Juan Manuel Vera
Referéndum, participación y ciudadanía
Publicado en Iniciativa
Socialista, número 75, primavera 2005
El pasado 20 de febrero se celebró el referéndum consultivo
sobre el tratado constitucional europeo. La participación fue del
42,32%, lo que supone que votaron aproximadamente 14 millones de inscritos
frente a un censo potencial de 34,5 millones. El 76,73% de los votantes lo
hizo afirmativamente. La participación fue la más baja que
ha tenido lugar en España en las 22 consultas electorales desde el
final de la dictadura (cabe recordar que la participación en los dos
anteriores referéndum celebrados en España había sido
del 67,11%, en 1978, en la consulta sobre la Constitución española
y el 59,43% en el referéndum de 1986 sobre la permanencia de España
en la OTAN). Según los datos del Eurobarómetro (Europa Press,
18/3/2005) la abstención llegó al 73% entre los jóvenes
entre 18 y 24 años.
La baja participación plantea cuestiones importantes. Se ha dicho
que resulta una señal preocupante que refleja un escaso interés
ciudadano para opinar sobre una cuestión trascendente, o más
en general, que demuestra un generalizado desinterés en participar
en decisiones colectivas. En los días siguientes al referendo, en
los medios de comunicación aparecieron algunas voces aparentemente
impactadas por lo que consideraban una señal de alarma. Pero en nuestra
sociedad acelerada, una aparente preocupación de esa naturaleza no
llega a durar más de una semana, el tiempo suficiente para que un
tema nuevo sustituya al precedente. En este ambiente cabe poco la reflexión.
Resulta ciertamente difícil ante la presión de la actualidad
permanente. Las noticias se consumen en un tiempo cada vez más breve,
y la presión de lo emergente sustituye inmediatamente a lo que ayer
era novedad. De hecho, puede parecer extravagante dedicar ahora unas líneas
a un referéndum que tuvo lugar en febrero. ¿Alguien se acuerda
todavía de él?
Una impresión personal
En televisión, durante la campaña, en varias de las entrevistas
efectuadas por el reportero televisivo de turno a ciudadanos que circulaban
por la calle, surgía una escena que se repetía. Al preguntarles
por la Constitución europea, o incluso por Europa, el circunstancial
protagonista respondía con una amplia sonrisa de autosatisfacción:
“No sé nada. Es que no estamos informados. Es que no nos han informado”.
Era muy significativa la sonrisa que acompañaba a la negativa. Porque
las susodichas entrevistas no dejaban ninguna duda de que los interrogados
no estaban dispuestos a hacer ningún esfuerzo por informarse. En una
sociedad dominada por los instrumentos publicitarios, el ciudadano no denuncia
la ausencia de información, parece que se queja sonrientemente de
que aún no ha recibido información por inoculación inconsciente
e indolora, parece que se queja de no haber recibido pasivamente suficientes
mensajes suministrados del mismo modo en que ha asimilado los últimos
modelos de automóviles o la más reciente oferta de telefonía
móvil. Tras la anécdota se divisa, o a mí me lo parece
al menos, algo que la sobrepasa, una actitud diríamos antropológica
de muchos ciudadanos contemporáneos poco dispuestos a asumir el esfuerzo
(porque implica un esfuerzo) de informarse, de crearse su propia opinión,
de tener su propio punto de vista.
Adoptemos como hipótesis que una de las causas de que muchos ciudadanos
(y entre ellos, lo que es más preocupante, muchísimos jóvenes)
no votaran fuera su falta de información. De acuerdo. La pregunta
pertinente me parece que es la siguiente, ¿por qué no se informaron?
¿por qué no consideraron importante esforzarse en formar una
opinión propia? ¿Tiene algo que ver esa actitud con la metafísica
del especialista, del representante que decide por nosotros, con la educación
ciudadana de que otros deben pensar por nosotros? Y más allá
de todo ello, ¿es peligrosa esa desciudanización del ciudadano?
Algún lector, a estas alturas, ya habrá pensado si toda esta
argumentación no es una exageración. No lo creo, porque si
el ciudadano es el protagonista de la democracia no podemos menospreciar
los efectos de su atonía. Otro lector, o el mismo, puede pensar si
acaso no hay otras explicaciones y que el referéndum consultivo, excepcional
de nuestro régimen político, no es un óptimo instrumento
de participación. Estaría dispuesto a admitirlo, pero creo
que, aún así, no podemos eludir la valoración de los
instrumentos existentes, por insuficientes que parezcan. Finalmente, un último
lector reticente podría pensar que estoy cargando las tintas en el
ciudadano, cuando existe una responsabilidad de quienes organizan el debate
público que en esta, como en otras ocasiones, no ha sido precisamente
ejemplar. Ciertamente, la parcialidad institucional no favorece un debate
serio. Una controversia democrática exige un respeto escrupuloso al
derecho de defender las posiciones alternativas que no encaja demasiado con
la mera proyección de las representaciones parlamentarias. Ese mal
se manifiesta de forma permanente en nuestra sociedad, donde en tantas ocasiones
se confunde el derecho de opinión con el peso electoral de los partidos.
¿Cuál es el secreto de la baja participación? No lo
sé. En todo caso, me interesa más la pregunta que la respuesta,
especialmente si pensamos en la paradoja que supone que cuando hay que tomar
postura ante una cuestión de debate público se produce menor
participación que cuando se trata de una contienda política
entre partidos, más deportiva, donde se elige a unos, para que nos
representen, frente a otros aspirantes a representarnos.
¿Hay que tener en cuenta los efectos de nuestros actos políticos?
Planteemos otro asunto. Para que no haya equívocos, afirmaré
desde este momento mi postura favorable a la participación y al voto
afirmativo en la consulta. Sin profundizar en ello, diré que me pareció
esencial que la construcción europea siguiera adelante y que percibo
que la única opción que lo permite es dicho proyecto, a pesar
de sus deficiencias. Desde luego, los opositores no me convencieron en absoluto
de que un triunfo del voto negativo nos situara en mejor posición
para el desarrollo de Europa. Como tampoco me convencieron ninguno de los
argumentos de que el mencionado proyecto supusiera un retroceso respecto
a la situación actual. Evidentemente, no hay que dar ninguna importancia
a las burdas falsedades utilizadas en la campaña. Se llegó
a decir que el texto propiciaría la pena de muerte, supondría
un paso insalvable hacia el ultraliberalismo o que la reforma de la Constitución
sería imposible en 50 años. Ninguna de esas críticas
atendía a los defectos, y los tiene importantes, del proyecto que,
en mi opinión, tienen mucho más que ver con la imparable tendencia
a la oligarquización del modelo político occidental.
Una cuestión que llama mi atención es la ligereza con que se
defienden determinadas posturas políticas, por ejemplo la actitud
de la izquierda española del no, aunque en Francia se manifiesta de
forma similar, o la falsa coherencia de ciertos abstencionistas por principios.
Empecemos por el no. Es llamativa la irresponsable alegría con la
que se eluden los problemas prácticos y las consecuencias de posibles
mayorías negativas. En España, el voto negativo tenía
tres componentes: el voto de extrema derecha y de los sectores más
exaltados del PP, el voto nacionalista y el voto de una gran parte de la
izquierda de origen comunista o radical. Evidentemente, en Cataluña
y en Euskadi prevaleció en los votos negativos la influencia nacionalista,
mientras en el resto del Estado se mezclaron con desigual proporción
los votos de la derecha extrema y los de la izquierda más euroescéptica
(según datos del Eurobarómetro cabe resaltar que el 19% de
los votantes del Partido Popular votó no y un 8% en blanco, frente
al 4% de voto negativo y 3% de voto en blanco de los electores del PSOE).
Está claro que en España el voto negativo se repartió
entre posiciones que expresan actitudes radicalmente distintas sobre el proyecto
europeo. En Francia, donde el frente trasversal de rechazo es bastante amplio,
la mezcla también es llamativa, pues al voto lepenista y de sectores
de la derecha parece ser que se unirá un voto muy significativo de
simpatizantes de partidos de izquierda y extrema izquierda.
Un principio de responsabilidad parece que exige analizar, explicar y prever
las consecuencias de nuestros actos o de las situaciones que contribuimos
a crear. Y como ocurrió en España parece que en Francia se
repite la historia. A mí me parece irresponsable llamar a votar no
a un proyecto y abstenerse de señalar con seriedad las consecuencias
del triunfo del voto propiciado. ¿Un no se gestionaría desde
la izquierda o desde los euroescépticos de derechas? ¿Cual
es la base social de reformulación del proyecto europeo si triunfa
el no? ¿Es cómodo formar un frente de facto con el antieuropeísmo
estatalista? Y más allá de todo ello, ¿el voto de protesta
no genera una responsabilidad en quienes lo promueven sin preocuparse de
sus consecuencias? ¿O eso es parte de la infantilización publicitaria
en que parece desenvolverse la opinión pública contemporánea,
encerrada en una perpetua adolescencia en la cual la culpa siempre es de
los otros?
Pongamos otro ejemplo de ausencia de sentido de la responsabilidad, aunque
sea marginal, consistente en querer mantenerse en una pureza virginal digna
de una preadolescencia poco precoz. Es la posición fundamentalista
de algunos sectores libertarios que argumentando la deficiencia y restricciones
a la participación colectiva optan por defender la abstención
general, fomentando, me parece, de esa manera, la apatía y el desvinculamiento.
Un ejemplo, una declaración de CNT-AIT, de Madrid, que llamaba a no
votar, razonaba de la siguiente manera: ”nos parece una burla que después
de 19 años de pertenencia a la CEE, y tras suscribir todos los tratados
que han ido conformando la UE, sin que se haya producido ninguna consulta
sobre ninguno de ellos, y sin importar las consecuencias que haya producido
en la vida de los ciudadanos; después de 19 años robándonos
el derecho a decidir sobre tratados y leyes que han tenido influencia directa
sobre nuestras vidas, se nos pida ahora que ratifiquemos la constitución
europea. Nos parece una burda maniobra de imagen que se nos pida nuestra
opinión sobre una ley que se va a aplicar sobre una realidad que se
ha construido y va a seguir construyéndose a nuestras espaldas y sobre
nuestras espaldas”. Es decir, puede interpretarse, que como rechazamos
que no se nos haya consultado en el pasado, ahora que existe una consulta
rechazamos la participación para poder seguir quejándonos de
que se construye “a nuestras espaldas”. Por supuesto, nadie tiene muchas
dudas de que en caso de que hubieran efectuado en el pasado otras consultas,
la CNT-AIT hubiera mantenido el llamamiento a la abstención. El mantenerse
al margen legitima el derecho a seguir diciendo siempre lo mismo, independientemente
de la realidad. El corolario de la declaración que estamos comentando
es un genuino pase para la galería de fotos. “Por todo esto, y
porque en CNT creemos en la capacidad de las personas para crear ámbitos
de construcción social donde se pueda participar en la toma de decisiones
desde su origen y porque estamos convencidos de que esto es posible no sólo
para pequeñas comunidades, sino también para organizar grandes
sociedades, nos negamos a participar en un referéndum que sólo
podemos ver como una farsa”. ¿Resulta claro el planteamiento?
Mientras no llegue una arcadia participativa perfecta, es una ofensa participar.
Al fin y al cabo, parecen querer decir, nosotros no somos responsables de
nada de lo que pasa o pueda pasar. Somos irresponsables por definición.
¿Es esa la actitud adecuada para construir espacios de autonomía,
desaprovechando los instrumentos que existen, o se trata de un mero planteamiento
ilusorio e inconcreto en el que no parecen creer ni sus propios patrocinadores,
que no se sienten ni siquiera obligados a revelar cual es el mecanismo de
decisión colectiva que defienden?
¿Democracia representativa frente a democracia directa?
Entre los comentarios ocasionados por la baja participación en el
referéndum no ha faltado alguna andanada en contra de la llamada democracia
participativa, aprovechando para extender desconfianza respecto a todo lo
que suene a democracia directa, incluso bajo una fórmula tan imperfecta
y limitada como el referéndum previsto en nuestro ordenamiento constitucional.
El profesor Francesc de Carreras, en el artículo “Democracia y referendos”
(La Vanguardia, 24 de febrero de 2005) cuestiona la calidad democrática
del referéndum como forma de participación ciudadana tras preguntarse
si los referendos son instrumentos idóneos para que los ciudadanos
tomen decisiones políticas, partiendo de la base de que las cuestiones
complicadas no deben someterse directamente a la gente. Así introduce,
una vez más, al debate tradicional de la teoría política
entre el papel de la democracia directa y el de la democracia representativa.
Lo hace de una forma algo extraña pues los partidarios de la democracia
directa o de algún régimen mixto no consideraríamos
este tipo de referendo como la formulación óptima. Lo importante
es que Carreras no oculta su preferencia porque sean los representantes quienes
decidan respecto a las decisiones importantes y complejas. A lo mejor,
en su opinión, sobre lo que deben opinar los ciudadanos es sobre cuestiones
simples, irrelevantes y descafeinadas, o limitarse a elegir representantes.
Curioso amor por los representantes. Al teorizar se olvida siempre que el
representante lo es de alguien y frente a alguien. La elección de
delegados o magistrados posiblemente es necesaria e inevitable, pero no necesariamente
y en todo lugar y momento deban decidir y hablar en nombre de otros. Efectivamente,
siempre se olvida que los representantes surgieron como delegados del pueblo
frente al poder establecido, la monarquía, y que era ese factor el
que les daba carta de naturaleza como representantes. Si la soberanía
reside en el pueblo, ¿frente a quienes representan los representantes?
¿frente al propio pueblo?
La justificación clásica de la representación, que cita
Carreras, es la de Constant, que sostiene que debe haber representantes
porque los ciudadanos no quieren o no pueden ocuparse de los asuntos públicos
o bien no tienen tiempo o posibilidad de hacerlo. La defensa de la democracia
representativa frente a cualquier régimen mixto (combinación
de instituciones formadas por delegados o magistrados electos -”representantes”
en el sentido habitual- y de instituciones que permiten la participación
directa de los ciudadanos en la toma de decisiones mediante distintos mecanismos
de consulta) se asienta en una certeza: la mayoría de los ciudadanos
no están interesados en participar en el gobierno de los asuntos comunes.
¿Estamos ante un criterio positivo o ante un enfoque normativo? Es
posible compartir que, hoy por hoy, la mayoría de los ciudadanos creen
que deben dedicarse exclusivamente a sus asuntos privados, porque han sido
educados como ciudadanos de esa manera. Incluso es perfectamente asumible
reconocer que a muchos les faltan capacidad o conocimientos para decidir
sobre los asuntos comunes (aunque tampoco afirmaría que nuestros diputados
y senadores siempre tengan esa capacidad y conocimientos).
Pero, ¿es bueno que eso sea así? Esa es la verdadera pregunta.
Los defensores de la exclusividad de la democracia representativa representan
frecuentemente una corriente elitista dentro del liberalismo político
y consideran que así son y así deben ser las cosas y, por tanto,
su concepción de la educación ciudadana se orienta a que las
cosas sigan así. Quienes no participamos de la concepción elitista
y pensamos que la democracia representativa, abandonada a sus tendencias
naturales, tiende a convertirse en un régimen oligárquico,
difícilmente podemos compartir ese criterio.
Los especialistas son necesarios. Los delegados son necesarios. Lo que no
significa que necesariamente deban actuar en nuestro nombre. Deberían
hacerlo en el suyo, como electos para el desempeño de determinadas
tareas y funciones. Y podemos aceptar, por supuesto, que no todas las decisiones
de la agenda política deben ser sometidos a consulta. Pero, ¿no
deberían serlo todas las decisiones de especial importancia? Posiblemente
sean los ámbitos locales donde la democracia participativa pueda y
deba a afectar a más cuestiones, pero los que simpatizamos con la
idea de una democracia libertaria pensamos que debería extenderse
a todas las decisiones de especial importancia, con algunas excepciones respecto
a los derechos individuales que se puede aceptar que deban estar excepcionalmente
protegidos y, en cierto sentido, limitado su sometimiento al debate público
mediante disposiciones constitucionales. En todo caso, para que una democracia
más participativa sea posible hay que reformar la forma y contenido
de los debates públicos y también la formulación de
las consultas ciudadanas para que resulten claras y reflejen de la mejor
forma posible las alternativas existentes. La democracia exige transparencia
en las decisiones, consultas a los ciudadanos mediante múltiples mecanismos,
calidad de los debates públicos y un notable ejercicio de responsabilidad
de todos quienes participan. Tan cierto como que no hay ciudadanía
sin foro es que no puede haberla sin autocontención.
En todo caso, resulta paradójica la preocupación del profesor
Carreras por un mecanismo tan limitado como el del referéndum. La
realidad es que los problemas del funcionamiento político de las democracias
occidentales tienen que ver con la democracia representativa y no con los
mecanismos de democracia directa, relegados generalmente a procedimientos
excepcionales y residuales. Pero la explicación de la creciente preocupación
de los partidarios de la democracia elitista es bastante transparente. El
fenómeno de la democracia digital puede socavar todas las restricciones
de tamaño y coste de la consultas populares que se han alegado tradicionalmente
contra cualquier mecanismo de democracia directa.
El referéndum puede parecer una caricatura de democracia colectiva
pero no deberíamos rechazar ninguno de esos residuales y limitados
instrumentos de los que disponemos para la participación ciudadana.
Otra cosa es que resulten incómodos porque acaben retratando un estado
de la ciudadanía bastante triste. La individualización, la
falta de desarrollo de una ciudadanía crítica y participativa,
la mala calidad de la democracia, ya estaban aquí. El pasado 20 de
febrero, simplemente, tuvimos un espejo donde ver esa realidad.