Miquel Monserrat

Que nos juzguen los perros, si pueden

Reseña publicada en Iniciativa Socialista nº 76, verano 2005

Que nos juzguen los perros, si pueden, Paul M. Marchand, Anagrama, Barcelona, 2005

Pese a que quizá peque algo de “discursivo”, pero con sus dos primeras y sus cuarenta últimas páginas excepcionales, el tercer libro de Marchand es de esos que ya no olvidaremos. Más aún, incluso aunque perdiésemos memoria de él, su marca quedaría impresa en nuestro cuerpo y sentimientos, pues el sello que nos coloca no es el de la certidumbre, fácil de perder o de cambiar por otra diferente, sino el de la duda, que pude acompañarnos de por vida, no tanto por “ignorancia” o indecisión como por corresponder mucho más a la realidad de aquello que nos inquieta.

A simple vista, el tema es el incesto. Unos dirán que es una apología del incesto; otros, pensaremos que en este libro hay una de las más violentas condenas de “esos cerdos” que abusan sexualmente de sus hijas o hijos, para quienes Sarah, “la narradora” pide una recalificación del delito como violación colectiva, tortura y barbarie, convencida de que el crimen no está en la transgresión de un tabú sexual sino, ante todo, en ser violaciones hechas por “ personas investidas de autoridad”.
Pero posiblemente sus dos grandes temas sean el amor y la libertad. Allá donde desaparece la desigualdad y la autoridad, allá donde se encuentran dos seres iguales en capacidad, ¿alguien puede imponer los límites?: “¿Por que va a haber entonces que juzgar un amor, sea cual fuere? ¿Los hay acaso más honrosos o mejor fundados? ¿Estarán malditos algunos antes de haber podido florecer? ¿Cuáles son los criterios indiscutibles que los establecen y los limitan?”.

El libro tiene dos personajes esenciales, Sarah y Benoît, aunque también la madre de Sarah llama nuestra atención por su potente personalidad. Se aman. Pero viven su amor de formas muy diferentes, lo que tendrá enormes consecuencias. Lo curioso es que tan comprensible y cercana nos resulta la vivencia de Sarah, que sabe que no es víctima, como la de Benoît, que teme ser verdugo. Inquietante. Libertaria. ¿Peligrosa?:  no más peligrosa que un cuchillo de cocina que alguien decida utilizar para asesinar excusando después su crimen con una acusación contra los fabricantes de cubertería.