Iniciativa Socialista (portada) Un nuevo ciclo político se ha abierto

Jesús Jaén

Iniciativa Socialista, invierno 2003-2004


Lo sucedido en Madrid los días 11, 12, 13 y 14-M han provocado un giro de 180 grados en la situación política. La historia está llena de ejemplos en los que los destinos de un pueblo cambian radicalmente por unas horas o unos días.

Antes del 11-M: el peor gobierno posible


¿Cómo es posible que un gobierno tan reaccionario como el que hemos sufrido a lo largo de los últimos cuatro años haya gozado de un amplio respaldo popular? ¿Cómo es posible que las grandes movilizaciones contra la guerra de Irak, la huelga general o la crisis del Prestige no se dejaban sentir en las elecciones? La única explicación pausible no es otra que la "bonanza" económica que ha vivido el Estado español en los últimos ocho años que ha permitido a un gran sector de asalariados y clases medias un ritmo de consumo desconocido; además del apoyo al gobierno de millones de pensionistas y, evidentemente de la inmensa mayoría del gran capital nacional e internacional. La mayoría de los ciudadanos de este país votaban con el bolsillo al margen de otras consideraciones políticas, éticas y morales.
El gobierno de Aznar, principalmente entre el 2000 y 2004, ha sido el gobierno más reaccionario desde la muerte de Franco. El más reaccionario que ha habido en Europa desde M. Thatcher. En el mundo occidental solo puede comparársele con las administraciones de Reagan y Bush II.
Resulta casi inevitable su comparación con G. Bush dada su afinidad y de ahí que naciera una gran amistad entre ambos. Uno y otro son gobiernos ideológicamente muy fuertes. Una ideología basada en el ultraconservadurismo moral y político (bordeando en numerosas ocasiones la extrema derecha), y un neoliberalismo a ultranza en el terreno económico que ha proyectado a ambas sociedades a unas cotas de desigualdad social, precariedad y endeudamiento familiar nunca vistas.
El papel protagonista de las Iglesias cristianas ha sido y es una señal de identidad de estos dos gobiernos. Mientras Bush está rodeado por ultraconservadores puritanos o milenaristas. La Iglesia católica, en su versión más retrógrada como por ejemplo el Opus Dei, adquirió con Aznar un protagonismo que no tenía desde el franquismo; baste como ejemplos la ley de calidad de la enseñanza, la irrupción de los obispos en la vida pública demonizando la homosexualidad, el aborto, los preservativos o el intento de impregnar la cultura popular de un conservadurismo moral.
El gobierno de Aznar ha querido imponer un régimen presidencialista despreciando al conjunto de la sociedad, el parlamento y las instituciones autonómicas. Manipuló la radio y televisión públicas y se rodeó de una falange de personajes sumisos cuyo único fin  era contar alabar la gestión de su jefe.
Otro componente del gobierno del PP ha sido el chauvinismo español (también en esto se parece al patriotismo americano de la administración Bush). Su intento de "españolizar" los territorios de Euskadi y Catalunya ha puesto a la sociedad al borde de una confrontación. Ese españolismo tardofranquista alcanzó el ridículo en la toma del islote de Peregil.
La otra cara de la moneda de este radicalismo ideológico ha sido su actuación económica. El gobierno de Aznar ha sido el modelo de neoliberalismo. Con él, las grandes fortunas del país y las multinacionales, han obtenido formidables beneficios nunca vistos, ha llevado adelante la privatización del sector público y ha puesto en manos de sus amigos las grandes empresas de la telecomunicación, energía o financieras. Su política neoliberal  bajo el dictado del déficit cero ha provocado la caída del gasto social, de la inversión en investigación y modernización del aparato productivo. Se ha disparado la especulación financiera  y la burbuja inmobiliaria creando el mayor endeudamiento privado de las familias y sobre todo de las parejas jóvenes. La doctrina neoliberal ha traído lo que tantas veces habíamos denunciado: una concentración sin precedentes de la riqueza del país a costa del aumento de la desigualdad social. No cabe la menor duda que han sido los asalariados, sobre todo los que se incorporaban al mundo laboral y las mujeres, los que han pagado con su precariedad y sus salarios de supervivencia, el alto precio del neoliberalismo.

La crisis del 11-M

Con este panorama nos abocábamos a unas elecciones donde lo único cuestionable era si el PP lograría o no,  mayoría absoluta. La campaña del PSOE, por más que ahora le busquen méritos, no despertaba el menor entusiasmo, ni tampoco su dirigente JL R. Zapatero.
Pero los atentados del 11-M irrumpieron en la campaña poniendo todo patas arriba. Los más de doscientos muertos y mil quinientos heridos provocaron el horror y el espanto de millones de ciudadanos. Por si solo este hecho no hubiera provocado el vuelco electoral.
Y ahí, entró el gobierno. Aznar y los suyos subestimaron al conjunto de la sociedad. Nos querían convencer de que había sido ETA cuando todas las pruebas materiales e indicios políticos apuntaban al terrorismo de Al Queda.
Ya en las multitudinarias manifestaciones del 12-M miles y miles de ciudadanos gritaban "¿quién ha sido?"; llamaban mentiroso al gobierno y señalaban su culpabilidad por conducir al país a la guerra de Irak. En esta situación las redes sociales funcionaron con una vitalidad digna de destacar, mientras los partidos (PSOE e IU) permanecían en una actitud de mansedumbre o parálisis.
Bien es verdad que algunos medios de comunicación ligados al grupo Prisa empezaron a denunciar sutilmente las mentiras del gobierno, también algunos portavoces políticos como Ibarretxe o Carod Rovira. Pero la indignación ciudadana ante ocultación de los hechos fue un fenómeno esencial y principalmente espontáneo, y, fruto de ello el acoso a las sedes del PP en la noche del 13-M o los insultos a Rato y Piqué en la manifestación del 12-M en Barcelona y a Aznar en Madrid.
La respuesta ante el atentado del 11-M y a la manipulación inmoral del gobierno llevó a que se viviera en todo el país una gran movilización democrática dirigida contra los atentados de Al Queda y contra el PP. Una movilización democrática cuyo único precedente (y en ese caso no fue espontánea) fue la respuesta al golpe de estado del 23-F. Insistimos, lo importante de las movilizaciones que siguieron al 11-M no fueron las manifestaciones organizadas desde las instituciones sino las reacciones espontáneas de miles y miles de ciudadanos durante esos días.

14-M, el vuelco electoral


Los resultados del 14-M deben entenderse como parte de ese mismo proceso de movilización democrática que se abrió con el 11-M. Señalemos sintéticamente algunos datos: la alta participación electoral (77,21%). El descenso en 700.000 votos por parte del PP. El ascenso de 3 millones de votos por el PSOE.  Así las cosas el PSOE obtuvo un 42,64%  contra el 37,64% del PP, es decir, 164 diputados frente a 148.
Estos datos con ser muy importantes no lo reflejan todo. El PSOE se convirtió para casi 11 millones de ciudadanos en el único instrumento con el que se podía derrotar al PP. No hubo un cheque en blanco para Zapatero, hubo en primer lugar un voto de castigo contra el PP, contra sus mentiras antes y después de la guerra de Irak, un voto de fuerte contenido democrático.  Esa marea democrática canalizada por el PSOE despertó a miles de votos de una izquierda desmoralizada y dormida que reaccionaba así a las falacias del gobierno, arrastró también a la mayoría de la juventud que se acercó por primera vez a votar, y dejó a IU con la mitad de los diputados. Fue un fenómeno a tres bandas fruto de una situación excepcional.
Solo tres partidos nacionalistas resistieron la marea socialista. ERC no solo aguantó sino que obtuvo los mejores resultados de la cita electoral (8 diputados y 650.000 votos); en segundo lugar el PNV (7 diputados y 417.200 votos); y la Chunta que sumó 18 mil votos más que en el 2000. No es tampoco una casualidad que los dos partidos más enfrentados al PP (ERC y PNV) capitalizasen  una gran parte del sentimiento antigubernamental en Catalunya y Euskadi.
En síntesis, el 14-M, es un triunfo democrático de una mayoría de la población frente al intento reaccionario del PP. El proyecto neoliberal y neofranquista del gobierno Aznar, han sufrido un serio descalabro, y con él, el frente de las Azores, la jerarquía eclesiástica, la CEOE, y particularmente, el capital financiero y especulativo.
Todos ellos tenían importantes intereses en el triunfo de Aznar: los gobiernos de Bush y Blair por la ocupación de Irak, la Iglesia por la inminente puesta en práctica de la ley de Calidad, las inversiones financieras para asegurar sus privilegios, las constructoras para seguir su expansión con la especulación de la vivienda o el megaplan  Hidrológico Nacional.  Esta poderosa alianza, respaldada además por un sector social importante, ha quedado seriamente tocada pero no rota. Espera su nueva oportunidad, ya no puede sacar los tanques a la calle como en otros tiempos, pero desde todos los ángulos intentará desestabilizar al nuevo gobierno, mostrar sus debilidades y profundizar sus contradicciones.

Características del nuevo ciclo político


¿Qué es lo que ha cambiado tras el 11-M? Antes la iniciativa política estaba del lado del gobierno y sus aliados naturales; ahora esa situación ha empezado a cambiar. La huelga general del 20J, las movilizaciones contra la guerra y el Prestige, las de los estudiantes contra la nueva ley de educación, cobran ahora una importancia decisiva. A ellas hay que sumarles el movimiento antiglobalización que nunca ha dejado de luchar.
El nuevo ciclo político nace con la contradicción y el choque de fuerzas contrarias que tratarán de inclinar la balanza a un lado u otro.
Por un lado, como decíamos antes, una gran mayoría de la población se siente respaldada tras el 14-M, animada a salir a la calle y exigir que Zapatero cumpla con sus promesas. La demanda social no se hará esperar exigiendo la retirada inmediata de las tropas españolas de Irak, la retirada de la ley de Calidad de la enseñanza, la aprobación de leyes que equiparen a las parejas de homosexuales, la ley integral de defensa de la mujer ante los malos tratos, la puesta en marcha de miles de viviendas sociales como el PSOE había prometido, la regularización de miles de inmigrantes, la eliminación del trabajo precario, la apuesta decidida por la sanidad pública completando las transferencias hacia las comunidades autónomas, el diálogo abierto con los nacionalismos democráticos y sus representantes en Euskadi y Catalunya, la reforma del Senado y de los Estatutos de autonomía, la investigación del desastre del Jakoleb, la paralización de las obras del PHN...
Esto es lo que está en juego, por lo menos. No es un programa utópico, es lo que el PSOE prometió y que está obligado a cumplir sin demora. ¿Lo hará?
Frente a estas reivindicaciones se encuentran la alianza de los perdedores del 14-M, aunque insistimos, no están derrotados. A solamente dos días de las elecciones ya han anunciado concentraciones y homenajes a Aznar y Rajoy, la CEOE ha declarado que la derrota del PP es inmerecida e injusta, la jerarquía católica guarda silencio pero por su boca habla la patronal de la enseñanza denunciando cualquier intento de paralizar la ley de Calidad,  los mercados financieros reciben al futuro gobierno haciendo caer la bolsa, los periódicos de la derecha como el Mundo, ABC y la Razón hablan de la victoria de Bin Laden en las elecciones españolas, Tony Blair le pide a Zapatero que no retire las tropas, incluso el candidato demócrata a la Casa Blanca, J. Kerry, también. La Santa Alianza prepara nuevos golpes para volver al poder o por lo menos doblar el espinazo del nuevo gobierno. ¿Qué hará el PSOE?
Ahí estriba una de las grandes preguntas. ¿Cederá ante los ataques de la derecha? ¿Terminará inclumpliendo todas sus promesas? ¿Decepcionará a los millones de jóvenes y trabajadores que han creído en un cambio? La experiencia nos dice que esto es mucho más que una mera hipótesis. Muchos recordamos que en 1982 Felipe González traicionó dos de sus promesas más importantes: sacarnos de la OTAN y la creación de 800.000 puestos de trabajo. ¿Seguirá Zapatero los pasos de su maestro?
Nosotros no confiamos ni dejamos de confiar en la persona de Zapatero. Un gobierno no depende solo  de la supuesta honestidad de su líder, ni siquiera de lo que prometió en campaña. Un gobierno está sometido también a los vaivenes del conflicto social, de la presión según quién sea el que la ejerce, de la movilización de la población. Más aún, con el próximo gobierno, es claro que ya se ha declarado una guerra sin cuartel desde los sectores ultrareaccionarios. ¿Cómo reaccionará la izquierda política y social? ¿Se acomodarán sus dirigentes a las ventajas del poder, a los despachos y salones terciopelados?
La respuesta a tanto interrogante se empezará a escribir al día siguiente de que Zapatero sea proclamado presidente de gobierno.
19 de marzo de 2004