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Publicado en el número
55 de Iniciativa Socialista, Invierno 1999-2000. José Francisco
Mendi es miembro de la Presidencia Federal de Izquierda Unida y destacado
representante de la corriente conocida como "Tercera Vía"
Los resultados obtenidos por IU en las últimas elecciones europeas, autonómicas y municipales del pasado 13 de junio han significado la derrota electoral más importante del proyecto político que surgió tras el Referéndum de la OTAN de 1986. Después de la colaboración previa en la campaña anti-OTAN se unificó en una misma organización la propuesta ilusionante que compartían partidos, colectivos y personas de la izquierda transformadora en torno a las siglas de IU. La reivindicación de una política de progreso, ante la decepción del rumbo neoliberal asumido por el entonces gobernante PSOE, aglutinaba una amplia voluntad de transformación que encontraba una adecuada respuesta en las señas novedosas de pluralidad que aportaba de forma generosa el PCE a través de IU.
Desde entonces hasta hoy mucho camino se ha recorrido y nuestro proyecto se encuentra en una encrucijada en la nos jugamos el futuro, nuestra propia existencia como una fuerza determinante y útil para el avance de las políticas de izquierda en el conjunto del Estado. Las causas de esa situación son varias y muy diferentes tanto en el ámbito externo (bipartidismo, medios de comunicación...) como en el interno (crisis, errores estratégicos...). Pero si ninguna de las causas externas son novedosas o mucho más influyentes hoy que hace diez años, debemos buscar en los propios errores las principales razones de las últimas derrotas electorales.
Cuando IU comienza su despegue como fuerza necesaria y útil para la izquierda, se enfrenta a una crisis de crecimiento que le lleva a elaborar la famosa "teoría de las dos orillas" como estrategia y su correspondiente táctica conocida como el "sorpasso" que, tras superar social y electoralmente a un PSOE fracasado y corrupto como referente de la izquierda, haría de IU la principal y casi única representante de los sectores sociales de la mayoría de la izquierda. Este diseño auspiciado desde una parte de la mayoría de IU y de un PCE, que quizás añoraba el control de una formación que cada vez volaba más libre y más alto, tuvo su primera inflexión en la sustitución de Gerardo Iglesias por una persona con el "carisma" de Julio Anguita. Años más tarde se concretó en la crisis permanente con Nueva Izquierda. Pero sin duda fueron los comportamientos políticos e institucionales de IU los principales desencadenantes de una situación que llega a nuestros días.
La disolución del Parlamento andaluz, provocada por IU-CA al negarse a apoyar los presupuestos, y la línea seguida por toda IU tras las elecciones de 1995 que evitó activa y pasivamente apoyar a los gobiernos del PSOE frente al PP fueron los desencadenantes de una situación que permitió el gobierno de la derecha en Asturias, Córdoba y Málaga y que, definitivamente, marcaron con rotundidad el distanciamiento entre una parte del electorado de IU y su política. Aunque no sería justo eludir la parte de responsabilidad que el PSOE tuvo en aquel momento, no cabe duda que IU podía haber votado, que no apoyado, a los candidatos de la izquierda aún a costa de no recibir nada a cambio. Quizás y "sólo eso" el premio de muchos hombres y mujeres de la izquierda en posteriores procesos electorales. Tras ello, la crisis y escisión del PDNI, el fracaso en las elecciones vascas, el varapalo del 13 de junio y la desaparición del proyecto iniciado en Cataluña (continuación de la evaporación política de Galicia, Canarias, Cantabria, Castilla-La Mancha y La Rioja) dibujan un panorama desolador que amenaza seriamente los resultados de las próximas elecciones generales del año 2000.
Sin duda el espacio social, político y electoral de Izquierda Unida no sólo existe sino que sigue siendo hoy absolutamente necesario desde una perspectiva transformadora de izquierdas que quiera y pueda confrontarse a la derecha que hoy gobierna la mayoría de las instituciones en todos sus niveles, pues el PSOE sigue atrapado en su pasado que en el mejor de los casos le permite lanzar un mensaje de izquierdas como oposición y ejercer una política neoliberal como Gobierno.
A estos errores se ha sumado una estrategia de confrontación de IU con los sindicatos que ha marcado también un camino de difícil retroceso para recomponer unas relaciones básicas que permitan el apoyo de una base natural de las y los trabajadores para nuestro proyecto.
Todas estas cuestiones deberían haber sido solventadas tras el fracaso del 13 de junio con la convocatoria de un Congreso extraordinario y la recuperación del proyecto original de IU a través de una recomposición de su línea política, organizativa y de liderazgo con la correspondiente sustitución de Julio Anguita. Nada o casi nada de esto se acepto. Parece que el ciclo completo debe culminarse tras las elecciones generales en las que, si no se remedia, el resultado previsto deberá llevar al adelanto de la Asamblea y a la búsqueda de candidatas o candidatos que ya se empiezan a postular en los medios de comunicación. Pero el problema de IU no es sólo interno, que lo es, sino que implica una situación problemática desde el punto de vista social y electoral ante una cita que va marcar el inicio del siglo XXI desde la derecha o desde la izquierda.
Las elecciones generales que tendrán lugar en el año 2000 deberían poner fin a la hegemonía del Partido Popular y de su discurso político que lleva a cabo de la mano de los nacionalismos conservadores y que ha resultado perjudicial para los intereses de la mayoría de la sociedad. La connivencia del Partido Popular con los poderes económicos y financieros, que ha tenido en la política fiscal su mejor demostración, y la creación de una amplia red mediática estrechamente vinculada al Gobierno (valiéndose incluso de comportamientos delictivos como los protagonizados por el ex-juez Liaño) define un escenario político y social al que la izquierda tendrá que hacer frente con todos los recursos que tenga a su alcance si no quiere fracasar en el intento.
En este sentido la diversidad y pluralidad de una izquierda de la que formamos parte junto a otras organizaciones de ámbito estatal y nacionalista debería permitir, desde el mutuo respeto y reconocimiento, la adopción de algún tipo de acuerdo en el horizonte de las próximas elecciones generales. En consecuencia debemos propiciar, en el seno de la izquierda, la formulación de una declaración común de principios que visualice la voluntad programática y política de encuentro hacia esa mayoría social de progreso que en buena medida permanece en la abstención fruto de la desilusión de los gobiernos anteriores del PSOE y de la marginalidad hacia la que se ha escorado IU. Por eso resulta movilizador para y desde la izquierda la elaboración de propuestas que permitan incentivar la participación y mejorar la expectativa de triunfo frente al PP. ¿Cómo concretar esto en el terreno electoral? Parece lógico que en aquellos foros donde la aritmética y la política permiten conjugar en primera instancia intereses comunes.
El proceso electoral al Senado donde cada elector vota a tres candidat@s, resultando elegidos los cuatro más votados por circunscripción, ha convertido en la práctica la elección al Senado en un proceso de carácter totalmente mayoritario en donde la formación política más votada obtiene tres Senadores, quedando el cuarto puesto para la formación política que ocupa el segundo lugar. Los resultados de todas las elecciones al Senado realizadas desde la transición así lo demuestran con muy escasas excepciones. Conscientes de esta realidad, las fuerzas de izquierda y progresistas (PCE, PSUC, PSOE, PSP, etc.) presentaron en las primeras elecciones generales candidaturas unitarias al Senado (Cataluña, Aragón, Asturias, Alicante, etc.) obteniendo excelentes resultados a pesar del triunfo de UCD en aquellos comicios. Desgraciadamente el PSOE abortó la continuación de estas experiencias unitarias al Senado en posteriores elecciones generales. Una Cámara que debe permitir aglutinar y desarrollar una política encaminada a construir un Estado Federal de carácter plurinacional y solidario. Por esto, y como consecuencia del procedimiento electoral mayoritario que tiene el Senado, merece la pena trabajar por la consecución de acuerdos que permitan ganar para la izquierda una cámara con abrumadora presencia de la derecha. Izquierda Unida en coherencia con la afirmación anterior debería animar a sus Federaciones a iniciar los contactos con las fuerzas de izquierda que operen en su territorio y a buscar la complicidad, desde el respeto a su autonomía, del tejido social y cultural progresista con el objetivo de alcanzar un Acuerdo Programático Básico para el Senado. La existencia de realidades distintas en cada Comunidad Autónoma aconsejaría delegar en las Federaciones de las respectivas fuerzas en cada ámbito la capacidad de negociar y concretar los posibles acuerdos que permitan confeccionar candidaturas unitarias o apoyos mutuos al Senado a través de la fórmula que se considere más conveniente.
Este puede ser un primer pero necesario paso para aunar esfuerzos en el seno de una izquierda que afortunadamente es y debe seguir siendo plural. Y esto no debería ser un obstáculo insalvable para el entendimiento. Debe ser desde ese respeto mutuo donde la izquierda con sus coincidencias y diferencias haga un esfuerzo que permita frenar a la derecha y proponer un giro en la política hacia la izquierda. Ni el adversario de IU es el PSOE ni éste debe mirar a las conservadores nacionalistas como únicos y posibles socios de futuros gobiernos. El horizonte de transformación quizá permita, como en Francia, ver a ministros y ministras de IU en un gobierno de progreso que sea útil para la mayoría social de la ciudadanía.
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