Derechos de la economía
y Derechos humanos
la oportunidad histórica de Europa
Mireille Delmas-Marty
Transversales Science Culture 2002/003
Iniciativa Socialista, número 68, primavera 2003
Mireille Delmas-Marty, jurista de prestigio
internacional, profesora en la Universidad París I y en el Collège
de France.
El actual debate sobre el imperio americano
tiene el merito de colocar a los europeos frente a sus propias responsabilidades.
Poseedora de alguna experiencia respecto a los imperios y a sus fracasos,
Europa debería ofrecer otra visión del mundo. En este momento,
la oportunidad histórica de Europa reside, en efecto, en que ningún
país miembro está en condiciones de imponer su sistema a los
otros y en que ninguno está dispuesto a perder su identidad, aunque
quieran estar unidos.
Por esa razón, Europa no debería ser concebida como un Estado,
aunque fuese federal. Es esencial evitar la tentación de unificar todo,
lo que no sería realizable ni deseable, y por tanto habrá que
definir dominios reservados a los Estados, pero también en esos dominios
será necesario prever los procesos de armonización que implicarán
tanto el reconocimiento de los márgenes nacionales -es decir, un derecho
a la diferencia para cada Estado- como un control de las incompatibilidades.
Tomando en cuenta la existencia de la libre circulación, hay que tomar
las medidas precisas para evitar la práctica del forum shopping, esto
es, el refugio de cada cual bajo aquella legislación que resulte más
conveniente para sus propios intereses. Para construir un modelo pluralista,
no cabe duda de que es necesaria cierta complejidad, pero un modelo semejante
podría hacer de Europa un laboratorio desde el que imaginar un nuevo
orden mundial. Pero hay que definir las incompatibilidades, y por tanto se
hace preciso enunciar valores y no solamente procedimientos de reparto de
competencias.
El pragmatismo que marca muchos discursos políticos no debe hacernos
olvidar que Europa fue, en primer lugar, un sueño. El arte de caminar,
a grandes zancadas o a pequeños pasos, sólo tiene sentido si
la dirección de la marcha no es algo que se sufre, sino que se elige.
Sortear los obstáculos no es lo mismo que un constante cambio de ruta
y dar tumbos a tientas, al albur de encuestas, catástrofes y clamores.
Ni “pax romana” ni “pax americana”
La red de solidaridades denominada Europa no tendría casi ningún
sentido si se redujese a un inmenso mercado reservado a privilegiados con
la ambición de convertirse en la primera potencia mundial.
No queremos un nuevo imperio ni un Far West en el que el sheriff impone
su ley: ni pax romana ni pax americana. Tampoco se trata de construir nuestra
identidad sobre la base de un enemigo común a batir. Europa no es el
eje del bien. Ha conocido, y conoce aún, demasiadas guerras de religión,
ha sufrido, y sufre aún, demasiado intolerancia, como para que caigamos
en la trampa de tales simplismos. No somos cruzados en guerra contra el mal,
ni siquiera contra aquel cuyo germen detectamos en nuestra propio sociedad
y en nuestras propias decisiones. La violencia aumenta, es cierto, pero no
es ingenuo, sino realista, buscar sus causas sin contentarse con una respuesta
simplemente represiva y a corto plazo, que no aporta seguridad ni libertad,
sino más violencia.
Europa fue, en primer lugar, un sueño de paz y sigue siendo la única
respuesta realista en una sociedad en la que prosperan los fanatismos seudo
religiosos y progresa la exclusión social. Combatir los fanatismos
allá de donde vengan y luchar contra la exclusión social en
el interior y en el exterior de Europa es la única vía razonable,
pero es estrecha. La Carta de derechos fundamentales de la Unión Europea
es muy timorata respecto a los derechos sociales, pero tiene el inmenso mérito
de haber sabido superar la separación heredada de la guerra fría
entre derechos civiles y políticos, por un lado, y derechos económicos,
sociales y culturales, por otro, enlazando así con el artículo
uno de la Declaración universales de derechos humanos que proclama
la igualdad de todos los seres humanos y hace referencia al deber de fraternidad.
Todas las civilizaciones son portadoras
de un deber de fraternidad
No se trata de una fórmula obra de almas bellas, pero un poco tontas,
animadas de buenos sentimientos, pero más bien vacíos. Procede
de René Cassin, y fue sostenida simultáneamente por Eleanor
Roosvelt, que no había olvidado la idea de un segundo Bill of rights
lanzada en 1944 por el presidente de los Estados Unidos. También contó
con el sostén del libanés Charles Malik y del diplomático
chino Chang Pengchun, que insistió en que se añadiese que el
ser humano no sólo está dotado de razón sino que está
también animado por una conciencia que implica una preocupación
hacia el otro (two-man mindedness). Si bien todas las civilizaciones han tenido
primeramente una visión reductora limitadora de la fraternidad a unos
pocos privilegiados, especialmente a los más favorecidos, o a los
representantes del sexo masculino, también es cierto que todas las
civilizaciones llevan en su seno, por vías y ritmos diferentes, un
deber de fraternidad en el sentido más amplio, tal como finalmente
quedará escrito, tras una semana de apasionados debates, en el artículo
uno de la Declaración universal.
En estos tiempos de reforma de las instituciones europeas, debería
encontrarse en el corazón del debate la realización de un ideal
proclamado hace medio siglo.
El desarrollo y la capacidad para organizarse de las ONG, como Amnistía
Internacional, Movimiento Cuarto Mundo, Human Rights Watch, Médicos
del Mundo, etc., comienzan a prefigurar, con todas las dificultades y ambigüedades
que supone, el futuro ciudadano del mundo. Su éxito, como el del “Llamamiento
para la creación de un Collegium internacional ético, político
y científico” lanzado a iniciativa de un grupo internacional de responsables
políticos reunidos en Eslovenia en torno al presidente Milan Kucan
y a Michel Rocard, muestran el entusiasmo con el que personas procedentes
de los más diversos horizontes están dispuestas a implicarse
cuando encuentran una esperanza.
A diferencia de las promesas electorales, olvidadas en cuanto éstas
pasan, la esperanza abre un camino en una democracia no solamente representativa,
sino también participativa, esto es, una democracia en la que dirigentes
y dirigidos, a través del diálogo, intercambian a veces sus
papeles. El objetivo no es ganar por ganar, arriesgando perder todo, sino
avanzar... Durante largo tiempo, en materia europea se ha progresado con pequeños
pasos, al precio de ambigüedades calificadas como positivas. Pero la
acumulación de semimedidas ha terminado por conducir, especialmente
en el caso de la justicia, a superposiciones de instituciones sin verdaderos
poderes, cada uno de ellas intentando extender sus competencias corriendo
el riesgo de interferencias que podrían bloquear todo el sistema. Sin
ninguna duda, ya es hora de cambiar de método, y la Convención
que se ha puesto en marcha podría ser la ocasión de hacerlo.
Siempre y cuando no se confunda el objetivo.
Aprender a ordenar lo múltiple y
a armonizar las diferencias
Cuando la Administración Bush parece dispuesta a dividir el mundo
en dos categorías, la de los aliados tratados como vasallos y la de
los enemigos a los que se ha declarado una guerra sin límite alguno,
Europa debe ofrecer otra concepción de los valores, una concepción
que no suprime las diferencias como si amenazasen su unidad, sino que las
acepta como una oportunidad. No se trata de yuxtaponerlas, pues así
se fabrican guetos y algún día la incomprensión resultante
nos conducirá a la hostilidad y la violencia. Europa, precisamente
porque nadie puede imponer su modelo a los otros, está iniciando el
aprendizaje para ordenar lo múltiple y armonizar las diferencias. Nada
más difícil, pero nada más necesario, que el aprendizaje
de esta complejidad, que implica un juego de márgenes y umbrales en
el marco de una construcción interactiva (entre nivel local, nacional,
europeo y mundial) y evolutiva (por procesos dinámicos que difieren
de las imágenes estáticas de las pirámides o de las columnas).
Estamos al comienzo de la construcción europea, mas, no obstante,
debemos soñar, pues es urgente abordarla, en la construcción
de un orden mundial pluralista y no imperialista. Recurrir al vocabulario
del terrorismo, que no evoca ningún valor que debamos proteger en común
sino que simplemente remite al terror, viejo reflejo primitivo del miedo
al otro y del repliegue sobre sí mismo, es correr el riesgo de no
producir otra cosa que más violencia.
Fortalecer la justicia y los valores que la sustentan debería ser
la verdadera prioridad. Si inicialmente, en el seno del Consejo de Europa
(más de cuarenta Estados tras la apertura al Este), estos valores fueron
fragmentados entre la Convención europea de derechos humanos y la
Carta social europea, a partir de ahora se encuentran reagrupados en seis
capítulos (dignidad, libertades, igualdad, solidaridad, ciudadanía
y justicia) en la Carta de los derechos fundamentales adoptada en Niza en
diciembre de 2000 por los quince Estados miembros de la Unión Europea.
La Carta, una simple declaración que no implica efecto jurídico
ni compromiso político, representa ya, por muy imperfecta que sea,
una especie de tarjeta de identidad, o más bien una especie de plan
de trabajo, indicando un nuevo tipo de unión entre Estados que no desaparecen
pero que aceptan compartir su soberanía con otros.
Simultáneamente, la Carta puede también contribuir a la emergencia
de un orden mundial en el que podría tener un lugar el Collegium al
que me referí antes. Las sinergias progresivas entre la Europa del
mercado y la Europa de los derechos humanos podrían inspirar las soluciones
aún pendientes de ser inventadas. Por ejemplo, en cuanto a la vinculación
entre la Organización de las Naciones Unidas y la Organización
Mundial del Comercio, dando a los derechos fundamentales efectos jurídicos
que pueden ser reclamados por los Estados y a los Estados en el contencioso
del comercio mundial.
Pero la democracia procedimental, basada en regulaciones y corregulaciones,
no será suficiente sin una democracia que exprese también la
decisión por opciones fundamentales. Han aparecido ya nociones nuevas
como “crimen contra la humanidad”, o “patrimonio común de la humanidad”,
que simbolizan un nuevo sueño, el sueño de una humanidad a construir
juntos y rechazando así toda hegemonía política, económica,
jurídica o cultural.