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1. En Afganistán, la intervención de EEUU, Reino Unido
y Alemania ha tenido consecuencias emancipadoras. La situación
de las mujeres, sometidas antes a un estatus subhumano y esclavista, ha
mejorado considerablemente. Los logros obtenidos son incipientes e inestables,
no homogéneos territorialemente, siguen en pie -intactas o algo
suavizadas- restricciones y normas brutales, etc. Sin embargo, el salto
adelante es enorme e impensable sin la liquidación del poder de
los talibanes. Ya no hay una policía religiosa que apalea a las
mujeres por salir a la calle sin un macho de la familia o por usar zapatos
que hacen algún ruido al andar. Ya no es obligatorio llevar el burka,
aunque pueda haber miedo a hacerlo o presiones familiares, ni solicitar
permiso para hablar ante un hombre. En los hospitales, reaparecen las mujeres
como pacientes, enfermeras y doctoras. Las puertas de las escuelas y universidades
también se abren para ellas, como alumnas o como profesoras. Las
mujeres recuperan su derecho a trabajar y comienzan a incorporarse a empleos
muy diversos. En Kabul ha podido verse a mujeres en el escenario y en la
sala durante una representación teatral. Según últimas
noticias, pendientes de confirmar, acaba de ser legalizado el aborto terapeútico,
aunque se condenará con seis meses el resto de los casos. Dos mujeres
ocupan ministerio en el nuevo gobierno provisional, entre ellas la internacionalmente
laureada defensora de los derechos humanos Sima Samar. También se
han ampliado las libertades y los derechos del conjunto de la población.
Vuelven cosas tan elementales y cotidianas como las cometas, el teatro,
el cine, la música, la posesión de instrumentos musicales,
las imágenes humanas, las caras masculinas sin barba, los salones
de belleza, el fútbol... Eso no hace de Afganistán una democracia,
ni lo será mientras sigan penadas, con la muerte en algunos casos,
diversas expresiones de la libertad humana y discriminadas de formas diversas
las mujeres. Pero la gente de Afganistán es más libre que
antes. Para ayudarles a serlo aún más podemos hacer muchas
cosas. Si de verdad nos inquieta la libertad y la vida de la población
afgana, hay un terreno práctico para demostrarlo:
- organicemos o sumémosnos a campañas de apoyo político
y humanitario a las organizaciones democráticas de mujeres afganas;
- reclamemos a nuestros gobiernos y a la comunidad internacional que
aporten los medios económicos y materiales y las presiones políticas
necesarias para que sea posible la reconstrucción democrática
de Afganistán y el desarrollo del programa de acción aprobado
por la cumbre de mujeres afganas realizada a comienzos de diciembre en
Bruselas,
- recordemos en todos los foros, sobre todo a los ciudadanos de EEUU,
que George Bush debe cumplir lo dicho ante la Asamblea general de la ONU:
“Prometo a todas las víctimas de ese régimen que están
a punto de terminarse los días en que se daba albergue a terroristas,
se traficaba con heroina y se trataba brutalmente a las mujeres”;
- mantengamos observatorios de vigilancia permanente sobre la evolución
de la situación de la mujer y de los derechos humanos en Afganistán;
no nos olvidemos de ellas cuando acabe el fragor del debate sobre la guerra.
2. En Estados Unidos y otros países se ha puesto en marcha
una estrategia de recorte de las libertades e incremento de los poderes
del Estado, pero esa es “otra guerra” aunque la lideren los mismos.
La Administración Bush y otros gobiernos promueven, en medida desigual,
paquetes de medidas restrictivas de las garantías jurídicas,
del derecho a la privacidad y de los derechos civiles. La instauración
de tribunales militares de excepción viola la Constitución
de Estados Unidos y sus tradiciones liberales y está encontrando
un notable rechazo en el país. Está en marcha también
una ofensiva global, de la que el gobierno Aznar es parte implicada con
su Ley de Servicios de la Sociedad de la Información, contra la
difusión de información libre y gratuita a través
de Internet, amenaza liberticida en la que convergen intereses mercantiles
de grupos transnacionales y aspiraciones al ejercicio incontestado del
poder. Pero esa estrategia reaccionaria ni siquiera se ha presentado como
una necesidad bélica de la guerra en Afganistán, pues no
sería creíble, sino como “política de seguridad” frente
al riesgo de nuevos atentados terroristas.
Esta política no debe ser combatida como “consecuencia” de la
guerra en Afganistán, lo que sólo puede favorecerla, sino
como proyecto reaccionario y antiliberal para reducir la capacidad de control
de los ciudadanos sobre el Estado y minar las garantías contra los
abusos del poder, sin ninguna repercusión efectiva sobre la seguridad.
No se trata de nada nuevo en la historia. Así, por ejemplo, el internamiento
de los ciudadanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial
fue una arbitrariedad anticonstitucional y antidemocrática, que
debía ser combatida como tal, pero que en absoluto negaba el carácter
progresivo de la presencia de EEUU en la lucha contra el Eje y la importancia
histórica que tenía la derrota del nazismo.
Dicho de forma un tanto provocadora: a partir del 11-S, Bush ha intensificado
una estrategia global reaccionaria, que puede incluir en el futuro guerras
injustificadas y también reaccionarias, pero ha hecho una cosa “progresista”:
la guerra al régimen talibán.
3. Las razones “anti-imperialistas” y economicistas contra esta guerra
son doctrinarias y carecen de cualquier consistencia. La única razón
válida y poderosa contra esta guerra es la dada por el argumento
pacifista. Toda guerra es atroz en sí misma y escenario propicio
para actos especialmente atroces. La guerra no es nunca limpia ni inocente,
y no lo ha sido tampoco ésta.
Ahora bien, hay, al menos, dos pacifismos. Uno rechaza el uso de la
violencia en cualquier circunstancia y sean cuales sean las consecuencias.
Otro, cree que se puede recurrir a la violencia, pero en circunstancias
excepcionales, de forma medida, como respuesta a formas brutales de terror
y opresión y con expectativas fundadas y realistas de que contribuirá
a aumentar la libertad y disminuir la violencia a corto plazo.
La contradicción inherente al pacifismo absoluto fue señalada
por George Orwell: “Si no está usted dispuesto a quitarles las vidas
a los otros, debe muchas veces hallarse preparado para que las vidas se
pierdan de alguna otra manera”. Ante formas extremas de violencia y opresión,
en ocasiones la alternativa real no es entre violencia y no-violencia,
sino entre un estatus brutal de violencia o ponerle fin aunque haya que
recurrir transitoriamente a la violencia. No hacer la guerra puede llegar
a ser tan poco inocente y tan mortífero como hacerla (recordemos
Srebrenica).
A mi entender, hay que promover políticas de prevención
de conflictos e intentar buscar siempre soluciones pacíficas, pero
el recurso a la fuerza no puede ser excluido totalmente. Las tardías
intervenciones en Timor, Bosnia o Kosovo contribuyeron a pacificar esas
zonas y a convertirlas en lugares mejores para vivir. La decisión
debe tomar en cuenta circunstancias y consecuencias, tomando como guía
la aspiración a la paz y al despliegue de los derechos humanos,
valores que, en ocasiones, pueden entran en conflicto entre sí,
al menos a corto plazo, lo que nos obliga a optar. A mi entender, las respuestas
más adecuadas son aquellas que puedan implicar un incremento de
la libertad general, especialmente para quienes más carecen de ella,
y una disminución de las dominaciones, siempre y cuando que la violencia
permanente así eliminada sea aún más dañina
que la violencia utilizada.
4. En Afganistán, la guerra era la menos mala de las opciones.
La dominación talibán era un foco de violencia excepcional.
Ante todo, contra su propia población y sus mujeres, víctimas
de abusos brutales, pero también irradiaba más allá
de sus fronteras, a través de su íntimo aliado Al Qaeda.
Sin la guerra, los talibanes eran garantía de muerte y esclavitud.
Y la guerra, como todas las guerras, provocaría la muerte de inocentes.
No me siento capaz de ir colocando cadáveres en cada lado de la
balanza. No estamos ante un problema aritmético, sino ético
y político, al que cualquier respuesta que se diese sería
dolorosa, cruenta y culpable. Lo decisivo, al menos para mí, es
que en uno de los platillos, el que algunos denominan impropiamente “paz”
o “no guerra”, se encontraba también la segura esclavitud de las
mujeres afganas, el más salvaje oscurantismo para las futuras generaciones
de ese país, un proyecto teocrático expansionista de dominación
regional y un foco y centro logístico de violencia terrorista. Erradicar,
aunque sea parcialmente, ese infierno, merecía la pena. Al menos,
mientras la violencia utilizada en la guerra fuese controlada y autocontenida,
manteniéndose dentro de ciertos límites. Si para derrocar
al mulá Omar y sus clérigos hubiese sido necesario lanzar
bombas atómicas contra las ciudades afganas y matar a cientos de
miles de personas, habría sido necesario recorrer un más
largo -y más doloroso- camino hacia la liquidación del poder
talibán. Pero no era ése el caso, afortunadamente.
5. La guerra de Afganistán no ha sido genocida. Considero
importante conocer cuál ha sido la dimensión destructiva
de la guerra. Tardaremos bastante tiempo en disponer de un cuadro aproximado,
entre otras cosas porque Afganistán ya estaba arrasado por más
de veinte años de guerra y terror. Con la prudencia necesaria, y
dispuesto a reconsiderar mi opinión a la luz de nuevos datos, creo
que quienes han hablado de genocidio o de la disposición de Occidente
a causar millones de víctimas perdieron el sentido de la medida,
aunque algunos tuviesen la muy loable intención de hacer frente
a los ciegos patrioterismos que fomentan todas las guerras.
Los datos suministrados por investigadores opuestos a la intervención,
y que aceptaré provisionalmente aunque tengo dudas sobre ciertos
aspectos de esas cuentas, hablan, tras redondeo al alza, de unas 5.000
víctimas civiles en los bombardeos. No son pocas, pues 5.000 muertes
representan una gran pérdida humana y mucho dolor, pero desde luego,
teniendo en cuenta la potencia militar utilizada, ese mismo dato confirma
que hubo en líneas generales una selección no arbitraria
de objetivos y bastante precaución a la hora de evitar la masacre
de población civil.
Se ha convertido en un tópico hablar de que las guerras de nuestro
tiempo se encarnizan sobre la población civil. Eso es cierto para
las guerras entre grupos que viven en el mismo territorio, pero el ensañamiento
sobre las poblaciones civiles no ha sido una característica de las
intervenciones militares lideradas por Estados Unidos en Bosnia, Kosovo
y Afganistán. Esta última ha sido, además, la menos
cruel y cruenta de todas las guerras padecidas por Afganistán desde
1979, lo que no basta para justificarla pero recomienda cierta mesura en
el uso de palabras como “genocidio”.
Es cierto que algunas de las personas que han indicado que se ponían
en peligro la vida de millones de vidas no se referían sólo
a las víctimas de los bombardeos, sino más bien a los riesgos
que pesaban sobre la población desplazada. Creo, no obstante, que
hay una confusión de planos. Las organizaciones humanitarias cumplen
con su deber cuando alertan de que millones de personas se encuentran en
una situación muy difícil y pueden ser afectadas por hambrunas
y enfermedades diversas, con riesgo de muerte para una parte de ellas.
Ante ello, hay que poner los medios para que no ocurra. Ahora bien, ni
de tal advertencia se deduce que pudiesen morir millones de personas ni,
mucho menos aún, que se estuviese dispuesto a provocar la muerte
de varios millones de civiles inocentes, entre otras cosas porque políticamente
eso no se lo podía permitir George Bush. En todo caso, no parece
razonable que una profecía no cumplida se siga usando como argumento
una vez ya verificada su no realización. Algunos han venido a decir
algo así como: “os advertimos de que podíais causar millones
de muertes, y no parásteis la guerra, lo que demuestra que estábais
dispuestos a ello, aunque después no haya ocurrido”. Los profetas
son tenaces, su reino no es de este mundo.
La situación humanitaria es difícil y aún puede
tener consecuencias dolorosas para una parte de la población refugiada
y desplazada. Pero si ahora se produjese alguna gran tragedia humanitaria
no podría achacarse a la guerra, sino simplemente a indolencia criminal
de la comunidad internacional, pues aunque no estén todas las dificultades
resueltas no puede decirse que haya obstáculos insalvables para
el desplazamiento de la ayuda. De hecho, ayudar ahora es más fácil
y efectivo que bajo los talibanes, y ACNUR ya comienza a pronosticar un
escenario en el que lo predominante será el retorno, lo que planteará
sin dudas nuevos retos, pero de signo positivo.
6. La guerra es atroz aunque esté justificada, pero eso no
justifica las atrocidades cometidas en ella o tras su finalización.
Una cosa es la atrocidad general de la guerra y otra las atrocidades que
en ella se cometen. Hacer la guerra al Eje era necesario, y debemos
felicitarnos por la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial,
pero eso no hace legítimas las bombas sobre Hiroshima y Nagashaki
o las deportaciones masivas, con rasgos exterministas, de millones de personas
y de comunidades étnicas enteras en la URSS, ni el que ésta
se adueñara, después de la guerra, de media Europa y la sometiese
al totalitarismo. Así que conviene prestar atención a la
advertencia de George Orwell: “Todos creen en las atrocidades del enemigo
y no en las de su bando, sin preocuparse por las pruebas”.
La guerra de Afganistán no ha sido genocida ni ha pretendido
causar millones de muertes, pero eso no equivale a ausencia de atrocidades
cometidas por el bando vencedor. Hay que atenerse a las pruebas, lo que
exige, por cierto, ponerse a buscarlas, junto a organizaciones del talante
de Amnistía Internacional, lo que no será muy bien visto
por el establishment.
Aunque la línea general ha sido localizar los bombardeos sobre
objetivos estratégicos y evitar masacres de civiles, quizá
no siempre se haya actuado con la suficiente responsabilidad. No puedo
emitir una opinión en firme aún, pero desde luego hay varios
casos altamente dudosos, especialmente durante los últimos momentos
de la guerra. Queremos saber la verdad.
Está confirmado que las tropas del Frente Unido también
cometieron atrocidades, aunque muy inferiores a las acostumbradas hasta
ahora en las guerras que azotan a Afganistán desde 1979. Creo que
está plenamente confirmado que se asesinó a talibanes que
se entregaban y que algunos detenidos murieron asfixiados en contenedores
dentro de los que eran trasladados. En esto momento, ingoro la dimensión
que puedan tener estos crímenes, pero debemos actuar para
que sean castigados, lo que comienza, ante todo, por un esfuerzo para que
se sepa la verdad.
El asunto más turbio de todos es lo ocurrido con la represión
del motín de los talibanes detenidos en la fortaleza de Mazar-i-Sharif,
tanto por su dimensión como por la existencia de responsabilidades
compartidas entre el Frente Unido y fuerzas “occidentales”. Sin dictar
sentencia de antemano, considero que requiere una investigación
independiente y sin cortapisas por una comisión internacional responsable
ante las Naciones Unidas, que debe averiguar si se podría haber
evitado la masacre.
Debe constituirse un Tribunal Penal Internacional que juzgue los crímenes
contra la humanidad y los crímenes de guerra cometidos en Afganistán,
siguiendo el modelo del que actúa sobre lo ocurrido en la antigua
Yugoslavia. Ante él deben ser llevados, en primer lugar, los líderes
talibanes, pero también todos los sospechosos de estar implicados
en actos criminales de ese carácter, sin excepciones, tanto si son
miembros de la Alianza del Norte como de las propias fuerzas internacionales.
7. Para que la guerra no sea el último recurso ante situaciones
que se han dejado pudrirse, debemos crear un mundo diferente. Los incendios
hay que apagarlos, pero eso no excluye la exigencia de responsabilidades
a los jefes de seguridad del edificio y a las oficinas municipales encargadas
de revisarlas periódicamente. Tampoco excluye que, cuando aquellos
se repiten, sea preciso reelaborar las propias normas legales vigentes
para adaptarlas a nuevas arquitecturas y materiales.
Aunque el debate intelectual ha sido vivo, la izquierda oficial, con
pequeñas excepciones, ha oscilado entre el seguidismo total ante
la Administración Bush y una postura antiguerra que condenaba a
las mujeres afganas a seguir sometidas a un estatus subhumano. El movimiento
de Seattle y Génova se encuentra ante una encrucijada decisiva,
en la que pugnan su original carácter ciudadano con su reducción
a una sopa de siglas extremistas, su talante mundialista, libertario, democrático
y anticapitalista con la retórica anti-imperialista y nacionalista,
su carácter alternativo y propositivo con la cerrazón resistencialista,
su papel como promotor de una nueva alianza por una democracia global con
la actuación de quienes en su seno quieren ponerle al servicio de
clérigos, generales populistas y sátrapas totalitarios.
George Bush, que dio comienzo a su mandato con un liderazgo débil
y cuestionado, es hoy un líder fortalecido. George Bush encarna
un proyecto profundamente reaccionario e irresponsable. Ya lo demostró
con la negativa a ratificar el Tratado de Kioto, su rechazo a la creación
de un Tribunal Penal Internacional permanente o el cuestionamiento de tratados
internacionales en los que Estados Unidos estaba comprometido. En cierta
forma, trabaja sobre la base de que, en lo que a EEUU atañe, ya
se encargan ellos, y en lo que afecta al mundo entero y sólo puede
abordarse a esa escala, mejor que no haya normas ni institución
reguladora alguna, porque así impera la ley del más fuerte
y la ley del capital. La necesidad de lograr respaldo internacional a la
intervención en Afganistán le hizo mover algunas piezas,
como el pago de parte de la deuda contraída con la ONU o el reconocimiento
de la necesidad de un Estado palestino, pero ahora se han observado claros
síntomas de involución, especialmente en lo que se refiere
al conflicto israelí-palestino.
En definitiva, el que George Bush haya liderado una guerra “progresiva”,
de consecuencias positivas, no quiere decir que haya sacado ninguna lección
de qué hay que hacer para evitar llegar a tales situaciones ni sobre
cómo modificar la situación de la que se alimenta el fundamentalismo
teocrático. En realidad, no lo ha hecho. Su proyecto para el futuro
será fuente de nuevos conflictos, desórdenes y sufrimientos.
La respuesta de izquierda a esa estrategia no es el “yankee go home”
tradicional, que le hace el juego. De lo que se trata es de dar prioridad
y colocar en primer plano a aquellas alternativas que apuestan por una
“gobernanza” global y por una democracia global. No todas las decisiones
que adoptan los gobernantes de Estados Unidos son malas, pero es muy malo
que ante cada crisis sean ellos quienes deciden unilateralmente, sobre
todo cuando le toca el turno a gente como Reagan o Bush. Las intervenciones
quirúrgicas en Bosnia, Kosovo y Afganistán tuvieron repercusiones
positivas, pero la prevención es mejor. Nada garantiza que los próximos
pasos de la “guerra al terrorismo” no echen leña al fuego de viejos
conflictos en vez de contribuir a resolverlos. No está justificado
el fácil “digamos no a todo”, para curarse en salud, pero tampoco
lo está el renunciar a la búsqueda de una legalidad internacional
que permita hacer frente de otra manera a los graves atentados contra los
derechos humanos, al terrorismo “civil” y al terrorismo de los Estados,
al dinero delincuente, a la desigualdad y a la ausencia de democracia.
Las propuestas y respuestas están sobre el tapete: reforma de
la ONU y de las instituciones financieras internacionales, Tribunal Penal
Internacional dotado de la legalidad y los medios necesarios, “tasa Tobin”,
desmantelamiento de los paraísos fiscales, convenios internacionales
y transformación de nuestras formas de vida para permitir la sostenibilidad
del mundo, inclusión de cláusulas sociales y políticas
en los acuerdos comerciales, nuevo papel a jugar por la Unión Europea,
etc. No es mi intención desarrollar aquí esta agenda. Sólo
quiero recalcar que debe ser una agenda democrática, sin equívocos,
y global.
Ese es un camino en el que hay que chocar con las élites políticas
y financieras del mundo, inevitablemente, pero sin dar un sólo paso
junto a los fundamentalismos teocráticos, pues su odio hacia EEUU,
Occidente o la propia ONU no es odio hacia el capitalismo, hacia la desigualdad,
hacia el unilateralismo o hacia el despilfarro contaminador y agotador
de recursos, sino odio hacia el ser humano, muñeno de dios para
ellos, odio hacia la democracia y los derechos humanos, hacia las mujeres
libres, hacia el laicismo, hacia cualquier aspiración solidaria,
libertaria e igualitaria. Su grito “anti-imperialista” contra Occidente
es tan repugnante como el grito “antiusurero” de los nazis contra el pueblo
judío. Los teócratas no han “equivocado” el camino de lucha.
No, son así y marchan por donde quieren ir. No son enemigos del
capitalismo, sino enemigos de la humanidad. Los amigos de Bin Laden no
son mejores que los amigos de Hitler.
El bien más preciado es la libertad.
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