Portadores de esperanza
René Passet
Transversales Science Culture 2002/003
Iniciativa Socialista, número 68, primavera 2003
René Passet, profesor emérito
de Economía. Última obra (con Jean Liberman): Mondialisation
financière et terrorisme, Enjeux-Planète, Éd. de l’Atelier,
2002. También, en castellano, Elogio de la globalización,
Salvat, 2001.
Se nos decía: esto debe ser el “fin
de la historia”. Como nos recuerda Jacques Robin [“L’affrontement entre
le tout-économisme el l’ère informationelle”, en TSC 003]
no hay duda de que una formidable mutación tecnológica ha
desplazado a las fuerzas motrices del desarrollo llevándolas desde
el ámbito de la energía y la materia al de la información
y lo inmaterial. Pero se nos decía, tras el derrumbe del sistema
opuesto llegado del Este, que la humanidad había alcanzado el estado
natural al que aspiraba desde sus orígentes. Sólo había
una economía posible, la economía neoliberal, cuya superioridad
habría sido consagrada por los hechos.
Como toda verdad revelada, también esta tenía su texto fundador:
el “Consenso de Washington”, derivado directamente, a comienzos de los años
1980, de una cumbre del G7. Sus “diez mandamientos” enumeraban las virtudes
de la libre circulación de capitales por el mundo y de la plena libertad
de empresa, así como denunciaban las tentaciones del Maligno disimulado
bajo las formas del “Estado-providencia”.
Esta verdad tenía también sus grandes profetas -Hayek, Friedman...-
y sus guías, que bajo los rasgos de Reagan y Thatcher conducían
a los pueblos, en los mismos años 1980, hacia la tierra prometida
[Dominique Phlion, Le Nouveau Capitalisme, Flammarion, colección Dominos
2001]. Este ideal se encarnaba en la tierra a través de las tres “D”:
déréglementation, supresión de los controles nacionales
sobre los cambios; désintermédiation, financiación directa
de las empresas y los Estados en los mercados financieros sin pasar por la
mediación de los bancos; décloisonnement, eliminación
progresiva de las barreras que separan a los mercados financieros entre sí
o respecto a los mercados monetarios. El capital, desembarazado de los controles
estatales que le “intimidaban”, podía ya concentrarse a escala mundial,
en potentes estructuras financieras -bancos, aseguradoras, fondos de pensiones,
fondos especulativos...- que disponían de la capacidad de imponer
su ley al conjunto de la economía y de la sociedad, por medio de las
empresas, los Estados y las grandes instituciones financieras o ecómicas
internacionales, como el FMI, la Banca Mundial o la OMC. El capitalismo,
transformado en “accionarial”, quedaría regido, a partir de ese momento,
por una lógica esencialmente financiera. Y se nos decía que
eso era bueno: al buscar el máximo rendimiento, las finanzas impulsarían
la optimización de los rendimientos de la Economía. Así,
por ejemplo, la libre fluctuación del tipo de cambio de las monedas
nacionales haría que éste se ajustase al nivel de la “partida
de los poderes de compra”, hacia el cual sería reconducido constantemente
a través de ventas y compras cada vez que se produjese una desviación.
Y se pretendía que esto sería el final de los grandes movimientos
especulativos susceptibles de desequilibrar las economías. Ya se vería
todo lo que iba a derivarse de esta nueva política... Y efectivamente
se ha visto.
Bajo el efecto de una perturbadora carrera en busca de rentabilidad financiera
inmediata, se ha visto cómo todas las promesas humanas de la mutación
tecnológica se han convertido en otros tantos dramas para todo el
planeta [ver L’illusion néo-libérale, 2000, y Elogio del mundialismo,
2001, del autor del artículo]. Se ha visto cómo se desencadenaba
una especulación que había sido declarada imposible. En un
mundo en el que todo se vive en tiempo real, se ha visto cómo el acercamiento
entre los pueblos se ha transformado en fracturas, dominación, desigualdades
crecientes, inestabilidad, bajo el efecto de movimientos de capitales que
persiguen la rentabilidad y la seguridad allá donde pueden encontrarse,
es decir, en los países ricos, yendo y viniendo al arbitrio de numerosas
previsiones. Se ha visto cómo la posibilidad de mitigar el esfuerzo
del trabajo gracias a las máquinas se ha convertido en despidos,
desempleo, empobrecimiento y exclusión social, bajo la presión
de unos accionistas ávidos de apropiarse de la totalidad de los beneficios
derivados del incremento de la productividad del sistema, sin admitir que
sean compartidos a través de la reducción del tiempo de trabajo.
Se ha visto cómo la economía del lucro se extiende a todos
los ámbitos de la vida, de la cultura y de un entorno natural explotado
en exceso, contaminado y desregulado para satisfacer la sed de rendimiento
financiero a corto plazo.
Actualmente, este capitalismo optimizador está en crisis. Una crisis
que comenzó afectando a la Bolsa, iniciándose a comienzos
de 2000 en el Nasdaq, mercado de valores tecnológicos, hipertrofiado
por una sucesión de delirantes previsiones de los especuladores, cuya
infabilidad era, sin embargo, uno de los dogmas indispensables para la buena
marcha del sistema. Después se extendió a los valores bursátiles
tradicionales: en poco más de dos años, entre marzo de 2000
y julio de 2000, 6,7 billones de dólares se esfumaban en Wall Street,
y el SP 500, índice los 500 principales valores bursátiles
de Estados Unidos, caía un 50% mientras que el CAC 40 de París
o el Euro Stoxx de los cincuenta primeros valores europeos lo hacían
en un 30%.
Posteriormente, la crisis ha afectado a la economía real. En diciembre
de 2001 estallaba la quiebra de Enron, seguida pronto por otras quiebras,
entre ellas, en julio de 2002, la bancarrota de WorldCom, primera empresa
mundial de telecomunicaciones, cuya quiebra ha sido la mayor de toda la
historia. En Francia estallaba el caso de Vivendi Universal. Todos estos
asuntos pusieron de relieve la existencia de comportamientos dudosos y de
contabilidades fraudulentas destinadas a engañar a la opinión
pública. Enron había disimulado una deuda de 21.000 millones
de dólares con la complicidad de la empresa auditora Andersen, y
el conglomerado Tyco ocultaba un gasto de 8.000 millones de dólares
ligado a la compra de 700 sociedades. El grupo Xerox infló sus resultados
del periodo 1997-2001 en 1.700 millones de dólares. Entre el año
2001 y el primer trimestre de 2002, WorldCom camufló 7.100 millones
de dólares de cargas corrientes como si fuesen inversiones. En Francia,
Vivendi fue objeto de una investigación de la Comisión de Operaciones
de Bolsa, y sus pequeños accionistas presentaron una denuncia por
“engaños y uso de engaños”, lo que solamente es una parte,
brutalmente puesta al descubierto, de un iceberg infinitamente más
profundo.
Toda la lógica del sistema está cuestionada, ya se trate
de la exigencia de un rendimiento del 15% para los capitales propios de
los fondos de pensiones, que empuja a forzar los resultados, ya de la práctica
de las stock options que incita a los dirigentes de las empresas a sostener
fraudulentamente la cotización para poder beneficiarse de ellas dentro
del plazo establecido, abandonando a su suerte el ahorro salarial (como
ocurrió en Enron) cuando es preciso hacer un giro de coyuntura.
El sistema queda afectado en su mismo corazón: la confianza. Greenspan,
presidente de la Reserva Federal de EE.UU., no se equivocaba cuando, el
16 de julio de 2002, reclaraba ante la Comisión bancaria del Senado
de su país que “La falsificación y el fraude destruyen el
capitalismo y la libertad de mercado, y, más aún, los fundamentos
de nuestra sociedad”. En efecto, “la sociedad”, más allá de
la economía, pues sale a la luz el aspecto nauseabundo de las numerosas
interferencias establecidas entre este mundo de negocios y el universo de
la política. ¿No colaboró Enron, de forma destacada,
en la financiación de la campaña de Bush? No es cierto que,
tanto Bush como su vicepresidente Dick Cheney, cultivaron ayer, en el mundo
de los negocios, las mismas prácticas que se han visto obligados
a denunciar ahora como responsables políticos? ¿Qué
fuerza moral y qué credibilidad pueden tener?
En agosto de 2002 nos encontramos en uno de esos momentos de incertidumbre
en que parece iniciarse el círculo vicioso que marcaría la
caída definitiva en la crisis. La crisis de confianza desencadenada
por las malversaciones de la economía real repercute sobre la Bolsa,
y la erosión de ésta amenaza, a su vez, al consumo y a la inversión,
bases de la economía real. Se teme que “los hogares, desmoralizados
por la caída de Wall Street, cesen simplemente de consumir, para poder
poder reconstituir sus ahorros. Podríamos encontrarnos entonces en
una situación inédita desde los años 1930” [Richard
Hasting, economista de Cyber Credit, Le Monde, 24/7/2002]. Se trata de lo
que se denomina “efecto riqueza”. En julio de 2002, había disminuido
un 9% el índice de confianza de los consumidores publicado por Conference
Board, instituto de investigación sobre gestión empresarial.
El deterioro de los valores bursátiles dificulta que las empresas
encuentren dinero en el mercado, y por tanto también quedan afectadas
las inversiones. Según Jeff Knigth, responsable de inversiones de
Putnam Investments, “La confianza en los mercados de acciones ha sido profundamente
sacudida y serán necesarios varios años para que pueda ser
recuperada”.
En consecuencia, se revisan a la baja las previsiones de crecimiento, tanto
en EE.UU. como en Europa. También quedan afectadas las previsiones
referidas a la Bolsa, reforzando los efectos negativos sobre la economía
real, lo que a su vez... En agosto de 2002 estábamos en el umbral
de este círculo vicioso. En octubre, se ha confirmado el vuelco.
El “sistema natural” muestra sus
contradicciones
Se constata que la “racionalidad instrumental” sobre la que se construye
el sistema no constituye ya una base aceptable. Cuando la producción
no bastaba para cubrir las necesidades esenciales y la actividades humanas
no amenazaban a la biosfera, no hay duda de que el bienestar de las poblaciones
se mediría por la cantidad de bienes de que disponían. Por
otra parte, como el factor más escaso que limitaba la progresión
de la actividad económica, el cálculo económico se
polarizaba hacia su eficiencia. En una palabra, se identificaba la eficacia
cuantitativa del instrumento con la del sistema económico. Pero cuando
la producción mundial es suficiente para cubrir las necesidades fundamentales
a escala planetaria y, sin embargo, 815 millones de personas pasan hambre
y 1.300 millones viven con menos de un dólar diario, hay que preguntarse
sobre la “racionalidad” del sistema que engendra tales resultados. El problema
esencial ya no es la producción, sino el reparto. Cuando el sistema
productivo se autodestruye al producir, pues destruye el medio natural que
le sustenta, como sustenta a toda vida, surge la pregunta por los comportamientos
que permitirían asegurar un “desarrollo sostenible”. ¿Producir
más? ¿Para qué? ¿Para quién y para hacer
qué cosas? ¿Cómo? La respuesta a estos interrogantes
no está en el ámbito de la economía, sino en el de los
valores.
Se constata también que la lógica financiera se sitúa
en los antípodas de los imperativos del mundo contemporáneo.
Los medios de comunicación, empezando por el ordenador, hacen de
este mundo una unidad organizada en red, vivida en tiempo real y dominada
por la interdependencia. Los interrogantes planteados por la economía
implican una apertura hacia el largo plazo de la bioesfera, así como
el respeto de sus mecanismos reguladores, e, igualmente, una apertura hacia
los valores, que forman parte del ámbito de las finalidades, no del
de los instrumentos.
A todo esto, la respuesta de la economía pretendidamente universal
es el repliegue más estrecho hacia la lógica de los instrumentos
financieros. Entonces, los “diez próximos minutos” se convierten
en el largo plazo, como confesaba a James Tobin, premio Nobel de Economía,
un financiero orgulloso de su realismo, y el aparato económico ya
no está hecho de forma que sea capaz de promocionar territorios, producir
riquezas o, menos aún, crear bienestar, sino que está destinado
a exprimir la sangre de la renta, aunque sea al precio de la desertificación
de los territorios, de la degradación de la naturaleza, de la destrucción
de las riquezas y de la angustia de los seres humanos.
Joseph Stiglitz, otro premio Nobel, nos muestra en La gran desilusión
innumerables ejemplos. El FMI, verdadero “bombero pirómano” [“L’échec
du FMI, pompier pyromane pour des pays en difficulté”, Babette Stern,
Le Monde, 14/8/2002], al imponer una lógica exclusivamente financiera
a los países más pobres, crea él mismo los problemas
que debe combatir, en aras de mayores gananacias para los financieros internacionales.
En todos los lugares, cuando hay amenaza de crisis y la economía
real necesita liquidez, se imponen, por el contrario, las restricciones
que sumergen a los pueblos en la angustia... pero aseguran que sus acreedores
cobren. Sacrificando las inversiones básicas de rendimiento diferido
(infraestructuras económicas, educación, sanidad...), indispensables
para todo despegue económico, y con el propósito de asegurar
los excedentes presupuestorios indispensables para el reembolso de las deudas,
los planes de ajuste estructural estrangulan a aquellos a quienes dicen querer
socorrer...
Queda así claro que las devastaciones antes descritas no son disfunciones
del sistema sino que derivan de su propia lógica.
¿Ha olvidado la izquierda
su misión histórica?
Ante semejente situación, el universo de la política, absorvido
por sus insignificantes asuntos, da pruebas de una lamentable incomprensión.
Estamos ante una de las mutaciones más considerables de todos los
tiempos, quizá la más considerable. Es portadora de las mayores
esperanzas para la humanidad. Y estas esperanzas son desperdiciadas, rechazadas,
pervertidas, por un sistema fundado sobre el lucro y la avaricia. Da la
impresión de que ha llegado el momento de la confrontración
entre grandes proyectos de sociedad, pero lo que se nos sirve sobre la mesa
son las campañas presidenciales más aburridas y tediosas que
hayamos conocido, fundadas sobre el imperativo de la seguridad o sobre la
comparación entre los méritos de una reducción del
30% en el impuesto sobre la renta y una disminución del 50% en el
impuesto que grava los bienes inmuebles que no están destinados a
fines comerciales o profesionales, cuando no se está hablando -y
no me lo invento- de la capacidad de un candidato para preparar un filete
con fideos. ¡Y luego se extrañan del “entusiasmo” que se apoderó
de las multitudes y de la tasa de abstención alcanzada!
La izquierda parece haber olvidado su misión histórica, la
de ser portadora de la esperanza de los más desfavorecidos. La miseria
era grande a mediados del siglo XIX, pero ahí estaban Owen, Fourier,
Poudhon, Sismondi, Marx, Engels, Hugo, algo después Jaurès...,
para decir a las víctimas del capitalismo que en el seno del sistema
había fuerzas que trabajaban por la emergencia de un mundo mejor,
en cuyo advenimiento ellas mismas, las personas más desprotegidas,
tenían un papel por jugar. Este pensamiento era portador de esperanza.
Pero quienes la alimentaban se situaban entonces en la oposición a
los poderes políticos establecidos y nadie esperaba de ellos otra
cosa que una utopía, realista pero lejana, que alimentase el coraje
mostrando el camino.
La fuerza de esa esperanza ha terminado por llevar al poder a quienes la
sostenían. Una temible prueba, pues al asumir el poder ya no vale
contentarse con lejanas perspectivas, hay que decir que debe hacerse de inmediato
y conseguir resultados. Legítimamente, la izquierda en el poder ha
querido demostrar su capacidad para gestionar y eso le ha llevado a poner
el acento sobre el programa... en detrimento del proyecto.
La izquierda ya sólo propone programas. Ha perdido el sentido de
la historia y, al igual que los demás, no sabe hacia dónde va.
Llevada a un extremo, esta actitud da nacimiento a una extraña concepción
del “realismo” -la de Blair, Schröder o Jospin- que consiste en
inclinarse ante lo real tal como es y a hacer suya la lógica del adversario.
Paradójicamente, se denomina como “modernizador” al socialismo que
acepta el orden que pretenden combatir, y de “retrógrado” al que hace
un esfuerzo para construir el porvenir, tomando en cuenta la mutación
producida.
En la misma línea, apoyándose en el hecho innegable de que
la dicotomía social marxista entre propietarios de medios de producción
y poseedores de fuerza de trabajo se ha visto perturbada por la constitución
de una importante categoría social intermedia, aparecen análisis
que preconizan un “recentrado” de las propuestas en favor de esta última
categoría y que no tienen ya ni una sola palabra para los más
desfavorecidos. Como si el objetivo esencial fuera ser elegidos. Parece
que no se ha comprendido que, si bien el idealismo es ineficaz si no se
apoya sobre lo real que pretende transformar, el verdadero realismo se apoya
sobre lo real transfromarle en nombre de un ideal.
Ya es hora de que la la izquierda, en conformidad con su misión,
vuelva a ser portadora de esperanza y de proyectos.
Resituar lo humano en las instituciones
Pese a la crisis, no estamos ante “el gran momento”, ni siquiera ante el
final del capitalismo accionarial. Una crisis, incluso una tan profunda
como la de los años 1930, puede ser una adaptación a nuevas
realidades.
Las modalidades del capitalismoa ccionarial podrán cambiar sin dejar
de ser idéntico a sí mismo en lo fundamental, en la medida
que el poder efectivo siga en manos de los poderes financieros. Entre la
aceptación y la negación de la sociedad existente, el problema
se plantea en términos de “poderes”, cuya naturaleza hay que cambiar
para cambiar la naturaleza del sistema. Se trata, pues, de un reformismo
radical: colocar la finalidad humana en el corazón de las decisiones
y relegar a las finanzas a su papel instrumental.
Esto significa, en primer lugar, que existe una racionalidad de lo humano.
No está, por un lado, “la” racionalidad de la mercancía y
del dinero, y, por otro, la simple generosidad de lo humano, “irresponsable
e irracional”. Proclamemos con fuerza la existencia de una racionalidad
económica que no por basarse sobre diferentes fundamentos deja de
ser capaz de establecer criterios de decisión tan rigurosos como
los que se fundan en lo que vengo llamando desde hace mucho tiempo una simple
“lógica de las cosas muertas”, lo que implica:
- En el ámbito de la empresa, la participación efectiva,
no simbólica, de los trabajadores en las decisiones, y de la misma
forma se plantea el control de los ciudadanos sobre las actividades que
les conciernen directamente (contaminaciones, proximidad a actividades o
instalaciones peligrosas, como en Toulouse, por ejemplo).
- En el ámbito de las naciones, poner fin a la subordinación
del empleo frente a la maximización de las rentas financieras (recordemos
los frecuentes despidos por meras conveniencias bursátiles); hacer
de la sustitución del ser humano por la máquina un instrumento
de liberación, con la reducción del tiempo de trabajo, que,
a largo plazo, ha sido siempre el factor decisivo para el aumento del número
de trabajadores ocupados, incluso cuando el volumen total anual de horas
trabajadas en toda la nación disminuía; repensar los mecanismos
de reparto con una óptica de justicia distributiva, tomando en consideración,
especialmente, la propuesta del ingreso de ciudadanía.
-En el ámbito internacional, subordinar la ley mercantil al respeto
a normas sociales y medioambientales definidas por las grandes convenciones
internacionales (Río, Kyoto, OIT...); controlar la libertad de movimientos
de capitales a lo largo y ancho del mundo; oponerse a las derivaciones especulativas
que se despliegan en detrimento de la economía real; anular la deuda
de los países subdesarrollados; poner fin a los planes de ajuste
estructural; luchar efectivamente, con actos y no sólo con palabras,
contra el dinero negro y los paraísos fiscales.
Esta nueva lógica implica también la colocación de
lo humano en el corazón de las instituciones. Es decir, en primer lugar,
dar al poder político de control la escala international que tienen
las fuerzas que deben ser controladas por él. Lo que lleva al refuerzo
de la cooperación internacional, a la refundación de las instituciones
actuales (que con demasiada frecuencia se comportan como instrumentos de
los intereses que ellas mismas deberían regular) y la creación
de nuevas instituciones internacionales más representivas del conjunto
de las fuerzas económicas, sociales y ciudadanas de las sociedades
mundiales: el Consejo de seguridad económica y social propuesto por
Jacques Delors o la Organización mundial del desarrollo social sugerida
por Riccardo Petrella.
Europa es un espacio en cuyo seno podrían desplegarse eficazmente
numerosas iniciativas consideradas como irrealizables a escala nacional,
siempre y cuando que la Unión sea reforzada antes de proceder a una
ampliación que haga de ella una zona de libre cambio interno condenada
a diluirse en una zona más extensa de libre cambio a escala mundial.
La primacía de lo humano es también rechazo a todo reduccionismo
-mercantil o totalitario-, para poder edificar así una “economía
plural” que concilie el libre juego de los intereses individuales y la supremacía
de un interés general sobre el que tiene su fundamento la existencia
de un sector público y de un sector de economía solidaria
y social, irreducibles a las leyes de regulación mercantil. Y es,
en definitiva, el refuerzo de las cooperaciones sin alejar el poder de los
ciudadanos y sin ahogarlas en trabas paralizadoras. Si se quiere desconcentrar
el poder sin diluir las solidaridades que han sido lentamente forjadas a
lo largo de la historia, hay que abordar una profunda reflexión sobre
las implicaciones del denominado principio de subsidiaridad, cuyas intenciones
son excelentes pero que ha sido mal analizado y aplicado de forma aún
peor.
¿Qué fuerzas pueden
ponerse en acción?
Para empezar, la ley, en la medida que los estados nacionales poseen aún
importantes poderes. Los políticos que hablan de la impotencia de
los gobiernos en el mundo deberían cambiar de oficio.
En segundo lugar, la concertación y la coordinación de las
política a escala internacional. Frecuentemente se nos dice que esa
tarea no es competencia de cada uno de los gobiernos por separado, pero
sí que depende de la iniciativa particular de cada gobierno el intentar
convencer de su necesidad, en los ámbitos que corresponda, a los
demás gobiernos.
Por último, el despertar a escala mundial de los pueblos y de los
movimientos ciudadanos, que tiene lugar a una impresionante velocidad desde
la derrota del AMI y la contracumbre de Seattle hasta el último Foro
de Porto Alegre. Está apareciendo una forma de democracia directa
que hay que saber extender y articular con las formas tradicionales de la
democracia representativa, si no se quiere correr el riesgo de que algún
día la primera se oponga a la segunda, lo que resultaría catastrófico
para la democracia. El problema no se resolverá ocultándose
tras los muros de Davos o Quebec, o enterrando la cabeza en la tierra, como
el avestruz, en las arenas de Qatar.
Cuando el tiempo de la “racionalidad instrumental” ha terminado, el realismo
ha cambiado de campo: ha llegado el momento de afirmar la necesidad y la
posibilidad de una economía basada sobre sus finalidades humanas.