Durante los últimos días, gobiernos de diferentes países
se movilizaron para que los Colosos de Bamiyán no desaparecieran.
El presidente egipcio, Hosni Mubarak, actuó de intermediario ante
los talibán a petición del director general de la UNESCO;
el enviado especial de esta organización, Pierre Lafrance, quiso
volver a Kabul para seguir las negociaciones con el embajador de los talibán
en Islamabad (Pakistán); el presidente ruso, Vladimir Putin, pidió
que el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas frenara este vandalismo;
Ahmed Rashid, especialista en los talibán y en el radicalismo islámico
en Asia Central, llamó la atención de los países aliados
de Afganistán, para que intervinieran y poder así evitar
la destrucción de una fascinante historia de 1.500 años.
La condena internacional contra este atentado a la cultura ha crecido día
a día y, a juzgar por las últimas imágenes que nos
ha ofrecido la CNN, no ha conseguido que los Budas permanezcan como patrimonio
de la humanidad.
Hasta aquí todo perfecto si no fuera porque, cada vez que leo
una de estas noticias, no puedo por menos que comparar la trágica
situación que sufren las mujeres en Afganistán con la que
padecen los colosos y, naturalmente, la preocupación por estos últimos
pasa a ocupar un lugar menos importante.
La situación de los Derechos Humanos en Afganistán es
especialmente preocupante en lo que respecta a la situación de las
mujeres: han sido expulsadas de sus trabajos, no tienen derecho a la educación
ni a la sanidad. Los hogares donde hay una mujer presente deben tener sus
ventanas pintadas de tal manera que no pueda ser vista, deben usar zapatos
silenciosos para no ser oídas, viven en riesgo permanente de perder
la vida por el fallo más insignificante. Al no poder trabajar, las
que no cuentan con parientes hombres o maridos, se mueren de hambre o acaban
como mendigas, aun contando con doctorados. Los maridos tienen poder de
decisión sobre la vida o muerte de las mujeres de su familia, especialmente
sus esposas, pero una multitud rabiosa tiene igual derecho a golpear o
apedrear a una mujer, incluso hasta causarle la muerte por la cuestión
más baladí. Mujeres que tuvieron una relativa libertad para
trabajar, vestir más o menos a su gusto, aparecer solas en público
o simplemente acostumbradas a libertades humanas elementales, hoy son tratadas
como seres inferiores en nombre del fundamentalismo islámico que
pretende aterrorizar a las mujeres, convirtiéndolas en obedientes
esclavas domésticas, mediante la imposición de castigos como
las palizas o la amputación de pies y manos. Muchas de ellas se
dejan morir o se suicidan ante la imposibilidad de vivir como seres humanos.
Situación agravada ante el abandono forzoso de la zona por las Organizaciones
No Gubernamentales.
La Asociación Revolucionaria de las Mujeres de Afganistán
(RAWA), única organización feminista afgana, está
sumergida en una lucha contra el régimen fundamentalista más
horrible del mundo y, sin embargo, no recibe apoyo de ningún gobierno
u organizaciones internacionales.
¿Por qué no existe una movilización internacional
y, en concreto, de los gobiernos de Occidente contra esta tortura permanente
que sufren las mujeres afganas, infinitamente más cruel que la de
los colosos? ¿Por qué los gobiernos que ahora se escandalizan
con la desaparición de los Budas de Bamiyán no lo han hecho
de la misma manera con la destrucción de la vida de estas mujeres?
La vida de los seres humanos es mucho más fascinante que la de los
colosos de piedra, aunque tengan 1.500 años, pero es doloroso comprobar
cómo aún, en muchos lugares del mundo, la vida de las mujeres
tiene menos valor que una obra de arte.