Reseña publicada en Iniciativa Socialista nº
75, primavera 2005
La primera novela de Beatriz Gimeno es, en cierta medida, una bella sorpresa,
al menos si nos habíamos dejado llevar previamente por ese extendido
prejuicio que con frecuencia hace que ante la aparición de una obra
literaria relacionada con un tema o problemática social en la
que autora o autor son, en cierta formas, “especialistas” o "activistas",
esperamos encontrarnos con una especie de ensayo novelado, correctamente
escrito y muy bien documentado. Pues bien, “Su cuerpo era su gozo” es una
excelente novela, muy buena literatura y escrita con un acento propio, singular,
no reducible a “esquema”. Quiero decir que al leerla tienes la sensación,
no demasiado frecuente, de que estás ante algo “distinto”, “otra cosa”
de lo que has conocido hasta el momento. De que, en definitiva, sólo
una persona podría haber escrito eso.
La opción era arriesgada, especialmente para una primera novela. Párrafos
muy largos, ausencia de “diálogo”, ruptura de la linealidad temporal.
Y densidad. Imposible una “lectura en diágonal” que te permita saber
al menos de qué va. Pues, de hecho, saber de qué va tampoco
serviría para nada. Así que, al menos en mi caso, al comienzo
lees con prudencia, mirando a izquierda y derecha, como si hubieses entrado
en un barrio desconocido del que te han dicho -o sospechas- que hay cosas
muy interesantes pero también zonas peligrosas, pero pronto terminas
desechando precauciones porque la vida del barrio te atrapa y deseas patear
hasta sus últimos rincones. Por cierto, en la novela de Beatriz Gimeno
también hay “zonas peligrosas”, de las que más de uno se escandalizará,
pero no es posible vivir sin riesgos salvo que decidamos hacerlo a costa
de ser víctimas del mayor de los peligros: perder la libertad.
La novela pone al descubierto la feroz represión de la homosexualidad
en el periodo franquista, pero de una forma que también ilumina la
discriminación posterior o incluso otras formas de segregación
y marginación de quienes son diferentes y se niegan a pedir perdón
y compasión por serlo. De una forma extraordinariamente sutil, muestra
la singularidad de la opresión sufrida por las lesbianas, diferente
a la sufrida por gays y en apariencia más light que esta última,
pero de hecho aún más ignominiosa: una lesbiana es, “pese a
todo”, una mujer, y el Estado franquista se habría sentido “avergonzado”
de tener que aplastar su homosexualidad con los mismos medios utilizados
contra “maricas” y “maricones”, hombres al fin al cabo, aunque “traidores”.
Contra ellas, en vez del escándalo y el castigo público, se
lanza la ignorancia y todo el peso de las instituciones disciplinarias pretendidamente
“no políticas”: la familia, cierta psiquiatría, la Iglesia,
los vecinos, “los demás”, etc... Y, omnipresente en la “educación”
de varias generaciones, pero aún con más virulencia en el caso
de las mujeres, el monstruo de la culpa, verdadera ideología totalitaria,
en cuyo manejo la Iglesia Católica y el estalinismo han llegado al
máximo de “refinamiento” cruel.
En muy pocas obras, ya sean literarias o de ensayo, he sentido con tanta
claridad y precisión esa confrontación antagónica, irreconciliable,
entre culpa y responsabilidad. El sentido de “culpa” es reaccionario, enemigo
de la vida, pues significa miedo, terror incluso, por haberse desviado de
normas externas, de un “debes hacer” que llega desde fuera. La responsabilidad,
por el contrario, es libertad y se basa en la ineludible autonomía
personal a la hora de decidir qué hacer y qué pensar, con plena
conciencia de que debemos asumir las consecuencias de lo que hacemos. Las
Iglesias se reservan el derecho a “absolver” las culpas, los Estados el de
“indultar”, pues tratan con “pecados” o delitos. Pero nadie podrá
nunca borrar nuestra responsabilidad en lo que hemos hecho, hacemos y haremos,
pues eso es vida no reducible a normas.
Todo esto podría “decirse” a modo de ensayo, informe o documento,
es cierto. Pero esa no es la función de una obra artística.
De hecho, esta novela “no dice” eso, sino que mi lectura me ha hecho pensar
en esas cosas. La obra de arte no pretende “informarnos” o “hacernos saber”,
sino hacernos sentir y, en cierta medida, “hacernos vivir”. Claro está
que de lo que sentimos y vivimos extraemos también “saberes”, quizá
los más arraigados y más certeros. En esa medida, una novela,
una película, una canción o un cuadro pueden también
aumentar “la información” que poseemos. Pero si sólo nos dan
información de forma directa, sin pasar por el “hacernos vivir”,
sin revolver nuestros sentimientos, serán un fracaso, una obra prescindible,
muerta.
No es el caso de “Su cuerpo era su gozo”, que es una obra viva. Muy viva.
Y para mí no se trata de ninguna manera de un “libro triste”. Mejor
dicho: en ningún momento me ha provocado sensaciones de tristeza,
pues la riqueza de una obra de arte reside en su capacidad de crear sentimientos
muy diferentes en cada persona. En esta novela he encontrado lo terrible,
el dolor, el sufrimiento, pero no la tristeza. Y también he encontrado
la luminosidad de la alegría de vivir, tanto más brillante
cuanto más conciencia se tiene de la fugacidad de la vida. Quizá
por pensar de esa forma, cuando reflexiono sobre las vidas de Luz y Ali,
tan próximas, siempre me vienen a la cabeza los párrafos finales
de la página 42, en los que se habla de una “iluminación” reveladora
que, desde mi punto de vista, hace comprensible que ambas vidas fuesen también
tan diferentes y lejanas.
En aquellos años oscuros, Luz llegó a pensar en la posiblidad
de estar poseída por el diablo, cuya presencia era también
palpable entonces, pero que ha sufrido aún más que Dios y finalmente
desaparecido completamente de nuestras vidas. Luego, de repente, igual que
vino se fue y Luz supo, sin lugar a dudas, que ella no era parecida siquiera
a los demás. Ocurrió que una mañana se levantó
y se encontró con que sabía que Dios no existe y que estaba
sola, para siempre, hasta el día de su muerte y que ese día
se encontraría más sola que nunca, pero que ante eso no había
remedio. Dios, fuera lo que fuera, se había marchado de ella y no
volvería jamás, y ese mismo día, como una revelación,
al sentir el vacío, sintió también el vértigo
de la existencia y tuvo un miedo terrible porque supo también que
algo terminaría quemándola, pero que no era el diablo, sino
su propio cuerpo.