Desde que hace una década Yugoslavia empezó a desmembrarse,
Europa ha tenido que hacer frente a situaciones que por su naturaleza criminal,
por la envergadura de los horrores y su potencial expansivo, han reclamado
una renovación profunda del pensamiento y una redefinición
de su seguridad y capacidad defensiva. El ejercicio no resultó fácil
y provocó abundantes desgarros teóricos en las corrientes
progresistas, un tanto adormiladas y confortablemente instaladas en las
bondades analíticas y la pereza mental hijas de la guerra fría.
Para los que como yo defendimos desde el principio la necesidad de
una intervención militar para terminar con el genocidio del pueblo
de Bosnia y reclamamos justicia frente a la impunidad, los 200.000 muertos
que provocó la paranoia nacionalista de los serbios radicales (por
cierto, contagiosa) fueron la expresión de una cobardía de
Europa en la defensa de los valores que decimos defender y que la constituyen.
Pero al final, se intervino bajo decisión y dirección norteamericanas.
En pocos días, el anunciado Vietnam se convirtió en victoria
y se pararon las masacres, se firmaron unos dudosos acuerdos (Dayton, EEUU)
y la ONU creó el Tribunal Penal Internacional para la ex-Yugoslavia.
Hubo luego que tomar postura ante Kosovo, y una vez más, defender
el derecho de intervención tuvo bastantes costes y se dijeron bastantes
simplezas revestidas de grandes principios. Un millón largo de kosovares
huían del terror sistemático de las fuerzas de Milosevic,
pero los supervivientes pudieron, gracias a las acciones militares norteamericanas,
regresar a sus hogares y reiniciar sus vidas. Claro que hubo después
venganzas intolerables contra la minoría serbia. Claro que las guerras
producen víctimas inocentes, llamadas colaterales. Pero hagamos
un balance completo de las cosas, porque hoy, tras las últimas elecciones
en Kosovo, ganadas por el moderado y pacífico Rugova, 21 diputados
serbios se sientan junto a los albaneses en el nuevo Parlamento. Y en Serbia
se instala y profundiza la democracia, lentamente, mientras Milosevic está
en La Haya. Y el despliegue de fuerzas militares en Macedonia, junto a
una diplomacia preventiva constante, ha evitado que los conflictos en esa
república desembocaran, al menos hasta ahora, en una guerra abierta
y en un baño de sangre.
En ninguno de los tres casos mencionados se cumplieron las predicciones
apocalípticas de los agoreros y falsos profetas de siempre. Pero
cuando por fin nos sentíamos tranquilos, porque los horrores, las
injusticias, los desastres y las guerras habituales nos pillan algo más
lejos, y podíamos concentrarnos en la lucha por otro mundo posible,
una banda de teócratas, misóginos y asesinos decide reventar
el tablero de la política internacional, pone el listón muy
alto con la incalificable agresión del 11 de setiembre y nos deja
poco espacio para los matices.
Estar como estoy a favor de una respuesta decidida ante esos crímenes
no significa dar carta blanca, como hace vergonzosamente el Gobierno de
Aznar, a todas las barbaridades que Bush pretende legitimadas por los referidos
atentados. Pero sí me gustaría que fuéramos capaces
de analizar la actual campaña militar en Afganistán en base
a los resultados finales de la misma, no sólo en relación
con la captura de Bin Laden, sino en particular para los afganos y sobre
todo para las afganas, sabiendo, eso sí, que no se cambia de golpe
la naturaleza de un país, con su religión y sus tribus, a
fuerza de bombardeos.
No quedemos atrapados en un debate estéril sobre guerra sí
o guerra no cuando se desangra Oriente Próximo, cuando la pobreza
continúa campando por sus respetos entre media humanidad, cuando
el planeta da signos de agotamiento y empieza a pasar factura, cuando la
agenda por otra globalización, por la gobernabilidad democrática
del mercado mundial, por el propio futuro de Afganistán, por nuestras
propias libertades atacadas es más urgente que nunca. Pero analicemos
sin prejuicios qué hubiera pasado en esos escenarios de guerra que
he citado si hubiéramos estado ausentes, pasivos, como lo estamos
en demasiados lugares y ante demasiados retos.
Permítaseme añadir que detesto la guerra, no sólo
porque he vivido varias, sino porque es la expresión última
de todos los fracasos. Pero también me aburre y me asusta, cada
vez más, esa capacidad de renunciar a la defensa de los valores
que nos permiten vivir en paz y libertad, y que requieren ser protegidos
y extendidos por el resto del planeta herido.