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Pilar Costa es presidenta del Consell Insular
de Eivissa i Formentera. Artículo publicado en Iniciativa Socialista
número 54, otoño 1999
Sin ningún género de duda, la velada electoral del pasado
día 13 de junio será recordada por todo el movimiento progresista
de las Islas Baleares como uno de los momentos más dulces de toda
su historia. Por primera vez, el voto de centro-izquierda superaba en
unas elecciones autonómicas al representado por el Partido Popular.
Acababan así veinte años de hegemonía conservadora,
la cual no había sido posible quebrar en el pasado, ni siquiera
durante aquellos años en que la fuerza mayoritaria de la izquierda,
el PSOE, disponía de una cómoda mayoría absoluta a
nivel estatal..
Curiosamente, la victoria progresista en Mallorca, Menorca, Eivissa
y Formentera ha llegado con el PP en la Moncloa. Por tanto, el éxito
de las pasadas elecciones autonómicas sólo puede ser explicado
a partir de unas circunstancias bien concretas y específicas. En
consecuencia, cualquier intento de extrapolar dicha experiencia o de patentar
recetas mágicas estaría totalmente fuera de lugar. Hecha
esta salvedad, no deja de ser cierto que ha habido un factor decisivo,
que puede servir -al menos en abstracto- como inspiración de futuros
proyectos progresistas en otros lugares del Estado español y que
no es otro que el del diálogo y el entendimiento entre las fuerzas
progresistas.
Hace sólo un momento me refería al hecho de que la victoria
progresista en las Baleares se ha producido justamente en el momento en
que una fuerza conservadora ostenta el gobierno del Estado. Si este hecho
puede resultar por sí mismo llamativo, todavía podemos profundizar
más en la paradoja -aunque sólo aparente, como veremos más
adelante- al constatar que ha sido precisamente en Ibiza, la isla balear
de tradición más conservadora, donde se ha llegado más
lejos a la hora de impulsar un proyecto unitario entre todas las fuerzas
progresistas. Cabe precisar que Formentera también ha compartido
plenamente el protagonismo de esta experiencia, aunque con la importante
diferencia de que, aunque últimamente su ayuntamiento era de signo
conservador, su tradición política ha sido muchísimo
más progresista que en la isla de Ibiza.
No es simple casualidad que las experiencias unitarias de la a izquierda
en las Islas Pitiusas -es decir, en Ibiza y Formentera- hayan tenido su
punto de origen en las elecciones al Senado. Ello se debe a que Ibiza y
Formentera constituyen una circunscripción única en la cual
se elige a un solo senador o senadora. Así las cosas, las elecciones
a la cámara alta siempre se han planteado, por razones obvias, a
cara o cruz. A ello debemos añadir el hecho, antes mencionado, de
la realidad de unas islas tradicionalmente conservadoras donde, para más
inri, la derecha se ha presentado casi siempre bajo una sola sigla. El
resultado de esta suma de factores es casi obvio: la renuncia de los partidos
de izquierda a articular una candidatura unitaria al Senado equivalía
a entregar en bandeja el escaño a la derecha.
La oportunidad se dibujó más clara que nunca con motivo
de las elecciones generales de 1996. Gracias al pragmatismo y al sentido
de la responsabilidad demostrado por el PSOE, Els Verds, Izquierda Unida,
Entesa Nacionalista i Ecologista (ENE) y Esquerra Republicana de Catalunya
(ERC), y de un numeroso grupo de personas independientes pertenecientes
al movimiento cívico de las Pitiusas, consiguió articularse
una sólida candidatura unitaria en forma de Agrupación de
Electores. Quien suscribe estas líneas tuvo el honor de encabezar
tal proyecto, y cabe decir que el éxito electoral obtenido superó
las mejores expectativas: más de 4.000 votos de ventaja respecto
de la candidatura del Partido Popular, lo cual supone, en porcentaje, una
diferencia superior a los 8 puntos.
Naturalmente, la experiencia de las elecciones al Senado supuso un
poderoso aliciente para todo el movimiento progresista de Ibiza y Formentera
de cara al siguiente reto electoral, esta vez mucho más complejo
y decisivo para el futuro de nuestras islas: las elecciones locales y autonómicas
de junio de 1999. Aquí ya no se trataba de elegir solamente a un
representante de una cámara legislativa, sino de decidir el color
político de seis ayuntamientos y del Consell Insular, con toda la
complejidad que ello implicaba, sobre todo a la hora de ponerse de acuerdo
entre cinco formaciones políticas diferentes, más un buen
número de personas independientes.
Como cabía esperar las dificultades para alcanzar el acuerdo
no fueron pocas, no sólo por las legítimas aspiraciones de
cada uno de los partidos en cuanto a la composición de las listas,
sino también porque la pluralidad ideológica de las fuerzas
progresistas presentes en las negociaciones implicaba un esfuerzo muy importante
a la hora de consensuar programas de gobierno en las diferentes instituciones.
Pero al margen de todas estas dificultades, difícilmente se podía
ignorar la realidad de que la articulación de un acuerdo pre-electoral
entre las fuerzas progresistas constituía la única posibilidad
de desbancar a un partido, el PP, el cual durante los cuatro últimos
años había gobernado con mayoría absoluta todos y
cada uno de los seis ayuntamientos de las Pitiusas, además del Consell
Insular. Naturalmente, no se trataba de reemplazar sin más unas
siglas por otras, sino de acabar de una vez con una política que
durante 20 años -y ello por referirnos únicamente a los años
de democracia- se había caracterizado por un modelo basado en el
monocultivo y la masificación turística; el desbocamiento
urbanístico y la depredación del patrimonio ecológico
de las islas; las desigualdades sociales y las escandalosas carencias de
todo tipo en equipamientos públicos y asistencia social -y ello
en uno de los territorios de más elevada renta per cápita
del Estado-; el deterioro de la identidad lingüística y cultural
propia; el déficit de autogobierno; los casos de nepotismo y corrupción
en las instituciones. Y, en definitiva, un largo etcétera de cuestiones
que han caracterizado la política ultraconservadora del PP en las
islas Pitiusas y en el conjunto de todas las Baleares.
El Pacte Progressista, que así se llamaba la coalición
de partidos de izquierda que concurrió a las elecciones, consiguió
una ajustada victoria en el Consell Insular -en este caso, gracias al diputado
autonómico obtenido por la Coalició d’Organitzacions Progressistes
(COP) de Formentera-, y en la capital de Ibiza. Por su parte, la COP de
Formentera obtuvo, además del diputado antes mencionado, una amplísima
mayoría en el ayuntamiento de la isla. A todo ello, y ya refiriéndonos
a todo el ámbito balear, hay que añadir la mayoría
de las fuerzas progresistas y nacionalistas en el parlamento autonómico,
lo que permitió la constitución, a través de un acuerdo
postelectoral, de un gobierno balear de signo progresista, integrado por
el PSOE, PSM-Entesa Nacionalista, Izquierda Unida y Els Verds. Unió
Mallorquina, una formación nacionalista de carácter centrista,
también suscribió el acuerdo, a cambio de obtener una importante
cuota de gobierno en el Consell Insular de Mallorca.
Posiblemente, esta exposición no se haya ajustado estrictamente
a la amable invitación de Iniciativa Socialista para reflexionar
sobre los retos de futuro de la izquierda. Sin embargo, no deja de ser
cierto que uno de estos retos -y no precisamente el menor- es avanzar en
la unidad de acción de las fuerzas progresistas. En ese sentido,
me ha parecido útil exponer un caso práctico, vivido además
desde muy cerca por razones obvias, como es el Pacto Progresista en las
Baleares. Y ello, como ya advertía anteriormente, sin caer en extrapolaciones
innecesarias.
En todo caso, no quisiera finalizar sin un par de precisiones: en primer
lugar, que en el caso concreto de la experiencia vivida en Ibiza y Formentera,
así como en el conjunto de Baleares, debemos ser muy conscientes
de que el verdadero éxito de la misma sólo podrá evaluarse
realmente al cabo de cuatro años de gestión en las instituciones.
Y, en segundo lugar, opino que sería engañarnos a nosotros
mismos el no reconocer que la viabilidad de la experiencia progresista
en las islas fue posible no solamente gracias al sentido de la responsabilidad
-que la hubo, y en muy buena medida- de todos los que intervinieron en
la misma. Junto a ello, el hastío acumulado después de décadas
de gobierno de la derecha también jugó su papel a la hora
de doblegar las voluntades más reticentes; por ello, ya apuntaba
unas líneas más arriba que el hecho que unas islas tradicionalmente
conservadoras hayan sido pioneras por lo que se refiere a la unidad de
la izquierda puede que constituya una paradoja más aparente que
real.
En todo caso, ojalá en el futuro la izquierda vaya ganando con
mayor agilidad nuevos ámbitos de diálogo y entendimiento.
Porque, en definitiva, no parece descabellado pensar que continúa
siendo muchísimo más lo que nos une que lo que nos separa.
Sobre todo, si tomamos como referencia a quien tenemos enfrente.
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