Angélica Sátiro entrevista a Edgar Morin
Pensamiento complejo y ecología de la acción
Entrevista publicada en Iniciativa
Socialista número 75, primavera 2005. Angélica Sátiro
es escritora y educadora. Investiga la relación ética/creatividad
en la Universidad de Barcelona. La entrevista fue publicada en portugués
en las revistas Crearmundos (www.telefonica.net/web/crearmundos)
y Linha Direta. Traducción al castellano de Armando Montes, con autorización
y revisión de Angélica Sátiro (angelsatiro@hotmail.com), a la
que corresponden los derechos de reproducción o traducción
a otras lenguas. Edgar Morin fue uno de los fundadores de la revista Transversales Science
Culture, con la que Iniciativa Socialista mantuvo durante varios años
un acuerdo para la publicación en España de un suplemento “Transversales
en castellano” hasta que TSC dejó de publicarse en papel.
Edgar Morin (París, 1921) es uno de los principales
pensadores del siglo XX. Es doctor honoris causa en universidades de diversos
países, como Italia, Portugal, España, Dinamarca, Grecia, México,
Bolivia y Brasil. Para estudiar los problemas de lo humano y del mundo contemporáneo,
atraviesa diversas áreas del conocimiento: biología, física,
ciencias humanas... Tiene una formación pluridisciplinar, y es sociólogo,
antropólogo, historiador, geógrafo y filósofo, pero
ante todo es un intelectual libre que nos propone una visión transdisciplinar
del pensamiento. Es autor de más de cuarenta libros de epistemología,
sociología política y antropología. Merece ser destacada
su obra El Método [de la que ha aparecido recientemente su quinto
volumen], sobre la transformación de las ciencias y su impacto en
la sociedad contemporánea. Es Director de investigación emérito
del Centro de Estudios Transdisciplinares en la École des Hautes Études
en Sciences Sociales de París, presidente de la Agencia Europea de
Cultura de la UNESCO y presidente de la Asociación de Pensamiento
Complejo. Le apasionan las artes, la literatura y el cine en particular.
Durante la II Guerra Mundial combatió en la resistencia francesa entre
los años 1942 y 1944, y ha luchado contra el nazismo y el estalinismo.
El encuentro tuvo lugar en el escenario gótico de la Universidad de
Girona, a la que Edgar Morin había sido invitado por el profesor José
María Terricabras, de la Cátedra Ferrater Mora, a quien debo
mi mayor agradecimiento por haber facilitado esta entrevista.
Ángela Sátiro.- ¿Cuál es la educación
necesaria para el siglo XXI?
Edgar Morin.- La educación tiene que ser reorganizada totalmente.
Y esa reorganización no se refiere al acto de enseñar, sino
a la lucha contra los defectos del sistema, cada vez mayores. Por ejemplo,
la enseñanza de disciplinas separadas y sin ninguna intercomunicación
produce una fragmentación y una dispersión que nos impide ver
cosas cada vez más importantes en el mundo. Hay problemas centrales
y fundamentales que permanecen completamente ignorados u olvidados, y que,
sin embargo, son importantes para cualquier sociedad y cualquier cultura.
AS.- ¿Se refiere al estudio de los “siete saberes necesarios para
la educación del futuro”? [Edgar MORIN, Les sept savoirs nécessaires
à l’éducation du futur, SEUIL, Septembre 2000]
EM.- Sí, me refiero a esos saberes, que implican...
- Una educación que reconozca las cegueras del conocimiento, sus errores
e ilusiones.
- Una educación que asuma los principios de un conocimiento pertinente.
- La enseñanza de la condición humana.
- La enseñanza de la identidad planetaria.
- La capacitación para hacer frente a las incertidumbres.
- La enseñanza de la comprensión.
- La enseñanza de la ética del género humano.
AS.- ¿Podría hacer un comentario más detallado...?
EM.- Reconocer las cegueras del entendimiento, sus errores y sus ilusiones,
quiere decir asumir el acto de conocer como una especie de traducción,
no como una correcta foto de la realidad. Se trata de preparar nuestras mentes
para el combate vital por la lucidez, y eso significa que hay que estar siempre
buscando cómo conocer el propio acto de conocer.
Cuando se habla de asumir los principios del conocimiento pertinente, se
entiende por ello la necesidad de enseñar los métodos que permitan
aprehender las relaciones mutuas y las influencias recíprocas entre
las partes y el todo de este mundo complejo. Se trata de desarrollar una
actitud mental capaz de abordar problemas globales que contextualizan sus
informaciones parciales y locales.
Enseñar la condición humana debería ser el objeto esencial
de cualquier sistema de enseñanza, y eso pasa por tomar en consideración
conocimientos que se encuentran dispersos entre varias disciplinas, como
las ciencias naturales, las ciencias humanas, la literatura y la filosofía.
Las nuevas generaciones necesitan conocer la diversidad y la unidad de lo
humano.
Enseñar la identidad planetaria se refiere a mostrar la complejidad
de la crisis planetaria que caracterizó el siglo XX. Se trata de enseñar
la historia de la era planetaria, mostrando cómo todas las partes
del mundo necesitan ser intersolidarias, dado que enfrentan los mismos problemas
de vida y muerte.
Hay que hacer frente a las incertidumbres que se han puesto de manifiesto
a lo largo del siglo XX, a través de la microfísica, la termodinámica,
la cosmología, la biología evolutiva, las neurociencias y las
ciencias históricas. Hay que aprender a navegar en el océano
de las incertidumbres a través de los archipiélagos de las
certezas.
La comprensión es tanto medio como fin de la comunicación humana,
por lo que no es algo que la educación pueda pasar por alto. Para
eso, es necesaria una reforma de las mentalidades.
Por ética del género humano entiendo un enfoque que considere
al individuo, a la sociedad y a la especie. Eso no se enseña con lecciones
de moral, pues pasa por la conciencia de sí mismo que el ser humano
va adquiriendo como individuo, como parte de la sociedad y como parte de
la especie humana. Eso implica concebir la humanidad como una comunidad planetaria
compuesta por individuos que viven en democracias.
AS.- Su propuesta es muy interesante, pero parece ir contra un movimiento
que ha tenido lugar en España y en Brasil, dirigido a la realización
de evaluaciones que midan la cantidad de conocimiento dado por esas disciplinas
fragmentadas. Los datos procedentes de esas evaluaciones servirían
para establecer una media nacional educativa y para separar a los alumnos
según el grado de información que sean capaces de retener.
¿Cómo ve usted este tipo de iniciativas?
EM.- No estoy a favor de ningún tipo de segregación.
A lo largo de la vida pasamos por todo: atrasos, progresos, encuentros, desencuentros,
crisis. Este tipo de evaluación es una forma de segregación
que no ayuda a organizar el conocimiento y las relaciones entre las distintas
informaciones. Los datos y hechos que pueden caber en evaluaciones de ese
tipo no son conocimientos, representan un vacío que no refleja ninguno
de los siete saberes enunciados anteriormente.
AS.- Otro contraejemplo para esa idea podría ser lo ocurrido
el 11 de septiembre de 2001, ¿no es cierto?
EM.- Su pregunta es muy importante y exigiría una respuesta
que rebasa el tiempo que tenemos para esta entrevista. Pero voy a intentar
resumir lo que pienso sobre eso. Hemos oído hablar de choques de civilizaciones
en discursos pesimistas que dan muestra de un pesimismo simétrico
que marcha en una trágica dirección. Por un lado, el
fenómeno de la modernización basada en la homogeneización
general suscita diversas tipos de reacción en las civilizaciones más
antiguas. Se aferran a su pasado, a sus raíces y a su religión,
porque tienen miedo de perder su identidad. Por otro lado, en el mundo occidental
fracasó la fe en el progreso tecnológico y económico
que nos conduciría a un mundo mejor. Ahora sabemos que ese progreso
puede generar, incluso, el fin del mundo con una guerra atómica.
Pero no debemos pensar que las posibles consecuencias de ese momento están
históricamente determinadas. Y, por tanto, no debemos aceptar la idea
de que la guerra es inevitable.
AS.- Pero parece que hay otros indicios que también van en
dirección contraria a lo que usted propone. Tanto en Europa como en
otros países del mundo, la extrema derecha avanza de un modo evidente.
¿Qué opina de ese retorno de la extrema derecha?
EM.- Sí, hay una resurrección de cosas del pasado que
deberían haber sido olvidadas hace largo tiempo. Pero la pregunta
es si seguirá siendo minoritario y localizado o podrá llegar
a alcanzar grandes dimensiones en todo el mundo. Esto está ocurriendo
como consecuencia del clima de incertidumbre actual y de esa política
del “día a día” que no da esperanzas de mejora a sus ciudadanos.
La globalización y la inmigración, procedente principalmente
de África y de América del Sur, ha generado en Europa un aumento
de la necesidad de identidad nacional. Esa identidad de patria fragiliza
las relaciones internacionales y ha dado lugar a numerosos actos racistas.
En la forma en que está teniendo lugar, la inmigración ha influido
sobre problemas muy complejos, como la marginalización, la delincuencia
juvenil y el consecuente aumento de la violencia urbana. Tal y como aparecen,
esos factores favorecen a la extrema derecha.
Pero insisto en que no hay determinismos, el futuro está sin escribir
y el peligro no es inevitable. Tenemos que estar vigilantes para que no crezca,
pero no es un estado de continua alarma como si fuese un mal inevitable.
Podemos contraponernos a todo eso con la educación. Esa es la razón
que me ha guiado al desarrollar los últimos volúmenes de El
Método. El quinto volumen está dedicado a la educación,
y en el sexto volumen desarrollo mi propuesta ética de resistencia
a la crueldad del mundo.
AS.- ¿Cuáles son las líneas generales de su propuesta
ética?
EM.- Hablo de autoética, socioética, antropo-ética
y de ética planetaria. Veo al individuo, a la sociedad y a la especie
como categorías interdependientes. Ante la complejidad contemporánea
no podemos descartar ninguna de esas tres perspectivas. El problema actual
de la ética no es el deber, la prescripción, la norma. No necesitamos
imperativos categóricos. Lo que necesitamos es saber si el resultado
de nuestras acciones está en correspondencia con lo que querríamos
para nosotros mismos, para la sociedad, para el planeta. No basta con tener
buena voluntad, en cuyo nombre fueron cometidas innumerables acciones desastrosas.
Mi ética es una ética del buen pensar y en eso está
implícita toda mi idea del pensamiento complejo.
AS.- ¿Podría hacer una síntesis de su teoría
del pensamiento complejo?
EM.- Muchos ven en mí a un sintetizador y unificador que, afirmativo
y suficiente, trata de presentar una teoría sistemática y global.
Pero debo admitir que eso es un engaño, no puedo sacar de la chistera
ninguna teoría diciendo “¡aquí estoy, tiren a la basura
sus paradigmas anteriores!”. Claro está que la propuesta de pensamiento
complejo es fruto de un esfuerzo para articular saberes dispersos, diversos
y adversos entre sí. Pero la propia idea de complejidad excluye la
posibilidad de unificar, pues una vez que parte de la incertidumbre debe
admitir el reconocimiento cara a cara con lo indecible. La complejidad no
es una receta que voy distribuyendo. Sólo es una invitación
para una civilización de las ideas.
El pensamiento complejo es una unión entre simplicidad y complejidad,
lo que implica procesos como seleccionar, jerarquizar, separar, reducir y
globalizar. Se trata de articular lo que está disociado. Pero no es
una unión superficial, ya que esa relación es al mismo tiempo
antagónica y complementaria.
AS.- ¿Algun mensaje especial para los lectores de esta entrevista?
EM.- ¡Qué sigamos con nuestra ecología de la acción!
AS.- Agradezco al profesor Josep María Terricabras y a la Cátedra
Ferrater Mora de la Universidad de Girona el apoyo dado para la realización
de la entrevista, así como a la profesora Irene de Puig por toda la
información que me ha facilitado. Y a Edgar Morin le agradezco su
actitud durante esta entrevista, en la que ha demostrado ser coherente con
las ideas que presenta. Con su permiso, cierro la entrevista citándole:
Habitamos la Tierra. Citamos a Hölderlín y completamos su
frase diciendo: prosaica y poéticamente, el hombre habita la Tierra.
Prosaicamente (trabajando, fijándose objetivos prácticos, intentando
sobrevivir) y poéticamente (cantando, soñando, gozando, amando,
admirando), habitamos la Tierra. La vida humana está tejida de prosa
y poesía. La poesía no es sólo un género literario,
es también un modo de vivir la participación, el amor, el fervor,
la comunión, la exaltación, el rito, la fiesta, la embriaguez,
la danza, el canto que transfigura definitivamente la vida prosaica hecha
de tareas prácticas, utilitarias y técnicas. Así, el
ser humano habla dos lenguajes a partir de su idioma. El primero denota,
objetiva, se fundamenta en la lógica del tercio excluso. El segundo
habla a través de la connotación, de los significados contextualizados
que rodean cada palabra, de las metáforas, de las analogías,
intenta traducir emociones y sentimientos, permite expresar el alma (...)
En el estado poético, el segundo estado se convierte en el primero.
Espero que esta entrevista inspire al lector a seguir educando prosaica y
poéticamente, recordando que un estado puede convertirse en el otro.