Si otro mundo es posible
mejor que sea laico
José M. Roca
La crítica de la religión desengaña al hombre
para que piense, para que actúe y organice su realidad como un hombre
desengañado y que ha entrado en razón.
(Marx, Crítica de la filosofía del Derecho
de Hegel. Introducción).
Me produjo cierta alarma -sólo cierta, en un país en el
que mirando a izquierda y a derecha, sobre todo a derecha, es frecuente
sentirse alarmado- que el Documento Político que debía servir
de base para las discusiones preparatorias del congreso constituyente de
Los Verdes-Izquierda de Madrid careciera de referencia alguna a la necesidad
de defender los valores laicos en la sociedad como uno de los pilares fundamentales
y fundacionales de la nueva federación, y que entre las enmiendas
presentadas, ninguna, salvo la mía, se entretuviera en ese asunto.
Los Verdes-Izquierda de Madrid presenta cuatro interesantes rasgos
-es una formación política nueva, alternativa, ecologista
y de izquierda- que por sustentarse en un pensamiento crítico y
científico, creo, además de en un renovado humanismo, debiera
abordar, antes que nada, la crítica de la religión entendida
como un componente innecesario, tanto en las tareas transformadoras como
en la configuración ideológica y cultural del tipo de sociedad
que propugna.
Desde ningún punto de vista la hipótesis de la existencia
de Dios, como diría Laplace, es necesaria para justificar la vigencia
del proyecto político de Los Verdes-Izquierda de Madrid. Y por esto
mismo, tal hipótesis debería quedar descartada desde las
primeras páginas del Documento, haciendo explícitas su vocación
laica y su concepción atea del mundo y de la vida. Posición
tanto más necesaria por cuanto estamos atravesando por una coyuntura
política en la que, en España, la vieja y mal resuelta cuestión
religiosa aparece un día sí y otro también en forma
de noticias que dan cuenta del prepotente modo de actuar de la Iglesia
católica, alentado por el evidente escoramiento ideológico
del Gobierno del Partido Popular, y fuera de España, por el ascenso
de las versiones más extremistas de diversos credos religiosos,
que, en unos casos -el renovado puritanismo anglosajón y la rigidez
del catolicismo del papa Woijtila- echan por tierra la mejor tradición
crítica y racionalista de Occidente, en otros, como el judaísmo,
alimenta el sueño imperial de Israel a costa de Palestina, y en
unos terceros -el islamismo- se presenta ante las empobrecidas masas del
tercer mundo como la única alternativa a una modernización
fracasada, a la depredación económica de las potencias industriales,
a la hegemonía del Occidente capitalista y cristiano, y como el
camino más eficaz para salir de su galopante miseria.
En España, esta actitud de la Iglesia católica dista
de ser nueva, pues desde hace siglos considera al país como suyo
o poco menos que confiado por Dios a su custodia, pero de día en
día se vuelve más altanera, haciendo valer como inalienables
derechos los innumerables privilegios obtenidos por la complacencia y el
interés de la derecha y por la condescendencia o debilidad de la
izquierda, al tiempo que se ve envuelta en turbios asuntos de índole
financiera -Gescartera-, que muestran que sus actividades tienen tantos
intereses en este mundo como en el otro.
Una de las razones que deberían justificar la aparición
de una nueva fuerza política en el espectro español es la
situación de desfallecimiento de los partidos de izquierda también
en esta espinosa materia, en un momento en que la Iglesia se presta gustosa,
cobrando de una u otra manera, a colaborar en la tarea emprendida por el
Partido Popular de retornar al más rancio conservadurismo y reevangelizar
España.
Estamos solos
Otro mundo es posible, pero a condición de que partamos de nociones
laicas sobre la vida, la sociedad y la naturaleza.
El actual grado de desarrollo de la ciencia nos permite saber con bastante
certeza que vivimos en un apartado confín del universo y que en
algunos miles de años luz a la redonda es bastante difícil
hallar algo similar a lo que llamamos vida. En la Tierra, un planeta surgido
con otros de un colosal cataclismo, brotó casualmente una forma
rudimentaria de vida, las paleobacterias o arquebacterias, que, en su desarrollo,
en el que tuvieron tanto que ver el azar como la necesidad -¡aquel
librito de Monod (1)!-, produjeron miles de especies, otras tantas desaparecieron
-desaparecen todavía, en parte por nuestra causa-, y dieron como
resultado, después de millones de años de evolución
(o de revolución biológica), lo que conocemos como especies
superiores y, entre ellas, la especie humana.
El planeta Tierra es, pues, una magnífica excepción,
un coloreado y sonoro accidente en un universo oscuro, pétreo y
silencioso, perdido en un espacio al parecer ilimitado, en medio de un
tiempo sin fin. Estamos extraviados en la nada, arrojados al mundo, como
decían los existencialistas, y el mundo arrojado al tiempo y al
espacio sin un propósito inteligible. ¿Por qué?
Hegel sostenía que estamos condenados por Dios a ser filósofos,
es decir condenados a preguntarnos sobre lo que somos y sobre lo que pintamos
en este mundo, cuya marcha parece absurda en la mayoría de las ocasiones,
pero no es obligatorio introducir a Dios en la respuesta como él
hizo, aunque disfrazándolo de Idea o de Espíritu, ni tampoco
es conveniente, porque introducir a Dios es dar una respuesta primitiva,
demasiado fácil y consoladora, pero a la vez insatisfactoria, porque
desplaza más lejos -y más alto- las causas de nuestra inquietud
pero no las elimina. Es mejor preguntarse hacia dónde va la humanidad,
qué sentido tiene la vida, hacia dónde camina la naturaleza,
el mundo o el universo, y tratar de saberlo utilizando medios humanos -la
ciencia, la investigación, la reflexión filosófica-,
que preguntarse cuál es la voluntad de un dios que todo lo gobierna
y cómo podemos conocerla -por la revelación o por la interpretación
de los signos-, suponiendo que la propia noción de Dios permita
el atrevimiento de intentar conocer su voluntad, lo cual no ocurre en todas
las religiones, y mucho menos tratar de influir sobre ella -el gran pecado
de soberbia- para tratar de enderezar nuestra vida y el rumbo del mundo.
Podemos seguir preguntándonos, debemos seguir preguntándonos,
pero ya sabemos muchas cosas; muchas cosas esenciales; lo sabemos casi
todo.
Lo sabemos todo -indica Flores D’Arcais (2)-. Quiénes somos,
de dónde venimos, adónde vamos. Y es inútil fingir,
inútil esconderse o escapar, añade. Queríamos saber,
pero hemos hecho trampas: no queríamos saberlo todo, sino ver confirmada
nuestra necesidad de finalismo. Dar carácter científico a
nuestra voluntad de sentido, a nuestro rechazo de ser una partícula
insignificante de un esputo en el cosmos, surgido por sorpresa de una lotería
sin esperanza ni desesperación. Habíamos preguntado al cosmos
y éste nos ha dado una respuesta inexorable: azar y necesidad. No
era la respuesta que queríamos.
Efectivamente, no era esa la respuesta apetecida. No era la respuesta;
es sólo una respuesta. No era la respuesta para todos; la respuesta
que podía dar sentido a todas las vidas y a la marcha del mundo
-la respuesta que han buscado las religiones-, sino una respuesta que permite
a cada cual dar sentido a su propia existencia y ser más libre en
este rincón del cosmos, en un universo en expansión, cuyo
origen y destino ignoramos. Esto es lo que sabemos, al menos aquí,
en este lado del globo terráqueo, y lo que sabemos no es muy excitante;
no entusiasma, no ilusiona, al contrario; la racionalidad conduce a
un mundo desencantado, nos había advertido Weber. La sabiduría
-sigue escribiendo Flores D’Arcais-, ahora, o es sabiduría en el
desencanto o es rechazo de la sabiduría. Es decir, pánico
del desencanto. La sabiduría es hoy aprender a vivir en el círculo
frío del conocimiento y no en el mágico de la ilusión.
Ahora ya sabemos que estamos solos y que disponemos además de
poco tiempo, pero se trata de un abandono aceptado y de una brevedad asumida
y, más importante, puesto que estamos solos con nosotros mismos,
se trata de una soledad compartida, de un extravío colectivo en
este universo vacío de vida, sin propósito ni fin. Así,
pues, liberados de los cuidados o de las iras de los dioses, el (des)orden
social es imputable solamente a nuestra responsabilidad; el caos del mundo
es obra nuestra.
Solos con GEA
Junto con el viejo mito de los dioses creadores del mundo, propio de
las religiones monoteístas, en nuestros días se ha
perdido el no menos viejo, o más viejo aún, mito de la inagotable
fecundidad de Gea -o Rea-, la ubérrima madre tierra, cuya ilimitada
fertilidad parecía destinada a proporcionar para siempre abundantes
cosechas y jugosos frutos.
El bíblico jardín del Edén ha sido en nuestra
cultura ancestral la metáfora que vincula la creencia en una tierra
dispensadora de bienes sin fin con la antigua aspiración humana
de vivir sin trabajar, hasta que el incumplimiento del pacto de la Creación
por la parte más débil -la humana- de las dos partes contratantes
puso fin a la estancia en el paraíso. Según cuenta la metáfora
bíblica, desde aquel día aciago no ha sido posible vivir
sin esfuerzo, consumir sin producir, y consumir incesantemente significa
producir de modo incesante, transformar la naturaleza continuamente, aplicando
ingentes cantidades de trabajo humano en esa transformación.
Durante siglos, Gea ha sido capaz de proporcionar recursos de manera
creciente a medida que crecía la población, a medida que
crecían sus necesidades y a medida que crecían los conocimientos
aplicados a esa labor explotadora de los recursos naturales. Y durante
siglos, la Tierra y su espacio inmediato, la biosfera, ha sido capaz de
recibir las sobras, los detritos, la materia residual -sólida, líquida
o gasesosa- de la labor humana, asumiendo la doble función de generar
y reutilizar, de ofrecer riqueza y aceptar mierda, haciendo de granero
y de basurero, de redil y de estercolero, de mina y de pozo negro simultáneamente,
pero en la Europa de la revolución industrial, un día, hacia
1860, junto con la creación de ingentes cantidades de mercancías
-las formas elementales de la riqueza en los países capitalistas,
según Marx (3) - la polución ambiental y la generación
de residuos empezaron a crecer de manera inusitada, crecimiento que en
nuestros días aún no ha cesado (4).
Gea, la Tierra fecunda, dispensadora de bienes, muestra síntomas
de cansancio, de agotamiento, pide una tregua y solicita que revisemos
con ojos críticos nuestras utopías mercantiles, porque, a
este ritmo de producción y consumo -de destrucción-, nos
advierte de que no hay recursos para todos. La ecología política
es la respuesta de hoy a este lamento de la Tierra.
Hemos sido arrojados a un universo infinito, pero habitamos en un planeta
finito, grande pero limitado en su capacidad, que pone coto a nuestras
desmesuradas espectativas de crecer continuamente -¡el sacrosanto
desarrollo económico!-y al sueño de haber hallado fuentes
inagotables de energía y filones sin fin de materias primas para
transformar en mercancías. No hay para todos; lo sabemos, pero nos
hacemos los sordos y actuamos, como individuos de manera diligente pero
como especie muy lentamente, permitiendo que operen libremente dos lógicas
perversas y contradictorias.
Por un lado, en zonas muy localizadas del planeta, una reducida minoría
de seres afortunados puede conseguir que sus deseos, por muy insensatos
que sean, puedan -y deban- convertirse en realidades más pronto
que tarde, cargando sobre todos los demás, en particular sobre los
menos favorecidos, los costes de esos caprichos. Por otro lado, en extensas
zonas del mismo planeta, millones de seres humanos, seres semejantes a
los anteriores, carecen de lo más elemental para que su vida se
pueda llamar vida, que en no poca proporción no llega a la mera
supervivencia. Gentes de los cinco continentes, pero en especial de Asia,
África y América central y meridional, viven abandonadas
a un nuevo malthusianismo: a la muerte sugerida o al menos vista como inevitable.
El derroche de unos pocos, cada vez menos, tiene como necesario correlato
la existencia de millones de seres tocados por un destino tan inexorable
como aciago, a quienes parece que les ha tocado vivir menos tiempo y en
peores condiciones, como si sus vidas estuvieran sometidas a la planificada
obsolescencia de las mercancías.
El expolio de la naturaleza y la explotación de los seres humanos
van parejos, como van parejos y responden a la misma lógica el expolio
de la riqueza acumulada desde el pasado y la pobreza garantizada para
las generaciones del futuro, que reciben un mundo ya hipotecado en el que
se han dilapidado recursos naturales que han tardado millones de años
en formarse y en estar disponibles. Urge, pues, llegar a un compromiso
para no legar basura y miseria a las generaciones venideras siguiendo la
acertada y vieja idea de los pastores kenyatas de que el mundo nos lo han
dejado nuestros padres en préstamo para que nosotros lo dejemos
a nuestros hijos. Desde este punto de vista, de un mundo que pasa de mano
en mano, de generación en generación, un mundo sucesivamente
legado en usufructo, que podemos usar pero no retener, la propiedad es
un concepto absurdo que permite creerse dueño de algo durante unos
pocos años pero no disponer permanentemente de ello, pues las propiedades
no nos pueden acompañar en el último viaje, en el que nos
hallaremos, a nuestro pesar, casi desnudos y ligeros de equipaje, como
indicaba Antonio Machado en su Retrato, ni podemos esperar que el mundo
y todo lo que contiene perezcan al tiempo que nosotros, aunque existen
personas que actúan como si fuera a ocurrir así.
Esta alarmante situación, a la que hemos llegado por el enloquecido
obrar humano, debe ser corregida también por humanos -¿por
quién, sino?-, dejando a las divinidades y a sus representantes,
sobre todo a éstos, al margen de esta tarea tan terrenal,
tan propia de la especie humana de salvar a la especie salvando el entorno
en que habita, porque, si de nuevo les damos vela, volverán a intentar
imponer un orden terrestre a imitación de su imaginado orden celeste
y a tratar de salvar las almas martirizando los cuerpos.
Y esto vale tanto para las religiones conocidas, como para las que
puedan aparecer bajo las apariencias más modernas, porque, en este
país, recientemente modernizado pero aún insuficientemente
laico y tan dado a producir conversos, el excesivo celo ecológico
puede desembocar en un nuevo credo, en un renovado culto a Gea.
Hoy, la ecología política se presenta como un renovador
discurso sobre la situación del mundo y de las sociedades humanas,
realizado desde una perspectiva muy distinta a la de las ideologías
surgidas en el siglo XIX, pero en algunas de sus versiones aparece como
un nuevo discurso omnicomprensivo y excluyente, dotado con la prepotencia
de una nueva ideología muy segura de su poder, lo cual puede dar
lugar a un nuevo fundamentalismo panteísta, a un nuevo pretexto
para que afloren, con otras formas, las añejas categorías
del pensamiento religioso y con ellas, los nuevos profetas del credo verde,
en muchos casos los mismos que antes han sido profetas del credo rojo,
sordos y ciegos a lo que no sea su propio discurso. En este aspecto, cuando
alguien se refiere con devoción al Planeta, atribuyendo un propósito
rector y trascendente a sus múltiples dinámicas, siento el
mismo desasosiego que cuando se alude al Pueblo, al Proletariado, a la
Patria, a la Raza o a Dios, porque aparece una instancia superior que puede
suscitar en quien habla la intención de convertirse en un privilegiado
intérprete de la voluntad de ese ser supremo y hacer de sus decisiones
inapelables modelos obligatorios de conducta.
Solos con nosotros mismos
En un tiempo conflictivo en que es notoria la influencia de rabinos, talibanes,
muláhs, ayatolas y obispos resistentes es absolutamente necesario
dejar las creencias religiosas para el ámbito privado, para la conciencia,
y establecer el orden social sobre valores laicos, pues un credo, que puede
justificar la conducta privada de sus seguidores, no puede legitimar un
sistema político, que es la esencia de lo público y compartido.
Una noción laica de la existencia debe ser la base de una noción
radical de la democracia, del gobierno de muchos. En primer lugar, porque
los rasgos de un imaginario orden celeste no deben servir de modelo a un
orden terrenal. En segundo lugar, porque un orden intemporal o eterno mal
puede servir de inspiración para fundar un orden temporal, perecedero.
En tercer lugar, porque la legitimidad de los gobernantes no puede venir
dada desde el cielo, por una autoridad superior, sino recibida desde sus
pares en la tierra, que deben ser los verdaderos soberanos. En cuarto lugar,
porque la imitación de un orden celeste hace de los mortales simples
ejecutores de la voluntad de un ser inmortal, cuando el orden temporal
debe reposar en la voluntad de los propios mortales como beneficiarios
de ese orden. En quinto lugar, porque frente a la elección desde
arriba, a la gracia concedida como un don por Dios para escoger a los suyos
por una especie de mecanismo de divina cooptación inapelable, se
alzan las voluntades humanas de participar en un sistema electivo e igualitario,
siempre apelable y siempre renovable. En sexto lugar, porque frente a la
creencia de un mundo creado y decidido de una vez para siempre por el deseo
de un ser superior, está la idea de un mundo natural en constante
descubrimiento y reformulación y de un mundo social en constante
recreación.
En definitiva, que ante los designios de Uno de dotar de un orden definitivo
a muchos, están los deseos de muchos de dotarse de su propio orden;
y frente a un orden dado, hay, pues, un orden dándose, reformulándose.
Más aún, frente a la pretensión de fundar el orden
social en los deseos de un ser imaginario parece más sensato, mientras
no se demuestre la existencia de ese ser imaginario y la bondad del sistema
propuesto en su nombre, fundar el orden social sobre el acuerdo de los
reales seres humanos.
Hasta la llegada de la modernidad, la historia política del
mundo ha sido la historia de los regímenes inspirados en el pretendido
mandato o inspiración de seres superiores, la historia teológica
del poder político, pero también la historia de los sucesivos
fracasos de órdenes definitivos, de regímenes instaurados
con la pretensión de ser imperece-deros. Olvidémonos, entonces,
de los sistemas políticos hechos a imagen y semejanza divina y partamos
de lo perecedero, de lo humano, de lo temporal, de lo precario y artificial,
de lo falible y, por tanto, de lo mudable, criticable y mejorable. Partamos
de los ciudadanos que aspiran a ser cada día más dueños
de sus condiciones de vida y trabajo, más dueños de sus destinos,
no de los súbditos, como la base social necesaria -la materia prima-
para instaurar un régimen político democrático, entendido
como un régimen que reposa sobre el acuerdo de muchas voluntades
humanas y que es, por lo tanto, el ámbito de las negociaciones,
de las concesiones, de las renuncias, de las deliberaciones y debates,
de mucha información y de mucho conocimiento de los otros; de mucha
empatía.
Tenemos poco tiempo
Por otra parte, si hemos sido arrojados al mundo sin pedir nuestra conformidad
y si sólo tenemos una vida, la de este mundo, y cada individuo,
irrepetible como ser y como proyecto, tiene una sola oportunidad, en este
mundo, no en otro, hay razones más que sobradas para procurar que
el orden social sea del agrado de muchos, de la mayoría.
Si no existe la otra vida que compense las desventuras de ésta;
si no existe el paraíso, hay que hacer lo posible para evitar que
esta vida, la vida en este breve tiempo y en este único mundo compartidos,
no sea, al menos, un infierno. Para ello hay que organizar la gobernación
de la sociedad contando con la máxima participación, hacer
que el sistema conseguido sea lo más beneficioso para muchos o que
perjudique a los menos y evitar la pesimista idea del Sartre más
individualista -el infierno son los otros- de que vivir asociados es un
infierno o al menos una molestia difícil de soportar (5).
Tenemos poco tiempo y todos tenemos derecho a disfrutar en este poco
tiempo de una vida digna de tal nombre, de una vida que no sea sólo
mera supervivencia, y tenemos derecho a esperar y a promover cambios de
los que podamos disfrutar en vida, por ello, los cambios políticos
que se producen casi con la lentitud de los cambios geológicos pueden
ser muy convenientes para la estabilidad de los sistemas y, desde luego,
para la labor de los gobernantes, pero no pueden despertar mucho entusiasmo
en aquellos que sabemos que disponemos de poco tiempo.
Una respuesta engañosa a este planteamiento sería vivir
de modo más intenso -la vida del héroe que muere joven, acortando
voluntariamente un tiempo concedido que ya es escaso- o más deprisa,
consumiendo velozmente el tiempo disponible, pero ahí no está
la solución que nos conviene, sino en hacer más de prisa
los cambios necesarios para vivir mejor y más despacio: si no tenemos
mucho tiempo de vida (un soplo), al menos que podamos saborearla.
¿Un partido de ateos?
¿Tiene sentido, hoy, que un partido político o una federación-
de izquierda y además ecologista se defina en materia religiosa
y se declare ateo? Pues, modestamente, opino que sí; que tal definición
o tal adscripción es necesaria aún en los albores del siglo
XXI y que está especialmente indicada en España, donde la
crítica de la religión ha sido y sigue siendo a todas luces
insuficiente y donde la influencia de la Iglesia católica en la
vida pública alcanza niveles difícilmente imaginables en
un Estado moderno (pero no laico). Y tendría justificación
pronunciarse en tal sentido incluso para un partido de derecha por el carácter
de novedad que supondría, pues no existe en el vigente espectro
político ningún partido de derecha que no sea católico
(y monárquico). La fe católica, además del amor –cristiano,
por supuesto- al capital, al mercado y a la propiedad privada, es el componente
común de los partidos de la derecha, aunque estén, por otra
parte, muy enfrentados por la defensa de sus respectivos proyectos nacionales,
pues el Partido Popular defiende una España grande, indivisible
y católica; el Partido Nacionalista Vasco una Euskal Herría
grande, indivisible y católica; y Convergencia i Unió una
Cataluña no menos grande, no menos indivisible e igualmente católica.
Y no hablemos de Galicia, donde gobierna el franquismo residual.
En el ámbito del pensamiento no faltan filósofos, sociólogos,
politólogos, intelectuales modernos y postmodernos que reflexionan
con más o menos fortuna sobre los avatares de la sociedad civil,
pero que en los que está ausente la crítica de los valores
religiosos, y salvo individualidades, Puente Ojea (6) entre las más
notables, no es fácil toparse con una obra larga dedicada al estudio
en profundidad de la religión y a la crítica de los mitos
en los que se funda el credo católico. No es difícil hallar
en algunos diarios y algunas revistas opiniones críticas con los
privilegios de la Iglesia católica, pero son raras las críticas
a la religión y aún más raras las apuestas por un
orden social y político instaurado sobre una noción laica
de la existencia. En todo caso, queda, como una de las tareas pendientes
de la inacabada y sinuosa modernidad habida en España, que los poderes
públicos tomen distancia con respecto a la religión, en particular
la dominante, y sobre todo, con respecto a la interesada institución
que administra sus verdades.
Desde la izquierda se ha afrontado el fenómeno de la alienación
religiosa de manera insuficiente, entre otras razones, por las paradójicas
relaciones que la izquierda y la Iglesia, que estaba en el poder y en la
oposición, han mantenido en la historia reciente y por el escaso
nivel teórico, justificado por dramáticas causas históricas,
del que partía la izquierda antifranquista, pero no es este el momento
más adecuado para abordar tales cuestiones. Hoy, la izquierda existente,
la que tiene cierta voz y presencia en el espacio público, se ha
acomodado al orden vigente también en esta materia y sólo
alza la voz para criticar los aspectos más bochornosos de la actitud
de la Iglesia. Les queda, pues, mucho trabajo por delante a aquellos que
pretenden continuar la vieja labor de los ilustrados -secularizar el orden
social y erradicar la superstición- impulsando una corriente de
pensamiento atea o al menos agnóstica que pueda medirse de igual
a igual con el catolicismo imperante.
Esta tarea ciclópea, que debiera brotar como una corriente espontánea
y vigorosa de nuestra sociedad civil, es hoy difícilmente imaginable
a causa del desencanto y de la debilidad de los planteamientos democráticos
que aquejan a aquella, por lo cual no parece desacertado que un partido
-o una federación- que se lanza a la palestra política con
la intención de defender unas ideas, el ecologismo político,
que considera tan absolutamente necesarias como débilmente implantadas,
incluya en el mismo programa la defensa de un sistema político basado
en principios estrictamente laicos. Por ello, no puedo estar de acuerdo
con una vieja idea de Vidal Beneyto (7), que hoy no sé si aún
defiende, expuesta en Diario de una ocasión perdida, en el sentido
de que secularizar los comportamientos no debe hacerse desde un partido
político, pues: la lucha por un laicismo coherente y responsable
en la vida pública española suscitaría, necesariamente,
por la inevitable rivalidad en torno al protagonismo partidista, una cierta
inhibición, si no antagonismo, de los partidos de centro e incluso
de izquierda, ya que se trata de eso precisamente, de plantear un debate
acerca de la necesidad de asentar la vida pública sobre una base
laica y obligar, si ello es posible, a que los partidos de izquierda asuman
tal postura o al menos se pronuncien de manera favorable sobre ella, lo
cual habrá de provocar el antagonismo de los partidos de la derecha,
pero ese es el riesgo que conlleva la lucha por cambiar las ideas y por
transformar la sociedad. Es más, un partido –o federación-
como Los Verdes-Izquierda de Madrid, cuya actividad política tiene
la justificada pretensión de sustentarse en una base científica,
no puede por menos que hacer profesión de ateísmo o por lo
menos de agnosticismo, porque, en favor de la coherencia política,
algo difícil de hallar en nuestro días, la defensa de la
biosfera es incompatible con la defensa de la existencia de Dios. Es así
de sencillo.
NOTAS
(1) Monod, J. (1971): El azar y la necesidad, Barcelona, Barral.
Hay edición posterior de Tusquets, Barcelona, 1981.
(2) Flores D’Arcais (2001): El individuo libertario, Barcelona, Seix
Barral.
(3) Marx, C.: El Capital, libro I, capítulo I.
(4) Según André Berger, experto en paleoclima, la Tierra
tardará 50.000 años en recuperarse del dióxido de
carbono lanzado a la atmósfera en los últimos doscientos
años (El País, 2 enero del 2002, p. 33).
(5) De igual modo opina Italo Calvino (Las ciudades invisibles, Barcelona
Minotauro-Edhasa, 1983, p. 175): “El infierno de los vivos no es algo que
será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que
habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras
hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el
infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más.
La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos:
buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno,
no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio”.
(6) Puente Ojea es una de las raras excepciones de persona ilustrada,
en el sentido más estricto, dedicada a combatir la superstición
religiosa y las ventajas de sus administradores.
(7) Vidal-Beneyto, J. (1981): Diario de una ocasión perdida,
Barcelona, Kairós.