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Los progresistas y la política

José María Mendiluce

José Mª Mendiluce es miembro del Parlamento Europeo. Artículo publicado en Iniciativa Socialista, número 54, otoño 1999


El mundo está perdiendo la batalla contra la pobreza y, al inicio del próximo milenio, 3.000 millones de personas -la mitad de la humanidad- sobrevive con 500 pesetas al día y, de entre ellas, 1.500 millones de personas vivirán tan sólo con un dólar al día (160 pesetas), 300 millones más de personas que en 1987,.según el Informe sobre el Desarrollo Mundial 1999 publicado el 15 de septiembre de 1999. El estudio muestra un panorama más sombrío aún sobre el futuro de los países en vías de desarrollo, en los que en el año 2015 podrían vivir casi 2.000 millones de personas -un tercio de la humanidad- en esos niveles de pobreza absoluta.
Al inicio del próximo milenio, la mitad de la población mundial vivirá en las ciudades y en el 2025 ese porcentaje crecerá hasta el 60%. Pero el 90% de la población urbana del futuro pertenecerá a los países en vías de desarrollo, que acogerán, dentro de quince años, a 80 de las 100 mayores metrópolis del planeta. Así, la globalización irá acompañada por un desarrollo sin precedentes de la “localización” del poder de las ciudades y espacios metropolitanos en detrimento de los estatales.
El SIDA y el trabajo infantil seguirán caracterizando la vida de nuestros hermanos africanos y asiáticos, llegando al extremo de que África puede ver reducido su escaso Producto Interior Bruto en más de un 10% anual, mientras 250 millones de niños trabajan hoy en nuestro planeta.
La ONU vaticina que la lucha por el agua potable creará conflictos y guerras regionales, ya que en el mundo existen más de mil millones de personas que carecen de este recurso vital. El continuado crecimiento de la población entra en conflicto con los recursos naturales disponibles, según el último informe del Programa para el Medio Ambiente de las Naciones Unidas (PNUMA). La lucha por el agua tiene profundas raíces medioambientales: el agua, en definitiva, no se puede separar de otros problemas. Por ejemplo, el uso de tierra cultivable está disminuyendo en todo el planeta debido a la contaminación y muy especialmente a la deforestación. Si no hay políticas de protección del suelo, la erosión avanza sin parar. Y como consecuencia de la falta de alimento, se producen 20 millones de refugiados “medioambientales” anuales. Hasta la UNESCO plantea poner en marcha el Centro Internacional de Prevención de Conflictos relacionados con el Agua.
En 1998 todos los “indicadores vitales” reforzaron dramática y agudamente el deterioro ambiental del planeta. Sólo los destrozos asociados a la meteorología causados por el aumento de las temperaturas significaron un incremento del 50% respecto al año anterior. Más de 300 millones de personas tuvieron que abandonar sus casas y verse desplazadas de sus hábitats según el Informe del Instituto Worldwatch, la organización independiente más prestigiosa que investiga el medio ambiente y el desarrollo mundial. Según el Instituto Goddar de Estudios Espaciales de la NASA, el incremento de la temperatura del planeta en 1998 fue el más rápido de los últimos 25 años, ofreciéndonos la mejor explicación del calentamiento global. Y arde la Amazonia sin control para la humanidad pero bajo el control de las compañías depredadoras. Mientras la temperatura se acelera, la economía mundial se desacelera. Rusia y Brasil -dos de los polvorines mundiales- redujeron su crecimiento en más de tres puntos con las consecuencias sociales internas previsibles, y el comercio internacional decreció un 4%.
Las guerras del futuro tendrán su origen en la violación de los derechos humanos, según el Informe Internacional de Investigación sobre la Paz de 1999. Estos nuevos conflictos resultarán de la violación masiva de los derechos humanos y de los derechos de las minorías, así como de la depuración étnica cometida por nacionalismos agresivos y excluyentes. El total de los gastos militares durante el año 1998 fue de 700.000 millones de dólares...
Finalmente, la brecha entre el primer y el Tercer Mundo se ensancha y el foso será tan insalvable que nos partirá. Más de 2.500 científicos y Premios Nobel se han reunido por primera vez en 20 años en la Cumbre de Budapest del pasado mes de junio para recordarnos en una dramática declaración que sólo el puente científico y tecnológico entre el primer y el Tercer Mundo puede salvamos de la catástrofe. Pero para ello, la política y los gobiernos deben de orientar las prioridades hacia el libre acceso al conocimiento; la ética de la biotecnología; la utilización de la ciencia para hacer frente a la pobreza, la salud y los problemas medioambientales; la educación científica y el acceso de la sociedad a la ciencia.
 

Los progresistas y la política

Han pasado ya diez años desde la caída del muro de Berlín. Y la victoria del pensamiento único y de su sistema económico -el neoliberalismo- ha resultado devastadora para el planeta y para los humanos. Su victoria, junto a la derrota que supone nuestra incapacidad para liderar un pensamiento alternativo, ha puesto contra las cuerdas a la política correctora y reequilibradora que ha caracterizado el pensamiento progresista en la última década. Nuestra capacidad de “corrección parcial” ha quedado desbordada por una realidad que nos supera en velocidad, en intensidad, en consecuencias y en complejidad. Se acaba un ciclo (y un siglo).
Los datos que conocemos nos sitúan frente a unos retos a los que no podemos ni ignorar ni subvalorar. No parece que más de lo mismo pueda liderar el pensamiento y la acción política necesarias para combinar libertad con justicia y sostenibilidad.  O seguir considerando que nuestra ciudadanía no se siente preocupada o afectada por lo que cada vez es más evidente que sí preocupa y afecta, en particular a los sectores más dinámicos y formados y a los jóvenes, dos grupos imprescindibles para los progresistas.
Algunos pueden pensar (y lo hacen) que es posible ganar las elecciones sin propuestas ni ideas para las soluciones urgentes que nos reclaman nuestras conciencias y la mayoría de nuestros hermanos del planeta. Es posible, pero estará dramáticamente alejado de lo necesario.
Las resistencias a asumir los cambios están dejando más y más a la izquierda como vestigio del pasado y en fase suicida. Son muchas más las características conservadoras presentes en las actuales izquierdas que en las derechas, dispuestas a subirse al carro de la modernidad que se basa en reducir lo público a una mera gestión administrativa de la economía de mercado. Los contenidos, el lenguaje, el discurso, la estética, las liturgias y la puesta en escena de las ofertas de izquierda son cada vez más anticuadas. Como sus modelos de organización y participación, que son burocráticos y excluyentes. Y se paga en credibilidad y en votos. No digamos en ilusiones.
La nostalgia del pasado en todos, la defensa de los logros del ayer en algunos, o la insistencia en vender sueños que se convirtieron en pesadillas en otros, deja desarmada a la oferta de izquierda para ganar nuevos espacios y sectores emergentes que sumen a millones de ciudadanos y ciudadanas a un proyecto ilusionante y realmente transformador. Y puede ser mayoritario, si queremos. Porque el famoso centro no es tonto (difícil tesis que parece defiendo en solitario). Ganar por cansancio de los electores o por errores del adversario como única estrategia posible no sólo es aburrido, sino una trampa para los que queremos transformar nuestra realidad, sin sobresaltos ni aventuras, pero con determinación.
Y ya no hay fuga posible. El planeta se ha hecho pequeño y sólo los necios e interesados pueden negar lo evidente. Va todo tan deprisa... que espeluzna la lamentable y penosa lentitud en afrontar lo inaplazable. Renunciando al protagonismo de la política nos hemos convertido en espectadores de la historia, con la esperanza de que los desastres nos pasen cerquita sin que nos toquen demasiado. Lo siento, esa posición es insostenible política y científicamente. Además, es mentira. Porque ya no hay fronteras que nos protejan como paraguas de las inclemencias mundiales.
Debemos repensar una oferta que sitúe los grandes temas mundiales en nuestra agenda doméstica. Porque han dejado de ser “asuntos exteriores” para ser la política en estado puro. Aquella que dice que se preocupa de los seres humanos y de las relaciones entre ellos y el. planeta. Y, además de éticamente exigible, es y será electoralmente rentable. Basta ya de parches, microvisiones, miopías que reducen la política exterior a la cuenta solidaria. Sencillamente no es serio, ni maduro, ni creíble pensar que podemos seguir tratando los retos con visiones parciales, sean nacionales o sectoriales. Y menos el año 2000 y provenientes de una escuela internacionalista que debe transformarse en un universalismo coherente.
La Izquierda se ha reclamado siempre de una capacidad científica para comprender la realidad y para transformarla. Hoy, se trata de negarla y de renunciar al cambio. Nada hay más acientífico que los análisis lamentables de la izquierda testimonial y la renuncia a los cambios de la izquierda pragmática. La mayoría de los temas que provocan alarma, indignación, sensibilidad, más allá de “lo social” clásico (educación, salud, vivienda, pensiones...), están abanderados por el asociacionismo no gubernamental, ausente la política. Derechos Humanos, medio ambiente, derechos de la mujer (sí, también para las afganas), jóvenes, gays y lesbianas, libertades, guerras, emergencias, desastres naturales, cooperación... parecieran ser el patrimonio de la denuncia del asociacionismo no gubernamental y de las respuestas voluntaristas de los voluntarios. La política se pronuncia sin emociones, y hasta el límite que imponen las buenas costumbres, por ejemplo ante el canuto o una sexualidad verdaderamente libre y placentera. Siempre hemos estado más por Justicia que por los derechos, por el Orden que por las libertades, por lo Razonable que por lo imposible. El desequilibrio entre las necesidades y aspiraciones y las respuestas no podría ser más dramático. Pero podemos seguir tratando de batir un record.
Prisioneros, atrapados entre las dos ofertas, que liquidan todo espacio alternativo, los progresistas no encontramos desde dónde enfrentar los retos con ilusión y posibilidades. Romper con la herencia de las dos izquierdas cargadas de historia y de nostalgias (y de algunas miserias), para construir una tercera izquierda es urgente y necesario. Y no confundir con la tercera vía, que se agota por sí misma a golpe de contadicción y de flojera intelectual..
Radicalmente democrática, profundamente liberal (antes diríamos libertaria), realmente sensible a, y contaminada por, la mejor escuela ecológica, moderna en su discurso, universalista en sus análisis y respuestas, multicultural y abierta, transversal de vocación, científica en sus propuestas, pragmática en sus alianzas, respetuosa con la diversidad de opciones y planteamientos, joven en su lenguaje, utilizadora de las nuevas tecnologías de comunicación, ferozmente antiburocrática y contagiadora de felicidad...  algunas de sus características: ¿las veis por algún sitio?
Se puede ganar en el .000. Y a pesar de los pesares hay abundantes razones para no votar PP o derecha. Pero sería bueno que sirviera para algo más que colocar amiguetes. Los trece gobiernos progresistas que, con distintas fórmulas, gobiernan en la UE, tienen poco tiempo para que alguien sensato considere que, efectivamente, se nota que gobiernan y de otra manera, en relación a los retos, no sólo, pero también domésticos. Y no se nota. “Podría ser peor”, sin duda. Pero es absolutamente insuficiente. Y ya empiezan las derrotas en Gran Bretaña y Alemania. Mientras, Europa languidece, huérfana de liderazgos y de europeísmo, confrontada a guerras frente a genocidios, a nuevos nacionalismos, sin que las opciones progresistas que gobiernan sean capaces de liderar nada ni a nadie, de introducir cambios creíbles y necesarios, ni de desmarcarse de la lógica neoliberal, aparte algunos matices sociales.
No habrá muchas oportunidades. Y no hay tiempo que perder. Porque se nos mueren los humanos y el planeta. Y hemos pasado el punto de no retorno. Y es que, cuando gobierna el mercado, el asunto no es sólo ganar las elecciones, sino volver a colocar a la política en el puesto de mando y salvar a la democracia herida...y la democracia es algo más que poder ejercitar el derecho de voto...
Hay futuro si reinventamos la izquierda. Pero así como estamos, tan sueltitos de ideas y apretados de caderas, no vamos a ningún sitio distinto que al desastre. Es cuestión de tiempo, pero también de sensibilidad, porque ya estamos en él para muchos y muchas, demasiado humanos. E, insisto, las y los españoles, sean lo que sean, además forman parte del género ese, llamado humano. Y me temo, gane quien gane, pueden ver bastante frustradas sus expectativas y arruinando su futuro.
 
 
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