Romper con el desarrollo
Edgar Morin
Edgar Morin es filósofo y escritor. Publicado
en TSC, nueva serie, nº 2, segundo trimestre 2002, y en Iniciativa Socialista,
66, otoño 2002. Su más reciente obra publicada es Pour une
politique de civilisation, Arléa, 2002
¿Qué política haría falta para que una sociedad-mundo
pudiera constituirse, no como la coronación planetaria de un imperio
hegemónico, sino sobre la base de una confederación civilizadora?
Lo que proponemos aquí no es un programa ni un proyecto, sino los
principios que permitirían abrir un camino. Son los principios de lo
que he denominado antropolítica (política de la humanidad a
escala planetaria) y política de civilización, principios que
deben conducirnos, en primer lugar, a deshacernos del término desarrollo,
incluso suavizado o mejorado como desarrollo duradero, sostenible o humano.
La idea de desarrollo siempre ha implicado una base técnico-económica,
medible por los indicadores de crecimiento y renta.
El desarrollo ignora el sufrimiento, la alegría, el amor
Esta idea da por supuesto implícitamente que el desarrollo tecnoeconómico
es la locomotora que arrastra de manera natural y como su consecuencia un
“desarrollo humano” cuyo modelo logrado y cabal es el de los países
que se consideran desarrollados, es decir, los occidentales. Esta visión
supone que el estado actual de las sociedades occidentales constituye el cumplimiento
y la finalidad de la historia humana. El desarrollo “duradero” no hace más
que atemperar el desarrollo tomando en consideración el contexto ecológico,
pero sin poner en duda sus principios. En el desarrollo “humano”, la palabra
humano está vacía de toda sustancia, salvo que nos refiramos
al modelo humano occidental, que ciertamente comporta rasgos esencialmente
positivos, pero también, repitámoslo, rasgos esencialmente
negativos.
El desarrollo, noción aparentemente universalista, también
constituye un mito típico del sociocentrismo occidental, un motor de
occidentalización desatada, un instrumento de colonización de
los “subdesarrollados” (el Sur) por el Norte. Como dice con justeza Serge
Latouche, “estos valores occidentales (del desarrollo) son precisamente los
que hay que poner en tela de juicio para encontrar solución a los problemas
del mundo contemporáneo” [Le Monde diplomatique, mayo 2001].
El desarrollo ignora lo que no es calculable ni medible, es decir, la vida,
el sufrimiento, la alegría, el amor, y su única medida de la
satisfacción está en el crecimiento (de la producción,
de la productividad, de la renta monetaria…). Concebido únicamente
en términos cuantitativos, ignora las cualidades de la existencia,
las cualidades de la solidaridad, del entorno, de la vida, las riquezas humanas
no calculables ni monetarizables: ignora el don, la generosidad, el honor,
la consciencia…
Su avance aniquila los tesoros culturales y los conocimientos de civilizaciones
arcaicas y tradicionales; el concepto ciego y burdo de subdesarrollo desintegra
las artes de la vida y las sabidurías de culturas milenarias. Su racionalidad
cuantificadora es irracional, cuando el PIB (producto interior bruto) contabiliza
como positivas todas las actividades generadoras de flujos monetarios, incluyendo
entre ellas las catástrofes como el naufragio del Erika o el temporal
de 1999, mientras ignora las actividades benéficas gratuitas.
Un retorno a las potencialidades humanas genéricas
El desarrollo ignora que el crecimiento tecnoeconómico produce también
subdesarrollo moral y psíquico: la hiperespecialización generalizada,
la compartimentación en todos los ámbitos, el hiperindividualismo
y espíritu de lucro producen la pérdida de las solidaridades.
La educación rígidamente estructurada del mundo desarrollado
aporta muchos conocimientos, pero engendra un conocimiento especializado que
es incapaz de captar los problemas multidimensionales y que determina una
incapacidad intelectual para reconocer los problemas fundamentales y globales.
El desarrollo aporta progresos científicos, técnicos, médicos,
sociales, pero también destrucción en la biosfera, destrucciones
culturales, y nuevas desigualdades, nuevas servidumbres que sustituyen a las
esclavitudes antiguas.
El desarrollo desenfrenado de la ciencia y la técnica lleva en sí
mismo una amenaza de aniquilación (nuclear, ecológica) y poderes
temibles para la manipulación. El término de desarrollo duradero
o sostenible puede ralentizar o atenuar, pero no cambiar esta trayectoria
destructora. Así pues no se trata tanto de ralentizar o atenuar como
de ser capaz de concebir un punto nuevo de partida.
El desarrollo ignora que un verdadero progreso humano no puede partir del
hoy, sino que necesita un retorno a las potencialidades humanas genéricas,
o lo que es lo mismo, una regeneración. Lo mismo que un organismo lleva
en sí las células madre omnipotentes que pueden regenerarlo,
también la humanidad lleva en sí misma los principios de su
propia regeneración, pero latentes, encerrados en las especializaciones
y las esclerosis sociales. Estos principios son los que permitirían
sustituir la noción de desarrollo por la de una política de
la humanidad (antropolítica), como he sugerido durante mucho tiempo
[Introduction à une politique de l’homme, primera edición
1965, reeditada y ampliada, Le Point Seuil, 1999], y por la de una política
de civilización [Politique de civilisation, de Edgar Morin y
Sami Naïr, Arlea, (1997)].