Ir a página principal de Iniciativa Socialista
Ir a archivo de documentos
 

 Sobre el Choque de civilizaciones

 Norberto Emmerich

 

Política y cultura

A partir de la publicación de "El choque de civilizaciones" muchas polémicas se han desatado respecto de la validez y pertinencia del análisis de Huntington. Cuando el rumor académico sobre la obra se estaba acallando, la operación "Libertad Duradera" ha reactualizado la necesidad de volver a echar una mirada sobre el texto y fundamentalmente sobre el concepto de "choque". Nuestra intención es ver si el análisis de Huntington es válido en lo académico y útil en lo político o erróneo y peligroso en ambos terrenos.

Como su nombre lo indica el choque de civilizaciones se basa en la lógica amigo-enemigo donde todo lo diferente es percibido como opuesto y no hay posibilidad de unidad en la contradicción, tendiendo tozudamente hacia la simplificación mientras el diálogo entre civilizaciones se basa en la capacidad de entender la unidad como una totalidad de contradicciones y sostiene la necesaria complejidad en el análisis de las relaciones políticas.

El "choque" relativiza el conflicto interestatal como unidad clásica de análisis y coloca en primer plano el conflicto cultural. En esta tesis resultaría imposible explicar la cooperación turca y la de los países de mayoría musulmana del Cáucaso.

Al tomar a las civilizaciones como unidad de análisis las diferencias que existan al interior de esa premisa mayor no pueden constituirse en categorías centrales de análisis. No se analizan los desajustes entre las posturas de los gobiernos (burguesías intermediarias), la situación de las masas (movilización antinorteamericana) y la posición de las elites educadas y desplazadas (fundamentalismo de masas) que la mayoría de las veces chocan entre sí y dentro de sí. Como en todo el mundo en los países musulmanes la política es resultado de la dialéctica contradictoria entre sectores sociales diversos y los proyectos y actores que los representan. Como Estados Unidos no ha pasado por el proceso de una revolución social sus cientistas políticos tienen dificultades para analizar los procesos políticos en términos complejos y se estudia a la sociedad islámica como si fuera un todo simple cuando el grado de diferenciación social y fragmentación es el correspondiente a cualquier sociedad contemporánea. Es cierto que la civilización es una unidad de análisis referida a una totalidad, pero en ese caso no pueden extraerse desde allí explicaciones políticas para los niveles subsidiarios.

El choque de civilizaciones extrapola a todo el mundo islámico las lecturas de algunos casos puntuales y específicos mediante una demonización del Islam y una falsa lectura del Corán que sostienen que el Islam y occidente han mantenido relaciones conflictivas a lo largo de toda su historia no diferenciando entre política estatal e intercambio civilizacional. Los Estados centrales de las civilizaciones pueden estar en guerra mientras las culturas de esas civilizaciones están realizando un profundo intercambio. Si se lee la historia europea como mil años de asedio del Imperio Turco es imposible entender una realidad que ha sido mucho más compleja y contradictoria.

Quizás sea pretencioso pretender que Huntington llegue a la conclusión de que los sistemas sociales (y sus civilizaciones portadoras) más dinámicos avanzan sobre los más decadentes (el Imperio Turco sobre la Europea medieval, la Europa moderna contra el "problema de Oriente") y que al mismo tiempo evite caer en la tentación de invertir el concepto. Que una civilización avance sobre otras no quiere decir que sea más moderna o más dinámica ya que los conceptos de este tipo no pueden dilucidarse sino después que la civilización triunfante reescribe la historia. La prevención contra el ataque de civilizaciones que se sienten amenazadas por la "modernidad" es una construcción apriorística de un proceso que no cuenta con elementos materiales que permitan determinar conceptualmente quién ataca y quién se defiende y quién es moderno y quién es atrasado a no ser que el investigador coloque esas categorías desde "afuera". Finalmente será moderno el que triunfe porque también triunfará ideológicamente.

Huntington percibe la dinámica de relación de fuerzas en estos términos pero plantea su estructura en sentido cultural, contradiciendo el método de análisis con la filosofía histórica subyacente. Impulsado por una lógica política quiere ocultarla bajo el disfraz de un choque cultural. En definitiva prima un criterio de cinismo político que intenta que el criterio de "verdad" científica sea otorgada por la militarización de los resultados históricos como si el triunfo en la guerra constituyera el supremo criterio de verosimilitud que corrobora ex post los paradigmas apriorísticos.

En esta visión la modernidad no es un concepto a-político sino que está atada a la estructura político-ideológica que la conceptualiza y define ya que el lenguaje político está políticamente determinado. De este modo la modernidad es históricamente imperial porque no es la civilización la que define las categorías hacia abajo sino la política, el poder y el resultado de los conflictos, generalmente armados. Definiendo las civilizaciones por la cultura y la jerarquía de las civilizaciones por su relación con la modernidad, Huntington nos está indicando que las civilizaciones no se definen por la política pero su jerarquía sí y ex profeso no delimita claramente los ámbitos de aplicación de sus dos conceptos centrales, cultura y política.

En este sentido existirían valores generales, de carácter cultural, que deberían universalizarse. Occidente se (auto) define por la democracia liberal, la economía de mercado, la libertad individual y los derechos humanos. Valores culturales tan "políticamente" elaborados son motivo de gran sospecha, sobretodo cuando la historia occidental está más llena de excepciones que de confirmaciones a esa regla pre-establecida.

Mientras en sentido civilizatorio hablamos de "valores" (connotación positiva), en sentido político hablamos de "poder" (connotación negativa); la civilización es una entidad conceptual autorreferente, la política es multidimensional y relacional; los valores se difunden, el poder se impone; la política es una construcción, las civilizaciones son una formación. Teniendo en cuenta todas estas diferencias debemos decir que no fue la civilización islámica la que chocó contra la "cristiandad", sino el Imperio Turco contra los reinos europeos. Mientras los Estados se disputaban ferozmente el control del Mediterráneo las civilizaciones ya habían comenzando un intensísimo intercambio cultural que le permitió a Europa descubrir la filosofía griega, el sistema métrico, la imprenta, la pólvora, los números, las universidades, el sistema bancario y la economía capitalista. Las civilizaciones no chocan porque no tienen responsabilidad política ni centro de autoridad, los Estados chocan porque la responsabilidad y la autoridad son la esencia de su definición.

En la medida que las civilizaciones se agrupan detrás de un Estado central hay una relación estrecha entre poder y civilización. Pero ese Estado no define a la civilización y sólo es uno de sus constructores ya que la civilización es un resultado de múltiples factores de intercambio en los que el poder no es el más importante. Estados periféricos o exteriores de menor rango ejercen sobre la civilización central una influencia cultural más grande que el poder que detentan, como fue el caso de Grecia frente a Roma. En otros casos el Estado fuerte y dominante ejerce escasa influencia cultural sobre los territorios dominados (Roma, Bizancio y Persia sobre grandes zonas del Medio Oriente, lo que permitiría luego el surgimiento del Imperio Arabe). El poder del Estado promueve la expansión de los valores civilizatorios pero no puede garantizar su supremacía. Aunque el poder imperial se incrementa territorial y económicamente, los valores se someten al sincretismo cultural donde todos pierden y todos ganan. Estados Unidos se beneficia con la mano de obra barata de la emigración hispana pero no puede detener la fuerte cultura latina que penetra al interior de su civilización.

El poder reafirma su connotación negativa y la civilización fortalece su connotación positiva ya que dondequiera se pose la vista la civilización siempre afirma un diálogo y la política un conflicto, pintando las características de estas dos categorías históricas esenciales. Civilización y poder conforman un binomio históricamente congruente pero son fenómenos y procesos estructuralmente diferentes y contradictorios. Si bien los Taki-ongos americanos responsabilizaron a los "blancos" por la destrucción del orgulloso imperio incaico, el "culpable" fue España y no la civilización occidental aunque fuera difícil distinguir a una de la otra.

Acertadamente Huntington sostiene que la cultura identifica pero una civilización encierra varias culturas y no queda claro cómo se daría la identificación cultural por un lado y la civilizatoria por otro. Su análisis intenta estructurar una lógica de hierro en la que cada civilización tiene una cultura que funciona como amalgama de los valores que la definen. En este sentido Occidente se identificaría con la economía de mercado y la democracia liberal cuando en realidad ha tenido varios tipos de régimen económico y varios tipos de régimen político. La preeminencia del modelo cultural que asocia mercado con democracia liberal tendría en Occidente una antigüedad no mayor a 20 años y cada vez es más cuestionada. El nazismo y todos los modelos autoritarios, totalitarios y populistas también han sido un tipo de régimen político de Occidente y se han extendido por períodos prolongados. Los sucesivos Estados centrales de la civilización occidental fueron los impulsores de cuanto régimen político fuera necesario para mantener el statu quo, sin que la democracia y los derechos humanos fueran un valor relevante a la hora de asegurar el poder. No hace muchos años Huntington pregonaba la necesidad de imponer el orden sobre sociedades institucionalmente atrasadas para empujarlas hacia escalones superiores de desarrollo político, justificando los gobiernos militares latinoamericanos como si la dictadura fuera el camino para arribar a la democracia, una falacia que define el todo (régimen) por una de sus partes (orden).
 

Guerra y posguerra fría

La visión del "choque" es un residuo de la guerra fría cuando todo Estado con posiciones diferentes era considerado enemigo y toda organización política que manifestara cosmovisiones no liberales era potencialmente una amenaza al interés nacional norteamericano.

En la década del ´90 una gran discusión se suscitó alrededor del contenido concreto del anunciado Nuevo Orden Mundial. Muchos prefirieron hablar de orden en transición, aceptando la imposibilidad de definir el orden mundial. Otros vulgarizaron el término "posguerra fría" indicando el anclaje de diversas variables del orden presente en estructuras del orden anterior. Los voceros oficiales de la política exterior norteamericana preferían hablar de un orden mundial comercial y pacífico, con prevalencia del eje económico con lo que el omniexplicativo término de globalización suplantó la imposibilidad de definición conceptual del Orden Mundial. Esta globalización no tenía enemigos claros sino amenazas difusas y extendidas que utilizaban las mismas características de la globalización para diseminar el enfrentamiento. El paradigma de "choque" intentó dotar a la política exterior norteamericana de una herramienta simplificadora de la realidad que permitiera superar esa confusión de los ´90. A las "nuevas amenazas" le sucedería el "choque de civilizaciones", la identidad sería aportada por la cultura común y no por el sentido de pertenencia a una misma comunidad política, los conflictos ya no serían interestatales sino intercivilizacionales. Esta percepción de la cultura como un resultado "espontáneo" y apolítico, no se compadece con los análisis relativos a los factores de conformación de las naciones y el nacionalismo. La cultura es resultado del juego de interés de las elites políticas que en determinado momento se embanderan alrededor de algunos valores tradicionales, históricos, lingüísticos y culturales a los que cargan con la responsabilidad de constituir una nación que merece tener su propio Estado. Nuevamente es la política la que crea cultura y es la política la que identifica, por más que un análisis superficial de los hechos pareciera indicarnos que la identificación es apolítica. Las secesiones de los ´90 no fueron apolíticas y por lo tanto culturales, sino políticas y subsidiariamente culturales. La cultura es un argumento para la secesión, la política es su contenido. Que las secesiones hayan sido tan numerosas y que el proceso no tenga visos de detenerse tiene que ver con que las identificaciones políticas se dan alrededor de unidades de pertenencia más pequeñas y más débiles, que ostentan poco poder pero mucha legitimidad, el único requisito actual para constituir un nuevo Estado. Por ahora no hay indicios de que no sea el Estado el factor principal de identificación. Que la cultura sea el factor movilizador para la constitución de nuevas unidades estatales no está en discusión, pero eso no significa que los conflictos hayan dejado de ser interestatales, por acción o pretensión, y sean ahora interculturales o intercivilizatorios.

La identificación cultural no es causa suficiente para transformar esa identificación en un factor político. El conflicto no puede ser intercultural (o intercivilizatorio) porque las culturas se transforman en argumento bélico sólo si, actuando como discurso de la política, forman parte de un proyecto político de conquista de una soberanía nacional perdida o anhelada. Saddam Hussein se mueve en un contexto de realismo político pero apela al Corán para movilizar apoyos y legitimar su estructura de poder. Bush se mueve en un contexto de intereses económicos amenazados pero apela a la "civilización" y a Dios para consagrarse como líder de la opinión pública.

En la lógica del "choque" todas las civilizaciones no occidentales pueden ser enemigas, incluyendo en primer lugar al mundo islámico, luego al Este Asiático (China) y finalmente a América Latina (Colombia).

La reivindicación de la dicotomía amigo-enemigo significa que el eje militar vuelve a primar sobre el eje económico y define al eje político. La seguridad cobra renovada relevancia, los alineamientos son cerrados y el conflicto es ideológico, todas características de la pasada guerra fría. El "choque", que es propaganda para la acción, intenta mostrarse como una teoría para la política exterior. La realidad indica que no hay predestinación cultural para justificar el choque entre el Islam y Occidente pero su utilización es altamente peligrosa como lo fue antes la visión hitleriana del futuro mundial como una guerra racial. El presidente Bush ha manifestado que ésta es una guerra de "la" civilización y, en el mismo discurso, dice no estar en conflicto con la comunidad islámica a pesar de los más de mil detenidos de origen árabe que el FBI alberga en las cárceles.
 

Crisis de paradigmas

Esta nueva guerra fría significa la crisis de tres grandes paradigmas de la última década: la oleada neoliberal, la globalización y la irracionalidad posmoderna. Resurgen con nuevos bríos la economía keynesiana, los valores locales frente a la aldea global y el conflicto ideológico. Si estas categorías están cayendo, el paradigma de Huntington pierde utilidad como herramienta de análisis y sólo permanece como un recurso propagandístico.

  1. La oleada neoliberal: el Nuevo Orden Mundial anunciado por el presidente Bush se transformó en el orden comercial y pacífico de Clinton, una política exterior cautelosa de "diplomacia comercial" que le redituó a Estados Unidos un notable crecimiento económico. Los nubarrones de recesión sobre el final de su segundo mandato supusieron una derechización de las opciones políticas en el gabinete demócrata, uno de cuyos ensayos fue el Plan Colombia. La crisis del Tequila y la cascada de devaluaciones asiáticas golpearon la oleada neoliberal aunque el paradigma teórico no encontrara todavía opciones alternativas. Los atentados del 11 de septiembre profundizaron la recesión previa y las recetas keynesianas resucitaron como mecanismo de solución junto con el incremento del presupuesto de defensa. Lo dudoso de la capacidad del complejo militar-industrial de reactivar la economía norteamericana dado el alto componente tecnológico en la industria militar se exacerba con el traslado del escenario de guerra al propio territorio estadounidense, un hecho que profundiza aún más la recesión.
  2. Globalización: la guerra contra el terrorismo abre una tendencia hacia el cierre de las fronteras y una caída del comercio exterior como alternativa de expansión de la economía mundial. Los controles aduaneros se vuelven más estrictos por cuestiones de seguridad y el comercio exterior, más lento, comienza a entrar en crisis como le sucede ya a México y sus camiones. Esta caída de la globalización implica una oportunidad para los países periféricos de nivel intermedio; aquellos que tienen recursos naturales amplios, base industrial y mercado interno pueden utilizar la crisis como medio de fortalecimiento. Ajustarse hacia adentro parece ser la variable de desarrollo del momento. El resurgimiento del mundo islámico, un proceso ya iniciado en la Revolución Iraní de 1979, también implica un renacimiento de la localidad por sobre la aldea global. Aunque Estados Unidos considere al mundo como parte de su interés nacional debe también aceptar el concomitante ascenso de las identidades nacionales y las legitimidades periféricas como palancas de defensa de las soberanías amenazadas.
  3. Irracionalidad posmoderna: el pensamiento de los ´90 se caracterizó por el relativismo conceptual y el anticientificismo. Aunque los postulados posmodernos atacaban la modernidad y la supremacía del criterio de racionalidad mediante la elaboración de un paradigma científico, su resultado consagró la superficialidad en el análisis, el desinterés en los comportamientos y el descompromiso de los procesos sociales. El conocimiento case by case y la construcción mediática de la realidad ceden ahora ante la dialéctica de lo complejo y la racionalidad histórica. Esto supone un retorno al heroísmo, al rol de los agrupamientos humanos y la política de masas.
 
Ir a página principal de Iniciativa Socialista
Ir a archivo de documentos