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Colosos y mujeres en Afganistán

 Isabel Gutiérrez Arija

 
Durante los últimos días, gobiernos de diferentes países se movilizaron para que los Colosos de Bamiyán no desaparecieran. El presidente egipcio, Hosni Mubarak, actuó de intermediario ante los talibán a petición del director general de la UNESCO; el enviado especial de esta organización, Pierre Lafrance, quiso volver a Kabul para seguir las negociaciones con el embajador de los talibán en Islamabad (Pakistán); el presidente ruso, Vladimir Putin, pidió que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas frenara este vandalismo; Ahmed Rashid, especialista en los talibán y en el radicalismo islámico en Asia Central, llamó la atención de los países aliados de Afganistán, para que intervinieran y poder así evitar la destrucción de una fascinante historia de 1.500 años. La condena internacional contra este atentado a la cultura ha crecido día a día y, a juzgar por las últimas imágenes que nos ha ofrecido la CNN, no ha conseguido que los Budas permanezcan como patrimonio de la humanidad.
Hasta aquí todo perfecto si no fuera porque, cada vez que leo una de estas noticias, no puedo por menos que comparar la trágica situación que sufren las mujeres en Afganistán con la que padecen los colosos y, naturalmente, la preocupación por estos últimos pasa a ocupar un lugar menos importante.
La situación de los Derechos Humanos en Afganistán es especialmente preocupante en lo que respecta a la situación de las mujeres: han sido expulsadas de sus trabajos, no tienen derecho a la educación ni a la sanidad. Los hogares donde hay una mujer presente deben tener sus ventanas pintadas de tal manera que no pueda ser vista, deben usar zapatos silenciosos para no ser oídas, viven en riesgo permanente de perder la vida por el fallo más insignificante. Al no poder trabajar, las que no cuentan con parientes hombres o maridos, se mueren de hambre o acaban como mendigas, aun contando con doctorados. Los maridos tienen poder de decisión sobre la vida o muerte de las mujeres de su familia, especialmente sus esposas, pero una multitud rabiosa tiene igual derecho a golpear o apedrear a una mujer, incluso hasta causarle la muerte por la cuestión más baladí. Mujeres que tuvieron una relativa libertad para trabajar, vestir más o menos a su gusto, aparecer solas en público o simplemente acostumbradas a libertades humanas elementales, hoy son tratadas como seres inferiores en nombre del fundamentalismo islámico que pretende aterrorizar a las mujeres, convirtiéndolas en obedientes esclavas domésticas, mediante la imposición de castigos como las palizas o la amputación de pies y manos. Muchas de ellas se dejan morir o se suicidan ante la imposibilidad de vivir como seres humanos. Situación agravada ante el abandono forzoso de la zona por las Organizaciones No Gubernamentales.
La Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán (RAWA), única organización feminista afgana, está sumergida en una lucha contra el régimen fundamentalista más horrible del mundo y, sin embargo, no recibe apoyo de ningún gobierno u organizaciones internacionales.
¿Por qué no existe una movilización internacional y, en concreto, de los gobiernos de Occidente contra esta tortura permanente que sufren las mujeres afganas, infinitamente más cruel que la de los colosos? ¿Por qué los gobiernos que ahora se escandalizan con la desaparición de los Budas de Bamiyán no lo han hecho de la misma manera con la destrucción de la vida de estas mujeres? La vida de los seres humanos es mucho más fascinante que la de los colosos de piedra, aunque tengan 1.500 años, pero es doloroso comprobar cómo aún, en muchos lugares del mundo, la vida de las mujeres tiene menos valor que una obra de arte.
 
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