornada de paro. Y por si quedaba alguna duda de lo que se ventilaba en la calle, el remate a una jornada poco normal fueron las masivas manifestaciones en las grandes ciudades.

La información oficial posterior ha sido de antología, pues se ha visto una vez el gran divorcio existente entre la España real y la España oficial. Especialmente tendenciosa ha sido la información en los telediarios de TVE1, que más que televisión española parecía televisión popular, y además de lo dicho por unos y otros portavoces oficiales resultó una visión contradictoria de la jornada.

Siguiendo el refrán de a quien madruga Dios le ayuda, a las 8 de la mañana el Gobierno ya había dictaminado que no había huelga. A lo largo del día fueron sucediéndose las declaraciones de unos y otros sobre la “normalidad de la jornada”, pero luego llega Rajoy y empieza a hablar de las acciones de los piquetes, de las carreteras cortadas, de los cristales rotos, de la intervención policial, de los accidentes... o sea que algo había habido, pero lo más gordo del asunto es que esas cifras de cristales rotos de ese día no se compararon con los cristales rotos otros días, porque en un país de 40 millones de habitantes moviéndose debe de haber cristales rotos todos los días. Curiosamente, cuando la policía intervenía, a veces de manera muy brusca, es cuando se producían los incidentes. Otro dato para hacer menor el impacto de la huelga fue comparar las cifras en el descenso del consumo de luz (declaradas materia secreta por las compañías) con el descenso de consumo el 14 de diciembre de 1988, que, claro, se notó más, porque además de la que incidencia de la huelga fue distinta, los días de diciembre son de los más cortos del año y en esas fechas se dispara el consumo de luz, mientras que los días finales de junio son los que tienen más horas de luz. Pero bueno, todas las trampas valen para justificar lo injustificable. Daba risa ver por la tele a Pío Cabanillas dirigirse a una rueda de prensa llevando bajo el brazo sus fuentes de (des)información: el ABC, La razón y El mundo, cuyos directores debieron pasar el día de la huelga en Disneylandia, porque no se enteraron de lo que pasaba. Más espacio y mejor información daba la prensa extranjera. Tampoco el alcalde de Madrid se enteró de lo que pasaba en la ciudad y mira que lo tenía fácil...

En materia de información, hay un detalle singular que coloca al gobierno europeísta de Aznar a la altura de un gobierno de caciques de república bananera: los ejemplares del periódico de su amigo Pedro J. fueron repartidos en furgones de la policía...según denunciaba un sindicato de la propia policía. ¿Es que en un régimen democrático pueden destinarse efectivos de la policía a repartir ejemplares de un periódico privado? ¿Qué dirán de eso los neoliberales y los partidarios del Estado mínimo? Mínimo pero a mí que no me falte...

Hay que señalar una nota discordante y muy preocupante. En el País Vasco, los sindicatos nacionalistas -¿puede haber sindicatos nacionalistas?¿sindicatos de raza? ¿sindicatos étnicos?- declararon la jornada de huelga general un día antes. En un alarde de oportunismo, sectarismo y estupidez no quisieron coincidir con el resto de los trabajadores.


Junio 2002


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