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Timor Oriental: Comentario con ocasión de la próxima cumbre de la APEC

Noam Chomsky

Artículo reproducido por gentileza de Znet  (localizable en Internet en http://www.zmag,org) y de Rebelión (http://www.eurosur.org/rebelion), cuya versión castellana, obra de Jesús Gómez, utilizamos. Publicado en Iniciativa Socialista número 54, otoño 1999

En la conferencia de la APEC (Asia Pacific Economic Cooperation) se deberían tratar muchas cuestiones significativas a largo plazo, pero una de ellas es de vital importancia y de urgencia absoluta. Todos sabemos de qué se trata, y por qué se debe situar en un primer plano de preocupación y -lo que es más importante- de acción inmediata. Esta conferencia proporciona una oportunidad que puede que no se vuelva a repetir: la oportunidad de poner fin a la tragedia de Timor Oriental, que una vez más alcanza proporciones alarmantes. Las fuerzas militares indonesias que invadieron Timor Oriental hace 24 años, y que han estado aterrorizando y masacrando a sus habitantes desde entonces, se encuentran ahora mismo, mientras escribo, en pleno proceso de destruir sádicamente lo que queda: la población, las ciudades y los pueblos. No podemos saber lo que están planeando, pero no es descartable una solución cartaginesa.
La tragedia de Timor Oriental ha sido una de las más pavorosas de este terrible siglo. Por otra parte, también es de particular importancia moral para nosotros, por la más simple y obvia de las razones: la complicidad occidental ha sido directa y decisiva. El previsible corolario también incluye que, a diferencia de los delitos de los enemigos oficiales, estos se podrían haber detenido por medios que siempre han estado, y que siguen estando, disponibles. La actual ola de terror y destrucción se inició a principios de este año, con el pretexto de que las atrocidades eran llevadas a cabo por “milicias incontroladas”. Pronto se reveló que las milicias eran fuerzas paramilitares armadas, organizadas y dirigidas por el ejército indonesio, que también participó de forma directa en sus “actividades delictivas”, tal y como las describió Ali Alatas, ministro de Asuntos Exteriores de Indonesia, con intención de mantener a estas alturas la vergonzosa pretensión de que la “institución castrense” que dirige los crímenes intenta detenerlos.
Los integrantes de las fuerzas militares indonesias son comúnmente descritos como “malhechores”. Es un calificativo que no les hace justicia. Los más importantes son las unidades del Kopassus enviadas a Timor Oriental para llevar a cabo las acciones que las han hecho tan famosas como temidas. Cuando el terror empezaba a aumentar, David Jenkins, veterano corresponsal en Asia, informó que “según creen muchos observadores, tienen la labor de dirigir las milicias”. El Kopassus es la “unidad de fuerzas especiales de asalto” creada a imagen y semejanza de los boinas verdes de EEUU, y recibió “entrenamiento regular con las fuerzas australianas y estadounidenses hasta que su comportamiento se hizo demasiado molesto para sus amigos extranjeros”. Benedict Anderson, uno de los intelectuales indonesios más importantes, observa que son “legendarias por su crueldad” y añade que, en Timor Oriental, “el Kopassus se ha convertido en pionero y ejemplo de todo tipo de atrocidades”, como violaciones sistemáticas, torturas, ejecuciones, y organización de bandas criminales.
Jenkins escribió que los altos mandos del Kopassus, entrenados en Estados Unidos, adoptaron las tácticas del programa estadounidense “Phoenix”, que se aplicó en Vietnam del Sur y que supuso el asesinato de decenas de miles de campesinos y de muchos de los líderes sudvietnamitas, así como “las tácticas empleadas por los Contras” en Nicaragua a partir de las lecciones que recibieron de sus mentores de la CIA, lecciones que no será preciso recordar. Los terroristas de estado “no se limitan a perseguir a los independentistas más radicales, sino también a los moderados, a las personas con influencia en su comunidad. “Es Phoenix”, según comentaba una importante fuente de Yakarta, y tienen intención de “aterrorizar a todo el mundo”: a las ONG, a la Cruz Roja, a Naciones Unidas y a los periodistas.
Todo ello fue mucho antes del referéndum y de las atrocidades desatadas a partir de entonces. Hay buenas razones para compartir el juicio de un alto cargo occidental en Dili: “No se equivoquen. Todo esto se dirige desde Yakarta. No es una situación en la que unos cuantos grupos de una milicia andrajosa se encuentran fuera de control. Es una operación militar desde el principio hasta el final, como todo el mundo sabe”.
El alto cargo hizo las declaraciones desde el campamento de Naciones Unidas en el que se habían refugiado los observadores de la ONU, los últimos periodistas y miles de aterrorizados ciudadanos de Timor que huían de la persecución de los agentes paramilitares de Indonesia. En aquel momento, hace unos días, Naciones Unidas calculó que se había expulsado de forma violenta a 200.000 personas, aproximadamente un cuarto de la población, con un número desconocido de asesinatos y daños materiales por valor de miles de millones de dólares. En opinión de la ONU, se tardarían varias décadas en reconstruir la infraestructura básica del territorio, en el mejor de los casos. Y puede que el ejército tenga objetivos aún más ambiciosos.
La historia de horror había continuado en los meses previos al referéndum del treinta de agosto. En julio, periodistas australianos citaban fuentes diplomáticas, de la iglesia y de las propias milicias para informar de que “están acumulando cientos de modernos rifles de asalto, granadas y morteros, para utilizarlos si la opción autonómica [permanecer en Indonesia] es derrotada en las urnas”. Los periodistas advertían que las milicias dirigidas por el ejército podrían estar planeando una ocupación violenta de casi todo el territorio si se expresaba la voluntad popular a pesar del terror. Todo ello era del conocimiento de los “amigos extranjeros” que también sabían cómo detener el terror y que sin embargo prefirieron mantener una actitud dilatoria, dudosa, evasiva y ambigua que los generales indonesios podían interpretar, fácilmente, como una “luz verde” para que llevaran a cabo su macabro trabajo.
En una demostración de extraordinario heroísmo y de valentía, casi toda la población participó en las elecciones, aunque muchos tuvieron que salir de sus escondites para votar. Enfrentándose al terror y a una intimidación brutal, votaron mayoritariamente a favor del derecho de autodeterminación, sancionado desde hace mucho tiempo por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y por el Tribunal Internacional.
Las fuerzas de ocupación indonesias reaccionaron de forma inmediata, y del modo anunciado por los observadores que se encontraban en el terreno. Se inició una operación bien planeada con las armas que se habían acumulado y con las fuerzas que se habían movilizado. Procedieron a eliminar a cualquiera que pudiera contar al mundo la terrible historia y cortaron las comunicaciones mientras masacraban y expulsaban a decenas de miles de personas a un destino desconocido, sin dejar de quemar y de destruir, asesinando a curas y monjas y quién sabe a cuántas otras desventuradas víctimas. Dili, la capital, fue prácticamente destruida. En cuanto a lo sucedido en el campo, donde el ejército puede actuar sin testigos, sólo se puede adivinar lo que ha sucedido.
Incluso antes de las últimas atrocidades, fuentes de la Iglesia -de gran credibilidad- habían informado sobre el asesinato de entre 3000 y 5000 personas en 1999; es decir, una cifra muy superior a la escala de atrocidades en Kosovo antes de los bombardeos de la OTAN. Y el porcentaje puede alcanzar el nivel de Ruanda si los “amigos extranjeros” se limitan a realizar tímidas declaraciones de desaprobación mientras insisten en que la seguridad interna de Timor Oriental “es responsabilidad del gobierno de Indonesia, y no deseamos quitarles esa responsabilidad”, la posición oficial del Departamento de Estado de EEUU pocos días antes del referéndum del 30 de agosto.
Si hubieran dicho hace unos meses que la seguridad interna de Kosovo “es responsabilidad del gobierno de Yugoslavia, y no deseamos quitarles esa responsabilidad”, no serían tan hipócritas. Los crímenes de Indonesia en Timor Oriental han sido incomparablemente mayores, incluso este mismo año, por no hablar de sus actos durante los años de agresión y terror; respaldados por occidente, no podemos permitirnos el lujo de olvidar. Pero dejando eso a un lado, Indonesia no tiene ningún derecho sobre el territorio que invadió y ocupó, al margen del derecho que le concede el apoyo de las grandes potencias. Los “amigos extranjeros” también saben que tal vez no fuera necesaria una intervención directa en el territorio ocupado, aunque esté justificada. Bastaría con que EEUU hiciera una declaración pública y clara para informar a los generales indonesios de que el juego ha terminado. A fin de cuentas es la estrategia que EEUU ha llevado durante el último cuarto de siglo, cuando apoyaba militar y diplomáticamente la invasión y las atrocidades dirigidas por el general Suharto, que consiguió batir su propio y espeluznante récord con el apoyo de occidente y, frecuentemente, con su aclamación. La propia administración de Clinton lo felicitó: “Es nuestro hombre”, dijeron, cuando Suharto visitó Washington poco antes de que cayera en desgracia por perder el control y quedar atrapado en las órdenes del FMI.
Si transformar la actual luz verde en una luz roja no bastara, Washington y sus aliados tienen medios suficientes a su disposición: pueden detener la venta de armas a los asesinos; pueden iniciar juicios por crímenes de guerra contra los líderes del ejército (amenaza que no es desdeñable); pueden cortar un apoyo económico al que no aplican ambigüedad alguna; y pueden impedir la actuación de las multinacionales y de las grandes empresas de energía occidentales, así como restringir otras inversiones y actividades comerciales. Además, y si se demuestra que es necesario, no hay razón alguna para no enviar fuerzas de pacificación que reemplacen al ejército terrorista de ocupación. Indonesia no tiene autoridad alguna para “invitar” a una intervención extranjera, como pedía el presidente Clinton; tampoco la tenía Sadam Huseín para pedir una intervención extranjera en Kuwait, ni la Alemania nazi en Francia en 1944, por ejemplo. Pero la terminología que se utilice para disfrazar el envío de fuerzas pacificadoras carece de importancia, siempre y cuando no sucumbamos a ilusiones que nos impidan comprender lo que ha sucedido, y lo que presagia.
Apenas sabemos lo que están haciendo EEUU y sus aliados. El New York Times informa de que el Departamento de Estado de EEUU “ha tomado la dirección de la gestión de la crisis, (...) en la espera de poder hacer uso de los duraderos lazos entre el Pentágono y el ejército indonesio”. La naturaleza de esos lazos, que se han mantenido durante décadas, no es ningún secreto. Alan Naim, que sobrevivió a la masacre de Dili de 1991 y que estuvo a punto de perder la vida, también en Dili, hace unos días, aclara las relaciones actuales entre Indonesia y EEUU. En otro brillante éxito de investigación, Naim acaba de revelar que inmediatamente después de la horrible masacre de docenas de refugiados que se habían cobijado en una iglesia de Liquica, el máximo responsable del ejército de EEUU en el Pacífico, el almirante Dennis Blair, ratificó el apoyo y la ayuda estadounidense al general indonesio Wiranto y le propuso una nueva misión de entrenamiento de EEUU.
El día ocho de septiembre, la comandancia del Pacífico anunció que el almirante Blair va a ser enviado de nuevo a Indonesia para transmitir la preocupación de EEUU. El mismo día, el secretario de Defensa, William Cohen, informó que EEUU realizó operaciones conjuntas con el ejército de Indonesia una semana antes del referéndum de agosto. “fue un ejercicio de entrenamiento conjunto centrado en actividades humanitarias y de intervención ante desastres”. Resulta sorprendente que Cohen pueda decir algo así sin avergonzarse. El ejercicio de entrenamiento se puso en práctica en cuestión de días, y de la forma habitual, tal y como podrá comprender todo el mundo -salvo los que están ciegos por propia voluntad- tras escuchar años y años los mismos cuentos.
Cada movimiento llega con una retractación implícita. El día anterior a la reunión de la APEC, el 9 de septiembre, Clinton anunció la interrupción de los lazos militares, pero sin detener la venta de armas, y mientras tanto declaraba que Timor Oriental “sigue formando parte de Indonesia”, aunque no lo sea ni lo haya sido nunca. El almirante Blair comunicó la decisión al general Wiranto. No es necesario ser irónico para contemplar las actuales relaciones secretas con un escepticismo justificado por el pasado histórico: por mencionar un caso reciente, Clinton se las arregló para evitar las restricciones ordenadas por el Congreso de EEUU al entrenamiento de militares indonesios tras la masacre de Dili. Pero la crónica anterior es mucho peor desde los primeros días de la invasión autorizada por EEUU. Mientras la publicidad política de EEUU condenaba la agresión, Washington la apoyaba en secreto con un nuevo envío de armas, que fue incrementado por la administración de Carter cuando las matanzas alcanzaron niveles de genocidio en 1978. Fue entonces cuando la Iglesia y otras fuentes de Timor Oriental intentaron hacer público el cálculo de 200.000 muertos que fue aceptado años más tarde, después de negarlo constantemente.
Todos los estudiantes occidentales, todos los ciudadanos mínimamente preocupados por las relaciones internacionales, deberían conocer la honrada y franca descripción de los primeros días de la invasión de boca del senador Daniel Patrick Moynihan, que entonces era embajador de EEUU ante Naciones Unidas. El Consejo de Seguridad Ordenó a los invasores que se retiraran de inmediato, pero no se tomó ninguna medida. En sus memorias, publicadas hace 20 años, cuando el terror alcanzó su punto más alto, Moynihan explicó las razones: “Estados Unidos deseaba que las cosas salieran de ese modo”, y el cumplió con el deber de “trabajar para conseguirlo”. En cuanto a lo que sucedió, Moynihan comenta que en pocos meses fueron asesinados 60.000 ciudadanos de Timor, “casi la proporción de bajas sufridas por la Unión Soviética durante la II Guerra Mundial”. Fin de la historia. Aunque no en el mundo real.
Las cosas han seguido igual desde entonces, aunque no sólo en EEUU. Gran Bretaña tiene un pasado particularmente odioso, al igual que Australia, Francia y oros muchos países. Su enorme responsabilidad, por sí misma, debería obligarlos a actuar, y no sólo para detener las atrocidades, sino para reparar lo sucedido, aunque se limitaran a hacer un miserable gesto de compensación por sus crímenes.
Las razones de la postura occidental son evidentes. Lo han dejado bien claro, con una sinceridad brutal. “El dilema es que Indonesia importa, y Timor Oriental, no”, declaraba un diplomático occidental en Yakarta hace unos días. Podría haber añadido que no se trata de ningún “dilema”, sino más bien de un procedimiento estándar. Elizabeth Becker y Philip Shenon, especialistas en Asia del New York Times, explicaban la negativa de EEUU a intervenir cuando informaban de que la administración de Clinton “ha llegado a la conclusión de que Indonesia, un país con grandes riquezas minerales y más de 200 millones de personas, es mucho más importante para EEUU que la preocupación por el destino político de Timor Oriental, un pequeño y empobrecido territorio habitado por 800.000 personas que aspira a la independencia”. Con semejantes conclusiones, su destino como seres humanos ni siquiera aparece en la pantalla del radar. El Washington Post cita a Douglas Paal, presidente del Asia Pacific Policy Center (APPC), para informar sobre los hechos de la vida: “Timor es un bache en la carretera a Yakarta, y tenemos que pasarlo. Indonesia es un lugar enorme y esencial para la estabilidad de la región”.
Incluso sin la certificación secreta del apoyo del Pentágono, los generales indonesios pueden leer ese tipo de declaraciones y llegar a la conclusión de que tienen vía libre para hacer lo que quieran.
Durante los últimos días se ha mencionado repetidamente la analogía con Kosovo. Pero es una comparación inapropiada, en muchos aspectos cruciales. El caso de Irak y Kuwait es mucho más parecido, aunque quede muy por debajo de la escala de atrocidades y de la culpabilidad de EEUU y de sus aliados. Aún hay tiempo, aunque muy poco, para evitar la atroz consumación de una de las tragedias más espantosas de un siglo horrible que se dirige a un final aterrador y violento.
 
 
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