Lo sucedido en Madrid los días 11, 12, 13 y 14-M han provocado un
giro de 180 grados en la situación política. La historia está
llena de ejemplos en los que los destinos de un pueblo cambian radicalmente
por unas horas o unos días.
Antes del 11-M: el peor gobierno posible
¿Cómo es posible que un gobierno tan reaccionario como el que
hemos sufrido a lo largo de los últimos cuatro años haya gozado
de un amplio respaldo popular? ¿Cómo es posible que las grandes
movilizaciones contra la guerra de Irak, la huelga general o la crisis del
Prestige no se dejaban sentir en las elecciones? La única explicación
pausible no es otra que la "bonanza" económica que ha vivido el Estado
español en los últimos ocho años que ha permitido a
un gran sector de asalariados y clases medias un ritmo de consumo desconocido;
además del apoyo al gobierno de millones de pensionistas y, evidentemente
de la inmensa mayoría del gran capital nacional e internacional. La
mayoría de los ciudadanos de este país votaban con el bolsillo
al margen de otras consideraciones políticas, éticas y morales.
El gobierno de Aznar, principalmente entre el 2000 y 2004, ha sido el gobierno
más reaccionario desde la muerte de Franco. El más reaccionario
que ha habido en Europa desde M. Thatcher. En el mundo occidental solo puede
comparársele con las administraciones de Reagan y Bush II.
Resulta casi inevitable su comparación con G. Bush dada su afinidad
y de ahí que naciera una gran amistad entre ambos. Uno y otro son
gobiernos ideológicamente muy fuertes. Una ideología basada
en el ultraconservadurismo moral y político (bordeando en numerosas
ocasiones la extrema derecha), y un neoliberalismo a ultranza en el terreno
económico que ha proyectado a ambas sociedades a unas cotas de desigualdad
social, precariedad y endeudamiento familiar nunca vistas.
El papel protagonista de las Iglesias cristianas ha sido y es una señal
de identidad de estos dos gobiernos. Mientras Bush está rodeado por
ultraconservadores puritanos o milenaristas. La Iglesia católica,
en su versión más retrógrada como por ejemplo el Opus
Dei, adquirió con Aznar un protagonismo que no tenía desde
el franquismo; baste como ejemplos la ley de calidad de la enseñanza,
la irrupción de los obispos en la vida pública demonizando
la homosexualidad, el aborto, los preservativos o el intento de impregnar
la cultura popular de un conservadurismo moral.
El gobierno de Aznar ha querido imponer un régimen presidencialista
despreciando al conjunto de la sociedad, el parlamento y las instituciones
autonómicas. Manipuló la radio y televisión públicas
y se rodeó de una falange de personajes sumisos cuyo único
fin era contar alabar la gestión de su jefe.
Otro componente del gobierno del PP ha sido el chauvinismo español
(también en esto se parece al patriotismo americano de la administración
Bush). Su intento de "españolizar" los territorios de Euskadi y Catalunya
ha puesto a la sociedad al borde de una confrontación. Ese españolismo
tardofranquista alcanzó el ridículo en la toma del islote de
Peregil.
La otra cara de la moneda de este radicalismo ideológico ha sido su
actuación económica. El gobierno de Aznar ha sido el modelo
de neoliberalismo. Con él, las grandes fortunas del país y
las multinacionales, han obtenido formidables beneficios nunca vistos, ha
llevado adelante la privatización del sector público y ha puesto
en manos de sus amigos las grandes empresas de la telecomunicación,
energía o financieras. Su política neoliberal bajo el
dictado del déficit cero ha provocado la caída del gasto social,
de la inversión en investigación y modernización del
aparato productivo. Se ha disparado la especulación financiera
y la burbuja inmobiliaria creando el mayor endeudamiento privado de las familias
y sobre todo de las parejas jóvenes. La doctrina neoliberal ha traído
lo que tantas veces habíamos denunciado: una concentración
sin precedentes de la riqueza del país a costa del aumento de la desigualdad
social. No cabe la menor duda que han sido los asalariados, sobre todo los
que se incorporaban al mundo laboral y las mujeres, los que han pagado con
su precariedad y sus salarios de supervivencia, el alto precio del neoliberalismo.
La crisis del 11-M
Con este panorama nos abocábamos a unas elecciones donde lo único
cuestionable era si el PP lograría o no, mayoría absoluta.
La campaña del PSOE, por más que ahora le busquen méritos,
no despertaba el menor entusiasmo, ni tampoco su dirigente JL R. Zapatero.
Pero los atentados del 11-M irrumpieron en la campaña poniendo todo
patas arriba. Los más de doscientos muertos y mil quinientos heridos
provocaron el horror y el espanto de millones de ciudadanos. Por si solo
este hecho no hubiera provocado el vuelco electoral.
Y ahí, entró el gobierno. Aznar y los suyos subestimaron al
conjunto de la sociedad. Nos querían convencer de que había
sido ETA cuando todas las pruebas materiales e indicios políticos
apuntaban al terrorismo de Al Queda.
Ya en las multitudinarias manifestaciones del 12-M miles y miles de ciudadanos
gritaban "¿quién ha sido?"; llamaban mentiroso al gobierno
y señalaban su culpabilidad por conducir al país a la guerra
de Irak. En esta situación las redes sociales funcionaron con una
vitalidad digna de destacar, mientras los partidos (PSOE e IU) permanecían
en una actitud de mansedumbre o parálisis.
Bien es verdad que algunos medios de comunicación ligados al grupo
Prisa empezaron a denunciar sutilmente las mentiras del gobierno, también
algunos portavoces políticos como Ibarretxe o Carod Rovira. Pero la
indignación ciudadana ante ocultación de los hechos fue un
fenómeno esencial y principalmente espontáneo, y, fruto de
ello el acoso a las sedes del PP en la noche del 13-M o los insultos a Rato
y Piqué en la manifestación del 12-M en Barcelona y a Aznar
en Madrid.
La respuesta ante el atentado del 11-M y a la manipulación inmoral
del gobierno llevó a que se viviera en todo el país una gran
movilización democrática dirigida contra los atentados de Al
Queda y contra el PP. Una movilización democrática cuyo único
precedente (y en ese caso no fue espontánea) fue la respuesta al golpe
de estado del 23-F. Insistimos, lo importante de las movilizaciones que siguieron
al 11-M no fueron las manifestaciones organizadas desde las instituciones
sino las reacciones espontáneas de miles y miles de ciudadanos durante
esos días.
14-M, el vuelco electoral
Los resultados del 14-M deben entenderse como parte de ese mismo proceso
de movilización democrática que se abrió con el 11-M.
Señalemos sintéticamente algunos datos: la alta participación
electoral (77,21%). El descenso en 700.000 votos por parte del PP. El ascenso
de 3 millones de votos por el PSOE. Así las cosas el PSOE obtuvo
un 42,64% contra el 37,64% del PP, es decir, 164 diputados frente a
148.
Estos datos con ser muy importantes no lo reflejan todo. El PSOE se convirtió
para casi 11 millones de ciudadanos en el único instrumento con el
que se podía derrotar al PP. No hubo un cheque en blanco para Zapatero,
hubo en primer lugar un voto de castigo contra el PP, contra sus mentiras
antes y después de la guerra de Irak, un voto de fuerte contenido
democrático. Esa marea democrática canalizada por el
PSOE despertó a miles de votos de una izquierda desmoralizada y dormida
que reaccionaba así a las falacias del gobierno, arrastró también
a la mayoría de la juventud que se acercó por primera vez a
votar, y dejó a IU con la mitad de los diputados. Fue un fenómeno
a tres bandas fruto de una situación excepcional.
Solo tres partidos nacionalistas resistieron la marea socialista. ERC no
solo aguantó sino que obtuvo los mejores resultados de la cita electoral
(8 diputados y 650.000 votos); en segundo lugar el PNV (7 diputados y 417.200
votos); y la Chunta que sumó 18 mil votos más que en el 2000.
No es tampoco una casualidad que los dos partidos más enfrentados
al PP (ERC y PNV) capitalizasen una gran parte del sentimiento antigubernamental
en Catalunya y Euskadi.
En síntesis, el 14-M, es un triunfo democrático de una mayoría
de la población frente al intento reaccionario del PP. El proyecto
neoliberal y neofranquista del gobierno Aznar, han sufrido un serio descalabro,
y con él, el frente de las Azores, la jerarquía eclesiástica,
la CEOE, y particularmente, el capital financiero y especulativo.
Todos ellos tenían importantes intereses en el triunfo de Aznar: los
gobiernos de Bush y Blair por la ocupación de Irak, la Iglesia por
la inminente puesta en práctica de la ley de Calidad, las inversiones
financieras para asegurar sus privilegios, las constructoras para seguir
su expansión con la especulación de la vivienda o el megaplan
Hidrológico Nacional. Esta poderosa alianza, respaldada además
por un sector social importante, ha quedado seriamente tocada pero no rota.
Espera su nueva oportunidad, ya no puede sacar los tanques a la calle como
en otros tiempos, pero desde todos los ángulos intentará desestabilizar
al nuevo gobierno, mostrar sus debilidades y profundizar sus contradicciones.
Características del nuevo ciclo político
¿Qué es lo que ha cambiado tras el 11-M? Antes la iniciativa
política estaba del lado del gobierno y sus aliados naturales; ahora
esa situación ha empezado a cambiar. La huelga general del 20J, las
movilizaciones contra la guerra y el Prestige, las de los estudiantes contra
la nueva ley de educación, cobran ahora una importancia decisiva.
A ellas hay que sumarles el movimiento antiglobalización que nunca
ha dejado de luchar.
El nuevo ciclo político nace con la contradicción y el choque
de fuerzas contrarias que tratarán de inclinar la balanza a un lado
u otro.
Por un lado, como decíamos antes, una gran mayoría de la población
se siente respaldada tras el 14-M, animada a salir a la calle y exigir que
Zapatero cumpla con sus promesas. La demanda social no se hará esperar
exigiendo la retirada inmediata de las tropas españolas de Irak, la
retirada de la ley de Calidad de la enseñanza, la aprobación
de leyes que equiparen a las parejas de homosexuales, la ley integral de
defensa de la mujer ante los malos tratos, la puesta en marcha de miles de
viviendas sociales como el PSOE había prometido, la regularización
de miles de inmigrantes, la eliminación del trabajo precario, la apuesta
decidida por la sanidad pública completando las transferencias hacia
las comunidades autónomas, el diálogo abierto con los nacionalismos
democráticos y sus representantes en Euskadi y Catalunya, la reforma
del Senado y de los Estatutos de autonomía, la investigación
del desastre del Jakoleb, la paralización de las obras del PHN...
Esto es lo que está en juego, por lo menos. No es un programa utópico,
es lo que el PSOE prometió y que está obligado a cumplir sin
demora. ¿Lo hará?
Frente a estas reivindicaciones se encuentran la alianza de los perdedores
del 14-M, aunque insistimos, no están derrotados. A solamente dos
días de las elecciones ya han anunciado concentraciones y homenajes
a Aznar y Rajoy, la CEOE ha declarado que la derrota del PP es inmerecida
e injusta, la jerarquía católica guarda silencio pero por su
boca habla la patronal de la enseñanza denunciando cualquier intento
de paralizar la ley de Calidad, los mercados financieros reciben al
futuro gobierno haciendo caer la bolsa, los periódicos de la derecha
como el Mundo, ABC y la Razón hablan de la victoria de Bin Laden en
las elecciones españolas, Tony Blair le pide a Zapatero que no retire
las tropas, incluso el candidato demócrata a la Casa Blanca, J. Kerry,
también. La Santa Alianza prepara nuevos golpes para volver al poder
o por lo menos doblar el espinazo del nuevo gobierno. ¿Qué
hará el PSOE?
Ahí estriba una de las grandes preguntas. ¿Cederá ante
los ataques de la derecha? ¿Terminará inclumpliendo todas sus
promesas? ¿Decepcionará a los millones de jóvenes y
trabajadores que han creído en un cambio? La experiencia nos dice
que esto es mucho más que una mera hipótesis. Muchos recordamos
que en 1982 Felipe González traicionó dos de sus promesas más
importantes: sacarnos de la OTAN y la creación de 800.000 puestos
de trabajo. ¿Seguirá Zapatero los pasos de su maestro?
Nosotros no confiamos ni dejamos de confiar en la persona de Zapatero. Un
gobierno no depende solo de la supuesta honestidad de su líder,
ni siquiera de lo que prometió en campaña. Un gobierno está
sometido también a los vaivenes del conflicto social, de la presión
según quién sea el que la ejerce, de la movilización
de la población. Más aún, con el próximo gobierno,
es claro que ya se ha declarado una guerra sin cuartel desde los sectores
ultrareaccionarios. ¿Cómo reaccionará la izquierda política
y social? ¿Se acomodarán sus dirigentes a las ventajas del
poder, a los despachos y salones terciopelados?
La respuesta a tanto interrogante se empezará a escribir al día
siguiente de que Zapatero sea proclamado presidente de gobierno.
19 de marzo de 2004