Mujeres bajo leyes musulmanas
Contra los fundamentalismos
Carta dirigida al Foro Social Mundial 2005. Mujeres bajo leyes musulmanas
(Women Living Under Muslim Laws) es una red de solidaridad internacional
que ofrece información, apoyo y un espacio colectivo para las mujeres
cuyas vidas están influidas, condicionadas o gobernadas por leyes
y comportamientos que proclaman inspirarse en el Islam. Traducción
de Toñi Ortega, para Iniciativa Socialista, nº 75, primavera.
No es cierto que exista un “choque de civilizaciones”: hoy en día,
en el mundo, el choque se sitúa entre fascistas y antifascistas. El
auge de los fundamentalismos forma parte del auge de los movimientos de extrema
derecha y de la expansión de la política liberal procapitalista
en el mundo. Esto incluye al fundamentalismo musulmán, que es el contexto
específico de la realidad en la que vivimos.
Durante más de veinte años, las mujeres han identificado a
los fundamentalismos como fuerzas políticas de derecha y extrema derecha
que trabajan bajo la cobertura de la religión y la cultura, no como
los movimientos religiosos y espirituales que pretenden ser. La influencia
actual del fundamentalismo cristiano en el política de Estados Unidos
y el auge de las políticas y de los actos terroristas perpetrados
en nombre de la defensa del Islam no hacen más que confirmar tal análisis.
Además, las mujeres han constatado en diversas ocasiones, comenzando
por la conferencia internacional de la ONU sobre población y desarrollo
que tuvo lugar en el Cairo en 1994, el apoyo mutuo que se ofrecen diferentes
clases de fuerzas fundamentalistas y de extrema derecha.
Durante más de dos décadas, las mujeres han visto las políticas
dirigidas contra ellas como claros signos de fundamentalismo, tanto si se
trataba de los ataques contra la contracepción y el aborto en los
Estados Unidos y en Europa, como si era la puesta en marcha de códigos
sobre la forma de vestir o la obligación de llevar velo, al igual
que los ataques contra la libertad de circulación y contra el derecho
a la educación y al trabajo en regímenes tales como el talibán.
Las mujeres se han movilizado masivamente a favor de las mujeres afganas
que morían de hambre bajo sus burkas o a favor de las mujeres nigerianas
condenadas a ser lapidadas por tener relaciones sexuales fuera del matrimonio,
mientras supuestas leyes religiosas invadían esos países.
Sin embargo, en estos momentos tenemos delante un nuevo desafío: lo
que parece claro políticamente cuando hablamos de países lejanos,
pierde esta claridad cuando las políticas fundamentalistas se aproximan
a Europa y a EEUU bajo la apariencia de una identidad cultural “autentica”,
y el apoyo aportado en otras ocasiones a las victimas del fundamentalismo
y a quienes se resisten a él en todo el mundo se desvanece bajo el
peso de consideraciones tales como el derecho a la “diferencia” y a un relativismo
cultural.
¿Qué está ocurriendo? El fundamentalismo musulmán
ha abierto un nuevo frente en Europa y en Estados Unidos. Existen numerosos
signos que así lo advierten, como la demanda de leyes especiales,
pretendidamente basadas en la religión, para resolver, principalmente,
temas de familia en el seno de la comunidad musulmana. La experiencia que
tenemos en nuestros países nos muestra que esas leyes actúan
de manera profundamente discriminatoria y en contra de las mujeres. En este
momento, los adeptos al fundamentalismo buscan el apoyo de fuerzas progresistas,
en nombre de los mismos valores que defendemos: la igualdad, el antiracismo,
la libertad de pensamiento, la libertad de expresión. Las organizaciones
de derechos humanos, la izquierda y las fuerzas progresistas en general,
y en estos momentos incluso las feministas, están siendo invitadas
a apoyar la agenda fundamentalista.
Desconcertados por la discriminación y la exclusión que padecen
más frecuentemente de lo admisible, las personas que provienen de
la inmigración en Europa y en EEUU, así como las fuerzas políticas
occidentales, desean con fuerza y en justicia denunciar el racismo. Pero
de ello resulta que, a menudo, deciden sacrificar sobre el altar del antiracismo
a las mujeres y a nuestras propias fuerzas nacionales de oposición
democrática contra la dictadura fundamentalista teocrática.
O censuran sus propias expresiones de solidaridad hacia nosotras por miedo
a ser acusados de racismo.
Despistados por las invasiones y las guerras neocoloniales, las fuerzas progresistas
están dispuestas a dar apoyo a toda oposición contra las superpotencias.
Hemos sido ya testigos de intelectuales y militantes de izquierda declarando
que poco les importa si regímenes fundamentalistas teocráticos
llegan al poder en Palestina o en Irak, si a cambio de ello EEUU e Israel
son golpeados. Hemos sido testigos de que representantes de organizaciones
fundamentalistas y sus ideólogos han sido invitados y aplaudidos en
foros sociales. Hemos sido testigos de que feministas eminentes defendían
el “derecho al velo”, y eso nos recuerda tristemente la defensa del “derecho
cultural” de las mutilaciones genitales femeninas hace algunas décadas.
A aquellos y aquellas que intentan justificar su confusión política
diciendo que el fundamentalismo es un movimiento popular, les recordamos
que Hitler fue elegido por el pueblo, esto es, por medios democráticos,
pero ciertamente no por el bien de la democracia. Nos atrevemos a no
estar de acuerdo. No estamos de acuerdo en tanto que mujeres, es decir, las
victimas más visibles de las políticas fundamentalistas, y
no estamos de acuerdo en tanto que movimiento progresista, democrático
y antiteocrático.
A una situación de exclusión o de opresión se le pueden
encontrar varios tipos de respuestas: de izquierda, de derecha o de extrema
derecha. Se pueden encontrar respuestas abiertas hacia el universalismo,
la humanidad, la democracia, los derechos fundamentales para todos y todas,
o falsas respuestas asociadas a los particularismos, al etnicismo, a las
diferencias.
Al mismo tiempo que nuestra diversidad debe de ser reconocida sin imponer
la homogeneidad, no deberíamos olvidar nunca que la diferencia
ha sido utilizada y explotada brutalmente por toda clase de fuerzas de extrema
derecha, del nazismo al apartheid, de los estados del sur pro-esclavistas
de los EEUU a los fundamentalismos musulmanes y a las ideologías contra
las mujeres, por citar algunos casos. Deberíamos andar con cuidado
y no en la trampa tendida bajo nuestros pies por los fundamentalistas.
No apoyaremos una respuesta de extrema derecha a situaciones de opresión.
No sostendremos la llegada al poder de teocracias fundamentalistas. Estas
sustituirán una situación terrible por una situación
todavía peor. No les apoyaremos como respuesta legitima a la opresión,
la exclusión, el racismo, la explotación y las invasiones.
El terror fundamentalista no es un instrumento del pobre contra el rico,
del tercer mundo contra el primero, de los ciudadanos contra el capitalismo.
No es una respuesta legitima que pueda estar apoyada por las fuerzas progresistas
del mundo. Ante todo, quieren liquidar a la oposición democrática
que en cada país se opone a su proyecto teocrático y a su propósito
de controlar todos los ámbitos de la sociedad, tales como la educación,
el sistema legal, los servicios a la juventud, etc., en nombre de la
religión. Cuando los fundamentalistas llegan al poder, reducen al
silencio, eliminan físicamente a disidentes, escritores, periodistas,
poetas, músicos pintores, como hacen los fascistas. Como los fascistas,
eliminan físicamente a los “untermensch” -los subhombres-, esto es,
a quienes ellos denominan “razas inferiores”, a los gays, a los disminuidos
físicos y mentales... Y ponen a las mujeres en “su sitio”, lo que,
sabemos por experiencia, termina en la camisa de fuerza. Como los fascistas,
mantienen al capitalismo.
No existe el choque de civilizaciones, como los Bush y Bin Laden querrían
hacernos creer. El choque en mundo hoy en día es entre fascistas y
antifacistas. Y esto es lo que realmente divide las fronteras nacionales,
étnicas y religiosas.
Hacemos un llamamiento al movimiento democrático en general y al movimiento
antiglobalización reunido en Porto Alegre, y más específicamente
al movimiento de mujeres, a dar visibilidad y reconocimiento internacional
a las fuerzas progresistas democráticas y en particular al movimiento
de las mujeres que se oponen al movimiento fundamentalista teocrático.
Insistimos en pediros que dejéis de apoyar a los fundamentalismos
como si éstos fueran una respuesta legitima a los movimientos de opresión.