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ORGANIZACIÓN Y DOMINACIÓN

Juan Manuel Vera


Una primera versión de este texto fue publicada en dos partes en Iniciativa Socialista nº 19, abril 1992, y nº 20, junio 1992. Forma parte del libro La izquierda a la intemperie
"El lenguaje es un laberinto de caminos. Uno llega por un lado y consigue orientarse;
uno llega al mismo lugar por otro lado y ya no se reconoce el camino"
Ludwig Wittgenstein
 

La sociedad siempre es más compleja que nuestro pensamiento respecto a sus relaciones y formas. Y ello impide tanto "completar" el conocimiento social como formular auténticas leyes de desenvolvimiento respecto a su evolución futura.
Al admitir la idea de "complejidad" estamos aceptando implícitamente ciertas valoraciones relativas a la forma en que, a través de la ciencia social, entendemos las instituciones y las relaciones sociales e individuales en las cuales estamos insertos. El conflicto que estimula el conocimiento es que el mundo parece ser inteligible y, sin embargo, no lo entendemos; la "ciencia" y el conocimiento consisten en reconocer el máximo orden oculto en un desorden observado (Wagensberg,1990). Así, entre los investigadores sociales aparece continuamente una tensión entre lo complejo y su reducción a un esquema simple y controlable: a una narración simplificada que, frecuentemente, es considerada por el espectador como más "real".
El concepto de complejidad se asocia a la noción de indeterminación. El movimiento de la sociedad, su "flecha histórica", no tiene una dirección predeterminada ni, por tanto, existe un "sentido de la historia" prefijado y externo a los actores sociales (Vera,1990). Han de ser éstos quienes atribuyan un sentido a una secuencia de "acontecimientos".
La necesidad de operar con la complejidad y la indeterminación nos sitúa ante un mundo exterior en el cual la construcción del sentido de la realidad es fruto de una labor activa, consciente o no, y no de una preexistencia "objetiva" igual para todos. Entramos de lleno en la "construcción social de la realidad" (Berger y Luckmann,1991) y en el terreno del "imaginario social" (Castoriadis,1983 y 1989).
Todo ello se conecta con las aproximaciones, centradas en el papel del lenguaje, que la teoría del conocimiento ha promovido en las últimas décadas. El papel del lenguaje y de la "acción simbólica" se ha desarrollado a partir de la obra de filósofos e investigadores sociales como James, Wittgenstein, Heidegger, Cassirer, Lacan y Derrida. Esta nueva centralidad atribuida al lenguaje no implica, necesariamente, una explicación lingüística de lo social, sino una comprensión del importante papel que cumple en su conformación (Laclau y Mouffe,1987, cap. 3).
Nuevos conceptos son necesarios para orientar el pensamiento social. La visión newtoniana del mundo partía de una "naturaleza autónoma", cuyo comportamiento estaría regido por leyes accesibles para el hombre con los medios limitados de la mecánica racional (Prygogine,1990, p.34). Esa perspectiva de la "ciencia clásica" ha sido radicalmente sustituida por imágenes alternativas, extraídas de diversas disciplinas científicas: incertidumbre, irreversibilidad, turbulencia, formas fractales, autopoiesis, azar, estructuras disipativas y caos. Algunos de esos conceptos permiten imaginar mejor el mundo social que los instrumentos de la mecánica newtoniana. De ahí surge su potencialidad para cuestionar determinados paradigmas tradicionales.
 
 

I. DE MÁQUINAS, ORGANISMOS E INSTITUCIONES HUMANAS

Las sociedades del capitalismo tardío aparecen a nuestros ojos como el resultado de la interrelación de múltiples organizaciones humanas con dinámicas propias. El capitalismo avanzado es un cosmos compuesto de organizaciones, cada una de las cuales, a su vez, es un microcosmos complejo de saberes, intereses, conflictos y poderes.

El conocimiento sobre las organizaciones

En unas sociedades donde las organizaciones parecen ocupar un lugar tan importante, y tan diferente al de otras épocas humanas, resulta imprescindible reflexionar sobre ellas.
Una tipología convencional comenzaría por diferenciar dentro de las organizaciones entre empresas, entidades públicas y asociaciones voluntarias. Probablemente, deberían añadirse las familias.
La identidad tipológica se produce en base a la asunción de que hay principios organizativos diferentes entre ellas. En el caso de las empresas, es un principio de regulación económica ordenado alrededor de la propiedad del capital y de la actuación en un mercado. Las organizaciones públicas tienen como principio organizativo primario un mandato general de hacer y actuar financiado con fondos comunes. Las asociaciones voluntarias se integran a partir de la adhesión individual a un programa o estatuto. Las familias, más allá de cualquier concepto tradicional, son unidades de convivencia que vamos a dejar fuera de nuestro análisis.
Sin entrar a considerar las ventajas y los inconvenientes de una tipología de esa naturaleza, es preciso señalar que las fronteras entre esos tipos organizativos elementales tienen en el capitalismo avanzado un carácter más artificioso que en el pasado, como consecuencia del hecho de que formas retrógradas y mutantes de cada tipo de organización se entremezclan en la sociedad "real". Es más difícil, por ejemplo, la distinción entre organización pública y privada, al aparecer frecuentemente formas mixtas e intermedias. Una empresa de propiedad privada que realiza una misión pública y se financia con cargo al presupuesto estatal: ¿dónde la situamos?
¿Qué sabemos de las organizaciones? Puede considerarse que la mayor parte de nuestro conocimiento sobre ellas es metafórico (Morgan,1990). La metáfora cumple una labor simbólica especialmente importante en el campo del análisis organizacional, por permitir generar una multiplicidad de conexiones referenciales con la realidad social que son un elemento esencial del proceso de conocimiento. La importancia de la metáfora como capacidad lingüística creadora se fundamenta en la semejanza de sentidos (Ullmann,1980, pp.238 a 241). Así, crea un juego de significados capaz de adquirir fuerza o poder simbólico y genera un elemento operativo esencial en el proceso de aprehensión humana del contexto social, psicológico y cultural (Geertz,1976, pp. 29 a 36). El carácter creativo de la metáfora, como el de otras figuras, obedece a su capacidad de descubrir relaciones nuevas, de producir "deslizamientos conceptuales", que son básicos para la creación humana porque operan sobre las "bisagras" del pensamiento. Los conceptos son nubes más que puntos (Hofstader,1990).
En los próximos apartados de este texto se utilizarán las metáforas organizativas presentadas por Gareth Morgan en su obra Imágenes de la organización. Para ello plantearemos cuatro formas diferentes de pensar en las organizaciones: como máquinas, como organismos vivos, como cerebros y, finalmente, como instituciones políticas. Cada uno de esos enfoques desvela elementos ocultos en los restantes planteamientos. También, esta acumulación de imágenes debe acercarnos a la idea de que el pluralismo metodológico es indispensable para entender realidades complejas.
 

Mecanicismo y burocracia

La forma más generalizada de pensar sobre las organizaciones se basa en la metáfora de la máquina, de la misma manera que las interpretaciones mecanicistas sobre el mundo han predominado durante largo tiempo en el pensamiento social.
En esta manera de pensar se considera que las organizaciones tienen piezas -cada una en su lugar y cumpliendo su función- y que en conjunto deben ser regulares, rutinarias, eficientes, renovables y predecibles. Descriptivamente, las organizaciones son como máquinas (engranajes). Normativamente, deben comportarse como máquinas (relojes). Incluso es posible una conclusión fatalista, son máquinas (autómatas).
El taylorismo, como conjunto de reglas de la administración de empresas, constituye el ejemplo más notable sobre la equiparación de la organización a la máquina. Taylor construye su visión organizativa alrededor de unas pocas ideas simples y reaccionarias, heredadas del conservadurismo burgués. La radical división del trabajo entre dirección y ejecución permite ganancias de eficiencia. El obrero es holgazán por definición, salvo que la organización se lo impida. Esas son dos de sus afirmaciones más conocidas. La "organización científica del trabajo" produce un conjunto de recetas prácticas fundamentadas en la reducción del trabajo a elementos simples, en la medición exhaustiva del tiempo necesario para cada movimiento o actividad y en la estandarización de los procesos de trabajo (Kliksberg,1971).
La visión mecanicista de la organización se basa en el principio de jerarquía como fundamento creador del orden organizativo. Asociada con la idea de jerarquía -organización piramidal- se presenta la de división del trabajo entre dirección y ejecución. Por ello, el prototipo de las organizaciones que funcionan como máquinas es la organización burocrática. En el lenguaje sociológico y político se utiliza, frecuentemente, el término "burocracia" para designar a un grupo social con intereses específicos. En este texto no se hace uso de dicha acepción. Se habla exclusivamente de la burocracia como una forma especial de organización.
La sistematización de las ideas sobre la burocracia en el pensamiento organizativo y administrativo debe mucho a las concepciones de Max Weber -que asoció la burocracia y lo racional-legal-, de Taylor, de Henri Fayol y al modelo de toma racional de decisiones de Simon.
Al pensar que las organizaciones son como máquinas se llega muy fácilmente a la conclusión normativa de que las organizaciones deben comportarse como máquinas (Morgan, p.63). Burocracia y tecnocracia están íntimamente unidas. Si la técnica determina la organización, entonces, según Henry David Thoreau, "los hombres se han convertido en herramientas de sus herramientas" (citado por Kliksberg,1971).
La imagen de la máquina explica adecuadamente el funcionamiento al que pretenden aproximarse actualmente ciertas organizaciones humanas tales como el ejército, la Administración del Estado, y todas aquellas empresas cuya producción es repetitiva y en serie -Morgan señala las cadenas de hamburgueserías como un buen ejemplo-. Las ideas de procedimiento, división jerárquica y funcional, planificación operativa, eficacia y eficiencia, que son profusamente utilizadas en el pensamiento gerencial, encuentran su fundamento en esa visión.
Las comunicaciones, en un modelo burocrático, van de arriba a abajo -para dar órdenes- y de abajo a arriba -para transmitir información de campo-, pero su transmisión a lo largo de la jerarquía puede producir, en muchas ocasiones, órdenes erróneas -por defectos de la información de partida- junto a la aplicación reglamentaria de las normas -al margen de su correspondencia con la realidad-. Las contradicciones entre procedimiento normalizado y eficacia, así como las existentes entre jerarquía y eficacia, son características de las organizaciones burocráticas.
El paradigma burocrático se encuentra en una crisis profunda, se ha convertido en un modelo obsoleto para entender la realidad. Las organizaciones burocráticas y mecánicas son consideradas lentas y pesadas, poco reactivas al cambio, así como alienantes, desmotivadoras de las capacidades humanas e incapaces de adaptarse al entorno.
El desprestigio de la organización burocrática no ha impedido que, durante mucho tiempo, para la mayoría de los pensadores de la "izquierda", las ideas burguesas tradicionales sobre la organización hayan sido las ideas organizativas, aunque considerando que la restricción de la propiedad privada permitiría perfeccionar la maquinaria en aras de la productividad. La "izquierda" se ha movido dentro del paradigma burocrático y, en ocasiones, lo ha hecho con espíritu extensivo. Ha defendido la idea de más Estado y de más burocracia, aunque criticando a la burocracia desde exposiciones centradas en la contradicción entre estructura y eficacia, adecuación de las formas organizativas a la técnica funcional y delimitación entre planificación, ejecución y control. Es decir, desde valores heredados del pensamiento organizativo burocrático y su fe en la capacidad creadora de la norma (Crozier,1984). Así ha sido, incluso en los planteamientos más radicalizados de la izquierda. En la versión "leninista" se partió de que la gran industria mecánica es la base material del socialismo, y ello exigía una "unidad de voluntad" rigurosa y la consiguiente sumisión de millares de personas a una sola, en base a un fundamento técnico, económico e histórico. Para Lenin, la iniciativa de masas es un momento preparatorio de una disciplina férrea: en 1918 propuso la aplicación y adaptación a las condiciones rusas del sistema de Taylor, "lo mucho que hay de científico y progresivo en el sistema Taylor" (Lenin,1975, p.695).
La izquierda tradicional ha defendido distintas modalidades de un "socialismo desde arriba" (Draper,1991) que, en lo organizativo, implica formulaciones burocráticas que aceptan ciegamente la separación entre dirigentes y dirigidos y entre planificación y ejecución, y que permiten atribuir un carácter técnico a las jerarquías sociales.
La historia de los estados burocráticos de la Europa Oriental, que aplicaron los principios mecanicistas en su extremo más radical, es un ejemplo de cómo la racionalidad burocrática conduce a la máxima irracionalidad social. El fracaso de esas burocracias estatales, junto al diagnóstico crítico de las nuevas corrientes del pensamiento organizativo respecto a la burocracia, han favorecido la aparición de enfoques alternativos sobre la organización más apropiados para entender y operar en ambientes turbulentos.
 

Organismos vivos en un entorno

A partir del final de la Segunda Guerra Mundial se inició en la literatura gerencial una reacción vigorosa frente a los supuestos mecanicistas y burocráticos, frente al taylorismo y sus secuelas. Así, comienzan a vislumbrarse las organizaciones, y fundamentalmente las empresas, como organismos vivos.
La metáfora biológica de la organización permite iluminar áreas celosamente ocultadas en el pensamiento burocrático. Las organizaciones nacen, crecen, evolucionan y mueren. Hay ciclos de la vida organizacional. Hay especies. Las organizaciones ejercen su actividad en un entorno al que deben adaptarse, lo que conduce a pensar en la ecología de la organización. La salud de la organización debe ser una preocupación constante de sus responsables.
Ese movimiento intelectual no es ajeno a los cambios en el sistema de producción y consumo que han tenido lugar en las últimas décadas. La literatura gerencial se orientó hacia problemas relacionados con la psicología laboral y la motivación de directivos y empleados, a través de aplicaciones como la pirámide de las necesidades de Maslow o las aportaciones de multitud de autores, entre los cuales podría citarse a Argyris y a Mc Gregor.
La visión de la organización como algo vivo, interconectado con su entorno, se puede fundamentar en la teoría de sistemas. El concepto de "sistema" debe utilizarse con cautela al aplicarlo a las organizaciones, pues implica generalmente la existencia de relaciones determinadas y precisas entre los subsistemas. Así, incluso de forma involuntaria, evoca ideas mecanicistas. La realidad de las organizaciones no suele admitir reglas tan estrictas, pues en ellas lo formal y lo informal, lo determinado y lo indeterminado, lo preciso y lo impreciso, están unidos. Tradicionalmente el pensamiento sistémico ha asumido el presupuesto de objetividad: una realidad puede considerarse un sistema en la medida en que es objetivable, es decir, una estructura separada y claramente diferenciable del sujeto definidor. El abandono de ese presupuesto clásico de objetividad puede dar lugar a una nueva noción de sistema, que en lugar de ser una estructura separada de un sujeto, se defina en relación al sujeto y adquiera características reflexivas (Navarro,1990).
Las organizaciones pueden considerarse como sistemas abiertos, con subsistemas internos conectados entre sí, cuya capacidad de homeostasis y adaptación al entorno exige un esfuerzo permanente por superar sus disfuncionalidades interiores.
La imagen biológica conduce a valorar las organizaciones en virtud de su capacidad de actuar en un entorno. Las organizaciones deben ser innovadoras, como respuesta a ambientes cambiantes. Deben estar orientadas a responder a las señales del mercado. Sus formas organizativas deben ser flexibles. En la formulación de Mintzberg se llega a hablar de adhocracias (Mintzberg,1990, cap.21), es decir, de organizaciones "ad-hoc", fluidas, plastilinizantes, adhesivas a su entorno.
Si las organizaciones deben valorarse por su capacidad de supervivencia, por su adaptabilidad, se hace necesario aprender de las organizaciones que, cada una a su manera, han tenido éxito. Así, libros como En busca de la excelencia (Peters y Waterman,1984) han ilustrado el análisis organizativo con supuestos de las empresas norteamericanas mejor gestionadas, más adaptadas al servicio, al cliente y a su entorno. Otro ejemplo interesante, que incluye organizaciones públicas, lo constituye el Informe de la Oficina de Auditoría de Canadá, titulado significativamente Well performing organizations.
Las metáforas orgánicas permiten entender las organizaciones humanas mucho más allá de la entropía burocrática al mostrarlas en un ambiente y en relación con éste. Sin embargo, esta visión, que es una de las más generalizadas en el pensamiento organizativo dominante, va asociada a interpretaciones peligrosas.
En primer lugar, se asienta en supuestos próximos al darwinismo social: triunfan los más adaptados, la sociedad se rige por la ley de la supervivencia. Además, establece una sacralización del mercado, que selecciona como si fuera una ley natural, que siempre acierta. Sin embargo, ese entorno puede ser ajeno a las necesidades humanas y moverse por dinámicas antisociales. Entonces, la ley de la adaptación sólo serviría para "perfeccionar" un mundo insolidario y salvaje.
Como señala Morgan, "la metáfora orgánica ha tenido un impacto sutil en nuestro pensamiento para alentarnos a creer que la unidad y armonía de los organismos pueden lograrse en la vida organizacional. Tendemos, por lo general, a igualar bienestar organizacional con estado de unidad donde todos colaboran juntos" (Morgan, p.63). Efectivamente, la metáfora orgánica puede ser una peligrosa ideología, próxima al totalitarismo, al negar los derechos del individuo en aras a la armonía organizativa. También puede pretender ocultar la existencia del poder y de las diferencias de intereses dentro de las organizaciones reales, al enfatizar la unidad "orgánica" frente a los conflictos, sirviendo así, en bandeja, una perspectiva legitimadora de las organizaciones existentes, de los prejuicios de sus directivos y del "derecho" de las organizaciones a defenderse de los "cuerpos extraños".
Gracias a la metáfora orgánica comprendemos que existe una ecología, un mundo exterior a la organización que dota de sentido a los actos que esta realiza. Se comprende, además, a los miembros de una organización como seres vivos, no como instrumentos mecánicos. Pero, en la literatura gerencial, ello significa que, al ser seres vivos, son motivables y controlables. Ya no están cosificados, como bajo una burocracia, pero se convierten en materia prima apta para ser manipulada por parte de la dirección de las organizaciones.
 

El camino de la autoorganización

Existen metáforas alternativas para comprender el papel que desempeñan y, sobre todo, el que pueden desempeñar las organizaciones. Al compararlas con el cerebro humano se pone de manifiesto su papel como instrumento para utilizar, generar y transmitir información.
La organización se convierte en inteligente. La organización es un medio para adoptar decisiones colectivas. Las organizaciones son capaces de aprender. Capaces de aprender a aprender.
La metáfora del cerebro es muy ambiciosa pues, a su vez, el cerebro humano sólo es comprensible de forma metafórica. La estructura del cerebro es intrincada y supone una "organización" muy sofisticada. Todo el procesamiento cerebral se realiza a través de millones de interconexiones neuronales que no son fijas, sino que están cambiando continuamente. La propiedad más importante del cerebro humano es su plasticidad, por ello nuestro pensamiento no se parece a la acción de un ordenador muy complicado, sino más bien a "un ordenador que está cambiando continuamente" (Penrose,1991, cap.9). El cerebro es un dispositivo de realimentación no lineal, es irregular y la irregularidad, el caos, posibilita la vida y la inteligencia. Por otra parte, el cerebro no funciona mediante el almacenamiento de la información en determinadas neuronas "sabias" u otras estructuras "duras" sino mediante el almacenamiento de la información y las funciones en redes entre neuronas. Así, aunque se destruya una parte de la red el resto puede conservar la información holográficamente (Briggs y Peat,1990, pp. 166 a 174). La metáfora cerebral pone de manifiesto que las organizaciones son el medio de conexión entre individuos que se relacionan dentro y fuera de las vías jerárquicas. La visión de la organización inteligente cuestiona radicalmente la estructura burocrática vertical por jerarquía y horizontal por función, así como la separación entre los planificadores (pensantes) y los ejecutantes (no pensantes). En la organización inteligente se considera que las decisiones deben ser tomadas por aquellos que las han de aplicar, o lo más cerca posible de ellos.
La organización inteligente no sólo resuelve problemas, sino que descubre que éstos no son "objetivos". La "construcción del problema", y la estructuración de la realidad en problemas y soluciones vinculados intrínsecamente, son una de las actividades fundamentales de la vida de una organización (Subirats,1989, II parte).
Pero la imagen cerebral tiene otra lectura aún más importante. Su carácter holográfico permite reconstruir la totalidad en base a una parte. Aparece la posibilidad de la autoorganización. El concepto de autoorganización está presente también en las visiones sinergéticas de los sistemas complejos abiertos (Haken,1990), de la misma forma que aproximaciones "autopoiéticas" al cambio (Maturana y Varela, 1990) insisten en los elementos de autoorganización de la transformación desencadenada por el azar.
En el campo de las visiones críticas sobre la organización, las más profundamente antiburguesas han afirmado la necesidad humana de ser responsable de la totalidad de su vida social. Ello ha conducido a las ideas de autogestión, al concepto de autonomía, a las propuestas cooperativistas y a defender fórmulas de democratización organizativa. Las organizaciones del futuro posiblemente asumirán su carácter de redes humanas, dado lo insensato, ficticio e inhumano que es la absolutización de la idea de jerarquía. La redes, por definición, tienden a formas de autoorganización.
A través de estas ideas organizativas innovadoras puede llegarse a una conclusión importante: pensar que las organizaciones están formadas por personas, individuos plenos, capaces de poner en común sus aptitudes y cualidades, no para construir ninguna utopía social, sino para desarrollar su propia humanidad, constreñida por las organizaciones que les convierten en instrumentos, en objetos, en fuerza de trabajo, en subordinados.
 

Instituciones políticas

Las metáforas mecanicistas, organicistas y cerebrales, que han sido esbozadas en los párrafos anteriores, minusvaloran la relación entre poder y organización (Morgan, p.183). Las organizaciones humanas están basadas en el poder y en la distribución del poder entre los individuos, grupos y subgrupos que forman parte de ellas. La vida de las organizaciones es la historia de los diversos intereses presentes, de los conflictos derivados de la lucha de intereses, de los mecanismos de control del poder y de la emergencia de contrapoderes.
La visión política elimina la idea unitaria de la racionalidad organizativa y muestra la existencia de racionalidades diferentes entre los componentes de una organización. Los procesos de negociación interna reconducen procesos de competencia y cooperación donde la lucha por intereses propios, y los mecanismos de gestión directa e indirecta, producen procesos de distribución de poder (Lax y Sebenius,1991).
Cuando se piensa en la organización como en un espacio de poder, entramos de lleno en el análisis político. Mediante la metáfora de la organización como institución política, que va a ser desarrollada en la segunda parte de este texto, aparecen un conjunto de nuevos aspectos: toda institución tiene un gobierno, unas reglas de ejercicio del poder y unos mecanismos para el cambio de las reglas, unos controles internos o externos que evitan la concentración absoluta del dominio, etc. La relación individuo/organización puede ser considerada paralela a la relación ciudadano/sociedad.
 
 

II.HACIA LA DEMOCRATIZACIÓN DE LAS ORGANIZACIONES: EL CASO DE LA EMPRESA CAPITALISTA

Las grandes organizaciones son instituciones políticas que deben estar sometidas a reglas y controles colectivos. Un orden social democrático se ve limitado por el carácter autoritario de las organizaciones sociales y por la debilidad de sus mecanismos participativos y democráticos. Por otra parte, muchos de los derechos individuales reconocidos para el conjunto de la sociedad son negados o restringidos en el interior de las empresas y otras organizaciones.
 

Organización y dominación

Las corrientes sociológicas más influyentes en el siglo XX han planteado, alternativamente, el análisis de los fenómenos sociales en el plano del individuo o en el de las clases sociales, pero han prestado poca atención a la realidad institucional, a las organizaciones como sustrato básico donde tienen lugar las relaciones entre los seres humanos.
En el mundo de los economistas neoclásicos las organizaciones humanas no tienen sustantividad propia, se predica para ellas las reglas neoclásicas de la motivación individual y sus acciones se consideran reductibles a simples y estrictas normas de comportamiento. Las organizaciones, sean corporaciones capitalistas, partidos políticos o asociaciones de consumidores actuarían según reglas uniformes de racionalidad económica, entendida como maximización de la utilidad.
En el enfoque individualista la preocupación por la eficiencia empaña la existencia de dominación, existe una ceguera metodológica inconsciente ante los fenómenos reales de subordinación, de sometimiento, de dependencia, presentes permanente y visiblemente en las organizaciones del mundo real. El paradigma dominante de la teoría económica profesional durante el siglo XX ha sido el individualismo. A través de su crisol metodológico se considera la sociedad como una mera multitud de individuos que realizan intercambios entre sí. Las reglas del comportamiento económico derivadas de dicho paradigma han sido, a su vez, exportadas al resto de la ciencia social en un intento de generalizar su base epistemológica a pesar de que las bases del programa individualista son indisociables de supuestos conductistas superados en el campo de la psicología.
Por motivos diferentes tampoco los marxismos tradicionales han facilitado el avance del análisis organizacional. En dicha concepción las clases sociales han constituido el instrumento metodológico básico para entender la sociedad y su evolución, para explicar el conflicto social, para dar entidad a una teoría de la explotación capitalista, para comprender la naturaleza del estado, para explicar la constitución del sujeto revolucionario o para establecer una teleología de la historia. El concepto de clase, mediante ese uso general, se convierte en una categoría teórica omnipresente. Así, a veces, se pierde de vista que el concepto de clase social es útil para entender ciertos aspectos de la realidad pero que no es la realidad misma. El análisis de clase de raíz marxiana debería combinarse con otros enfoques que incorporen contenidos de análisis institucional apropiados para iluminar los aspectos de la realidad que permanecen oscuros desde formas unilaterales de pensamiento.
Las realidades organizativas están asociadas íntimamente con los procesos de dominación social y con relaciones asimétricas de poder en favor de la minorías dirigentes. La conexión intelectual entre organización y dominación puede adoptar múltiples orientaciones teóricas, pero ninguna puede prescindir de la vinculación entre las estructuras y funcionamientos organizativos y la radical desigualdad de los seres humanos en cuanto integrantes de organismos formales. Dentro de un análisis político de la organización como instrumento de distribución de poder, el concepto de dominación se ajusta mejor, a tal fin, que otros, como el de explotación. El concepto de dominación ilustra la doble naturaleza de la acción racional, poniendo de manifiesto que cuando hablamos de racionalidad lo hacemos siempre desde un punto de vista particular (Morgan,1990, p.303).
 

Capitalismo y disciplina

No debe extrañar que las primeras formas de organización del trabajo propias del desarrollo de la sociedad industrial reprodujeran formas despóticas de ejercicio del poder procedentes de la sociedad tradicional. Los modelos históricos ejemplares de la vida organizativa eran la Iglesia y los cuerpos militares, organismos basados absolutamente en el principio de jerarquía.
El sistema fabril es indisociable de la aparición de nuevos mecanismos de control y de disciplina: "la tecnología capitalista y la división capitalista del trabajo no se desarrollaron por tanto en razón de su eficacia productiva tomada en sí misma, sino en razón de la eficacia en el contexto del trabajo alienado y forzado, es decir, de un trabajo sometido a una finalidad que le es extraña" (Gorz,1977).
En el Antiguo Régimen lo disciplinario-institucional era algo residual, orientado al control de lo marginal al sistema -los mendigos, los leprosos, los prisioneros políticos-. La eclosión de la nueva sociedad mercantil burguesa desarrolla y amplía las instituciones disciplinarias, poniendo de manifiesto una nueva "microfísica del poder" que a partir de los siglos XVII y XVIII invade el cuerpo social entero. La extensión de la empresa capitalista ejemplifica la difusión de los instrumentos disciplinarios de control desde la periferia hasta el centro del sistema social. A través de los procedimientos disciplinarios se crea un orden lineal y evolutivo del espacio, del tiempo y de la voluntad. La disciplina articula piezas humanas para hacer posible un aparato productivo eficaz.
Según Foucault es preciso interpretar la evolución de la sociedad capitalista como proceso de formación y desarrollo de una "sociedad disciplinar", mostrando los hilos que unen a diversas organizaciones como la escuela, la cárcel, el hospital, el ejército y la fábrica. Foucault llama disciplinas al conjunto de métodos que permiten un control minucioso de las operaciones del cuerpo y que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas, garantizando la obediencia para conseguir una mayor utilidad (Foucault,1990). Surge así una "anatomía política", una tecnología del poder que busca el control de lo que se hace, pero también de lo que se piensa y de lo que se quiere hacer. Respecto a la historia disciplinaria de la explotación capitalista se pueden poner de manifiesto cuatro ciclos de técnicas sucesivas y entremezcladas de dominación: un ciclo panóptico, un ciclo de disciplinarización extensiva -dentro y fuera de la fábrica-, un ciclo de maquinismo disciplinario y un ciclo de disciplina contractual (Gaudemar,1991).
El proceso disciplinario se fundamenta en la división técnica del trabajo, especialmente la de tipo vertical, que los economistas clásicos, desde Adam Smith, habían considerado como natural o puramente determinada por causas objetivas. La convicción ideológica de que la jerarquía es inevitable, por ser una necesidad funcional, es el auténtico fundamento de todo pensamiento conservador, incluyendo al de la izquierda estatalista.
En este terreno se plantea la cuestión del determinismo en relación con las formas de organización. En el marxismo ha predominado un determinismo económico-tecnológico de lo social, manifestado a través de la primacía explicativa de las fuerzas productivas sobre las relaciones de producción (Cohen,1986).
En el marco de un análisis determinista de corte tecnológico, el margen de actuación de lo social se circunscribe a variaciones en una dirección predeterminada. Incluso en las versiones "blandas" de dicho determinismo se concibe la tecnología como influencia causal fundamental respecto a la organización jerárquica del trabajo (Heilbroner,1996). Así, la transición de la tecnología del taller artesanal del siglo XVIII a la fábrica del siglo XIX y a la planta semiautomatizada del siglo XX explicaría el cambio en las relaciones sociales por las diferentes formas de supervisión y control que arrastran consigo esos cambios técnicos.
La relación entre empresa y dominación capitalista puede abordarse a partir del proceso histórico de emergencia de las relaciones capitalistas industriales, que sustituyen una red de talleres de producción, inmersa en una sociedad agraria, por la producción en fábricas. El desarrollo de la fábrica modificó radicalmente la situación de los trabajadores en la producción. Según Marglin, la concentración de los obreros en fábricas "no dependió de la superioridad tecnológica de las grandes máquinas. El secreto del éxito de la fábrica, la razón de su adopción, es que arrebataba a los obreros y transfería a los capitalistas el control del proceso de producción". Y enmendando a Marx, añade: "No fue la fábrica de vapor la que nos proporcionó el capitalismo, sino el capitalismo el que engendró la fábrica de vapor" (Marglin,1977, pp.45 a 96).
Al rechazar la metodología determinista, toda división del trabajo se concibe como necesariamente social, en cuanto fruto de una coordinación colectiva de medios técnicos e intelectuales. Frente a la supuesta determinación de la organización social por la tecnología: ¿no habría que invertir los términos, y poner el acento en la determinación de la tecnología y del uso de la misma por la organización social?
Sin incluir hipótesis exageradas sobre el comportamiento humano o el cambio de la sociedad, es decir, dentro del plano de lo que Alec Nove denomina "socialismo factible", la lucha contra la división vertical del trabajo comienza por nuevas condiciones respecto al ejercicio de la autoridad. La supresión de la radical separación entre dirigentes y dirigidos es una tarea humana de largo alcance, que sirve de fundamento a la necesidad urgente de un proceso de democratización. Su primer paso es hacer explícitas las fuentes sociales de la autoridad y establecer límites a su ejercicio, mediante instituciones permanentes de control que expresen la consciencia de los sujetos respecto a sus organizaciones.
 

El caso de la empresa capitalista

La empresa capitalista como producto histórico y, a la vez, como matriz de la sociedad capitalista, presenta una configuración estricta de los derechos de propiedad. Toda la ideología burguesa sobre la empresa se fundamenta en considerar las relaciones internas de la empresa como estrictamente contractuales.
Una reflexión sobre la empresa no debe ocultar su naturaleza de institución integrada por seres humanos. Un análisis de la empresa capitalista en cuanto organización política lleva inmediatamente a plantear la legitimidad de la autoridad interna y la vigencia de los derechos democráticos en su seno. Dada la amplitud de esta vertiente política conviene comenzar por plantear una pregunta fundamental: ¿es aplicable en el interior de las organizaciones la doctrina de los derechos humanos inalienables?
El pensamiento liberal ha coexistido con una tradición antidemocrática que se fundamenta en la consideración de que los derechos personales, o al menos una parte de los mismos, son alienables y transferibles (Ellerman,1990). La teoría política del individualismo posesivo, desde Hobbes hasta Locke, ha puesto de manifiesto una concepción del individuo como propietario de su persona y de sus capacidades, con el derecho pleno de alienar sus capacidades a otros propietarios en una relación de cambio (Macpherson,1970). La sociedad política se reduciría a una mera reguladora de relaciones contractuales libres entre propietarios.
Un elemento característico del liberalismo autoritario es justificar instituciones no democráticas si gozan de acuerdo social, si son aceptadas activa o pasivamente. El pensamiento liberal burgués se mueve de esta manera en una dialéctica permanente entre el individualismo posesivo radical y la justificación de una razón superadora de los derechos individuales -por ejemplo, la del estado-. Se manifiesta una visión transaccional y relativista del papel que corresponde a los derechos humanos en el proceso social. En el "realismo político" el poder se autolegitima por su propia existencia (Rubio Carracedo,1990).
La doctrina de los derechos humanos inalienables se opone, desde sus primeros pasos con Rousseau y Condorcet, al liberalismo autoritario. Afirma que los hombres, por ser iguales, no pueden renunciar a su soberanía personal. La alienación legal, incluso si es "consentida", del derecho de los individuos a participar directa o indirectamente en las decisiones que le afectan puede constituir una violación de la autonomía de la persona. El desarrollo de esa doctrina es indisociable del activismo antiesclavista y sería aplicable no sólo a los contratos de esclavitud sino también al contrato tradicional de matrimonio -en cuanto a la mujer- o al contrato de trabajo asalariado en el capitalismo -respecto al trabajador-.
Para aplicar la doctrina de los derechos inalienables en la empresa debemos partir de tres premisas. En primer lugar, que los derechos personales de los trabajadores no pueden alienarse en el contrato de trabajo. En segundo lugar, que la empresa es una organización de distribución de poder, una organización política, y la autoridad dentro de ella necesita una legitimación que no puede derivarse directa ni únicamente del derecho de propiedad.
Finalmente, que la propiedad, la gestión y el control constituyen elementos diferentes y separables en el marco de la empresa capitalista.
La principal cuestión derivada de la vigencia de los derechos humanos dentro de las organizaciones se refiere al principio democrático: ¿tiene aplicación en el seno de las organizaciones el principio democrático o éste sólo es predicable respecto a las instituciones macrosociales? Si el principio democrático forma parte de los derechos humanos inalienables, no puede caber duda de su pertinencia tanto para el conjunto de la sociedad como en el seno de las organizaciones humanas particulares.
Las actividades de las empresas afectan, entre otros, a los intereses propios de los siguientes grupos de individuos: los trabajadores, los consumidores (o clientes de la empresa), los accionistas (o propietarios del capital), los proveedores y los residentes locales. Dentro de ese conjunto de agentes es necesario distinguir entre los externos y los internos. La situación de los trabajadores, el principal grupo interno, es diferente a la del resto. Los trabajadores son afectados por las decisiones de los gestores y propietarios y, además, son personas sometidas a la autoridad de la dirección de la empresa. Los consumidores, accionistas, proveedores y residentes locales son personas afectadas por las decisiones de los directivos de la empresa pero no están sometidos al principio de autoridad (Ellerman,1990).
Desde el punto de vista del análisis estrictamente político-institucional es preciso diferenciar dos mecanismos mediante los cuales se tienen en cuenta los derechos políticos de los afectados por la actividad de las empresas. Curiosamente, el debate sobre la democratización de las empresas se ha centrado en Estados Unidos en los grupos de intereses, mientras en Europa ha prevalecido la discusión sobre los derechos de los empleados (Mintzberg,1992).
El principio democrático afirma que toda persona sometida a una autoridad debe tener un derecho directo de control -por ejemplo, un voto- sobre esa autoridad, así como el derecho a participar directa/indirectamente en el proceso de toma de las decisiones que le afectan.
El principio democrático debería ser aplicable a los trabajadores pero no necesariamente a los agentes externos, respecto a los que sería inexcusable alguna modalidad del principio de los intereses afectados, según el cual toda persona afectada por las decisiones de una organización debe tener derecho a alguna forma de control indirecto que le permita influir sobre esas decisiones. En el caso de los consumidores, la institución del mercado, junto a la existencia de asociaciones, parecen medios idóneos para llevar a cabo ese control indirecto. En el caso de los accionistas y proveedores, que tienen una esfera personal de decisiones capaz de afectar a las de la empresa, poseen un poder de negociación consustancial a su posición. A los residentes locales se les debe reconocer un derecho de información y de negociación mediante sus representantes.
Desde un punto de vista político, la empresa capitalista, tal y como la conocemos, no es una organización democrática ni pluralista. En ella los accionistas han expropiado los derechos políticos de los trabajadores, aunque en la práctica hayan perdido la capacidad de control sobre la dirección de la empresa en beneficio de los gerentes.
El carácter antidemocrático de la empresa capitalista se fundamenta en la naturaleza del contrato de trabajo (Ellerman, 1990). El derecho a mandar sobre los trabajadores no procede de un atributo intrínseco del capital sino que es contractual. Bajo el capitalismo, el contrato de trabajo abarca no sólo la prestación de servicios personales, sino también una forma de servidumbre parcial, convirtiendo al trabajador es un elemento productivo enajenado de sus derechos personales y políticos. Sólo puede ser democrática, y respetuosa con los derechos humanos, una estructura organizativa que reconozca a los trabajadores los derechos de participación y elección. Los derechos personales no pueden ser asignados por los mercados sino por instituciones sociales.
De acuerdo con este análisis, es la relación empleador-empleado, no los derechos de propiedad, el elemento crucial para entender la empresa. Por ello, los rasgos fundamentales de organización interna de la empresa capitalista y la de los viejos estados burocráticos eran tan similares. El dilema propiedad estatal- propiedad privada, tal y como se ha presentado en la tradicional diferenciación izquierda-derecha es, en notable medida, una disyuntiva falaz: el centro de los problemas debería situarse en la naturaleza del contrato de trabajo. Las cuestiones relativas a la forma de propiedad son una derivada segunda. Así, la lucha por una empresa democrática y por los derechos inalienables de los trabajadores debe considerarse independiente del tipo de propiedad de la empresa.
 

La democratización de las organizaciones

La formación de la sociedad burguesa implicó dos proyectos simultáneos muy diferentes: el "sueño de una sociedad disciplinaria" y el "sueño de una sociedad democrática". El modelo político naciente con la modernidad tiene una doble naturaleza, supone al mismo tiempo una nueva tecnología del poder y la emergencia de la autonomía social. La misma conciencia burguesa que proclama la división social del trabajo y la autoridad completa del propietario respecto a su propiedad, así como la subordinación incondicional de los trabajadores al capital, se ve obligada a aceptar unos principios diferentes respecto a la institucionalización política de la sociedad. Ello produce la constitución en el orden capitalista de una asimetría de derechos entre trabajadores y propietarios.
La historia de ese orden asimétrico es, también, la de las resistencias obreras y populares contra ese despotismo burgués. El sufragio universal comenzó a extenderse entre los países capitalistas avanzados a partir del siglo XIX y se generalizó plenamente a partir de 1945. Las consecuencias de esta irrupción de los derechos democráticos en la sociedad posesiva de mercado deben ser objeto de un análisis riguroso. A pesar del predominio de las prácticas elitistas de la democracia, la fuerza de la idea democrática sigue siendo ascendente. Las revoluciones antiburocráticas que ha conocido Europa a partir de 1989 y la desaparición de numerosas dictaduras en el Tercer Mundo afirman ese innegable poder.
El proceso democrático, cuyas ideas nacen en la Ilustración, que alimentó las revoluciones americana y francesa, que impulsó la doctrina de los derechos humanos inalienables, que abrió el camino al movimiento obrero, y a los partidos socialistas, se encuentra en la fase inicial de su recorrido vital. La democracia debe extenderse hacia nuevos ámbitos. "Al margen de la sociedad civil, formalmente libre, se perpetúa (...) en las empresas una sociedad despótica, autoritaria, con disciplina y jerarquía militares, que exige de los trabajadores al mismo tiempo la obediencia incondicional y la participación activa en su propia opresión. Y es perfectamente normal que, en los momentos propicios, esta sociedad militarizada se plantee como la verdad de la sociedad capitalista misma, que tienda a desbordar los linderos de las empresas y a invadir todos los dominios de la vida civil, preconizando en todas partes la instauración del principio de autoridad, la supresión del derecho de libre examen, de crítica, de discusión, de asamblea, y que considere como modelo social ideal al hombre activo, pero limitado y sumiso, de vasta competencia pero limitada en su empleo sólo al terreno técnico" (Gorz,1976, p.90).
La democratización de la empresa significa aplicar los principios democráticos, que se deben defender para la sociedad en su conjunto, al lugar en el que los seres humanos trabajan. La democracia permite a las personas aprender a gobernarse ellos mismos, no es un mecanismo para que los propietarios gobiernen su propiedad: por ello democracia en la empresa y "dirección participativa" son visiones opuestas del problema. La democracia surge porque consideramos que la empresa es una institución humana: no un capital, no una suma de objetos de trabajo y medios de producción para cuya mayor eficiencia parezca conveniente introducir formas de participación.
La forma de hacer efectiva esa democratización es un problema complejo. Las alternativas incluyen formas de democracia representativa -el Consejo de Administración como gobierno elegido- y mecanismos de democracia participativa generales -intervención de los consejos de trabajadores o de los sindicatos en los procesos de toma de decisiones-. Al mismo tiempo, nuevas formas organizativas tendentes a acercar la toma decisiones a los niveles de ejecución, fomentan una nueva responsabilidad de los empleados.
La relación entre las estrategias sindicales y el grado de presencia de normas de cogestión es un primer aspecto a considerar (Gourevitch y otros,1991). De hecho en Alemania y en los países nórdicos se ha avanzado desde el final de la II Guerra Mundial hacia formas de cogestión (la "mitbestimmung") entre los accionistas y los sindicatos de trabajadores, mientras en países como Francia e Italia con fuerte implantación de los sindicatos de influencia comunista, éstos se han opuesto tradicionalmente a tales mecanismos, primando la actuación externa de las organizaciones obreras frente a la conquista de posiciones dentro de la dirección de la empresa.
La estructura organizativa, frecuentemente piramidal, limita las posibilidades de democratización efectiva de las grandes organizaciones. Pero esas estructuras pueden transformarse mediante procesos impulsados desde abajo, sobre todo cuando existen alternativas organizativas que las nuevas tecnologías de la información hacen posibles, tal vez por primera vez, en este momento histórico. Redes organizativas frente a máquinas burocráticas. En cualquier caso no puede existir una receta única, sino una búsqueda plural de avances hacia la democratización.
El reconocimiento del derecho de participación en la elección de la dirección de la organización es un elemento esencial del proceso de democratización. Al respecto ya existen importantes experiencias que la izquierda no ha sido capaz de codificar ni de repensar unitariamente: conquistas sindicales en la lucha por la democracia industrial, experiencias cooperativistas y autogestionarias o el papel que los consejos de trabajadores han tenido en ciertas coyunturas históricas como elemento de acción para la conquista de derechos en el seno de la empresa.
Frecuentemente se ha señalado que los efectos sobre la distribución del poder dentro de las organizaciones, derivados de la introducción de elementos de democracia representativa, pueden ser inicialmente pequeños. La democratización no es una panacea, pero es el único camino para superar los actuales modelos organizativos. En cualquier caso, "una parte esencial de las creencias socialistas es que hay una forma real de democracia económica, que las personas pueden influir en los asuntos en su condición de productores y consumidores" (Nove,1988, p. 344).
 

III.CONCLUSIÓN

La posibilidad de cambiar la sociedad, de transformar las organizaciones, depende de nuestra capacidad de reinterpretar la realidad para posibilitar nuevas formas de acción. Las imágenes organizativas suponen posibles marcos para la acción transformadora. La metáfora mecanicista recuerda permanentemente la necesidad de que las organizaciones sean eficaces y eficientes y cumplan objetivos. La metáfora biológica nos debe mantener alertas sobre la necesidad de que las organizaciones se ajusten a su entorno. La metáfora cerebral nos impulsa a pensar en organizaciones más inteligentes y tendentes a constituirse en redes. La metáfora política de las organizaciones debe hacer comprender la necesidad de su democratización.
Presentar una visión multidimensional de la organización es una consecuencia de un proceso cognoscitivo orientado a actuar sobre realidades complejas y que asume el pleno y explícito carácter social de las organizaciones en las que se desenvuelve nuestra existencia.
 
 

REFERENCIAS BIBLIOGRAFICAS

 
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