LA ERA DE LOS SINDROMES
José María Mendiluce
José María Mendiluce es eurodiputado
y escritor. Artículo publicado en el diario El
Periódico
Europa debe encarar las crisis de las 'vacas locas' o del uranio
con otros instrumentos y otras políticas que no dejen impune tanta
irresponsabilidad.
Parece que vivimos en la era de los síndromes. Desde el sida,
que se ha cobrado ya 17 millones de vidas sólo en Africa; hasta
el de las vacas locas, el grueso de cuya factura está todavía
por pagar; pasando por el del Golfo, posterior a la intervención
aliada en Irak, y llegando al llamado de los Balcanes, que pudiera estar
relacionado con el uso de uranio empobrecido en
algunas de las municiones utilizadas por la aviación de la OTAN,
en particular los proyectiles anticarro.
Evidentemente, las causas de los citados síndromes son diferentes.
Su control y tratamiento, también. Y lo único que quizá
tengan en común es que producen víctimas, generan alarma
y desvelan la notable incapacidad de gestión por parte de las autoridades,
incluyendo reiteradas mentiras y medias verdades.
Aparecen al cabo del tiempo y su ámbito europeo o mundial los
convierten en síndromes internacionales, de jurisdicciones difusas,
y responsabilidades escurridizas, que son utilizados en las nuevas pugnas
cainitas de los socios europeos. Desconfianzas mutuas y recelos entre nosotros
y con nuestros aliados atlánticos dificultan la construcción
europea con nuestras trincheras nacionales.
Son síndromes que afloran mucho después de que podamos
reaccionar activamente y exigir responsabilidades antes de evitar que se
extienda el daño, sea en forma de veneno, de contaminación,
de epidemia o de fraude. O de todas a la vez.
Con el síndrome de los Balcanes, sabemos, de momento, que ya
desde 1999 los ejércitos de la OTAN compartían la información
de los peligros y de las amenazas de la utilización del armamento
con uranio empobrecido. Información
que ha sido ocultada con la complicidad de los gobiernos para no dificultar
una determinada opción de intervención militar de bombardeos
a gran altura de eficacia dudosa, daños considerables y riesgo cero.
Para ello se necesitaba una munición capaz de ser operativa a 5.000
metros de altura. Y así, además, eliminábamos los
estocs americanos de munición contaminante y peligrosa. Les iba bien a los ejércitos y a los gobiernos.
Desconozco la relación de causa-efecto que pueda haber entre
esas municiones de uranio empobrecido y los casos de leucemia declarados
en las tropas, pero no me tranquiliza nada que el ministro de Defensa español,
Federico Trillo, manifieste que a los españoles no les pasa nada, y que sin embargo
el italiano diga todo lo contrario.