Orwell y el socialismo
inglés
Juan Manuel
Vera
Iniciativa Socialista, número
70, octubre 2003
Orwell era un rebelde. Como tal, nunca le importó la posibilidad de
quedarse aislado defendiendo ideas que consideraba justas, ya fuera frente
a la opinión general o a la de los intelectuales de la izquierda. No
le preocupaba tratar los asuntos desagradables, por ello no tuvo remilgos
en rechazar con rotundidad el imperialismo británico (tema tabú
para muchos laboristas) o el estalinismo ruso (loado por los comunistas ingleses
al igual que por los del resto del mundo). No era pusilánime en esos
temas, del mismo modo que fue un activo antifascista que no se limitó
a elogiar la República española sino que cogió un fusil
para luchar contra Franco.
En los grandes asuntos políticos que han marcado el siglo XX se comportó
Orwell con una claridad que desgraciadamente es poco frecuente. Se negó
a mirar hacia otro lado como otros hicieron, y de esa actitud deriva la vigencia
de una obra que junto a una gran calidad literaria tiene el enorme mérito
de resultar actual, algo que puede afirmarse de relativamente pocos escritos
con intencionalidad política de la primera mitad del pasado siglo (1).
Podríamos pensar, como se dice en una de sus obras, que estimaba
más al lobo solitario que al perro rastrero. No hay duda de que se
negó a dejar que otros controlaran sus verdaderos sentimientos y negó
siempre que la reacción natural de un escritor debiera ser pensar
como está bien visto. Pero más allá de una actitud como
literato, se trata de la decisión de una persona que siempre intentó
ejercer su derecho individual a la autonomía.
Cuando Orwell publicó su novela más famosa, 1984, pocos meses
antes de su prematura muerte, ya era un autor célebre por Animal Farm, su despiadada sátira
del totalitarismo. Precisamente el gran interés suscitado por esas
creaciones literarias explica la notable controversia sobre la naturaleza
de sus concepciones políticas que le ha acompañado a lo largo
de las décadas. No merece realmente la pena dedicar mucho esfuerzo
a insistir en los malentendidos voluntarios con que algunos interpretaron
sus obras y sus ideas.
Esa incomprensión es evidente en la utilización derechista
de sus trabajos, por ejemplo durante la guerra fría, olvidando que
su condena del totalitarismo soviético se producía en el contexto
de una defensa de ideas socialistas y libertarias. También es notoria
la incomodidad que Orwell ha provocado entre muchos izquierdistas que parecieron
sentirse heridos por la crudeza con que Orwell afrontó el tema del
totalitarismo. A título de ejemplo, por hablar de alguien inteligente,
pensemos en el malestar que manifiesta el texto de Isaac Deutscher “El misticismo
de la crueldad”. A izquierda y a derecha parece haber existido una dificultad
para aceptar el hecho crucial de que lo que hace Orwell es condenar de forma
incondicional todo sistema de dominación y que, por ello, no estaba
dispuesto a aceptar complacientemente que se considerase parte de la izquierda
las formas criminales de gobierno que el estalinismo había introducido
supuestamente en nombre de la clase obrera.
Aunque Orwell dedico muchos ensayos y sus dos principales novelas al tema
del totalitarismo, no es ese el asunto que se pretende tratar ahora. Nos vamos
a centrar en dos textos de Orwell explícitamente destinados a analizar
el socialismo en el marco de la política inglesa. Se trata de El camino de Wigan Pier (1937) y El león y el unicornio (1941).
Dado que sus opiniones están siempre muy unidas a la actitud ante hechos
reales, debe tenerse siempre presente su contextualización.
El camino al socialismo
La aproximación de Orwell a las ideas socialistas se manifestó
públicamente al escribir en 1936 El camino de Wigan Pier, que sería
publicado un año después, mientras combatía en las milicias
del POUM en el frente de Huesca. Se trataba de un encargo de Víctor
Gollanz, el editor de sus primeras obras, para el Left Book Club.
Indudablemente vivir cerca de siete meses para preparar dicha obra en las
zonas mineras de Lancashire y Yorkshire, muy representativas de la clase obrera
británica, propició la reflexión sobre el sentido de
los ideales de la izquierda. Desde entonces y hasta el final de su vida no
desaprovechó ocasión para manifestarse públicamente socialista.
Lo hacía desde una perspectiva antielitista e intentando acercarse
al punto de vista de la gente común.
"Wigan Pier" puede parecer un libro desconcertante. En su primera parte es
un relato de periodismo social en el cual se aborda la situación de
los mineros durante los años treinta en una zona sometida a una intensa
degradación. Ese testimonio es áspero y algunos críticos
consideraron que manifestaba cierta predilección por los aspectos más
sórdidos. La segunda parte, en cambio, mezcla una curiosa reflexión
autobiográfica sobre su propia evolución personal y política
con un interesante ensayo interpretativo sobre el sentido del socialismo
que defiende, confrontándolo con las características que rechaza
de la izquierda inglesa. Algo debió de escocer a su editor, que incluyó
una prevención a modo de advertencia para los lectores. La presentación
de Orwell resultaba incompatible con la ortodoxia marxista, con la adulación
a Rusia y con la identificación del socialismo con el progreso material,
valores todos ellos que debían de ser muy queridos para dicho editor,
que posteriormente se negaría a publicar tanto Homenaje a Cataluña como Animal Farm.
Al describir la trayectoria que le había llevado desde la Birmania
colonial hasta ser testigo de la vida minera, Orwell efectúa un continuo
diálogo sobre la relación entre los valores de las clases medias
y las ideas socialistas. En muchos momentos parece un ajuste de cuentas respecto
a su propia ideología recibida y los instintos de la clase a la que
creía pertenecer, lo que llamaba “baja alta clase media”. Todo ello
sin pretensiones de objetividad sino marcado por sus propias preocupaciones.
Creo que resultaría difícil de entender entonces, aunque ahora
resulte estimulante esa ausencia de retórica y la franqueza con que
se plantean algunas opiniones e incluso prejuicios.
Después de estudiar en Eton, renunció a cursar estudios universitarios
y marchó como policía británico a Birmania, donde permanecería
cinco años, hasta 1928. De la experiencia birmana extrajo Orwell su
anticolonialismo militante, su odio al imperialismo pues, afirmaba, “no es
posible formar parte de uno de esos sistemas de dominación sin reconocer
que constituyen una injustificable tiranía”(2). Aquellos años
fueron determinantes para su evolución. “Sentía que tenía
que romper no sólo con el imperialismo, sino con cualquier forma de
dominio del hombre sobre el hombre”(3). Nace así el componente libertario
siempre presente en el pensamiento de Orwell, ese esfuerzo continuo por situarse
en el punto de vista correcto, que para él consiste en estar con los
dominados, con las víctimas, con los de abajo.
La principal contradicción personal de Orwell es esa diferencia entre
estar con y ser. Después de abandonar la policía colonial, siente
un imperativo ético (y, aunque no lo diga, un desconcierto general
y una duda sobre todos los valores sociales) que le llevaron a vivir voluntariamente
en los límites de la pobreza en París y plenamente en la marginalidad
cuando experimentó la vida de vagabundo (a lo Jack London) en Inglaterra
(4). Después viviría con los mineros ingleses y lucharía
con los milicianos del POUM. Pero él es consciente en todo momento
de no ser un empleado de hotel, un vagabundo, un minero o un miliciano, sino
un miembro de la clase media inglesa con sus prejuicios y en lo fundamental
con una mentalidad heredada de la que solo un esfuerzo constante le permite
distanciarse.
Esos antecedentes autobiográficos, expresados en 1936, van haciendo
visible que para Orwell la justificación de la necesidad del socialismo
no es precisa a la vista de la injusticia del mundo capitalista. Lo que hay
que responder es sobre los motivos por los que no se ha establecido todavía,
cuando aparentemente es tan necesario y tan deseable. Orwell relaciona ese
fracaso con la manera de comportarse de los que se llaman socialistas y con
lo que entienden estos por socialismo.
Siempre tuvo una gran desconfianza respecto a las élites izquierdistas,
en quienes veía instintos sociales muy alejados de los de quienes viven
sometidos a alguna clase de dominación. Orwell contrapone ideas abstractas
a realidades concretas, las que quiere derivar del sentido común del
hombre de la calle. En algún sentido considera que muchos intelectuales
están imbricados completamente con las ideas del socialismo autoritario.
“Creo que la motivación oculta de muchos socialistas es, sencillamente,
un hipertrofiado sentido del orden” (5). Asimismo, para Orwell es característico
de esos intelectuales pensar que “La pobreza, la mentalidad creada por la
pobreza, son cosas que han de ser abolidas 'desde arriba', por la violencia
si es necesario, quizás incluso mejor por la violencia. De ahí
su adoración por los “grandes hombres” y su inclinación por
las dictaduras, fascistas y comunistas”. Años después, en una
carta de 1944 afirmará: “Está el hecho de que los intelectuales
son más totalitarios que la gente común” (6).
La idea leninista de una vanguardia política merece su completo desprecio.
Así, afirmará que: “lo cierto es que, para mucha gente que se
llaman socialistas, la revolución no significa un movimiento de las
masas con el cual ellas esperan asociarse, sino una serie de reformas que
'nosotros', los listos, les vamos a imponer a 'ellos', las clases bajas” (7).
Ese rechazo al papel político de los intelectuales se hará más
amplio en los años posteriores cuando Orwell llegará a la convicción
de que “en el pensamiento de los revolucionarios activos, al menos de los
que llegan al poder, el deseo de crear una sociedad justa siempre ha estado
fatalmente mezclado con el deseo de asegurarse el poder para sí”(8).
La idea que los intelectuales de clase media tienen del socialismo es muy
diferente de lo quieren y sienten los trabajadores. Éstos asociarían
socialismo con justicia y sentido común y con la imposición
de ciertos cambios y reformas a las clases superiores. En cambio los intelectuales
marxistas establecen una vinculación estrecha entre socialismo, progreso,
industrialización (y los planes quinquenales de la URSS, podríamos
añadir).
Ese planteamiento le permite entrar en una discusión más teórica
sobre la relación entre socialismo y desarrollo material. Allí
resalta su negativa a aceptar cualquier identificación de éste
con el mero progreso mecánico. A Orwell no le gusta el tipo de ser
humano que produce el maquinismo y ese rechazo permite entender un componente
de raíz romántica con el que en algunas obras mirará
con nostalgia los viejos tiempos preindustriales (9). Los ideales de Orwell
son notoriamente austeros, hace énfasis en las virtudes del trabajo
manual y en el esfuerzo como motor del buen vivir. Esa posición resultaba
muy extraña entre la gente de izquierda de los años treinta
cuyo marxismo economicista situaba las fuerzas productivas en el centro de
todos los análisis y tendía a confundir el progreso con la creciente
mecanización.
“Pero lo triste es que el socialismo, tal como suele ser presentado, está
relacionado con la idea del progreso mecánico, no sólo con un
proceso necesario, sino como un fin en sí mismo, casi como una especie
de religión. Esta idea está implícita, por ejemplo, en
la mayor parte de la propaganda que se hace acerca del rápido progreso
industrial de la Rusia soviética (...) En RUR, Capek lo expresa certeramente
en el estremecedor final de su obra cuando los robots, después de matar
a último ser humano, anuncian su intención de construir muchas
casas, por el simple afán de construir casas” (10).
Al rechazar la fe absoluta en el progreso material, Orwell se distancia
de autores muy leídos en la época como Wells, de quien dirá
que fue incapaz de comprender que la Alemania moderna era mucho más
científica que Inglaterra y, al mismo tiempo, más bárbara.
En un sentido más general, para Orwell el desarrollo de la sociedad
industrial puede llevar hacia alguna forma de colectivismo, pero este no tiene
por qué ser necesariamente igualitario, es decir, no tiene por qué
ser socialismo. Le resulta fácil imaginar una sociedad mundial colectivista
desde el punto de vista económico pero con todo el poder en manos
de un pequeño un grupo de gobernantes y esbirros. “Es habitual decir
que el objetivo del fascismo es el 'estado colmena', lo cual constituye un
feo agravio a las abejas. Un mundo de conejos gobernados por comadrejas será
una imagen más adecuada. Hemos de unirnos para luchar contra esa horrorosa
posibilidad” (11).
El Orwell de "Wigan Pier" está ya muy alejado de la política
estalinista. Para él la crisis de los regímenes democráticos
de los años treinta está destruyendo todos los esquemas políticos
preexistentes, y el socialismo es una necesidad urgente para evitar el triunfo
del fascismo, hasta el punto de que no había más alternativa
que “socialismo o fascismo” (12), lo cual resulta, de hecho, totalmente ajeno
a las opciones frentepopulistas del VII Congreso de la Internacional Comunista.
La principal singularidad del socialismo de Orwell es su declarada heterodoxia,
factor esencial de su incompatibilidad con el estalinismo. En 1936 era perfectamente
consciente de ello. ”Una de las analogías entre el comunismo y el catolicismo
es que sólo sus adeptos educados son completamente ortodoxos” (13).
O de una forma aún más contundente cuando afirma que “en estos
momentos es perder el tiempo insistir en que la aceptación del socialismo
implica la aceptación del aspecto filosófico del marxismo más
la adulación a Rusia. El movimiento socialista no tiene tiempo de
ser una liga de materialistas dialécticos; ha de ser una liga de los
oprimidos contra los opresores”(14).
Los componentes esenciales del socialismo de Orwel son el pragmatismo, asentado
en la experiencia común, y la fe en la voluntad humana frente a cualquier
determinismo. “Me parecía entonces -y aún ahora me lo parece
alguna vez- que la injusticia económica cesará el día
en que queramos que cese, y no antes, y que, si realmente queremos que cese,
el método adoptado importará poco” (15). Por ello, Orwell siempre
resulta poco marxista. Aunque haga esfuerzos por situar los factores económicos
como elementos socialmente explicativos se distancia en todo momento de cualquier
creencia en la existencia de leyes económicas del capitalismo que determinen
la evolución histórica.
Para Orwell el único fundamento de lo que entiende por socialismo
son las ideas de justicia y libertad. “La única cosa 'en favor' de
la cual podemos unirnos es el ideal básico del socialismo: la justicia
y la libertad, ideal que está casi completamente olvidado. Ha sido
enterrado bajo capas y capas de pedantería doctrinaria, de riñas
partidistas y de 'progresismo' aficionado, hasta convertirse en algo parecido
a un diamante oculto bajo una montaña de estiércol (...) Justicia
y libertad: éstas son las palabras que hay hacer resonar por todo el
mundo” (16).
La experiencia española y el ILP
Después de examinar algunas de las ideas de Orwell en su obra "Wigan
Pair" estamos seguros de que el lector compartirá la impresión
de que muchos de los que han escrito sobre la experiencia española
de Orwell le presentan como políticamente más inocente de lo
que realmente era.
Impactado por el levantamiento franquista, no parece tan casual como se
ha dicho que se uniera al contingente del Independent Labour Party (ILP)
que luchaba en las milicias del POUM. La relación de Orwell con la
revista Adelphi, vinculada a las
posiciones del ILP, su posición crítica sobre el comunismo
británico y el conjunto de consideraciones de El camino de Wigan Pier
así lo parecen indicar. Aunque inicialmente Orwell pensó unirse
a las Brigadas Internacionales e incluso pidió algún tipo de
credenciales al Partido Comunista, éstos se las negaron a la vista
de sus antecedentes, teniendo finalmente que utilizar para venir a España
una carta dirigida a John Mac Nair, dirigente del ILP.
Como cuenta en Homenaje a Cataluña,
la experiencia de los hechos de mayo y sobre todo la posterior represión
contra el POUM, y las calumnias a las que fue sometido, le impactaron enormemente.
De España regresa un Orwell antiestalinista, en el que están
comenzando a madurar las futuras claves de un antitotalitarismo militante
que germinará a lo largo de la década siguiente (17). Esa experiencia
española explica afirmaciones tan rotundas como las siguientes:
“El movimiento comunista en Europa Occidental empezó proponiéndose
derribar violentamente el capitalismo y a los pocos años degeneró
en un instrumento de la política extranjera comunista” (18). “Después
de lo ocurrido en España, no puede impedir el sentir que la Unión
Soviética, Stalin, será hostil a cualquier país que esté
haciendo la revolución. Se moverían en direcciones opuestas.
Una revolución empieza con gran difusión de ideales de libertad,
igualdad, etc. Luego va creciendo una oligarquía interesada en mantener
sus privilegios como cualquier otra clase gobernante. Esta oligarquía
a la fuerza tiene que ser hostil a las revoluciones de otros países,
que inevitablemente despiertan otra vez ideas de libertad e igualdad” (19).
Por otra parte su relación en España con los miembros del
ILP le aproxima notablemente a este partido. En 1938 se unió formalmente
al mismo, explicando sus razones en el texto Why I Joined the Independent Labour Party
(20). Para Orwell la única forma de preservar la libertad frente al
fascismo es mediante un régimen socialista, lo cual exige tomar una
participación activa y no ser un mero simpatizante. Esa incorporación
no parece que implicara en ningún momento la aceptación de
la ortodoxia marxista ni del leninismo.
La incorporación al ILP tenía también que ver con la
posición ante la guerra que se avecinaba, que tanto el ILP como Orwell
consideran que sería una guerra imperialista (al igual que la I Guerra
Mundial), a la cual había que oponerse en nombre del pacifismo internacionalista
y del derrotismo revolucionario. Esa era también la posición
de la IV Internacional trotskista. En aquel momento Orwell pensaba que la
guerra desembocaría además en una pérdida de las libertades
inglesas y en el triunfo, a causa de la guerra, de alguna forma de fascismo
en Inglaterra.
El león y el unicornio
La Segunda Guerra Mundial obligó a muchos socialistas internacionalistas
a reconsiderar sus esquemas. Cuando estalla finalmente la guerra, cuando ya
no hay marcha atrás. Orwell se da cuenta de que ya no es posible volver
a meter a Jonás dentro de la ballena. Hay que tomar posición.
Y lo hará claramente en 1940 al plantear que la defensa de la independencia
nacional frente al nazismo es plenamente legítima, rectificando sus
posiciones pacifistas-derrotistas de los años anteriores. Lógicamente
en aquel momento ya ha abandonado el ILP, el cual mantendría criterios
pacifistas. Argumentará de la siguiente manera en 1941:
“La alternativa a la que se enfrentan los seres humanos no es, por regla
general, entre el bien y el mal, sino entre dos males. Podemos dejar que los
nazis dominen el mundo: eso es malo; o podemos derrotarlos en una guerra,
que también es malo. No hay otra alternativa, y sea cual sea la que
uno elija, no saldrá con las manos limpias” (21).
En el período 1940-1949 Orwell escribió numerosos ensayos,
muchos de ellos con una intención política explícita.
En 1941 Orwell va a publicar El león
y el unicornio: el socialismo y el genio inglés (22), donde
desarrolla ampliamente sus posiciones políticas posteriores al ataque
alemán contra Inglaterra. Comienza con esta frase: “mientras escribo,
seres humanos muy civilizados vuelan sobre mí tratando de matarme”.
El león y el unicornio constituye
uno de sus ensayos políticos más sugestivos. Aunque algunos
aspectos serán matizados en años posteriores puede considerarse
que constituye un texto indispensable para interpretar su visión del
socialismo. Orwell habla en este ensayo de un problema muy importante, la
forma en que una cultura nacional propicia o dificulta la consecución
de una sociedad más justa para lo cual replantea diversas cuestiones
sobre la identidad inglesa. También concluye que, en las condiciones
del ataque nazi, el patriotismo ya no es equivalente a conservadurismo. Toda
esa preocupación es muy significativa. Orwell es consciente de que
la atracción por el fascismo tiene que ver con su capacidad de manipular
los sentimientos patrióticos y nacionalistas, y se plantea si es posible
una utilización de los sentimientos nacionales en clave socialista,
democrática y revolucionaria.
En esta reflexión sobre sus ideas políticas es esencial entender
que para Orwell la guerra significaba el comienzo de la revolución
inglesa. Guerra y revolución son inseparables, como lo habían
sido en España. Y en una proclama de intención profética,
y como todas las profecías sometidas al error que el tiempo dispone,
señalaba la siguiente: “no podemos ganar la guerra sin introducir el
socialismo ni establecer éste sin ganar la guerra” (23). Los privilegios
de las clases dominantes podían desaparecer ante las necesidades de
una nación unida frente a la agresión nazi. Se trata, pues,
de una defensa del socialismo adaptada a las cuestiones centrales del momento.
Y confiando en la gente común e incluso en que los sentimientos patrióticos
pueden convertirse en parte de la lucha progresista, llegando a hablar (lo
cual no deja de parecer exagerado) de un Blimp (24) socialista. Que había
excesivas ilusiones en Orwell es evidente.
En definitiva, todo el ensayo está marcado por la idea de que “la
guerra es el mayor de los agentes de cambio”(25). Desde el punto de vista
programático Orwell desarrolla un programa de seis puntos que incluye:
la nacionalización de la tierra, minas, ferrocarriles, bancos y empresas
principales; limitación de ingresos en una escala diez a uno; reforma
democrática del sistema educativo; estatuto de autonomía inmediato
para la India incluyendo el derecho a la independencia cuando termine la guerra;
formación de un Consejo Imperial general el que estén representados
los pueblos colonizados y la declaración de alianza formal con China,
Abisinia y todo las demás víctimas de las potencias fascistas.
Volviendo a analizar las causas, como en "Wigan Pair", de que el socialismo
hubiera fracasado en Inglaterra hasta entonces lo atribuye ahora a la prosperidad
del capitalismo imperialista inglés, que siempre estuvo estrechamente
vinculado a que el nivel de vida de los obreros británicos depende
directamente “del sudor de los coolies indios” (26). El partido laborista
fue incapaz de reconocer que los trabajadores británicos tienen mucho
que perder además de sus cadenas, y que las diferencias de visión
y de costumbres entre clases están disminuyendo rápidamente.
Nos señala también que “En todo el periodo de entreguerras no
apareció ni un programa socialista que fuese a la vez revolucionario
y factible” (27). En plena guerra el movimiento socialista deberá ser
a la vez revolucionario y realista para hacer ver a las masas trabajadoras
que tienen algo por lo que merece la pena luchar para barrer las peores injusticias,
derrotar completamente al fascismo y “ganar el futuro”.
Un rasgo esencial de su socialismo inglés, es que no tiene nada en
común con el modelo ruso. Su perspectiva es que “no será doctrinario,
ni siquiera lógico”. “Abolirá la cámara de los lores,
pero muy probablemente no abolirá la monarquía. Dejará
por todas partes anacronismos y cabos sueltos: el juez con su ridícula
peluca de pelo de caballo, y el león y el unicornio sobre los botones
de los soldados. No establecerá una explicita dictadura de clases.
Se agrupara en torno al viejo partido laborista y sus miembros estarán
en los sindicatos, pero atraerá a la mayor parte de la clase media
y a muchos de los hijos jóvenes de la burguesía (...) Nunca
perderá contacto con la tradición de compromiso ni con la creencia
en una ley por encima del estado (...) Aplastará pronta y cruelmente
cualquier rebelión abierta, pero intervendrá muy poco en la
palabra hablada y escrita. Los partidos políticos con diferentes nombres
seguirán existiendo (...) Separará la Iglesia del estado, pero
no perseguirá la religión (...) La nueva situación dará
muestras de asimilar el pasado asombrando con ello a los observadores extranjeros
y a veces les hará dudar de que haya habido allí una revolución”(28).
La nueva guerra mundial ha hecho que Orwell se vuelva extremadamente consciente
de la necesidad de defender los valores en que se asienta la civilización
occidental y democrática. “Con toda su hipocresía e injusticia,
la civilización de habla inglesa es el único gran obstáculo
el camino de Hitler” (29).
Dado que el capitalismo de libre mercado puede darse por muerto, “hay que
elegir entre la clase de sociedad colectiva que Hitler querría implantar
y la que podría surgir si él fuera vencido”(30). Lo esencial
es conservar y desarrollar la democracia, “más o menos como la hemos
conocido hasta ahora. Pero “conservar” es siempre “ampliar”(31). Orwell acaba
su ensayo con las siguientes palabras “Con la revolución nos convertimos
más en nosotros mismos, no menos. No se trata de pararse en seco, de
llegar a un compromiso, salvar la “democracia” inmovilizándose. Nada
se queda nunca quieto. Hemos de aumentar nuestra herencia o perderla, hemos
de hacernos más grandes o disminuir, avanzar o retroceder. Creo en
Inglaterra y creo que avanzaremos”(32).
Finalmente, otro rasgo distintivo de la propuesta orwelliana es que se trata
de un socialismo impulsado desde abajo. “No creamos que en este o en cualquier
otro gobierno parecido podamos introducir los cambios necesarios. La iniciativa
tendrá que venir de abajo. Lo cual significa que habrá que levantar
algo que nunca existió en Inglaterra: un movimiento socialista que
tenga tras él a la masa del pueblo”. Solo un auténtico impulso
desde abajo lo conseguirá. “Sólo sé que estarán
en él [el gobierno] los hombres adecuados si el pueblo quiere de verdad
que se hallen allí, pues son los movimientos los que hacen a los dirigentes
y no los dirigentes a los movimientos” (33). Años después volvería
a insistir sobre ello: los ingleses “tendrán que coger el destino con
sus manos. Inglaterra sólo puede cumplir su misión si el inglés
corriente puede participar en el ejercicio del poder” (34).
Conclusión
Al aproximarnos al socialismo de Orwell hay que partir de que mantenía
una visión original de las virtudes y los defectos del movimiento socialista
inglés, del cual consideraba que formaba parte. Cualquier interpretación
textual rigurosa de sus obras literarias y ensayos o de sus opiniones políticas
debe tomar como punto de partida que Orwell se consideraba socialista y que
consideraba fundamental esa adscripción para entender su obra. Dirá
en 1946: “Cada línea seria que he escrito desde 1936 ha sido, directa
o indirectamente,” contra” el totalitarismo y “a favor” del socialismo democrático,
tal como lo entiendo” (35).
Su socialismo es esencialmente heterodoxo. Decreció su interés
por la propiedad pública de los medios de producción a medida
que tuvo que priorizar su protesta contra toda restricción de la libertad
y toda forma de poder oligárquico. Consciente de la injusticia del
capitalismo, su llamada de atención es el peligro de que el colectivismo
económico, que considera una tendencia imparable de la evolución
social, degenere en formas políticas totalitarias. Su socialismo no
es marxista, desconfía de las élites políticas, es pragmático
y disutópico y tiene un importante componente libertario(36).
NOTAS
1. Cristopher Hitchens, en su excelente ensayo La victoria de Orwell (Barcelona, Emecé
editores, 2003) explica muy convincentemente los méritos de Orwell
al abordar los principales temas que han marcado el siglo XX.
2. El camino de Wigan Pier, Barcelona,
Editorial Destino, 1976, p.148.
3. El camino de Wigan Pier, p.152.
4. Esas experiencias dieron lugar a su libro Down and out in Paris and London (Sin blanca en París y en Londres,
Editorial Destino, 1973).
5. El camino de Wigan Pier, p.181.
6. Carta a H. J. Willmett, incluida en A mi manera, Barcelona, Destino, 1976,
p.263.
7. El camino de Wigan Pier, p.182.
8 .“Catastrofic gradualism”, citado por Michael Sheldon, Orwell, Barcelona,
Emecé editores, 1993, p.409
9. Este tipo de opiniones ha dado lugar a hablar en ocasiones de que Orwell
defendería un cierto conservadurismo crítico, por ejemplo Jean-Claude
Michéa, en Orwell, anarchiste tory,
Editions Climats, 1995.
10. El camino de Wigan Pier, p.190-191.
11. El camino de Wigan Pier, p.216.
12. El camino de Wigan Pier, p.220.
13. El camino de Wigan Pier, p.180.
14. El camino de Wigan Pier, p.222.
15. El camino de Wigan Pier, p.152-153.
16. El camino de Wigan Pier, p.217.
17. Los textos directamente relacionados con su participación en
la guerra civil española, incluido Homenaje a Cataluña, están
disponibles en el libro Orwell en España,
Tusquets, 2003. Debe tenerse en cuenta, sin embargo, que existen referencias
incidentales y una influencia clara en otros textos más dispersos.
18. “Dentro de la ballena”, 1940, incluido en A mi manera, p.129.
19. Diario de guerra 1940-1942,
Barcelona, Editorial Destino, 1984, p. 41.
20. 24 de junio de 1938, The Collected
Essays, Journalism and Letters of George Orwell, Volume 1, Penguin
Books, 1970.
21. “No, Not One”, The Collected Essays,
Journalism and Letters of George Orwell, Volume 2, Penguin Books,
1970, p.200.
22. Incluido en A mi manera, op.
cit., pp.154-179.
23. A mi manera, op. cit., p.182.
24. El coronel Blimp es el símbolo del militar colonial, patriotero
y de escaso alcance intelectual.
25. A mi manera, op. cit., p.184.
26. A mi manera, op. cit.,
p.180.
27. A mi manera, op. cit.,
p.183.
28. A mi manera, op. cit.,
p.192-193.
29. A mi manera, op. cit.,
p.199.
30. A mi manera, op. cit.,
p.196.
31. A mi manera, op. cit.,
p.199.
32. A mi manera, op. cit.,
p.200.
33. A mi manera, op. cit.,
p.192.
34. “Los ingleses”, 1944, A mi manera,
op. cit., p.304.
35. “Por qué escribo”, 1946, A mi manera, op. cit., p.355.
36. En todo caso Orwell no es anarquista porque considera que el Estado
es necesario y que su mera desaparición conduciría al dominio
de Al Capone y a la indefensión de los individuos frente a la violencia.
Pero su espíritu libertario se manifiesta en la desconfianza ante toda
forma de poder y de dominio. Definirle como socialista, libertario y anticomunista
como ha hecho recientemente Vargas Llosa (Letras Libres nº 20), es en
cualquier caso mucho más acertado que entenderle como un anarquista
tory (como hace Jean-Claude Michéa en la obra citada en la nota 9).