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El último mes ha estado marcado por un dramático cambio
en las actitudes de EE.UU. y Europa hacia la ocupación israelí.
Primero EE.UU. y después Europa, adoptaron el punto de vista israelí
según el cual el núcleo del problema es Yasir Arafat.
El bombardeo contra helicópteros pertenecientes a Arafat, su
confinación en la sitiada Ramalla y la reciente ocupación
de partes de la ciudad no guardan ninguna relación con la seguridad
israelí o con “la lucha contra el terror”.
El Gobierno israelí colocó en el centro de la diana a
Arafat y logró convencer de la legitimidad de esa política
a la opinión pública israelí y, después, a
la comunidad internacional.
La actual campaña israelí contra Arafat fue precedida
por la construcción de un discurso arrogante y paternalista sobre
el “carácter de Arafat”.
Nosotros, los israelíes, nos otorgamos la potestad de quitar
a un líder y sustituirle por otro. Esta arrogancia, en lo que a
Arafat se refiere, destaca la dimensión subyacente del fracasado
proceso de paz de Oslo y de la Cumbre de Camp David. Si el discurso que
califica a Arafat como la esencia del problema palestino se ha hecho predominante,
eso no se debe a la campaña llevada a cabo por los dirigentes de
los colonos instalados en los territorios ocupados y por la extrema derecha.
En realidad, se trata del discurso del anterior primer ministro, Ehud Barak,
y de su ministro de Asuntos Exteriores, Shlomo Ben Ami, desarrollado después
de la Cumbre de Camp David para ocultar su resonante fracaso. La ultrasimplista
reducción de todo el conflicto israelí-palestino al “carácter
de Arafat” y, como consecuencia de ello, la propuesta de “eliminar el obstáculo”
como mágica solución, fueron construcciones realizadas por
los dirigentes de la “izquierda” para poder explicar el fracaso de la parte
final de su mandato.
La arrogancia de este discurso queda perfectamente reflejada en las
presiones para encontrar un dirigente alternativo “más servicial”
que ocupe el puesto de Arafat y en el paternalista argumento según
el cual “nosotros sabemos qué es lo mejor para los palestinos”.
En efecto, cada sector del espectro político israelí
opta por un dirigente que sirva mejor a sus propios propósitos.
Así, los miembros “moderados” del Gobierno prefieren a un moderado,
vestido como un ejecutivo y que esté dispuesto a pactar según
una racional pauta occidental, mientras que los “extremistas” piensan en
alguien que siga el modelo Hamás y que pueda legitimar una guerra
abierta y sanguinaria contra “la maldad palestina”.
Ambos campos cargan sobre los hombros de Arafat la responsabilidad
de resolver la crisis, eludiendo las responsabilidades propias de Israel.
De hecho, el Gobierno está atacando a Arafat y a sus fuerzas, imposibilitando
que él y las autoridades palestinas puedan triunfar en una lucha
efectiva contra los extremistas islámicos, por la simple razón
de que el extremismo y el terrorismo palestino contribuyen a ocultar que
la ocupación es el problema central.
La arrogancia y el paternalismo son efectos subyacentes a la ocupación,
lo que no es una peculiaridad de la situación israelí. Los
colonizadores europeos que ocuparon regiones habitadas por no-europeos
desarrollaron discursos similares. Los habitantes locales fueron catalogados
como inferiores y primitivos, carentes de derechos individuales y, desde
luego, de cualquier tipo de derecho colectivo sobre su tierra natal. Ese
ha sido también el estado de cosas en Israel-Palestina desde el
comienzo de la colonización, y los Acuerdos de Paz de Oslo no introdujeron
ningún cambio fundamental.
La tierra pertenece a nosotros, israelíes, somos sus dueños,
y los palestinos deben aceptar cualquier cosa que benévolamente
queramos ofrecerles. La indignación de la “izquierda” hacia los
palestinos tras Camp David se basa en ingratitud y en su negativa a aceptar
la “generosa” oferta de Barak.
El apoyo de EE.UU. a esta actitud israelí generó mucha
desesperanza entre los palestinos. Los Acuerdos de Oslo se configuraron
siguiendo la hegemónica arrogancia de la ocupación. “Garantizados”
inicialmente Jerico y Gaza, Arafat era puesto “a prueba”. Si pasaba la
prueba, podría concederse más territorio, y en caso contrario
el proceso sería paralizado, como declaró Rabin (Netanyahu
fue más directo, y acuñó el lema “si ofrecen resultados,
conseguirán más, si no lo hacen, no conseguirán nada”).
La reanudación del Proceso de Oslo se hizo depender de la “buena
conducta” de Arafat, al que se le exigía que garantizase aquello
que el ejército israelí no había logrado: la seguridad
de los israelíes. Sin embargo, no estaba autorizado a proteger la
seguridad o la independencia de su gente. Y una vez que la autoridad de
Arafat no derivaba del pueblo palestino y de sus derechos legítimos,
sino de la aquiescencia de Israel, también se convertía en
factible su expulsión.
¿Qué hizo Israel a cambio? Se limitó a evacuar
las mayores ciudades palestinas (y algunas tierras de sus alrededores)
permitiendo a Arafat el nombramiento de gobernadores y policías,
pero sin soberanía y sin contigüidad territorial.
Israel no se comprometió a renunciar al control militar, ni
a aceptar la creación de un estado palestino, ni a hacer viable
la independencia económica, ni a retirarse a las fronteras de 1967,
ni a resolver puntos conflictivos tales como el estatus de Jerusalén
o la situación de los refugiados palestinos. Israel ni siquiera
detuvo o desaceleró el proceso de colonización sobre los
territorios ocupados. Todo el acuerdo reposaba sobre la confianza en la
buena voluntad israelí, por lo que la continuidad de Rabin en el
poder se convirtió en una segunda precondición imprescindible
para el éxito de los acuerdos de Oslo.
El asesinato de Rabin y el fracaso de Arafat en cuanto a la garantía
de seguridad para Israel firmaron el acta de defunción de los acuerdos
de Oslo.
Ahora, Ariel Sharon está completando el proyecto histórico
que él mismo inició en 1982 con la ocupación de Líbano.
Maneja la misma lógica, basada en el uso del poder militar para
destruir la legítima representación del pueblo palestino.
En el caso de Líbano, la comunidad internacional le detuvo e
impidió que entrará en la sitiada Beirut, pero Sharon logró
entronizar a Bashir Jumayel como presidente del Líbano. Como se
recordará, Jumayel fue asesinado pocos días después
de su investidura, mientras que el ejército israelí quedó
implicado en una larga ocupación durante 18 años de enfrentamientos
con milicias libanesas, hasta que fue forzado a retirarse de El Líbano.
Los palestinos aprendieron bien las lecciones de Líbano, y se
muestran hastiados ante los Acuerdos de Oslo, a los que ven como una coartada
para que la ocupación continúe. Arafat no instigó
la Intifada, aunque podría intentar dirigirla para mantener su condición
de líder del pueblo ante el que es responsable.
A menos que nosotros, los israelíes, abandonemos nuestro modo
arrogante de pensar y nuestra posición como poder ocupante, el actual
ciclo de matanzas está condenado a intensificarse, tanto con Arafat
como, aún más, sin él.
Europa, que dio testimonio de la arrogancia del colonialismo como poder
dominante, no debería adoptar ahora las actitudes similares surgidas
del Estado judío. Por el bien de palestinos y de los propios judíos,
es necesaria y urgente una intervención internacional que pare los
pies a Sharon.
diciembre 2001
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