Requisitos previos para el éxito de la participación
Philippe Merlant
Philippe Merlant es redactor jefe de Transversales.
Publicado en TSC, nueva serie, número 2, segundo trimestre 2002, y
en Iniciativa Socialista, 66, otoño 2002
Ambivalencia. En sin duda lo que mejor caracteriza la actitud de nuestros
conciudadanos frente a la democracia llamada “participativa”. Por un lado,
cada vez más a políticos y militantes asociativos no se les
cae esta palabra de la boca. Por otro lado, y casi simultáneamente,
el rumor persistente mantiene que esto no marcha: la participación
puede que funcione en Brasil, pero aquí, la verdad, el injerto no prende.
De hecho, cierto número de iniciativas llevadas adelante en Francia
alrededor de esta idea parecen estancarse rápidamente... Efectivamente,
podemos identificar, a la luz de las experiencias emprendidas, las causas
del estancamiento. Y esto permite, por simple traslación, identificar
algunos requisitos indispensables para el éxito de las iniciativas.
He aquí cinco, extraídos de un cierto número de observaciones
sobre el terreno. Naturalmente, la lista está lejos de ser exhaustiva.
1. Reconocer que la democracia tiene un precio
Hay dos maneras de entender la democracia participativa. La actitud más
extendida, sobre todo entre los cargos electos, consiste en considerar que
se trata de un “regalo” hecho a los habitantes. Se les “otorga” una parte
de poder para responder a una supuesta demanda de participación. Por
poco que la buena voluntad de los ciudadanos se desinfle, se encoge uno de
hombros, murmurando: “¡Desde luego, la gente no quiere realmente participar!”.
La otra manera de ver las cosas es constatar que la complejidad creciente
del mundo no puede encontrar respuesta satisfactoria más que en la
multiplicidad de las fuentes de conocimiento experto y, por tanto, en la participación
del mayor número de personas en la toma de decisiones. En esta lógica
es donde se inscriben, por ejemplo, los “paneles de ciudadanos” y otras “conferencias
de consenso”: se constituyen paneles de ciudadanos (por sorteo, a la manera
de los jurados penales) y se les hace representar el papel de evaluadores
no profesionales, con asistencia de expertos a fin de que puedan proponer
soluciones al problema planteado.
Utilizado ya más de 200 veces en Europa, el método encuentra
alguna resistencia para penetrar en Francia, aunque a pesar de ello se ha
celebrado una conferencia de ciudadanos sobre el cambio climático en
la Cité des sciences et de l’industrie, en el último enero,
por iniciativa de la Comisión francesa de desarrollo sostenible. Hay
que decir que, si quiere respetarse íntegramente el modelo inicial,
los miembros del panel son eximidos de su actividad profesional durante la
duración del trabajo y remunerados. En resumen, la iniciativa tiene
un coste, que los responsables franceses parecen tener problemas en asumir:
“Estamos habituados a que una consulta técnica o jurídica genere
un coste adicional para un proyecto: ¿cuándo dejaremos de pensar
que la implicación de los ciudadanos no debe costar nada?”, se pregunta
Hans Harms, consultor alemán especializado en la puesta en marcha de
este tipo de método [Comme la ville, número 4].
2. Evitar el enfrentamiento entre cargos elegidos y vecinos
Conviene evitar que la participación se reduzca a un enfrentamiento
entre cargos políticos y vecinos. Y en ningún caso dejar en
el olvido el papel clave de los servicios municipales. Un ayuntamiento del
Oise hizo hace dos años la experiencia, en el momento de lanzarse a
la renovación del centro comercial de uno de sus barrios populares.
El alcalde, sinceramente convencido de las virtudes de la participación,
deseó asociar a los habitantes a las principales decisiones: principios
de renovación, prioridades, plan de trabajo... El problema es que se
comprometió con ellos en un calendario incompatible con las obligaciones
de sus servicios. Malhumor de los técnicos, idas y venidas con los
cargos electos, retraso considerable en la realización de la obra,
desilusión de los habitantes, acusaciones de “traición”... Ha
hecho falta muchos meses para llegar a comprender que no había mala
voluntad por parte de unos ni de otros, sino simplemente dificultad de ajuste
entre las tres lógicas. Desde entonces, la alcaldía no se compromete
en iniciativas participativas sin asociar en ellas a los cargos elegidos,
a los habitantes... y a los servicios municipales.
3. Cambiar los modos de producción de las decisiones
Demasiado a menudo, los ciudadanos son invitados a participar sin saber
con precisión donde termina su papel. Son legión los casos
en los que los vecinos, después de haber respondido favorablemente
a la exhortación a participar, se dan cuenta de que el proyecto sobre
el que van a discutir está ya más o menos “atado”. Y esto no
viene siempre de la mala voluntad de los cargos políticos: en Ile-Saint-Denis,
después de la victoria de una lista “verde y ciudadana”, el alcalde
propuso a los vecinos montar un taller público de urbanismo y transporte
sobre el proyecto de tranvía que debía atravesar la ciudad
[de hecho, la ciudad de Ile-Saint-Denis acaba de recibir por esta iniciativa
el premio especial del jurado del Grand Prix de l’Environnement.]. Se había
ya adoptado un esquema general, y los directores de la obra tuvieron problemas
al comienzo para comprender que un solo ayuntamiento, por su preocupación
“participativa”, retrasara el conjunto del proyecto. Fue precisa toda la energía
del equipo municipal para convencerles de que el objetivo de disponer de
una inteligencia colectiva superior compensaba el tardar unos meses más.
Clarificar las reglas del juego significa saber lo que se ha delegado, en
qué campo, y hasta dónde. Se pasa entonces de una visión
en la que la participación sirve solamente para hacer aceptar a la
población las decisiones políticas de los cargos elegidos a
una verdadera renovación de los modos de producción de la decisión.
4. Disponer de herramientas metodológicas rigurosas
El carácter informal de las iniciativas de participación constituye
a priori más bien una riqueza: se trata de facilitar la expresión
de puntos de vista múltiples, poco estructurados, poco coherentes...
El riesgo, a la vez, es que tales iniciativas se deslicen hacia el amateurismo.
Con los riesgos de manipulación que esto conlleva: ¿cuántos
comités de barrio acaban por languidecer como consecuencia de la confiscación
de la palabra por unos cuantos, siempre los mismos, convertidos en casi profesionales
del uso de la palabra? O tomemos el caso de los “contrats de ville”, una herramienta
de contractualización entre el Estado y las entidades locales sobre
la política de la ciudad, habiéndose hecho obligatoria la participación
de los vecinos en su definición para los de la última generación
(2000-2006). Pues bien, ¿cuántos de los procesos participativos
previstos en su marco han servido precisamente para reforzar el peso de dos
o tres asociaciones manejadas por los cargos políticos? Cuanto más
se está en un ámbito informal, más se deben adoptar
herramientas formalizadas y metodologías rigurosas. A falta de éstas,
la democracia participativa va rápidamente decayendo hacia el “cualquier
cosa vale”.
5. Saber construir desacuerdos fecundos
Entre las herramientas necesarias, conviene prestar una atención
especial a aquellas que permiten organizar los términos del debate.
Particularmente, se trata de distinguir entre lo que resulta de los malentendidos
y los juicios de intenciones y lo que procede de divergencias de fondo, con
la finalidad de construir los términos de un fecundo desacuerdo .
Un método simple para facilitar la animación de un debate consiste
en dar a todos los participantes un juego de tarjetas: tarjetas blancas que
utilizan si consideran que les falta información para poderse hacer
una opinión; tarjetas rojas para expresar desacuerdo con éste
o aquél interviniente. Este dispositivo básico permite evitar
la confusión permanente entre la aclaración de posturas y la
expresión de opiniones.
Un tipo distinto de herramienta consiste en organizar un debate sobre un
tema entre dos personas cuyos puntos de vista sean notoriamente divergentes.
Cada uno expone su punto de vista y después se le pregunta qué
es lo que le parece más interesante del punto de vista de los demás
y cuáles son las zonas de su propia argumentación en las que
se siente más bien “liviano”. A partir de ahí, se puede volver
a empezar una segunda ronda del debate, de forma que cada uno ha podido a
la vez enriquecer y matizar sus posiciones en función de las de los
otros.