Las lecciones del Prestige
José Santamarta
José Santamarta Flórez es director
de World Watch. worldwatch@nodo50.org,
http://www.nodo50.org/worldwatch
El Prestige, un viejo petrolero monocasco construido en 1976, iba cargado
con 76.973 toneladas de fuel oil del tipo M-100, procedente de Rusia y Letonia,
cuando el día 13 de noviembre comenzó a escorarse a 28 millas
de Finesterre. El Prestige, como tantos otros buques, llevaba bandera de conveniencia
(Bahamas) y una tripulación mal pagada y preparada, formada en su
mayoría por filipinos.
La catástrofe ecológica, social y económica provocada
por el barco Prestige recuerda a la del petrolero griego Aegean Sea (Mar Egeo)
el 3 de diciembre de 1992, pero esta es la más grave de todas, aún
mayor que la que siguió al naufragio del Urquiola en 1976.
La irresponsabilidad y la insensibilidad del PP ante la catástrofe
del Prestige se pone de manifiesto sólo con ver la actuación
de sus principales responsables en los momentos culminantes de la crisis,
que en vez de afrontar el problema, en el caso Manuel Fraga, presidente de
la Xunta, se fue tan tranquilo de cacería los días 16 y 17 de
noviembre, mientras que Jaume Matas, ministro de Medio Ambiente, descansaba
en Doñana y pasaba los días siguientes en plena campaña
electoral en Baleares, y Álvarez-Cascos, responsable del destino del
petrolero, también estaba de cacería en el Pirineo de Lleida.
Aznar ni siquiera se dignó aparecer por Galicia en las primeras semanas,
y Cañete, ministro de Agricultura y también de Pesca, minimizaba
la catástrofe. Para el gobierno no había marea negra. Semanas
después Álvarez-Cascos la comparaba con Chernóbil. Para
Mariano Rajoy, vicepresidente primero, el gobierno actuó de la mejor
de las maneras posibles, a pesar de las evidencias de total incompetencia,
falta de medios, descoordinación, confusión y tremendos errores,
que han terminado por ocasionar una de las mayores catástrofes que
ha sufrido nuestro país.
Si bien el Urquiola transportaba 100.000 toneladas y el Aegean Sea 80.000,
la dispersión del fuel-oil y la marea negra causada por el petrolero
griego Prestige ha causado más daños en todo el litoral gallego,
e incluso en Asturias, Cantabria y País Vasco, a causa del tipo de
combustible (fuel-oil pesado con un alto contenido de azufre) y la mayor dispersión.
El accidente del Prestige es una de las mayores catástrofes ecológicas
marinas, sino la mayor, de la historia de España.
La marea negra ha afectado a la pesca y al marisqueo, y a varios miles de
aves, como gaviotas, cormorán moñudo, pardelas, araos, limícolas
en general y ciertas anátidas. Entre los mamíferos marinos a
los que puede alcanzar el efecto del vertido están las marsopas y
cetáceos. Es poco probable que las aves embadurnadas de petróleo
sobrevivan, a pesar del esfuerzo de los voluntarios. Si la catástrofe
no ha sido mayor es por la ejemplar acción de los pescadores y mariscadores
gallegos, y los miles de voluntarios, que incluso con sus propias manos, han
frenado la marea negra en algunos de los puntos más críticos.
La capa de petróleo impide desde el principio la oxigenación
de las aguas e imposibilita la captación de la energía solar
por los organismos vegetales que realizan la fotosíntesis. El fitoplancton,
las algas y las praderas fanerógamas perecen por falta de luz o por
la toxicidad del crudo, afectando a toda la cadena trófica.
Una vez evaporadas las partes volátiles, el crudo se transforma en
una emulsión mezcla de petróleo y agua, el chapapote, con una
densidad parecida a la del agua. El petróleo intoxica, provoca alteraciones
genéticas e incluso mata a los peces, moluscos y crustáceos.
Sus efectos durarán varios años, causando una pérdida
irreversible de diversidad biológica. A corto y medio plazo la pesca
de bajura se verá seriamente afectada, al igual que el marisqueo y
la producción de mejillones.
Los daños económicos y los perjuicios causados a la pesca
y al turismo, unido a los costes de limpieza, no bajarán de 400 millones
de euros. A título de ejemplo conviene recordar que el coste de la
limpieza de la marea negra causada por el Exxon Valdez el 24 de marzo de 1989,
con una carga de 36.000 toneladas de crudo, la mitad que la del Prestige,
llegó a 2.000 millones de dólares.
El peor remedio para combatir la marea es emplear disolventes, como muestra
la experiencia del Urquiola, pues éstos sólo dispersan el petróleo
haciéndolo aún más tóxico, por lo que sus efectos
son peores y más prolongados. Tampoco es aconsejable el empleo de bacterias,
al introducir un nuevo elemento en el ecosistema costero. La única
manera eficaz de atacar una marea negra, sin causar males mayores, es la extracción
mecánica de la mayor cantidad y en el más breve plazo posible
del petróleo vertido, que es lo que han hecho miles de personas por
propia iniciativa y al margen del gobierno en una de las acciones más
meritorias y ejemplares de nuestra historia reciente.
Cuando en abril de 1991 el buque chipriota Haven se hundió con 100.000
toneladas de petróleo frente a la costa de Génova, las administraciones
de los países de la Unión Europea adoptaron algunas medidas,
pronto olvidadas, al igual que sucedió tras cada marea negra posterior.
Los gobiernos sólo se acuerdan de Santa Bárbara cuando truena.
El Aegean Sea, al igual que el Prestige, era un barco obsoleto construido
en Japón en 1973, con varios accidentes en su historia, que después
de estar esperando durante tres días en la ría de Ares, a las
2 de la madrugada del 3 de diciembre de 1992 se le ordena dirigirse al puerto
de A Coruña, sin que el práctico esté presente y en una
noche oscura de temporal. Una hora más tarde el petrolero encalla en
los bajos de la Torre de Hércules. Las responsabilidades no sólo
fueron del capitán Stavridis, ni de un práctico poco respetuoso
con un reglamento que raras veces se lleva a rajatabla, meras cabezas de turco
de una larga historia de desastres anunciados. Entonces, como ahora, la responsabilidad
última era y es de quienes podrían haber impedido esta catástrofe.
El gobierno de Aznar no ha hecho prácticamente nada para controlar
el tráfico marítimo de productos tóxicos y peligrosos
por nuestras aguas jurisdiccionales y, lejos de afrontar sus muchas responsabilidades,
sólo ha hecho el ridículo, minimizando la marea negra, negando
su propia existencia. Un total de 7.230 petroleros, con 350 millones de toneladas
de registro bruto, surcan los mares transportando todos los años más
de 1.200 millones de toneladas de crudo y productos refinados. Sólo
2.077 tienen doble casco, y los otros 5.243 son monocascos. Desde 1970 a 2002
más de mil quinientos petroleros sufrieron accidentes, habiendo derramado
cerca de cinco millones de toneladas.
La única forma de atacar el problema es impedir el uso de banderas
de conveniencia de Liberia, Panamá, Bahamas y otros países,
obligar a que todos los petroleros tengan doble casco y a que su seguro cubra
todos los daños posibles, como los causados por las mareas negras.
La contratación de tripulantes sin la formación adecuada,
la mayoría procedente del Tercer Mundo, y el empleo de buques obsoletos,
es uno de los medios empleados para reducir los costes y maximizar los beneficios.
No es de recibo que la mayoría de los marineros del Prestige fuesen
filipinos mal pagados.
La catástrofe del Prestige, con ser muy grave, supone sólo
una pequeña parte del petróleo vertido al mar todos los años,
unos tres millones de toneladas anuales, y pone de manifiesto la necesidad
de otro modelo energético, más austero, más eficiente,
menos intensivo en energía y con mayor peso de las fuentes renovables.
¡Nunca más! gritaban miles de manifestantes en Santiago y en
otras ciudades gallegas, tras el quinto gran accidente de un petrolero frente
a las costas gallegas. Pero para ello se requieren medidas, unas inmediatas
y otras de más largo alcance.
En cuanto a la seguridad marítima no cabe dudas: prohibir la navegación
de petroleros de un solo casco, y no sólo para fuel o alquitrán,
alejar el corredor marítimo de las costas gallegas y pólizas
de seguros que cubran todos los riesgos. Pero igualmente se debe acabar con
las banderas de conveniencia, y un sistema de fletes que, en aras de minimizar
los costes, promueve la inseguridad, con barcos obsoletos, mal mantenidos
y con tripulaciones mal formadas y peor pagadas.
En última instancia se trata de aplicar el principio de “el que contamina,
paga”, tan reiterado y nunca aplicado, con normas de seguridad marítima
que con toda seguridad van a encarecer el coste de los fletes, y los precios
de los derivados petrolíferos a todos los consumidores finales.
El principio de “el que contamina, paga” implica internalizar los costes
de las externalidades como las mareas negras, las lluvias ácidas, la
contaminación atmosférica local, el ozono troposférico,
el cambio climático y los impactos ambientales y sociales de las prospecciones
y la extracción de petróleo. Ello supone aumentar de forma drástica
la fiscalidad sobre la energía, tanto para internalizar los costes
como para reducir el consumo de productos petrolíferos (gasolinas,
gasóleos, queroseno, GLP, naftas o fueloil), pues a fin de cuentas
la actual marea negra es sólo una de las muchas consecuencias de un
modelo energético dependiente de los combustibles fósiles, que
se importan desde los países productores, un modelo de dependencia
del petróleo que ya ha ocasionado varias guerras y ha convertido a
Oriente Próximo y al Golfo Pérsico en una de las zonas más
inestables y conflictivas. La próxima guerra en Irak carecería
de sentido de no ser por el petróleo.
Si el petróleo, como el carbón y la energía nuclear,
tuviera que repercutir en los precios finales todas las externalidades, perdería
competitividad al encarecerse, aumentaría la eficiencia y el ahorro,
y se desarrollarían rápidamente las fuentes alternativas y renovables,
como la energía eólica, la solar y la biomasa.
¿Quieren ver lo que es un impacto ambiental? Ahí tienen la
marea negra. Y sin embargo todavía hay quien se opone al desarrollo
de la energía eólica por sus supuestos impactos ambientales,
ínfimos cuando se comparan con los que ocasionan el carbón,
el petróleo y la energía nuclear. ¿La energía
solar es cara? ¿Y cuánto costará esta marea negra? ¿Y
el cambio climático, los residuos radiactivos, la proliferación
nuclear o las guerras por el petróleo?
Necesitamos otro modelo energético, basado en la eficiencia y en
las energías renovables, y también una profunda reforma ecológica
de la fiscalidad. Lo barato es caro, como demuestra la marea negra, que a
fin de cuentas es sólo una metáfora del actual modelo energético,
tan obsoleto y contaminante como el Prestige.