Ir a página principal de Iniciativa Socialista
Ir a archivo de documentos
 

Tesis sobre una guerra liberadora

dirigida por un reaccionario

 Luis M. Sáenz

 “Cuando se piensa en la crueldad, miseria y futilidad de la guerra siempre hay la tentación de decir ‘un bando es tan malo como el otro. Soy neutral’. Sin embargo, en la práctica no se puede ser neutral y raro es que haya una guerra en que sea indiferente quien gana”
George Orwell
 

1. En Afganistán, la intervención de EEUU, Reino Unido y Alemania ha tenido consecuencias emancipadoras. La situación de las mujeres, sometidas antes a un estatus subhumano y esclavista, ha mejorado considerablemente. Los logros obtenidos son incipientes e inestables, no homogéneos territorialemente, siguen en pie -intactas o algo suavizadas- restricciones y normas brutales, etc. Sin embargo, el salto adelante es enorme e impensable sin la liquidación del poder de los talibanes. Ya no hay una policía religiosa que apalea a las mujeres por salir a la calle sin un macho de la familia o por usar zapatos que hacen algún ruido al andar. Ya no es obligatorio llevar el burka, aunque pueda haber miedo a hacerlo o presiones familiares, ni solicitar permiso para hablar ante un hombre. En los hospitales, reaparecen las mujeres como pacientes, enfermeras y doctoras. Las puertas de las escuelas y universidades también se abren para ellas, como alumnas o como profesoras. Las mujeres recuperan su derecho a trabajar y comienzan a incorporarse a empleos muy diversos. En Kabul ha podido verse a mujeres en el escenario y en la sala durante una representación teatral. Según últimas noticias, pendientes de confirmar, acaba de ser legalizado el aborto terapeútico, aunque se condenará con seis meses el resto de los casos. Dos mujeres ocupan ministerio en el nuevo gobierno provisional, entre ellas la internacionalmente laureada defensora de los derechos humanos Sima Samar. También se han ampliado las libertades y los derechos del conjunto de la población. Vuelven cosas tan elementales y cotidianas como las cometas, el teatro, el cine, la música, la posesión de instrumentos musicales, las imágenes humanas, las caras masculinas sin barba, los salones de belleza, el fútbol... Eso no hace de Afganistán una democracia, ni lo será mientras sigan penadas, con la muerte en algunos casos, diversas expresiones de la libertad humana y discriminadas de formas diversas las mujeres. Pero la gente de Afganistán es más libre que antes. Para ayudarles a serlo aún más podemos hacer muchas cosas. Si de verdad nos inquieta la libertad y la vida de la población afgana, hay un terreno práctico para demostrarlo:
- organicemos o sumémosnos a campañas de apoyo político y humanitario a las organizaciones democráticas de mujeres afganas;
- reclamemos a nuestros gobiernos y a la comunidad internacional que aporten los medios económicos y materiales y las presiones políticas necesarias para que sea posible la reconstrucción democrática de Afganistán y el desarrollo del programa de acción aprobado por la cumbre de mujeres afganas realizada a comienzos de diciembre en Bruselas,
- recordemos en todos los foros, sobre todo a los ciudadanos de EEUU, que George Bush debe cumplir lo dicho ante la Asamblea general de la ONU: “Prometo a todas las víctimas de ese régimen que están a punto de terminarse los días en que se daba albergue a terroristas, se traficaba con heroina y se trataba brutalmente a las mujeres”;
- mantengamos observatorios de vigilancia permanente sobre la evolución de la situación de la mujer y de los derechos humanos en Afganistán; no nos olvidemos de ellas cuando acabe el fragor del debate sobre la guerra.

2. En Estados Unidos y otros países se ha puesto en marcha una estrategia de recorte de las libertades e incremento de los poderes del Estado, pero esa es “otra guerra” aunque la lideren los mismos. La Administración Bush y otros gobiernos promueven, en medida desigual, paquetes de medidas restrictivas de las garantías jurídicas, del derecho a la privacidad y de los derechos civiles. La instauración de tribunales militares de excepción viola la Constitución de Estados Unidos y sus tradiciones liberales y está encontrando un notable rechazo en el país. Está en marcha también una ofensiva global, de la que el gobierno Aznar es parte implicada con su Ley de Servicios de la Sociedad de la Información, contra la difusión de información libre y gratuita a través de Internet, amenaza liberticida en la que convergen intereses mercantiles de grupos transnacionales y aspiraciones al ejercicio incontestado del poder. Pero esa estrategia reaccionaria ni siquiera se ha presentado como una necesidad bélica de la guerra en Afganistán, pues no sería creíble, sino como “política de seguridad” frente al riesgo de nuevos atentados terroristas.
Esta política no debe ser combatida como “consecuencia” de la guerra en Afganistán, lo que sólo puede favorecerla, sino como proyecto reaccionario y antiliberal para reducir la capacidad de control de los ciudadanos sobre el Estado y minar las garantías contra los abusos del poder, sin ninguna repercusión efectiva sobre la seguridad. No se trata de nada nuevo en la historia. Así, por ejemplo, el internamiento de los ciudadanos de origen japonés durante la Segunda Guerra Mundial fue una arbitrariedad anticonstitucional y antidemocrática, que debía ser combatida como tal, pero que en absoluto negaba el carácter progresivo de la presencia de EEUU en la lucha contra el Eje y la importancia histórica que tenía la derrota del nazismo.
Dicho de forma un tanto provocadora: a partir del 11-S, Bush ha intensificado una estrategia global reaccionaria, que puede incluir en el futuro guerras injustificadas y también reaccionarias, pero ha hecho una cosa “progresista”: la guerra al régimen talibán.

3. Las razones “anti-imperialistas” y economicistas contra esta guerra son doctrinarias y carecen de cualquier consistencia. La única razón válida y poderosa contra esta guerra es la dada por el argumento pacifista. Toda guerra es atroz en sí misma y escenario propicio para actos especialmente atroces. La guerra no es nunca limpia ni inocente, y no lo ha sido tampoco ésta.
Ahora bien, hay, al menos, dos pacifismos. Uno rechaza el uso de la violencia en cualquier circunstancia y sean cuales sean las consecuencias. Otro, cree que se puede recurrir a la violencia, pero en circunstancias excepcionales, de forma medida, como respuesta a formas brutales de terror y opresión y con expectativas fundadas y realistas de que contribuirá a aumentar la libertad y disminuir la violencia a corto plazo.
La contradicción inherente al pacifismo absoluto fue señalada por George Orwell: “Si no está usted dispuesto a quitarles las vidas a los otros, debe muchas veces hallarse preparado para que las vidas se pierdan de alguna otra manera”. Ante formas extremas de violencia y opresión, en ocasiones la alternativa real no es entre violencia y no-violencia, sino entre un estatus brutal de violencia o ponerle fin aunque haya que recurrir transitoriamente a la violencia. No hacer la guerra puede llegar a ser tan poco inocente y tan mortífero como hacerla (recordemos Srebrenica).
A mi entender, hay que promover políticas de prevención de conflictos e intentar buscar siempre soluciones pacíficas, pero el recurso a la fuerza no puede ser excluido totalmente. Las tardías intervenciones en Timor, Bosnia o Kosovo contribuyeron a pacificar esas zonas y a convertirlas en lugares mejores para vivir. La decisión debe tomar en cuenta circunstancias y consecuencias, tomando como guía la aspiración a la paz y al despliegue de los derechos humanos, valores que, en ocasiones, pueden entran en conflicto entre sí, al menos a corto plazo, lo que nos obliga a optar. A mi entender, las respuestas más adecuadas son aquellas que puedan implicar un incremento de la libertad general, especialmente para quienes más carecen de ella, y una disminución de las dominaciones, siempre y cuando que la violencia permanente así eliminada sea aún más dañina que la violencia utilizada.

4. En Afganistán, la guerra era la menos mala de las opciones. La dominación talibán era un foco de violencia excepcional. Ante todo, contra su propia población y sus mujeres, víctimas de abusos brutales, pero también irradiaba más allá de sus fronteras, a través de su íntimo aliado Al Qaeda.
Sin la guerra, los talibanes eran garantía de muerte y esclavitud. Y la guerra, como todas las guerras, provocaría la muerte de inocentes. No me siento capaz de ir colocando cadáveres en cada lado de la balanza. No estamos ante un problema aritmético, sino ético y político, al que cualquier respuesta que se diese sería dolorosa, cruenta y culpable. Lo decisivo, al menos para mí, es que en uno de los platillos, el que algunos denominan impropiamente “paz” o “no guerra”, se encontraba también la segura esclavitud de las mujeres afganas, el más salvaje oscurantismo para las futuras generaciones de ese país, un proyecto teocrático expansionista de dominación regional y un foco y centro logístico de violencia terrorista. Erradicar, aunque sea parcialmente, ese infierno, merecía la pena. Al menos, mientras la violencia utilizada en la guerra fuese controlada y autocontenida, manteniéndose dentro de ciertos límites. Si para derrocar al mulá Omar y sus clérigos hubiese sido necesario lanzar bombas atómicas contra las ciudades afganas y matar a cientos de miles de personas, habría sido necesario recorrer un más largo -y más doloroso- camino hacia la liquidación del poder talibán. Pero no era ése el caso, afortunadamente.

5. La guerra de Afganistán no ha sido genocida. Considero importante conocer cuál ha sido la dimensión destructiva de la guerra. Tardaremos bastante tiempo en disponer de un cuadro aproximado, entre otras cosas porque Afganistán ya estaba arrasado por más de veinte años de guerra y terror. Con la prudencia necesaria, y dispuesto a reconsiderar mi opinión a la luz de nuevos datos, creo que quienes han hablado de genocidio o de la disposición de Occidente a causar millones de víctimas perdieron el sentido de la medida, aunque algunos tuviesen la muy loable intención de hacer frente a los ciegos patrioterismos que fomentan todas las guerras.
Los datos suministrados por investigadores opuestos a la intervención, y que aceptaré provisionalmente aunque tengo dudas sobre ciertos aspectos de esas cuentas, hablan, tras redondeo al alza, de unas 5.000 víctimas civiles en los bombardeos. No son pocas, pues 5.000 muertes representan una gran pérdida humana y mucho dolor, pero desde luego, teniendo en cuenta la potencia militar utilizada, ese mismo dato confirma que hubo en líneas generales una selección no arbitraria de objetivos y bastante precaución a la hora de evitar la masacre de población civil.
Se ha convertido en un tópico hablar de que las guerras de nuestro tiempo se encarnizan sobre la población civil. Eso es cierto para las guerras entre grupos que viven en el mismo territorio, pero el ensañamiento sobre las poblaciones civiles no ha sido una característica de las intervenciones militares lideradas por Estados Unidos en Bosnia, Kosovo y Afganistán. Esta última ha sido, además, la menos cruel y cruenta de todas las guerras padecidas por Afganistán desde 1979, lo que no basta para justificarla pero recomienda cierta mesura en el uso de palabras como “genocidio”.
Es cierto que algunas de las personas que han indicado que se ponían en peligro la vida de millones de vidas no se referían sólo a las víctimas de los bombardeos, sino más bien a los riesgos que pesaban sobre la población desplazada. Creo, no obstante, que hay una confusión de planos. Las organizaciones humanitarias cumplen con su deber cuando alertan de que millones de personas se encuentran en una situación muy difícil y pueden ser afectadas por hambrunas y enfermedades diversas, con riesgo de muerte para una parte de ellas. Ante ello, hay que poner los medios para que no ocurra. Ahora bien, ni de tal advertencia se deduce que pudiesen morir millones de personas ni, mucho menos aún, que se estuviese dispuesto a provocar la muerte de varios millones de civiles inocentes, entre otras cosas porque políticamente eso no se lo podía permitir George Bush. En todo caso, no parece razonable que una profecía no cumplida se siga usando como argumento una vez ya verificada su no realización. Algunos han venido a decir algo así como: “os advertimos de que podíais causar millones de muertes, y no parásteis la guerra, lo que demuestra que estábais dispuestos a ello, aunque después no haya ocurrido”. Los profetas son tenaces, su reino no es de este mundo.
La situación humanitaria es difícil y aún puede tener consecuencias dolorosas para una parte de la población refugiada y desplazada. Pero si ahora se produjese alguna gran tragedia humanitaria no podría achacarse a la guerra, sino simplemente a indolencia criminal de la comunidad internacional, pues aunque no estén todas las dificultades resueltas no puede decirse que haya obstáculos insalvables para el desplazamiento de la ayuda. De hecho, ayudar ahora es más fácil y efectivo que bajo los talibanes, y ACNUR ya comienza a pronosticar un escenario en el que lo predominante será el retorno, lo que planteará sin dudas nuevos retos, pero de signo positivo.

6. La guerra es atroz aunque esté justificada, pero eso no justifica las atrocidades cometidas en ella o tras su finalización. Una cosa es la atrocidad general de la guerra y otra las atrocidades que en ella se cometen. Hacer la guerra al Eje era necesario, y debemos felicitarnos por la victoria de los aliados en la Segunda Guerra Mundial, pero eso no hace legítimas las bombas sobre Hiroshima y Nagashaki o las deportaciones masivas, con rasgos exterministas, de millones de personas y de comunidades étnicas enteras en la URSS, ni el que ésta se adueñara, después de la guerra, de media Europa y la sometiese al totalitarismo. Así que conviene prestar atención a la advertencia de George Orwell: “Todos creen en las atrocidades del enemigo y no en las de su bando, sin preocuparse por las pruebas”.
La guerra de Afganistán no ha sido genocida ni ha pretendido causar millones de muertes, pero eso no equivale a ausencia de atrocidades cometidas por el bando vencedor. Hay que atenerse a las pruebas, lo que exige, por cierto, ponerse a buscarlas, junto a organizaciones del talante de Amnistía Internacional, lo que no será muy bien visto por el establishment.
Aunque la línea general ha sido localizar los bombardeos sobre objetivos estratégicos y evitar masacres de civiles, quizá no siempre se haya actuado con la suficiente responsabilidad. No puedo emitir una opinión en firme aún, pero desde luego hay varios casos altamente dudosos, especialmente durante los últimos momentos de la guerra. Queremos saber la verdad.
Está confirmado que las tropas del Frente Unido también cometieron atrocidades, aunque muy inferiores a las acostumbradas hasta ahora en las guerras que azotan a Afganistán desde 1979. Creo que está plenamente confirmado que se asesinó a talibanes que se entregaban y que algunos detenidos murieron asfixiados en contenedores dentro de los que eran trasladados. En esto momento, ingoro la dimensión que puedan tener  estos crímenes, pero debemos actuar para que sean castigados, lo que comienza, ante todo, por un esfuerzo para que se sepa la verdad.
El asunto más turbio de todos es lo ocurrido con la represión del motín de los talibanes detenidos en la fortaleza de Mazar-i-Sharif, tanto por su dimensión como por la existencia de responsabilidades compartidas entre el Frente Unido y fuerzas “occidentales”. Sin dictar sentencia de antemano, considero que requiere una investigación independiente y sin cortapisas por una comisión internacional responsable ante las Naciones Unidas, que debe averiguar si se podría haber evitado la masacre.
Debe constituirse un Tribunal Penal Internacional que juzgue los crímenes contra la humanidad y los crímenes de guerra cometidos en Afganistán, siguiendo el modelo del que actúa sobre lo ocurrido en la antigua Yugoslavia. Ante él deben ser llevados, en primer lugar, los líderes talibanes, pero también todos los sospechosos de estar implicados en actos criminales de ese carácter, sin excepciones, tanto si son miembros de la Alianza del Norte como de las propias fuerzas internacionales.

7. Para que la guerra no sea el último recurso ante situaciones que se han dejado pudrirse, debemos crear un mundo diferente. Los incendios hay que apagarlos, pero eso no excluye la exigencia de responsabilidades a los jefes de seguridad del edificio y a las oficinas municipales encargadas de revisarlas periódicamente. Tampoco excluye que, cuando aquellos se repiten, sea preciso reelaborar las propias normas legales vigentes para adaptarlas a nuevas arquitecturas y materiales.
Aunque el debate intelectual ha sido vivo, la izquierda oficial, con pequeñas excepciones, ha oscilado entre el seguidismo total ante la Administración Bush y una postura antiguerra que condenaba a las mujeres afganas a seguir sometidas a un estatus subhumano. El movimiento de Seattle y Génova se encuentra ante una encrucijada decisiva, en la que pugnan su original carácter ciudadano con su reducción a una sopa de siglas extremistas, su talante mundialista, libertario, democrático y anticapitalista con la retórica anti-imperialista y nacionalista, su carácter alternativo y propositivo con la cerrazón resistencialista, su papel como promotor de una nueva alianza por una democracia global con la actuación de quienes en su seno quieren ponerle al servicio de clérigos, generales populistas y sátrapas totalitarios.
George Bush, que dio comienzo a su mandato con un liderazgo débil y cuestionado, es hoy un líder fortalecido. George Bush encarna un proyecto profundamente reaccionario e irresponsable. Ya lo demostró con la negativa a ratificar el Tratado de Kioto, su rechazo a la creación de un Tribunal Penal Internacional permanente o el cuestionamiento de tratados internacionales en los que Estados Unidos estaba comprometido. En cierta forma, trabaja sobre la base de que, en lo que a EEUU atañe, ya se encargan ellos, y en lo que afecta al mundo entero y sólo puede abordarse a esa escala, mejor que no haya normas ni institución reguladora alguna, porque así impera la ley del más fuerte y la ley del capital. La necesidad de lograr respaldo internacional a la intervención en Afganistán le hizo mover algunas piezas, como el pago de parte de la deuda contraída con la ONU o el reconocimiento de la necesidad de un Estado palestino, pero ahora se han observado claros síntomas de involución, especialmente en lo que se refiere al conflicto israelí-palestino.
En definitiva, el que George Bush haya liderado una guerra “progresiva”, de consecuencias positivas, no quiere decir que haya sacado ninguna lección de qué hay que hacer para evitar llegar a tales situaciones ni sobre cómo modificar la situación de la que se alimenta el fundamentalismo teocrático. En realidad, no lo ha hecho. Su proyecto para el futuro será fuente de nuevos conflictos, desórdenes y sufrimientos.
La respuesta de izquierda a esa estrategia no es el “yankee go home” tradicional, que le hace el juego. De lo que se trata es de dar prioridad y colocar en primer plano a aquellas alternativas que apuestan por una “gobernanza” global y por una democracia global. No todas las decisiones que adoptan los gobernantes de Estados Unidos son malas, pero es muy malo que ante cada crisis sean ellos quienes deciden unilateralmente, sobre todo cuando le toca el turno a gente como Reagan o Bush. Las intervenciones quirúrgicas en Bosnia, Kosovo y Afganistán tuvieron repercusiones positivas, pero la prevención es mejor. Nada garantiza que los próximos pasos de la “guerra al terrorismo” no echen leña al fuego de viejos conflictos en vez de contribuir a resolverlos. No está justificado el fácil “digamos no a todo”, para curarse en salud, pero tampoco lo está el renunciar a la búsqueda de una legalidad internacional que permita hacer frente de otra manera a los graves atentados contra los derechos humanos, al terrorismo “civil” y al terrorismo de los Estados, al dinero delincuente, a la desigualdad y a la ausencia de democracia.
Las propuestas y respuestas están sobre el tapete: reforma de la ONU y de las instituciones financieras internacionales, Tribunal Penal Internacional dotado de la legalidad y los medios necesarios, “tasa Tobin”, desmantelamiento de los paraísos fiscales, convenios internacionales y transformación de nuestras formas de vida para permitir la sostenibilidad del mundo, inclusión de cláusulas sociales y políticas en los acuerdos comerciales, nuevo papel a jugar por la Unión Europea, etc. No es mi intención desarrollar aquí esta agenda. Sólo quiero recalcar que debe ser una agenda democrática, sin equívocos, y global.
Ese es un camino en el que hay que chocar con las élites políticas y financieras del mundo, inevitablemente, pero sin dar un sólo paso junto a los fundamentalismos teocráticos, pues su odio hacia EEUU, Occidente o la propia ONU no es odio hacia el capitalismo, hacia la desigualdad, hacia el unilateralismo o hacia el despilfarro contaminador y agotador de recursos, sino odio hacia el ser humano, muñeno de dios para ellos, odio hacia la democracia y los derechos humanos, hacia las mujeres libres, hacia el laicismo, hacia cualquier aspiración solidaria, libertaria e igualitaria. Su grito “anti-imperialista” contra Occidente es tan repugnante como el grito “antiusurero” de los nazis contra el pueblo judío. Los teócratas no han “equivocado” el camino de lucha. No, son así y marchan por donde quieren ir. No son enemigos del capitalismo, sino enemigos de la humanidad. Los amigos de Bin Laden no son mejores que los amigos de Hitler.
El bien más preciado es la libertad.
 
Ir a página principal de Iniciativa Socialista