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GEORGE ORWELL Y EL MINISTRO DEL INTERIOR JAIME MAYOR OREJA

Paul Laverty

Paul Laverty trabajó como abogado en Gran Bretaña. Más tarde dedicó tres años a trabajar como abogado de derechos humanos en Centroamérica. Actualmente trabaja como guionista profesional habiendo firmando entre otros los guiones de las tres últimas películas del cineasta británico Ken Loach

El ministro del Interior Mayor Oreja dijo en el Congreso (29.11.00) que la actuación de la policía contra los manifestantes que pedían la condonación de la deuda externa de los países del tercer mundo había sido "necesaria" aunque algunos agentes "se comportaron de forma improcedente".

Yo fui testigo de lo que ocurrió y esto fue lo que vi el domingo 26 de noviembre: Unas 250 personas, en un acto de desobediencia civil, se desmarcaron de la ruta establecida para la manifestación y corrieron hacia el edificio del Congreso de los Diputados. Los primeros que llegaron, algo menos de la mitad, se sentaron en la escalinata mientras que los que llegaron más tarde, lo hicieron en la calle. Mientras los manifestantes gritaban al unísono pidiendo la cancelación de la deuda, unos 20 policías se abrieron paso escaleras arriba hasta situarse a sus espaldas. Sin previo aviso, comenzaron a darles patadas. Pocos segundos después otros 5 policías empezaron a golpear con todas sus fuerzas con la porra a los manifestantes que seguían sentados. Nuevos agentes se iban incorporando mientras llovían los golpes sobre las cabezas, los hombros y la espalda de los chavales.

Para mi sorpresa, casi ninguno salía huyendo sino que se quedaban acurrucados en las escaleras tratando de cubrirse la cabeza. Los que quedaban fuera del alcance de la policía, tanto en las escaleras como en la calle, comenzaron a gritarles "¡sinvergüenzas, somos pacifistas, somos seres humanos!."

Entonces sucedió algo muy curioso. Poco a poco la policía fue perdiendo fuerza. Al mismo tiempo, entre los sollozos y quejas de los maltrechos manifestantes, se escucharon voces que pedían silencio. Uno de los organizadores, tras negociar con el agente que estaba al mando, anunció que tenían dos opciones. Podían leer su comunicado sobre las razones por las que se oponían a la deuda externa en el tercer mundo y reunirse después con el resto de la manifestación o bien quedarse sentados donde estaban, continuar con el acto de desobediencia civil y "atenerse a las consecuencias ". Es decir, recibir una nueva paliza, según lo entendió todo el mundo.

Lo que siguió fue casi surreal y observé que una cámara estaba grabando: El organizador propuso una votación a mano alzada. A estas alturas, todos los manifestantes estaban sentados en la calle con la policía, porra en mano, rodeándoles. Obviamente, el 95% optó por leer el manifiesto y reunirse con los demás para seguir la ruta establecida.

Así pues se leyó el manifiesto y todos se pusieron en pié para marchar. A pocos metros de donde yo me encontraba la policía detuvo, aparentemente al azar, a un hombre joven de unos treinta años. Lo agarraron por la garganta y lo arrastraron con una violencia claramente innecesaria. Entonces todo el mundo se sentó de nuevo y se negaron a marchar.

Dos policías se adelantaron entonces disparando bolas de goma contra la gente. Una de las pelotas le dio en la cabeza a una chica mientras los otros agentes cargaban de nuevo con las porras dispersando, esta vez sí, a los manifestantes.

En un sistema civilizado, "atenerse a las consecuencias" de un acto de desobediencia civil significa ser arrestado y llevado a juicio. En España parece significar que vas a ser golpeado repetidas veces por agentes de la policía entrenada y armada con porras. O como esa chica joven, que vas a ser golpeado en la cara con una pelota de goma.

La policía actuó como lo haría un grupo de matones armados. Si existe un sistema de justicia creíble en este país, los jueces deberían examinar el material grabado y condenar por asalto a los que atacaron a los pacifistas sentados ante el Congreso; Son ellos los que deberían "atenerse a las consecuencias" en un país que respeta la ley expulsándoles de la policía y no dejándoles que se acerquen a una porra o una pistola.

Pero sería un error si solo se averigua la identidad de aquellos que aparecen en las imágenes grabadas porque, ¿quién les ha dado la libertad política para actuar con esa impunidad delante de varias cámaras de televisión? La vieja táctica de usar de cabeza de turco al oficial al mando no demasiado brillante al que "se le fue un poco la mano" no es suficiente.

El ministro del Interior Mayor Oreja se ha unido a la larga lista de ministros del Interior que a lo largo y ancho del mundo predican por un lado tolerancia mientras por otro justifican el abuso violento. Me gustaría hacerle una pregunta al señor ministro. ¿Ha examinado las imágenes grabadas?. Si las ha visto y continúa justificándolas como "necesarias", espero que él también se "atenga a las consecuencias" de la opinión pública democrática y se vea forzado a dimitir. Según él, el acto de colgar una pancarta contra la deuda externa en la escalinata del Congreso, como pretendían los manifestantes, es "gratuito, absurdo y una ofensa intolerable contra la democracia". Quizá los cinco millones de niños que mueren cada año de enfermedades curables lo vean de otra manera. Eso sí, George Orwell se estará riendo en su tumba.

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