Juan Manuel Vera
Sobre Cuba, por su libertad
Las noticias sobre Cuba pasan como una suave ráfaga de viento, sin
dejar huellas, en algunos ambientes de la izquierda española, alejados
de un mínimo compromiso democrático con el pueblo cubano.
Algunas noticias de mayo
El 1 de mayo tuvieron lugar en Cuba concentraciones masivas de apoyo al régimen,
entre ellas el desfile tradicional en la Plaza de la Revolución de
La Habana. Ese mismo día, ningún sindicato independiente ni
ninguna agrupación libre de trabajadores pudo manifestarse en la isla
ni tan siquiera declarar públicamente su opinión sobre la situación
de los derechos laborales.
El 17 de mayo el régimen cubano convocó una manifestación
de masas en apoyo de la detención de Luis Posada, un presunto terrorista
refugiado en Estados Unidos. Aprovechando la justa demanda respecto a Posada,
el Gobierno y el partido único pusieron en marcha, una vez más,
unas movilizaciones orquestadas desde el aparato estatal para acusar de todos
los males cubanos al “bloqueo” (en realidad, embargo) estadounidense, pretendiendo
esconder tras esa cortina de humo lo esencial, la naturaleza antidemocrática
del sistema.
El 20 de mayo se celebró un encuentro tolerado en La Habana de algunos
representantes de la oposición al régimen. Es una buena noticia
que una pequeña rendija de derechos civiles haya sido tolerada. Poco
importa si esa reunión era de opositores de derecha o de izquierda,
lo importante es que haya podido celebrarse. Sería deseable, aunque
es dudoso, que sea un auténtico signo de la apertura de una liberalización
política. Hay razones para desconfiar, pues en ese mismo fin de semana
varios parlamentarios y periodistas europeos, entre ellos dos ex senadoras
del PP, fueron expulsados arbitrariamente de la isla.
El mito de Cuba
Todas esas noticias no pueden ser analizadas sin tener presente la realidad
de Cuba. Y las reacciones a las mismas tampoco se entenderían sin
recordar que la idealización del régimen cubano es uno de los
mitos más extraños de una parte de la izquierda internacional.
Basta recorrer algunas páginas electrónicas españolas
y latinoamericanas, supuestamente alternativas y progresistas, plagadas de
textos que defienden incondicionalmente al castrismo y aceptan acríticamente
la información oficial. O examinar la página web de Granma
donde se suelen recoger los testimonios de vallasaje de diversos amigos izquierdistas
de Cuba. Lamentablemente, esa alarmante insensibilidad respecto a las libertades
de los cubanos no se circunscribe a los medios más procastristas,
sino que alcanza, en ocasiones, también a algunas personas vinculadas
a la izquierda democrática.
Lo importante no debe ser oscurecido por lo accidental. Las noticias ayudan
a resaltar el fondo del problema. Fidel Castro es un viejo dictador que utiliza,
desde hace décadas, un disfraz socialista y antiimperialista para
mantenerse indefinidamente en el poder. Su régimen constituye uno
de los últimos representantes del totalitarismo alumbrado al calor
de la extensión del estalinismo soviético y es, también,
un reducto final de las dictaduras latinoamericanas, que tanto dolor han
causado y tanto han retrasado el desarrollo social y político del
continente. Nadie puede ignorar que es una dictadura prolongada, cuyos mandatarios
consideran que tienen un derecho histórico a gobernar. También
sabe todo el mundo que en Cuba no hay libertad de prensa, ni libertad de
expresión, ni libertad sindical y que se puede encarcelar a quien
pretenda organizar una asociación política, crear un sindicato
o critique públicamente al régimen. Es decir, un sistema muy
parecido al régimen franquista.
El castrismo es una supervivencia de otros tiempos. Y todo en él,
menos algunas frases retóricas, es ajeno a las ideas y a las propuestas
prácticas de un socialismo democrático y libertario. Su verdadera
historia es la de un adversario contumaz del avance de la democracia y del
protagonismo social de la ciudadanía. Su influencia en Latinoamérica
ha sido muy negativa desde que se consolidó el poder omnímodo
del Partido Comunista. Siempre han difundido una izquierda estatalista y
un comunismo autoritario, frente a la posibilidad de un desarrollo de la
ciudadanía y la autoorganización social. En los años
sesenta y setenta, en particular, fomentaron la catastrófica orientación
guerrillerista de una parte de la izquierda latinoamericana, que a tantos
desastres contribuyó.
Márgenes y coartadas
El contexto en el cual la diplomacia de la Unión Europea, y muy concretamente
la española, debe actuar es el de conseguir un mayor respeto a los
derechos humanos y facilitar avances hacia la democracia en Cuba. No se trata
de aportar balones de oxígeno al régimen sino de conseguir
mejoras concretas. La liberación de Raúl Rivero y otros disidentes
hace unos meses nos alegró profundamente. Pero el objetivo de los
demócratas europeos no puede ser sólo que se libere a los presos
políticos, la verdadera meta es que nadie sea encarcelado en Cuba
por ejercer derechos de ciudadanía.
La necia política de los gobiernos estadounidenses respecto al caso
cubano se ha revelado completamente inútil para la democratización.
Pero por estúpida que sea la orientación de la Administración
de EEUU no puede aceptarse como un factor de legitimación del régimen
bajo la cobertura de un antiimperialismo de opereta. El embargo no puede
servir como coartada del encarcelamiento de opositores ni de la falta de
libertades ni del mantenimiento de un gobierno vitalicio.
Particularmente obsceno es el argumento de quienes justifican la dictadura
cubana en nombre de los logros, algunos reales, otros propagandísticos,
de la sanidad y la educación. Es una lógica absolutamente inaceptable
porque significa establecer una conexión entre una forma política
contingente y determinadas medidas sociales (los españoles conocemos
bien ese sofisma: es el mismo argumento legitimante del franquismo, que se
justificaba en nombre del establecimiento de la seguridad social y de ciertas
protecciones para los desfavorecidos). Quienes sostienen esa defensa del
castrismo deberían decirnos si esos supuestos logros no podrían
haberse conseguido (como en otros lugares) mediante medios civilizados. Sobre
todo, omiten el terrible coste de persecución, exilio y sufrimiento
humano que ocasiona una dictadura como la cubana.
Preguntas a los "amigos de Cuba"
Los que defienden en España al régimen castrista no sostienen
públicamente como programa político para nuestro país
la eliminación de las libertades civiles y la supresión de
las elecciones. Por lo tanto consideran que es un buen régimen...
para Cuba. De hecho, en España la mayoría son muy críticos,
legítimamente, respecto a cualquier actuación política
que entiendan como restrictiva de los derechos y libertades ciudadanas. ¿Cómo
se conjuga esa contradicción? ¿Por qué sería
bueno para Cuba lo que no aceptamos para nosotros? ¿Por qué
no se reconoce, desde una posición de supuesta izquierda, a los cubanos
el derecho a decidir libremente su gobierno? O, acaso, ¿siguen
considerando que existe una legitimidad primaria, fundacional, de ese régimen,
al margen de la opinión plural de sus habitantes?
Más preocupante es la hipótesis de que el imaginario político
de algunos amigos de Cuba (en realidad, amigos de Castro) fuera el establecimiento
de un régimen como aquel, si tuvieran ocasión para ello, por
considerar que el sentido de las libertades es ayudar a su supresión
para establecer un gobierno definitivo. En todo caso, es indudable que en
los defensores del castrismo está presente una nostalgia indisimulable
del estalinismo, de su mitología del Estado y de su forma de proceder
totalitaria.
Para mí, Cuba no representa ningún modelo. Si simboliza algo
es el carácter retardatario de la izquierda de origen estalinista,
incapacitada para la lucha por un mundo mejor en condiciones de libertad
e igualdad.
Los cubanos no necesitan más Castro sino poner fin a ese capítulo
de su historia. Latinoamérica no necesita más Castros sino
un resurgir de la ciudadanía.