Cambio, palabra clave

Luiz inácio Lula da Silva

Iniciativa Socialista, nº 67, invierno 2002-2003. Fragmento inicial del discurso de investidura de Lula, ante el Congreso Nacional brasileño

Cambio, esa es la palabra clave, el gran mensaje de la sociedad brasileña en las elecciones de octubre. Finalmente, la esperanza venció al miedo y la sociedad brasileño decidió que era hora de recorrer nuevos caminos. Ante el agotamiento de un modelo que, en vez de generar crecimiento produjo estancamiento, desempleo y hambre; ante el fracaso de una cultura del individualismo, del egoismo, de la indiferencia hacia el prójimo, de la desintegración de las familias y las comunidades; ante las amenazas a la soberanía nacional y ante la avasalladora precariedad de la seguridad pública, la falta de respeto a los más viejos y el desaliento de los jóvenes; ante el impasse económico, social y moral del país, la sociedad brasileña escogio cambiar y comenzó, por sí misma, a promover el cambio necesario.

Para eso el pueblo brasileño me eligió Presidente de la República: para cambiar. Ese fue el sentido de cada voto que recibimos yo mismo y mi valiente compañero José Alencar. Estoy aquí, en este día soñado por tantas generaciones de luchadores que nos precedieron, para reafirmar mis compromisos más profundos y esenciales, para reiterar a todo ciudadana y a toda ciudadana de mi país el significado de cada una de las palabras dichas durante la campaña, para imprimir al cambio una intensidad practica, para decir que llegó la hora de transformar Brasil en la nación con la que siempre soñamos: soberana, digna, consciente de su importancia en el escenario internacional y, al mismo tiempo, capaz de abrigar, acoger y tratar con justicia a todos sus hijos.

Vamos a cambiar, con coraje y precaución, con humildad y osadía. Cambiar conscientes de que el cambio es un proceso gradual y continuado, no un simple acto de voluntad ni un éxtasis voluntarista. Cambio a través del diálogo y la negociación, sin atropellos o precipitaciones, para que el resultado sea consistente y duradero.

Brasil es un país inmenso, un continente humana, ecológica y socialmente muy complejo, con casi 175 millones de habitantes, No podemos dejar que siga a la deriva, al vaivén de los vientos, sin un verdadero proyecto de desarrollo nacional y un plan de acción estratégico. Si queremos transformarlo, para vivir en una nación en la que todos puedan andar con la cabeza levantada, tendremos que ejercer cotidianamente las virtudes de la paciencia y de la perseverancia.

Tendremos que mantener bajo control nuestras muchas y legítimas aspiraciones sociales, para que puedan ser atendidas al ritmo adecuado y en el momento justo, tendremos que mirar donde pisamos y caminar con pasos pensados, precisos y sólidos, ya que no se pueden recolectar los frutos sin plantar antes los árboles.

Pero comenzaremos a cambiar ya, pues, como dice la sabiduría popular, una larga caminata comienza con los primeros pasos. Este es un país extraordinario. Desde Amazonas hasta Río Grande del Sur, pasando por las poblaciones costeras, las del sertao y las ribereñas, lo que veo en todos los lugares es un pueblo maduro, curtido y optimista. Un pueblo siempre nuevo y joven, que conoce el sufrimiento pero también la alegría, y que confía en sí mismo y en sus propias fuerzas. Creo en un grandioso futuro para Brasil, porque nuestra alegría supera a nuestro dolor, nuestra fuerza supera a nuestra miseria, nuestra esperanza supera a nuestro miedo.

El pueblo brasileño, en su más antigua historia y en la más reciente, ha dado pruebas incontestables de su grandeza y generosidad, de su capacidad de movilizar la energía nacional en grandes momentos cívicos, y deseo, por encima de cualquier otra cosa, convocar a mi pueblo para una gran campaña cívica y nacional contra el hambre. En un país con tantas tierras fértiles y tantas personas que desean trabajar, no debería haber ninguna razón para que tengamos que hablar del hambre. Sin embargo, en el campo y en la ciudad, en las zonas rurales más desamparadas y en las periferias urbanas, millones de brasileños no tienen nada que comer en este mismo momento. Sobreviven milagrosamente por debajo del umbral de pobreza, cuando no mueren de miseria, mendigando un trozo de pan. Es una historia que viene de lejos.

Brasil conoció la riqueza de los ingenios y de las plantaciones de caña de azúcar en los primeros tiempos coloniales. Pero no venció al hambre. Proclamó la independencia nacional y abolió la esclavitud, pero no venció al hambre. Conoció la riqueza de los yacimientos de oro, en Minas Gerais, y de la producción de café, en Vale do Paraíba, pero no venció al hambre. Se industrializó y forjó un notable y diversificado parque productivo, pero no venció al hambre. Esto no puede continuar así.

Mientras haya un hermano brasileño o una hermana brasileña pasando hambre, habrá motivos sobrados para cubrirnos de vergüenza. Por eso, definí entre las prioridades de mi gobierno un programa de seguridad alimentaria denominado “Hambre cero”. Como dije en mis primeras declaraciones tras ser electo, si al terminar mi mandato todos los brasileños pudiesen desayunar, comer y cenar, habré cumplido la misión de mi vida.

Por eso, proclamo: vamos a acabar con el hambre en nuestro país. De la erradicación del hambre haremos una gran causa nacional, como lo fueron en el pasado la creación de Petrobras [compañía petrolera, creada como empresa estatal en 1954; actualmente es una sociedad anónima de economía mixta con participación del Estado federal y de accionistas privados] y la memorable lucha por la redemocratización del país. Es una causa que puede y debe ser de todos, sin distinción de clase, partido, ideología. Ante el clamor de los que padecen el flagelo del hambre, debe prevalecer el imperativo ético de sumar fuerzas, capacidades e instrumentos para defender lo más sagrado: la dignidad humana. Para eso, será también imprescindible hacer una reforma agraria pacífica, organizada y planificada.

Garantizaremos el acceso a la tierra para quien quiera trabajar, no sólo por justicia social sino también para que los campos de Brasil produzcan más y lleven más alimentos a nuestras mesas, trigo, soja, harina, frutos, y nuestro feijão con arroz. Para que el campesino recupere su dignidad, sabiendo que, al alzarse o ponerse el sol, cada movimiento de su azada o tractor contribuirá al bienestar de los brasileños del campo y la ciudad, vamos a incrementar también la agricultura familiar, el cooperativismo y la economía solidaria. Formas perfectamente compatibles con nuestro vigoroso apoyo a las empresas agropecuarias, a la agroindustria y al agronegocio, pues se complementan tanto en la dimensión económica como en la social. Debemos estar orgullosos de todos los bienes que producimos y comercializamos. (...)