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La arrogancia de la ocupación

Lev Grinberg


El último mes ha estado marcado por un dramático cambio en las actitudes de EE.UU. y Europa hacia la ocupación israelí. Primero EE.UU. y después Europa, adoptaron el punto de vista israelí según el cual el núcleo del problema es Yasir Arafat.
El bombardeo contra helicópteros pertenecientes a Arafat, su confinación en la sitiada Ramalla y la reciente ocupación de partes de la ciudad no guardan ninguna relación con la seguridad israelí o con “la lucha contra el terror”.
El Gobierno israelí colocó en el centro de la diana a Arafat y logró convencer de la legitimidad de esa política a la opinión pública israelí y, después, a la comunidad internacional.
La actual campaña israelí contra Arafat fue precedida por la construcción de un discurso arrogante y paternalista sobre el “carácter de Arafat”.
Nosotros, los israelíes, nos otorgamos la potestad de quitar a un líder y sustituirle por otro. Esta arrogancia, en lo que a Arafat se refiere, destaca la dimensión subyacente del fracasado proceso de paz de Oslo y de la Cumbre de Camp David. Si el discurso que califica a Arafat como la esencia del problema palestino se ha hecho predominante, eso no se debe a la campaña llevada a cabo por los dirigentes de los colonos instalados en los territorios ocupados y por la extrema derecha. En realidad, se trata del discurso del anterior primer ministro, Ehud Barak, y de su ministro de Asuntos Exteriores, Shlomo Ben Ami, desarrollado después de la Cumbre de Camp David para ocultar su resonante fracaso. La ultrasimplista reducción de todo el conflicto israelí-palestino al “carácter de Arafat” y, como consecuencia de ello, la propuesta de “eliminar el obstáculo” como mágica solución, fueron construcciones realizadas por los dirigentes de la “izquierda” para poder explicar el fracaso de la parte final de su mandato.
La arrogancia de este discurso queda perfectamente reflejada en las presiones para encontrar un dirigente alternativo “más servicial” que ocupe el puesto de Arafat y en el paternalista argumento según el cual “nosotros sabemos qué es lo mejor para los palestinos”.
En efecto, cada sector del espectro político israelí opta por un dirigente que sirva mejor a sus propios propósitos. Así, los miembros “moderados” del Gobierno prefieren a un moderado, vestido como un ejecutivo y que esté dispuesto a pactar según una racional pauta occidental, mientras que los “extremistas” piensan en alguien que siga el modelo Hamás y que pueda legitimar una guerra abierta y sanguinaria contra “la maldad palestina”.
Ambos campos cargan sobre los hombros de Arafat la responsabilidad de resolver la crisis, eludiendo las responsabilidades propias de Israel. De hecho, el Gobierno está atacando a Arafat y a sus fuerzas, imposibilitando que él y las autoridades palestinas puedan triunfar en una lucha efectiva contra los extremistas islámicos, por la simple razón de que el extremismo y el terrorismo palestino contribuyen a ocultar que la ocupación es el problema central.
La arrogancia y el paternalismo son efectos subyacentes a la ocupación, lo que no es una peculiaridad de la situación israelí. Los colonizadores europeos que ocuparon regiones habitadas por no-europeos desarrollaron discursos similares. Los habitantes locales fueron catalogados como inferiores y primitivos, carentes de derechos individuales y, desde luego, de cualquier tipo de derecho colectivo sobre su tierra natal. Ese ha sido también el estado de cosas en Israel-Palestina desde el comienzo de la colonización, y los Acuerdos de Paz de Oslo no introdujeron ningún cambio fundamental.
La tierra pertenece a nosotros, israelíes, somos sus dueños, y los palestinos deben aceptar cualquier cosa que benévolamente queramos ofrecerles. La indignación de la “izquierda” hacia los palestinos tras Camp David se basa en ingratitud y en su negativa a aceptar la “generosa” oferta de Barak.
El apoyo de EE.UU. a esta actitud israelí generó mucha desesperanza entre los palestinos. Los Acuerdos de Oslo se configuraron siguiendo la hegemónica arrogancia de la ocupación. “Garantizados” inicialmente Jerico y Gaza, Arafat era puesto “a prueba”. Si pasaba la prueba, podría concederse más territorio, y en caso contrario el proceso sería paralizado, como declaró Rabin (Netanyahu fue más directo, y acuñó el lema “si ofrecen resultados, conseguirán más, si no lo hacen, no conseguirán nada”).
La reanudación del Proceso de Oslo se hizo depender de la “buena conducta” de Arafat, al que se le exigía que garantizase aquello que el ejército israelí no había logrado: la seguridad de los israelíes. Sin embargo, no estaba autorizado a proteger la seguridad o la independencia de su gente. Y una vez que la autoridad de Arafat no derivaba del pueblo palestino y de sus derechos legítimos, sino de la aquiescencia de Israel, también se convertía en factible su expulsión.
¿Qué hizo Israel a cambio? Se limitó a evacuar las mayores ciudades palestinas (y algunas tierras de sus alrededores) permitiendo a Arafat el nombramiento de gobernadores y policías, pero sin soberanía y sin contigüidad territorial.
Israel no se comprometió a renunciar al control militar, ni a aceptar la creación de un estado palestino, ni a hacer viable la independencia económica, ni a retirarse a las fronteras de 1967, ni a resolver puntos conflictivos tales como el estatus de Jerusalén o la situación de los refugiados palestinos. Israel ni siquiera detuvo o desaceleró el proceso de colonización sobre los territorios ocupados. Todo el acuerdo reposaba sobre la confianza en la buena voluntad israelí, por lo que la continuidad de Rabin en el poder se convirtió en una segunda precondición imprescindible para el éxito de los acuerdos de Oslo.
El asesinato de Rabin y el fracaso de Arafat en cuanto a la garantía de seguridad para Israel firmaron el acta de defunción de los acuerdos de Oslo.
Ahora, Ariel Sharon está completando el proyecto histórico que él mismo inició en 1982 con la ocupación de Líbano. Maneja la misma lógica, basada en el uso del poder militar para destruir la legítima representación del pueblo palestino.
En el caso de Líbano, la comunidad internacional le detuvo e impidió que entrará en la sitiada Beirut, pero Sharon logró entronizar a Bashir Jumayel como presidente del Líbano. Como se recordará, Jumayel fue asesinado pocos días después de su investidura, mientras que el ejército israelí quedó implicado en una larga ocupación durante 18 años de enfrentamientos con milicias libanesas, hasta que fue forzado a retirarse de El  Líbano.
Los palestinos aprendieron bien las lecciones de Líbano, y se muestran hastiados ante los Acuerdos de Oslo, a los que ven como una coartada para que la ocupación continúe. Arafat no instigó la Intifada, aunque podría intentar dirigirla para mantener su condición de líder del pueblo ante el que es responsable.
A menos que nosotros, los israelíes, abandonemos nuestro modo arrogante de pensar y nuestra posición como poder ocupante, el actual ciclo de matanzas está condenado a intensificarse, tanto con Arafat como, aún más, sin él.
Europa, que dio testimonio de la arrogancia del colonialismo como poder dominante, no debería adoptar ahora las actitudes similares surgidas del Estado judío. Por el bien de palestinos y de los propios judíos, es necesaria y urgente una intervención internacional que pare los pies a Sharon.

diciembre 2001


 
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