Ir a página principal de Iniciativa Socialista
Ir a archivo de documentos
 

De Bosnia a Afganistán

pasando por Kosovo

 José María Mendiluce

 Iniciativa Socialista, nº 63, invierno 2001-2002
Desde que hace una década Yugoslavia empezó a desmembrarse, Europa ha tenido que hacer frente a situaciones que por su naturaleza criminal, por la envergadura de los horrores y su potencial expansivo, han reclamado una renovación profunda del pensamiento y una redefinición de su seguridad y capacidad defensiva. El ejercicio no resultó fácil y provocó abundantes desgarros teóricos en las corrientes progresistas, un tanto adormiladas y confortablemente instaladas en las bondades analíticas y la pereza mental hijas de la guerra fría.
Para los que como yo defendimos desde el principio la necesidad de una intervención militar para terminar con el genocidio del pueblo de Bosnia y reclamamos justicia frente a la impunidad, los 200.000 muertos que provocó la paranoia nacionalista de los serbios radicales (por cierto, contagiosa) fueron la expresión de una cobardía de Europa en la defensa de los valores que decimos defender y que la constituyen. Pero al final, se intervino bajo decisión y dirección norteamericanas. En pocos días, el anunciado Vietnam se convirtió en victoria y se pararon las masacres, se firmaron unos dudosos acuerdos (Dayton, EEUU) y la ONU creó el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia.
Hubo luego que tomar postura ante Kosovo, y una vez más, defender el derecho de intervención tuvo bastantes costes y se dijeron bastantes simplezas revestidas de grandes principios. Un millón largo de kosovares huían del terror sistemático de las fuerzas de Milosevic, pero los supervivientes pudieron, gracias a las acciones militares norteamericanas, regresar a sus hogares y reiniciar sus vidas. Claro que hubo después venganzas intolerables contra la minoría serbia. Claro que las guerras producen víctimas inocentes, llamadas colaterales. Pero hagamos un balance completo de las cosas, porque hoy, tras las últimas elecciones en Kosovo, ganadas por el moderado y pacífico Rugova, 21 diputados serbios se sientan junto a los albaneses en el nuevo Parlamento. Y en Serbia se instala y profundiza la democracia, lentamente, mientras Milosevic está en La Haya. Y el despliegue de fuerzas militares en Macedonia, junto a una diplomacia preventiva constante, ha evitado que los conflictos en esa república desembocaran, al menos hasta ahora, en una guerra abierta y en un baño de sangre.
En ninguno de los tres casos mencionados se cumplieron las predicciones apocalípticas de los agoreros y falsos profetas de siempre. Pero cuando por fin nos sentíamos tranquilos, porque los horrores, las injusticias, los desastres y las guerras habituales nos pillan algo más lejos, y podíamos concentrarnos en la lucha por otro mundo posible, una banda de teócratas, misóginos y asesinos decide reventar el tablero de la política internacional, pone el listón muy alto con la incalificable agresión del 11 de setiembre y nos deja poco espacio para los matices.
Estar como estoy a favor de una respuesta decidida ante esos crímenes no significa dar carta blanca, como hace vergonzosamente el Gobierno de Aznar, a todas las barbaridades que Bush pretende legitimadas por los referidos atentados. Pero sí me gustaría que fuéramos capaces de analizar la actual campaña militar en Afganistán en base a los resultados finales de la misma, no sólo en relación con la captura de Bin Laden, sino en particular para los afganos y sobre todo para las afganas, sabiendo, eso sí, que no se cambia de golpe la naturaleza de un país, con su religión y sus tribus, a fuerza de bombardeos.
No quedemos atrapados en un debate estéril sobre guerra sí o guerra no cuando se desangra Oriente Próximo, cuando la pobreza continúa campando por sus respetos entre media humanidad, cuando el planeta da signos de agotamiento y empieza a pasar factura, cuando la agenda por otra globalización, por la gobernabilidad democrática del mercado mundial, por el propio futuro de Afganistán, por nuestras propias libertades atacadas es más urgente que nunca. Pero analicemos sin prejuicios qué hubiera pasado en esos escenarios de guerra que he citado si hubiéramos estado ausentes, pasivos, como lo estamos en demasiados lugares y ante demasiados retos.
Permítaseme añadir que detesto la guerra, no sólo porque he vivido varias, sino porque es la expresión última de todos los fracasos. Pero también me aburre y me asusta, cada vez más, esa capacidad de renunciar a la defensa de los valores que nos permiten vivir en paz y libertad, y que requieren ser protegidos y extendidos por el resto del planeta herido.
 
 
Ir a página principal de Iniciativa Socialista
Ir a archivo de documentos