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Algunas claves de la crisis argentina

Enrique del Olmo

Escribir sobre la situación argentina entraña dos enormes dificultades: la primera, que la multiplicidad de causas de la crisis es tan amplia que hace muy difícil encontrar un hilo conductor, tanto del análisis como de las propuestas (si se pretendiese esto) y, la segunda, es que la celeridad de los acontecimiento convierte cualquier análisis en obsoleto antes de llegar al fin mismo de artículo.
Argentina ha sido siempre un país de difícil explicación para todo el mundo y especialmente para España (por la connivencia del peronismo con el franquismo). La contradicción más fuerte es la que se establece entre su enorme riqueza y potencial natural y humano y la existencia de una crisis estructural en todos los ámbitos: económico, social, político, institucional, territorial y humano. El intento de lograr explicaciones omnicomprensivas está abocado en un alto porcentaje al fracaso y a la simpleza: “la culpa es del FMI” “las empresas españolas nos han robado la riqueza” “el populismo peronista es la causa de la decadencia argentina” “nos han robado el país” “ la culpa es de unos políticos ineptos y ladrones” “la crisis es producto de la deuda externa”. Cuando lo que está en quiebra es todo un sistema económico y político es cierto que la gran mayoría de las explicaciones tiene una base de realidad muy importante; en el mismo sentido las propuestas o posibles soluciones son todas muy contradictorias y no hay ninguna que no tenga efectos negativos o no deseados, esa es la gran complejidad de la situación, pues Argentina en un solo proceso tiene que : a) sobrevivir b) modificar su política económica y monetaria saliendo de la recesión crónica sin hiperinflacción c) cambiar significativamente su distribución de la renta nacional d) cambiar su inserción en la economía mundial e) modificar de forma significativa su estructura política f) recambiar su clase política dirigente g) generar nuevos instrumentos institucionales profundizando sus instancias democráticas h) generar una nueva confianza colectiva en el conjunto del país. Como se verá ni es fácil y posiblemente ni siquiera sea posible que se realice de conjunto.
Como señalaba el autor dramático Tito Cossa “ Es inédito en Argentina que la mitad de la población sea pobre (…) En 1970 éramos 22 millones de los cuales dos eran pobres. Ahora somos 36 millones y hay 14 de pobres. Quiere decir que de los nuevos 14 millones 12 son pobres. Es una relación brutal “. Es difícil reflejar de forma tan directa lo sucedido en los últimos 30 años. Esto en un país que llegó a ser la quinta potencia mundial y donde en palabras de Perón “no se podía andar por los pasillos del Banco Central por la acumulación de lingotes de oro de las reservas” es un shock no sólo psicológico sino sobre todo material brutal, un país donde hace sólo 15 años no se sabía lo que era un paro superior al 5 %, un país donde sus sistemas educativos eran muy superiores a los nuestros y la escolarización alcanzaba a toda la población, donde todavía hay un mayor número de Premios Nobeles en ciencias que en España, donde la creación cultural y la producción bibliográfica ha sido dominante entre los países de lengua española, junto a México todo esto sin hablar de los ya conocidos recursos naturales.
Lo que expresa Tito Cossa sobre la aparición de un país de pobres a la vez que se mantenía la apariencia de una riqueza (con problemas) exhuberante es sobre todo reflejo de un profundo proceso de vaciamiento del país iniciado a  raíz sobre todo del golpe militar de marzo de 1976, dicho proceso que ha tenido una de sus expresiones en el endeudamiento externo (de 8.000 millones de dólares a 150.000 en el mismo periodo) ha sido sobre todo el de la sustitución de una economía con capacidad de producción, empleo e innovación por una economía basada en la especulación con las tasas cambiarias, el consumo a crédito, y la liquidación de las propiedades estatales a través de un proceso muy peculiar de privatizaciones.
Dos son los momentos políticos donde este proceso se produce de una forma sistemática: durante la dictadura militar a través de los Planes de Martinez de Hoz y las épocas de la “plata dulce”(1) y la famosa “tablilla”(2) cambiaria. Para el mantenimiento de la economía se recurre al endeudamiento externo y a la liquidación de algunos sectores de la industria autóctona. El segundo gran periodo son los diez años del menemismo ante el pavor provocado por la hiperinflacción del Gobierno Alfonsín y las asonadas militares (Seneildim y Rico) se acelera el traspaso del poder a Menem y la puesta en marcha de un periodo donde los extremos sociales del país se separan generando la aparición de grandes fortunas vinculadas a las privatizaciones, “las coimas”, los tráficos ilícitos (drogas, armas), a la vez las bolsas de pobreza se generalizan en el país siendo las principales víctimas las economías provinciales (exceptuando Río Negro, Córdoba y Mendoza durante un periodo) donde la población  empieza a depender cada vez más de los planes de beneficiencia y de la administración provincial a la vez que quiebran económicamente. El Plan de Convertibilidad y la paridad dólar-peso es el instrumento tranquilizador de las clases medias durante todo el periodo del esperpento Menemista.
Hace como mínimo cinco años que la convertibilidad era ya fuente de más problemas que de soluciones. Sin embargo el pánico de las autoridades políticas (menemistas y aliancistas) a enfrentarse a unas economías domésticas fuertemente endeudadas, siguió  llevándoles a ajustar la soga al cuello de la economía argentina y por ende de la población más desfavorecida conduciéndoles cada vez a un callejón sin salida, el recurso sorprendente en lógica política pero anunciado por la debilidad  endémica de De la Rua al “mago” Cavallo (funcionario de la Dictadura, padre de la convertibilidad, financiado por los grandes empresarios) mantuvo el espejismo durante algunos meses pero al final desembocó en la crisis institucional total; mientras en el camino los gobiernos argentinos habían desarrollado una política que abrió la actual crisis:
- Hacer eje en el pago de los servicios de la deuda para lograr nuevas fuentes de financiación para el pago de la deuda.
- Mantenimiento de una paridad falsa peso-dólar que profundizaba las tendencias aislacionistas y recesivas de la economía argentina.
- Una política de privatizaciones que después de una primera mejora de algunos servicios: teléfonos, energía eléctrica, gas, se instaló en una política de altas tarifas que elevó mucho el coste de vida y que no fue acompañada de un mantenimiento y mejora de infraestructuras. El caso más extremo Aerolineas Argentinas y la más lesiva para el país YPF por la importancia estratégica de la producción de petróleo y de gas.
- Una política de despidos a consecuencia de las privatizaciones sin ninguna política alternativa de creación de nuevas fuentes de trabajo y de sistemas de protección social en la más cruda lógica del thatcherismo.
- Una tendencia proteccionista que rompió las expectativas de una unidad económica regional: el Mercosur (posiblemente una de las salidas más serias a la situación) y la apertura de una política de competencia interregional suicida que acabó fortaleciendo enormemente a Brasil.
- Una continuidad de una política exportadora basada en las “comodities” (productos de bajo valor añadido).
- La “latinoamericanización” del mercado de trabajo en la “europea” Argentina basada en el comercio callejero, los kioskos, los remises (taxis seudooficiales), el pluriempleo (lo normal son tres subempleos), el trabajo en negro y la economía sumergida.
- Un gasto público incontrolado por el carácter cada vez más clientelar de la administración y no por el incremento de los servicios sociales.
- Unas economías provinciales cada vez más dependientes de las administraciones y cada vez más hundidas.
Como ha señalado Martín Varsavsky “la Argentina de la convertibilidad era una Argentina que estaba en un espiral deflacionaria. Faltaba liquidez, la economía se achicaba y el Gobierno no podía controlar su déficit al recaudar cada vez menos”
Mientras la combinación de estas políticas generaba una desagregación social profunda:
- Un país de pobres, inexistente para el resto de la población excepto en sus consecuencias más molestas: crecimiento exponencial de la delincuencia. Cavallo hizo de la “tolerancia cero” el eje de su fracasada campaña a la Alcaldía de Buenos Aires.
- Unas clases medias viviendo en el espejismo de un consumo a crédito.
- Nuevos sectores sociales enriquecidos a través de las privatizaciones y las corrupciones de la Administración del Estado. La gloriosa época del “pizza y champán” de los nuevos ricos del menemismo.
- Un fortalecimiento de los grandes grupos económicos generados desde antes de la dictadura y consolidados con los diversos gobiernos (democráticos o no) y titulares de parte importante de la deuda externa depositada fuera del país: Amalita Fortabat, Bulgheroni, Macri, Pérez Companc. Rocca, Born, etc. Los que el periodista Luis Majul ha denominado “Los dueños de la Argentina”.
- Un sindicalismo cómplice de la política de Menem pero con un peso cada vez menor tanto socialmente como en su capacidad de organización de la respuesta social, siendo muchas veces mero instrumento de la presión política del justicialismo cuando éste pasa a la oposición. De hecho, en todos los últimos acontecimientos su papel ha sido marginal, si exceptuamos a la CTA-MTA (el denominado sindicalismo combativo).
Estos eran los diversos componentes que se estaban combinando para producir la precipitación que cristalizó a raíz del estado de sitio decretado por De la Rua en la respuesta popular y la crisis institucional que ha devorado ya cinco presidentes de la República.
Los procesos políticos se desarrollan a un ritmo infinitamente más lento que las exigencias de sobrevivencia de un país y sin embargo los cambios políticos son la garantia de la salida de la crisis. Ni la bronca social, ni la bronca política encuentran todavía expresión. Una cultura muy resistencial en lo que ha sido la oposición social y la débil oposición política de la izquierda (aunque logró más del 20 % en la últimas elecciones) recurriendo a lugares comunes “antimperialistas” hace aún mas difícil la salida política a la explosión social. Es trágico que uno de los principales responsables de la actual situación, Menem, se postule como opositor al gobierno Duhalde. Como señalaba Luis Zamora, uno de los dirigentes más respetados de la izquierda en la entrevista a Pagina 12 que reproducimos (4)  “ Sin referentes, sin organización, sin líderes… En el 17 de octubre (fecha de la movilización que saca a Perón de la cárcel) Perón estaba preso, pero era un lider, había organización (3), estaba Evita…Acá no hubo nada de nada“
El proceso que se ha abierto es incierto, díficil. Los recursos materiales y políticos fundamentales para salir de la crisis dependen de los argentinos pero la comunidad internacional y sus organismos tienen la obligación de apoyar. El Sr. Aznar en lugar de actuar como testaferro de Repsol, BBVA, Telefónica, SCH, Edenor e impulsar la demagógica política de “defensa de los intereses de las empresas españolas”; debe aprovechar la Presidencia semestral de la UE para apoyar una salida positiva a la actual situación.
Buenos Aires-Argentina, 14 enero 2002

NOTAS

(1) Plata Dulce: periodo donde el bajo precio del dólar permitió una expansión del consumo de las clases medias, es la epoca de los viajes a Miami de compras, las vacaciones en Sudáfrica y de importante crisis bancarias.
(2) Tablilla: Tabla de cambios y conversiones entre pesos y dólares que generó las mesas de dinero como oficinas de cambio donde se depositaban a días lo sueldos, pensiones y se obtenían significativas ganancias.
(3) Los grandes sindicatos que dieron lugar a la CGT ya estaban constituidos, existia el Partido Laborista de Cipriano Reyes
(4)  Luis Zamora, entrevistado por Luis Bruschtein (Página 12): Argentina: el sistema político tiene miedo
 
Fue una de las voces más fuertes en los debates legislativos. Se enorgullece de poder caminar en una manifestación “sin que me escupan”. Critica las posiciones de la izquierda y avisa que de esta situación no se sale “sin rebelarse”.
Luis Zamora fue elegido diputado por Autodeterminación y Libertad casi sin esperarlo. Su elección formó parte del voto bronca, de un clima que se fue gestando en la sociedad y que culminó con los cacerolazos de los que, de alguna manera también es una expresión. “Lo más importante que estuvo pasando el año pasado -señala- fue un cambio profundo en la forma de pensar de la gente”. Y agrega que de ese cuestionamiento han surgido “formas y propuestas de democracia directa que antes eran impensables y están en debate medidas que cuestionan el capitalismo”. Sin expectativas en los partidos tradicionales, de izquierda, centro o derecha, expresa su esperanza de que un nuevo proyecto de país surja de ese debate. 
-¿Acuerda con el análisis que se hace de los últimos cacerolazos como un problema de la clase media con los fondos que quedaron atrapados en el corralito? 
-A mí me parece que es un fenómeno más abarcador, un proceso donde ese tema funcionó más como detonante en sectores de clase media de la Capital y de otras ciudades. Pero teniendo en cuenta también la participación de asalariados y de jóvenes, y de jóvenes más bien empobrecidos, desocupados. Son pibes acostumbrados a enfrentar a la policía en los festivales ricoteros, o en los partidos de fútbol. Por eso fue tan difícil a la policía hacerlos retroceder. Pero también fue llamativo que junto a ellos hubiera gente de saco y corbata tirando cascotes. El jueves 20. El día 19 fue masivo de la clase media, en forma pacífica, muy espontánea... Yo no conozco otro ejemplo en el mundo. Sin referentes, sin organización, sin líderes... En el 17 de octubre Perón estaba preso, pero era un líder, había organización, estaba Evita... Acá no hubo nada, nada. Esto no tuvo nada de eso. La verdad es que ya se venía en los días previos con asaltos a los supermercados en el interior con brutal represión. Eso golpeó mucho en la clase media que siguió con atención por la televisión cómo le pegaban a los que iban a los supermercados, la represión a trabajadores en Córdoba. Era evidente que se estaba creando un clima, en una situación generalizada por el corralito y las filas de los bancos. 
-¿Estos hechos concretos que funcionaron como detonante de la crisis generaron cambios en la forma de pensar de la gente? 
-En mi caso lo vi cuando empezó lo de Aerolíneas, en mayo. Seguramente venía de antes, pero no lo percibí. Empecé a ver la simpatía que tenía la lucha por Aerolíneas en la población, que empezó a comparar el proceso de privatización y destrucción de Aerolíneas con la destrucción de Argentina y la pérdida de la fuente de trabajo de cada uno. En esos meses pasaron muchas cosas. Algunas corrientes de izquierda pensaban que el fenómeno más importante y trascendental eran los piqueteros. Por supuesto me parecía interesante, propio de un país con tantos excluidos. Pero para mí ese fenómeno estaba muy localizado. Lo más importante estaba pasando en la cabeza de millones y millones que no hacían acciones pero estaban repensando todo, el plan económico, el modelo, las medidas, qué habían hecho con el país, qué habían hecho con su voto, las instituciones, los dirigentes políticos. 
-Un síntoma en ese proceso de cambios en la cabeza de la gente han sido los cacerolazos para echar a la Corte... 
-La gente no le fue a pedir al Congreso que le haga juicio político a Fernando de la Rúa. Fueron a la Plaza y lo echaron. La Corte, en todo el mundo, nunca es objetivo de repudio o de reclamos para que se vayan. Que se los responsabilice por la crisis del país, como en este caso, fue porque hubo una memoria acumulada de la Corte menemista. La libertad de Carlos Menem fue como un colofón. Fue trabajada por De la Rúa, por Raúl Alfonsín, el voto de Belluscio... La Corte le sacó la causa a un juez para privatizar Aerolíneas y produjo despidos, la Corte avaló las privatizaciones, decenas de miles de despidos, aumentos de tarifas, rebajas salariales. La Corte se desnudó como cómplice político del plan que destruyó a la Argentina. Se vio muy claro. El cuestionamiento a la Corte es un síntoma de lo que está pasando en la cabeza de la gente, porque de la misma manera surge de la población el tema de la deuda, la nacionalización de la banca, la renacionalización de las AFJP. 
-¿Esa reflexión instalada en la gente implica que se termina una cultura política? ¿hacia dónde piensa que se dirige ese proceso? 
-El sistema político tiene miedo y eso los obliga a pensar en cómo maquillan las cosas. Hablan de que suspendieron los pagos de la deuda, pero están pagando o discuten cómo acumulan dólares para pagar. Adolfo Rodríguez Saá pagó 400 millones de dólares en medio de los tres días en los que dice que suspendió el pago de la deuda. El punto fundamental que incluyó Duhalde en la ley de reforma cambiaria, es que todas las modificaciones tienen que ser compatibles con la reestructuración de la deuda pública. En realidad está diciendo que todo va a ser supeditado al FMI. En los cacerolazos, la gente gritaba que se vayan todos. Era una expresión. Esos todos se juntaron para ver cómo se quedaban, radicales y justicialistas. Entonces no van a cambiar, seguirá la confrontación, el déficit cero, el ajuste. Pero esto tiene una fuerza muy grande. La gente discute medidas anticapitalistas o que si se toman significan una confrontación con Estados Unidos y el FMI, y así se abre la posibilidad de que surja un proyecto político de país. Se está cuestionando la cultura que nos penetró, la que nos dijo que esto era el único camino. El capitalismo está en discusión sin que haya un proyecto alternativo. Esta es quizás la mayor debilidad y al mismo tiempo lo más apasionante, la posibilidad de que lo construyan los pueblos sin que vengan de arriba con los planos hechos. 
-¿Esta discusión se escucha en el ámbito político, además de los militantes de izquierda? 
-En la Asamblea Legislativa Leopoldo Moreau dijo que iban a escuchar críticas a este acuerdo con los justicialistas para apoyar a Eduardo Duhalde, pero que provendrían de sectores minoritarios que no tienen ni tendrán responsabilidades de poder. Le contesté que no veía al radicalismo con más posibilidades de acceder al poder hoy en día que lo que tienen nuestras ideas de ser tomadas por la población y puse como ejemplo la deuda externa, para discutirlas no para concretarlas. En la izquierda también tengo dudas de que se vea así. Con los partidos no sintonizamos mucho. Siguen los viejos esquemas. Algunos dicen que la población está por tomar el poder, pero que le falta una dirección de izquierda. No lo creo. Otras organizaciones no comparten la riqueza que tiene este movimiento. Van a un encuentro vecinal y en vez de aportar al debate como otro más y respetar ese ámbito democrático, tratan de ver cómo ganan dos militantes. Nosotros estamos por otro camino. Nos sentimos sintonizando con esto que sucede, que es muy rico y al mismo tiempo muy duro. 
-¿Usted ve alguna salida a esta crisis? 
-Hay una salida, una salida dura, drástica, de confrontación, pero confrontaciones tenemos todos los días ahora y estamos cada vez peor. Las cosas no pueden cambiar si no se confronta. Por ejemplo, los análisis que hacen el ARI, la CTA o el Polo Social y algunos partidos de izquierda, que no dan este marco. Ignoran el mundo en que vivimos. En un mundo con depresión y con una política además guerrerista por parte de los Estados Unidos, es iluso creer que se pueden tomar medidas sin plantear la confrontación con esta realidad mundial e interna. Rebelarse y pelear da dignidad. Cuando uno pelea por lo suyo se pueden conseguir las cosas más a largo plazo, pero se recupera la dignidad que nos sacaron como país, como personas. En estos procesos, la gente le quitó ese poder delegativo a los políticos, se involucró, hubo una solidaridad muy fuerte con los problemas colectivos. Tiene que haber formas de revocación del mandato sin que haya treinta muertos, la gente da un mandato al político y el político termina mandando a la gente, hay que cambiar eso. Todo esto puede parir instituciones nuevas para que gobierne el pueblo, no una élite. 
-¿Por qué piensa que fue tan duro el discurso de Humberto Roggero en la Asamblea? 
-El enojo de Roggero conmigo fue la indignación de un dirigente que no puede caminar en una manifestación sin ser escupido, con otro dirigente que, más allá de que mis ideas no sean compartidas, me respetan como a uno más, en la Plaza de Mayo o en Congreso durante los cacerolazos. Está en crisis ese sistema político y la gente propone cosas nuevas como mandatos cortos, de un año o dos y que el funcionario vuelva a trabajar, que esté varios años sin que vuelva a tener un cargo, que tenga un sueldo igual al promedio de lo que pueda ganar la población, que su mandato sea revocable. Que la política la haga la población y que el funcionario la gestione, la política no la hace el funcionario sino la gente.

 
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