¡No tiréis al niño con el
agua del baño!
René Passet
René Passet es economista. Publicado
en TSC, nueva serie, número 2, segundo trimestre 2002, e Iniciativa
Socialista, 66, otoño 2002. Recientemente publicado en castellano,
Elogio de la globalización, Salvat, 2002
Según nos dicen nuestros amigos, el desarrollo, sobre todo el “duradero”,
recuperado y transmitiendo una visión del mundo occidentalista y
neocolonialista, es un concepto desacreditado que hay que echar al cubo
de la basura. Pero cuando un concepto se ha apartado de su verdadero significado,
¿es éste el que hay que poner en tela de juicio o son más
bien las políticas que lo desnaturalizan? ¿Tenemos que ceder
a todas las operaciones de reciclaje de un sistema que ha elaborado la estrategia
de apropiarse de las armas que le producen efectos molestos para volverlas
contra los que las elaboraron en un principio?
En el principio era el crecimiento
De hecho, el concepto de desarrollo se creó, hablando con exactitud,
para combatir los males que se le quieren imputar ahora. Pues en el principio
era el “crecimiento”, concepto unidimensional y cuantitativo, que tampoco
tenía nada de absurdo durante el largo periodo en que los niveles
de vida estuvieron próximos al mínimo vital y la actividad
económica no degradaba el medio natural. “Más”, orientado hacia
la satisfacción de necesidades fundamentales, era también “mejor”,
como sigue siéndolo para las poblaciones pobres de hoy en día;
las palabras “crecimiento” y “desarrollo” eran consideradas como equivalentes.
Desde comienzos de los años 70, se multiplican los accidentes dañinos
para el medio ambiente (los repetidos naufragios de petroleros gigantes).
Después, en los años 80, aparecen los atentados “globales”
contra la naturaleza: el agujero del ozono estratosférico, el efecto
invernadero, la reducción de la biodiversidad... Lo que está
ahora en peligro son los propios mecanismos reguladores a través de
los que la naturaleza conserva su capacidad de mantener la vida; del medio
ambiente se pasa a la biosfera; no se puede hablar ya de disfunciones, sino
de un conflicto entre la lógica del crecimiento económico y
la que permite que la biosfera asegure su reproducción a lo largo
del tiempo. Lo cuantitativo se disocia de lo cualitativo. Es entonces cuando
el “desarrollo” se separa del “crecimiento”.
Ya en los años 60 François Perroux distinguía los
dos fenómenos: “El crecimiento, precisaba, es el aumento sostenido
durante uno o varios largos periodos... de un indicador de magnitud; para
la nación, el producto total bruto o neto en términos reales”,
mientras que “el desarrollo es la combinación de cambios mentales
y sociales en una población que la convierten en capaz de hacer crecer
acumulativa y duraderamente su producto neto total” [L’Économie
du XX siècle, 1961]. Por mi parte, yo planteaba que el crecimiento
(fenómeno cuantitativo y unidimensional) no es desarrollo (fenómeno
a la vez cuantitativo, cualitativo y multidimensional) salvo que respete
los mecanismos que aseguran la reproducción de las esferas humana
y natural en cuyo marco se produce [L’Économique et le Vivant,
1979].
El desarrollo, como fenómeno complejo, debe pues articular las lógicas
respectivas de estas tres esferas, lógicas que son a la vez diferentes,
indisociables e irreductibles a una sola de ellas. Estas son las condiciones
que podemos llamar “fuertes”. Así concebido, el desarrollo es, por
definición, duradero. Y si yo acepto el concepto de “desarrollo duradero”
propuesto en 1987 en el informe Brundtland, es más para plegarme
a un uso común que por necesidad.
Ha sido al precio de una verdadera mutilación como la economía
neoliberal se ha apoderado de un concepto que es opuesto a todas sus miras
reduccionistas. La naturaleza, nos dicen, sólo es productiva gracias
al trabajo humano que se le incorpora: materia prima transformada por el
trabajo, pues eso es precisamente... ¡el capital! En consecuencia,
la producción es el resultado de dos formas de capital (natural y
técnico), de forma que cuando el primero se agota puede compensarse
con el aumento del segundo y mantener constante el flujo resultante. Así
que la conclusión es que el desarrollo duradero está determinado
por la acción y en el nivel únicamente del capital técnico
-es decir, en el seno de la esfera económica- según las excelentes
leyes de la única economía verdadera... neoliberal, evidentemente.
Versión que podemos llamar “débil”, puramente unidimensional,
cuantitativa... y absurda: si el capital natural se agota, es porque las
extracciones son superiores a los flujos de reconstitución, e, intensificando
las primeras, no se puede más que acelerar el agotamiento de los recursos.
Después de escumun y escubidulismo, le llamaremos bidulo...
Estoy de acuerdo con la constatación de nuestros amigos de que el
concepto así pervertido y recuperado vehicula las peores empresas
occidentalistas, neoliberales y neocolonialistas. Stiglitz [Edición
original: Joseph Stiglitz, Globalization and its Discontents, WW Norton
&Co., 2002. En castellano: El malestar en la globalización,
Ed. Taurus, 2002] pone en evidencia la forma en la que el FMI, propagando
una concepción puramente financiera de desarrollo, provoca las peores
catástrofes en el mundo, y sobre todo en los países pobres
del Sur. Pero mejor que sobre los cambios de las palabras, prefiero poner
el acento sobre las políticas, las lógicas y los poderes que
inspiran estas aberraciones. Cambiad las palabras, poned cualquier otro término
en lugar del concepto incriminado, escubidu, por ejemplo; si no cambiáis
las cosas, estad seguros de que, en diez años, el escubidulismo
será denunciado como un concepto imperialista y colonialista.
Entonces se nos ocurrirá bidulo... ¡Por favor, ataquemos
el verdadero problema! Y, para una vez que un concepto aporta un poco de
claridad, lo cual es raro en economía, evitemos sembrar la confusión.
Cuando la peste hace estragos ¿hay que poner en tela de juicio el
concepto de salud o atacar las causas de la peste?