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La última década del Siglo XX ha sido calificada de muchas y diferentes maneras: como la de la globalización, la de las comunicaciones vía Internet o galáctica, de la biotecnología, la del resurgir de la xenofobia, la de las guerras hipócritas teñidas de "justas" por sus panegiristas (Rodriguez Kauth, 1994) y muchos etcéteras que colman la vergüenza humana. Pero algo que ha estado de moda ha sido pedir perdón por algún dislate cometido en el pasado -a veces remoto- o por crímenes efectuados por algunos otros que mantienen o mantenían un relativo parentesco ideológico con el solicitante de los perdones. Normalmente tal parentesco está ubicado a nivel institucional o nacional -ya sea político, religioso o militar- y, las menos de las veces, en lo económico: pareciera ser que los economistas todo lo han hecho bien y nunca se han equivocado en la aplicación de sus políticas de hambre para con los pueblos; por eso no tienen que disculparse de algo. Esto se debe posiblemente a que la riqueza -o, mejor dicho, la pobreza- esté muy bien distribuida entre las personas y poblaciones.
Así como en su momento Erasmo de Rotterdam (1507) escribió un célebre Elogio a la locura, en tanto que el psicoanalista y escritor argentino Marcos Aguinis hizo lo propio con un Elogio a la Culpa (1993), estimo que actualmente ambos "elogios" se pueden sintetizar en el elogio del perdón.
Fue el escritor satírico español, Baltasar Gracián (1651) quién decía que "Es el hablar efecto de la racionalidad ... habla, dijo el filósofo, para que te conozca". Y los que piden perdón hablan, dicen lo que otros no se atrevieron a decir en el momento oportuno, cuando correspondía y dirigido a los afectados, y no a sus descendientes o herederos, aunque para eso los intérpretes contemporáneos utilicen paráfrasis y recursos lingüísticos, haciendo "como que" piden perdón ... pero solamente con medias tintas, lo cual sirve, como decía Gracián, para conocerlos un poco mejor y no dejarse engañar con tales muestras de arrepentimientos falaces, las más de las veces poco veraces y muy hipócritas (Rodriguez Kauth, 1993).
Algo así se puede interpretar del perdón solicitado por el Papa del Vaticano en el año del Jubileo 2000. Y eso no sólo lo digo, ateo irredento, pues también algo semejante señaló el sancionado -por la Santa Sede- teólogo alemán Küng cuando criticó el mensaje del Sumo Pontífice: "... todo este arrepentimiento de las faltas de la Iglesia es absolutamente vacío y confuso. Tiene un doble fondo, a mitad sincero".
Pedir perdón es una forma muy saludable de autocrítica,
pero no basta para saldar las deudas con los daños cometidos a otros
pueblos o personas. La autocrítica ha sido un ejercicio muy repetido
y remanido en los perdedores de alguna contienda electoral, o en cualquier
otro tipo de empresa, ya sea económica, militar o amorosa. Lo lamentable
del ejercicio autocrítico es que, en última instancia, luego
de la autocrítica no se toman medidas conducentes a la rectificación
en el presente sobre los errores cometidos en el pasado, ya sea remoto
o cercano. Normalmente, como colofón de tal ejercicio intelectual
o espiritual, resulta que la culpa de que se haya fracasado o que se hayan
equivocado los caminos la tuvieron los "otros", seguramente aquellos a
los que hoy se intenta seducir con discursos almibarados. Nosotros, los
responsables, es muy raro que nos reconozcamos culpables. Para que la práctica
de la autocrítica sea reconocida como sincera por parte de aquellos
a quiénes se perjudicó es preciso que tras la manifestación
verbal vengan las rectificaciones factuales, la reparación de los
perjuicios ocasionados, en la medida en que eso sea posible, y la rectificación
de las políticas que condujeron a tal situación.
Quizás, desde el punto de vista histórico y político, el perdón más notable solicitado en estos últimos tiempos haya sido el del Papa Juan Pablo II, quién pidió -de manera harto compungida, en una ceremonia preparada con gran pompa al efecto- perdón ante el mundo, por una serie de barbaridades cometidas por la dictadura más vieja que conozca la humanidad (Rodriguez Kauth, 1999), de la cual él es representante y máximo dignatario. Su principal preocupación fue la de "purificar la memoria", con un espíritu que dejara a un lado el sentido del "rencor o la revancha", según sus propias palabras. Aprovechando el período de la cuaresma cristiana y la coincidencia del jubileo milenario -ocurrió el 12 de marzo del 2000, en la Basílica de (san) Pedro- el Papa armó un paquete de culpas a expiar públicamente, en el que también agregaba -como para que la solicitud de perdón incluyera también un cobro de deudas- aquello de que perdonaba a todos aquellos que con sus acciones hicieron sufrir "... vejaciones, prepotencias, y persecuciones" a los cristianos desde hace casi 2000 años, comenzando con los romanos.
El paquete preparado por el Papa fue, al igual que los bíblicos siete pecados capitales, agrupado también en siete rubros o capítulos en dónde pidió perdón: a) contra el servicio de la verdad (a la que la Iglesia siempre puso reparos cuando se oponía a sus "verdades teologales") y que, en realidad, incluye al resto de los capítulos; b) contra lo poco que la Iglesia de Roma había trabajado por la unidad ecuménica de los cristianos; c) contra el apoyo prestado a la persecución de los judíos; d) contra los comportamientos afrentosos de sus dignatarios frente al amor, la paz y los derechos de los pueblos; e) contra la falta de respeto por otras religiones, incluyendo a diferentes culturas ajenas a la "occidental y cristiana", incluyendo los pecados contra los derechos de los pueblos (que, como es el caso de América Latina, sus aborígenes fueron considerados salvajes durante la conquista y colonización hechas bajo el signo de la espada y la cruz); f) contra las prácticas hirientes ante las personas, particularmente contra las mujeres y, finalmente g) contra el respeto por los derechos humanos (no hay que olvidar la asociación de la Iglesia durante el Siglo XX en favor de las más feroces y violentas dictaduras).
El Papa terminó aquella alocución con un ferviente "nunca más", al mejor estilo del que se escribió en Argentina (1984) luego de la dictadura que asoló al país entre 1976 y 1983, diciendo: "Nunca más contradicciones en el servicio de la verdad, nunca más gestos contra la comunión de la Iglesia, nunca más ofensas contra cualquier pueblo, nunca más recurrir a la lógica de la violencia, nunca más discriminaciones, exclusiones, opresiones, desprecio de los pobres y los últimos". Aunque a diferencia de aquel Nunca Más escrito por la Conadep, en el del Papado no figuraban en lugar alguno los nombres de los genocidas, de los artífices de la violencia y de las exclusiones y desprecios sociales. Al hablar de los excluidos se olvidó de las fastuosas riquezas que se esconden -más aún que las que se exhiben- en los sótanos de los palacios del Vaticano, que son también una forma de despreciar la enorme pobreza que agobia a las dos terceras partes de la población mundial.
Sin duda, al representante de Jesús se le quedaron en el tintero muchos otros temas sobre los cuales disculparse en nombre de la Iglesia que encabeza, y no solamente en nombre de los "hijos de la Iglesia", ya que la institución eclesial también ha sido responsables de injusticias y de alianzas espurias con poderes terrenales injustos y despóticos. Durante dos mil años se han cometido múltiples tropelías y atropellos, algunos de las cuales no guardan sus recuerdos ni siquiera en los registros históricos. Y, por tal razón, voy a tratar de rescatar algunos de ellos, con el fin de que no se crea que pedir perdón es algo sencillo, si no existe un verdadero acto de arrepentimiento, no solamente en lo puntual a lo que se hace referencia, sino también y, sobre todo, en lo que "casualmente" se ha olvidado, precisamente en plena época de cuaresma y jubileo cristiano, instituciones religiosas que dicen implicar una profunda revisión de las culpas y de la búsqueda sincera de una oferta de reconciliación para con los agraviados, ofendidos y maltratados ... aunque en este caso se trate -en muchos casos, como en el de la violación de los derechos humanos de primera generación- de muertos que ya no pueden perdonar por aquello de que la muerte es irreversible, tanto social, psicológica como fisicoquímicamente (Prygogine y Stengers, 1987).
Al resignado Papa se le olvidó pedirle perdón a las mujeres por haber sido consideradas por la Iglesia institucionalizada como personas "de segunda categoría", al no permitírseles la práctica del sacerdocio y relegarlas a tareas eclesiales casi serviles. Asimismo, la Iglesia no se acordó que durante siglos se adjudicó a las mujeres la responsabilidad y culpabilidad de todos los males que aquejaban a los hombres, ya que desde la antigua y anecdótica Evaen adelante, ellas arrastraban a los hombres a cometer el inmundo pecado de la carne. Y también se olvidó de pedir perdón por la forma atrabiliaria y desconsiderada en que han sido atendidas y ofendidas las prostitutas por la Iglesia, aunque la misma institución las justificara -de manera solapada e hipócrita- como una forma de mantener "niñas bien niñas" usando los servicios sexuales de "niñas no tan niñas" para que los jóvenes varones pudieran -en virtud de una antigua teoría sobre la energía sexual, de naturaleza hidráulica y que fuera sostenida, entre otros, durante el victorianismo por el psiquiatra Krafft-Ebing (1886)- "descargar" sus humores hormonales antes del matrimonio con aquellas niñas no tan niñas, lo cual era un artilugio que permitía conservar la virginidad de las niñas "bien niñas", con las que luego cumplirían con uno de los actos sacramentales al tener que contraer el santo matrimonio.
Pero tampoco nada dijo el Vicario de Cristo sobre el modelo que toman los aprendices de curas, (san) Luis de Gonzaga, del que en el Breviario Romano -que leen los seminaristas a diario- se dice que no solamente nunca miró a una mujer, sino que hasta "... evitó cuidadosamente mirar a su propia madre", para evitar caer en el pecado de la tentación. Tampoco hizo una condena explícita a las palabras de (san) Anselmo que consideraba a las mujeres como una levadura diabólica puesta en el mundo para dañar a los hombres.
Nunca se arrepintió el Papa de que la Iglesia condene el aborto voluntario, con lo cual deja a las mujeres a merced de llevar en su seno aquello que no desean, quizás porque ha sido el producto de una violación, pero que deben resignarse a parirlo porque "es la gracia de dios". ¡Cómo se iba a acordar de pedirles perdón a quienes defienden el derecho al aborto y al uso de métodos anticonceptivos si él nunca podrá olvidar que fue recibido en Holanda con un festivo lanzamiento al aire de ... multicolores condones inflados como globos que hicieron las delicias de grandes y chicos!.
Para finalizar con los olvidos respecto a la condición femenina -aunque quede mucho más por decir- el Papa no reconoció el "error" de Pío XII que adhirió sin vergüenza alguna a las palabras del fascista italiano F. Loffredo, inspiradas por el pensamiento del Duce, cuando aquel dijo que "La mujer debe volver bajo el sometimiento del hombre, padre o esposo, y debe reconocer por lo tanto su propia inferioridad espiritual, cultural y económica". Y cómo se iba a reconocer, si la Iglesia es, por definición, machista, tan machista que prefiere a los machos y desprecia a las hembras. Esto es explicable desde el mismo dogma cristiano. En el Antiguo Testamento se dice que dios ama como un padre o como un esposo, es decir, la idea de dios (con el artículo masculino) que transita el imaginario social es la de un macho. Asimismo, ya el evangelista Juan conduce hasta las últimas consecuencias el amor divino a partir del "primer motor" aristotélico y él -dios- no podría amar a un mundo inferior a sí mismo, so pena de ser él mismo decadente. Al ser el Papa el representante de dios en la tierra, tampoco él puede amar auténticamente, ya que sería rebajarse a un nivel humano, que no le corresponde por el carácter divino que dice investir. Quizás, a los Papas -igual que a Aristóteles- les convendría contar la cantidad de dientes que tienen en la boca las mujeres. El filósofo griego sostenía que las mujeres tenían menos dientes que los hombres y, pese a que se casó dos veces, nunca se le ocurrió comprobar sus asertos contándole las piezas dentales a una de sus esposas.
Tampoco el Papa les pidió perdón a los maltratados disidentes de la Iglesia, muchos de los cuales fueron calificados de herejes y maltratados. Cosa semejante sucedió con los sacerdotes de la "teología de la liberación"; entre los cuales cabe recordar el caso del brasileño Leonardo Boff, quien fuera condenado por el propio Juan Pablo II al silencio público durante un año debido a que sus dichos entraban en flagrante contradicción con la hierofanía oficial religiosa bajada desde El Vaticano (Rodriguez Kauth, 1998). No hubo ecuerdo para los herejes muertos en las hogueras encendidas por el Tribunal de la Santa Inquisición, creado para instalar una pena más dolorosa que la excomunión, hasta entonces vigente para castigar a los herejes y apóstatas de la época. De este modo, tanto el juicio como la aplicación de las durísimas penas salía del ámbito de los obispados -siempre propensos a caer en la tentación de las simonías- para entrar bajo la jurisdicción directa del pontificado, siendo los sacerdotes de las órdenes franciscanas y dominicas los principales encargados de su ejecución, ya que eran los más esclarecidos en temas de ortodoxia religiosa ... y parece que también en lo que se refiere a la aplicación de sofisticadas técnicas de tortura.
También el Papa "de las solicitudes de perdón" se dejó en la manga del saco a los homosexuales, discriminados por la Iglesia a consecuencia de sus orientaciones sexuales "non sanctas", según el criterio eclesiástico al respecto. Aunque, preciso es recordarlo, dentro del seno de la Iglesia misma han habido más homosexuales que los que la fantasía popular puede imaginarse, lo que no es criticable, ya que la homosexualidad no tiene nada de "malo", aunque la Iglesia la considera una práctica contra natura y, por consiguiente, la trata como una desviación moral. Lo verdaderamente grave es el comportamiento de aquellos curas y monjas que aprovechaban su condición de tales para abusar sexualmente de los muchachos y muchachas a su cargo en los colegios religiosos. Pero tampoco esos jóvenes fueron objeto del pedido de perdón papal por los ultrajes y consecuentes daños físicos, sociales y psíquicos a que fueron sometidos por sus ministros en diferentes lugares en que se suponía que debían "educar".
Igualmente, tampoco ha habido petición de perdón a los fetichistas, onanistas y todos los etcétera que le sigan en fila. Ellos deberán continuar esperando el arrepentimiento de un próximo Papa que tenga las neuronas lo suficientemente ágiles como para recordar los placeres de Onán con que satisfizo sus demandas sexuales reprimidas, tanto durante su paso como seminarista como así también durante el supuesto acatamiento de la perimida institución del celibato, tan apreciada por la Iglesia, que es uno de los testimonios trogloditas por excelencia de la curia.
Pero también es necesario recordar que el celibato no es más que una imposición de la cúpula eclesial. Si se vuelve sobre la historia de la Iglesia, se encontrará que ya el apóstol Pablo le escribió a Timoteo, allá por los primeros días del cristianismo, que "... un obispo debe ser irreprochable, casado con una sola mujer, debe ser probo, prudente, hospitalario y preparado". Es decir, la institución del celibato aparece a posteriori de las enseñanzas de la patrística.
Retornando al olvido papal sobre la condición en que se mantiene a los homosexuales, debe recordarse que la comunidad gay de Bolonia se expresó ante la catedral del lugar enérgicamente por no haber sido incluidos en la lista de agraviados, para lo cual recordaron la responsabilidad histórica del catolicismo de haber sido y continuar siendo "el motor" de las persecuciones sufridas por ellos, como asimismo, en tiempos pretéritos, de las confiscaciones de bienes, las condenas a muerte y las torturas sufridas a causa de orientaciones sexuales que no coinciden con las que la Iglesia ha tratado de imponer a hombres y mujeres de todo el mundo, como si la sexualidad solamente tuviera un sentido reproductivo, ya que los placeres y el goce están prohibidos a los humanos. Ellos, nosotros, hemos venido al mundo nada más que a sufrir las culpas del "pecado original"; del goce de la vida. Y, para colmar el vaso, en el mismo año del Jubileo se producen en la Roma Vaticana tres grandes concentraciones de jerarcas y pueblo llano. Por un lado el propio Jubileo que cuando no cita a doscientos mil jóvenes, atrae a dos mil viejecitas o sotanas de todo el mundo, de manera tal que siempre están de festejo; pero también hubo una reunión masiva de gays y, lo que es mucho peor -esto dicho sin ironía alguna- otra reunión del Fondo Monetario Internacional. Pero fue la segunda -la de las mujeres y varones homosexuales- la que produjo los enojos de las autoridades vaticanas frente a sus pares romanos, sobre la última, la del FMI, ni siquiera un chistado de alerta. Y que a nadie le quepan dudas que las reuniones del Fondo Monetario Internacional son mucho más peligrosas para la salud pública del mundo todo -el de los empobrecidos, que cada día son más- que los alegres desfiles de gays y lesbianas.
El arrepentimiento del Papa tampoco alcanzó con sus santas y milagrosas palabras a los drogadictos, ni a cualquier otro de los llamados eufemísticamente "desviados sociales" que han alterado y ultrajado la pulcra moral -o moralina- cristiana que ha venido agobiando las conductas cotidianas a buena parte de las personas que alguna vez transitaron por los caminos de la Santa Iglesia Romana.
En cuanto a la "cuestión judía", nueva pérdida de memoria en el senil heredero del Trono de Pedro. Si bien es cierto que reconoció el equívoco dogmático de la Iglesia en haberle adjudicado mayor peso en la crucifixión de Jesús a los judíos que al gobernador romano Pilatos, también es verdad que en momento alguno hizo referencia a los trágicos sucesos ocurridos durante el Holocausto de hace más de medio siglo (Sneh y Cosaka 1999). Da la impresión de que los deslices políticos de uno de sus antecesores, Pío XII, en el afán por mantener a la Iglesia bajo un concordato que favoreciera a los intereses vaticanos y que fuera firmado con los dictadores alemán e italiano de entonces-,le hubiese hecho olvidar que había que pedir perdón por los más de seis millones de judíos -y más de medio millón de gitanos- asfixiados en las cámaras de gases del Tercer Reich, como así también a los millones de torturados y perseguidos por las SS del nazismo. Obvio es que el mea culpa papal -con su mensaje elíptico en las referencias al Holocausto- no cayó muy bien entre los judíos contemporáneos. Una organización británica que mantiene el recuerdo del trágico episodio le ha solicitado al Papa que abra los archivos vaticanos al conocimiento del mundo y especialmente al de los investigadores en temas históricos en lo referente a aquel período, ya que El Vaticano "... ha sido la única autoridad del mundo que se negó a hacerlo".
En septiembre, el Papa canoniza simultáneamente a dos antecesores suyos en el pontificado: Pío IX y Juan XXIII, lo cual desató una fuerte polémica en los ámbitos recoletos y generalmente discretos del Vaticano. Esta disputa fue ocasionada debido a que luego de tanto pedir perdón a los judíos, Juan Pablo II decide beatificar a Pío IX, un Papa que se caracterizó, en la segunda mitad del siglo XIX, por ser no solamente absolutista en el gobierno eclesial -fue quien inventó la tan cuestionada infalibilidad papal-, sino que también actuó como un fuerte adversario del pensamiento liberal, del iluminismo y, como si todo esto fuera poco, era un decidido antijudío que llegó al colmo de haber sido acusado de secuestrar y bautizar a escondidas a un niño judío que luego se convertiría en sacerdote. A todo lo cual se le puede agregar que Pío IX era enemigo de la unificación italiana, ya que dicha unificación desmoronaba al Estado Vaticano, por lo cual no tuvo empacho alguno en justificar y auspiciar la pena de muerte para algunos revolucionarios. Ante tales contradicciones del actual Papa, una publicación católica -Concilium- llegó a inquirir acerca de "... cómo se puede beatificar en el mismo año del mea culpa a uno de los culpables de las acciones por las que se pide perdón". ¡Verdaderamente, hay muchas cosas inexplicables en estas conductas que parecen erráticas, pero que en realidad sostienen un doble discurso, el de quedar bien con dios y con el diablo!; cosa que no es contradictoria, ya que el Papa cree no solamente en dios, sino también en el diablo, como par dialéctico necesario para la existencia del primero.
Pero aquí no terminan los dislates, 48 horas después de la beatificación de Pío IX, como para calmar las agitadas aguas, el Cardenal J. Ratzinger, actual Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe publicó un documento -con la aprobación del Papa- por el cual se afirma que en el mundo podrán haber muchas religiones, pero solamente existe una verdadera: la de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, y que eso no está en discusión. Solamente en ella -"... la única y universal"- podrá haber salvación, a la par que sostiene que todas las otras iglesias cristianas no pueden ser consideradas hermanas de la Católica, sino simplemente hijas. Al respecto, el documento dice textualmente "Siempre debe quedar claro que la una, santa, católica y apostólica Iglesia universal no es hermana sino Madre de todas las iglesias particulares". Sin necesidad de abundar en otros detalles acerca del documento en cuestión, es preciso anotar que el mismo puso sobre el tapete la fuerte "interna política" que se manifiesta en el seno del Vaticano y que a la fecha del año del Jubileo, pareciera que está siendo dominada por los obispos más conservadores y reaccionarios, los que cuentan con el apoyo papal. Este episodio de política interna se ha dado de patadas con el propósito de la unidad de las iglesias cristianas, por la que el mismo Juan Pablo II ha reconocido que se ha hecho muy poco desde su Iglesia. El documento en cuestión ya ha desatado las iras no solamente de la Iglesia Anglicana, sino también entre las propias autoridades de la Iglesia Católica que están en desacuerdo con tales políticas mezquinas, debido a que ven con preocupación que se han tirado por la borda los esfuerzos de años por lograr la unidad de las iglesias cristianas.
Asimismo, la petición de perdón papal apuntó más hacia hechos del pasado que hacia las cuestiones del presente. Sobre estas últimas no hay necesidad de pedir perdón, son fácilmente solucionables con un poco de buena voluntad y mucha sabiduría en estrategias políticas. Aunque incluso sobre el pasado no recordó algunos episodios infamantes; y se olvidó de los musulmanes y la matanza y el latrocinio de que éstos fueron objeto en épocas de las Santas Cruzadas, organizadas por los cristianos europeos con el objeto de proteger al Santo Sepulcro de Jerusalén que, por entonces, estaba en manos de los infieles.
En esto de olvidar el presente del mea culpa papal, es de destacar que la Iglesia de Roma siempre se ha pronunciado explícitamente contra la violencia, aunque pocas veces ha denunciado y condenado concretamente la violencia que han venido ejerciendo las "grandes potencias" económicas y militares en sus atropellos contra los pueblos pobres y sometidos de la tierra, aunque esto lo ha hecho so pretexto de que aquellos buscan proteger la paz ... para lo cual hacen impiadosamente la guerra (Rodriguez Kauth, 1994, 1995).
Para finalizar con el "perdón papal", me voy a
permitir reproducir unas notas de Pepe Uría (2000), cuando dice:
"... pedir perdón es cosa frecuente entre gentes obnubiladas
por excesivas secreciones hormonales o dadas a la pasión. Lo malo
es cuando los políticos piden perdón -nos van a pedir algo;
como mínimo un voto- o cuando lo hacen los curas, que nunca piden
perdón, sino que lo administran con un sacramento, y si lo hace
el sumo pontífice, entonces hay que echarse a temblar. Recientemente
el Papa ha pedido perdón por los excesos cometidos por la Iglesia
en el pasado, no por los excesos del presente, que tendrán que esperar
400 años, que es el tiempo prudencial que la Iglesia da para reconsiderar
las cosas. Aún así, hay que preguntarse cuáles son
los excesos, por ejemplo, de la Inquisición: ¿hubo demasiados
excomulgados, torturados o quemados?. ¿O no era ya la propia institución
un exceso en sí misma? Cuando las víctimas ya no existen,
pedir perdón tiene escaso valor, pues sólo los agraviados
pueden concederlo. Sospecho que la contrición del Papa sea sólo
uno de esos actos publicitarios a los que nos tiene tan acostumbrados.
En todo caso, debería dejar de hacer teatro y escuchar más
canciones: aprendería muchas cosas sobre el amor y sobre el perdón."
Capítulo especial merece la última reunión del Encuentro Eucarístico Nacional, realizado en Córdoba el 9 de septiembre del año del Jubileo. Durante su transcurso, el delegado del Papa, el Cardenal venezolano R. Castillo Lara dijo que: "En la década del 70 el país sufrió un período de violencia, de violaciones de los derechos humanos y se produjo un dramático enfrentamiento entre hermanos que ha dejado como secuela un abismo de resentimiento, de rencor y hasta de odio". Evidentemente, el enviado papal mucho no conoce de la realidad nacional, ya que del lado de los que sufrieron persecuciones y muerte no existe odio, sino una profunda sed de justicia, de reparación de los daños producidos, de reconocimiento de las culpas con actos concretos por parte de los genocidas y sus cómplices eclesiásticos. El resentimiento y el rencor sí existen y son el fruto de la falta de una auténtica justicia que ponga los hechos históricos en su lugar. Asimismo, más adelante el ilustrado prelado afirmó que "... el perdón no elude la justicia, pero sí hace que la exigencia de justicia no sea una venganza disfrazada". Este individuo no ha entendido la realidad que transitan los sufrientes; si se quisiera obrar por venganza, la misma ya se hubiera tomado por mano propia. El texto de él debe ser leído a la luz de la "teoría de los dos demonios", la cual fue sostenida desde los ideólogos del Terrorismo de Estado. Es decir, que "malos" hubieron de los dos lados del conflicto. Ahora es preciso comprender que los que padecieron la tortura, la cárcel, la persecución política y laboral y hasta la muerte no reclaman venganza, solamente están exigiendo justicia, entiéndase bien, nada más que eso y no que se cambien los naipes de la baraja, porque cambiarlas es hacer trampas al juego limpio de la verdad, a la cual todos tenemos un derecho inalienable. Solamente conociendo la verdad de lo sucedido y asumiendo los responsables su responsabilidad -valga la redundancia- es que se encontrará la tan ansiada paz entre los argentinos.
Nadie puede olvidar que durante 1982, mientras en el país se encontraban centenares de fosas comunes y anónimas, un periódico italiano -Il Messagero, de Roma- publicaba una entrevista al entonces cardenal Primado de la Argentina, Monseñor Juan Carlos Aramburu, en la que éste decía, muy suelto de cuerpo: "En Argentina no hay fosas comunes y a cada cadáver le corresponde un ataúd. Todo se registró regularmente en los correspondientes libros. Las tumbas comunes son de gente que murió sin que las autoridades consiguieran identificarlas. ¿Desaparecidos?. No hay que confundir las cosas. Usted sabe que hay desaparecidos que hoy viven tranquilamente en Europa". Esa era la opinión oficial de la Iglesia: no había muertos anónimos y los desaparecidos eran una fábula inventada por los subversivos. Hubo voces disidentes a las oficialistas dentro de la Iglesia, pero las mismas no tuvieron ni la suficiente fuerza como para desvirtuar a los mentirosos, ni tampoco tuvieron el coraje necesario para oponerse de manera abierta y franca al discurso hierofánico (Rodriguez Kauth, 1998). En septiembre del 2000 la Iglesia argentina pide perdón, perdón por la complicidad con la dictadura militar y el silencio aquiescente que mantuvieron. Pero lo que los deudos necesitan -y lo que los argentinos necesitamos- es verdad y justicia. Aquellos que estuvieron silenciados en el ayer por la conveniencia de la complicidad con quienes detentaban el poder político, hoy deben confesar públicamente lo que ocultaron y abrir los archivos para conocer la verdad sobre los hechos delictivos; los que fueron cómplices de las torturas, muertes y desapariciones sufridas, inclusive de algunos miembros de la propia Iglesia, deben presentarse para ser juzgados y sufrir la condena que les corresponda según las pautas del derecho positivo vigente. El perdón solicitado por la jerarquía de la Iglesia no aclara la historia reciente de los argentinos, como así tampoco los de la comunidad eclesiástica.
Sin embargo la Iglesia Argentina solamente se contenta con pedir perdón a los sufrientes de uno y otro bando, por haber salido de sus entrañas curas "guerrilleros", o de los que "pensaban feo", pero nada hace para castigar a los centenares de capellanes militares, obispos, curas y laicos católicos que participaron -por acción u omisión- de la tortura, el secuestro y el robo de propiedades. La excomunión es una medida -extremosa, pero eficaz- que la Iglesia posee en su Derecho Canónico -en el Libro VI, dedicado a "las sanciones de la Iglesia"- para castigar a aquellos que han actuado en contra del sentido caritativo que dicen tener la fe que se profesa. Sin embargo, en Argentina todavía nadie ha visto que esa medida haya sido aplicada a los militares genocidas ni a los obispos cómplices del terrorismo de Estado, quienes siguen ejerciendo al frente de sus vicarias, como ocurre con los de las diócesis de Mercedes, San Luis y otras decenas de obispados qué durante la dictadura militar se dieron el lujo poco cristiano y muy soberbio de no recibir a familiares de detenidos políticos, ni siquiera para darles una palabra reconfortante.
Si Monseñor Aramburu se atrevió a afirmar
que "Todo se registró regularmente en los correspondientes libros",
eso significa que "a confesión de partes relevo de pruebas" y, consecuentemente,
que en la Curia argentina se tiene detalles respecto a lo ocurrido y al
destino de los desaparecidos. Entonces, menos pedir perdón y más
abrir los registros que conservan, tal como lo vienen solicitando las organizaciones
defensoras de los Derechos Humanos, como las Madres de Plaza de Mayo, que
durante los años de plomo no dejaron de pasear los días jueves
frente a la Catedral Metropolitana repudiando a sus moradores por la complicidad
manifiesta y pública de sus miembros con los genocidas de Estado.
Lo que se le exige al episcopado argentino es que abra sus documentaciones
secretas y las haga públicas y, además, que castigue a los
miembros de la Iglesia que hicieron posible la vigencia del Estado de terror,
la delación y la falta de respeto por el secreto de confesión,
así como la tortura y la muerte de muchas personas durante esos
ocho trágicos y tristes años de nuestra historia relativamente
recientes.
En Argentina también hemos estado transitando por el camino de los "perdones" solicitados por los militares a la civilidad. Recuérdese al efecto los dichos del General Martín Balza, el mismo que luego de llevar adelante la conducción del "glorioso" Ejército Argentino durante los últimos ocho años del gobierno menemista pidió su pase a Retiro de la fuerza. ¿Y eso a nosotros que nos importa? Nada, pero interesa lo suficiente como para hacer un comentario acerca de la noble disposición de los argentinos a encontrar héroes donde se cree que los pueda haber -aún en el cubo de la basura-, aunque más no sean de cartón pintado, o bien de lo que políticamente se conoce como el modelo "bisagra".
Al susodicho militar le llaman "el rápido", ya que en 1995 reconoció que la Fuerza Ejército, por entonces a su mando, había torturado, secuestrado y ejecutado a millares de personas durante la época de los años de plomo de la última dictadura militar. Este acto fue aplaudido por más de un periodista alcahuete o de algún político acomodaticio, aunque tal reconocimiento fuera un tanto tardío, ya diez años antes la justicia argentina había comprobado la veracidad de que se habían cometido tales hechos aberrantes. Por aquellos negros años -los de la década de los '70- el General Balza tenía en el Ejército grado de Capitán -o algo por el estilo- y en ese momento no se acordó de denunciar públicamente lo que sucedía en el arma a la que pertenecía, solamente se limitó a mirar pasar los hechos. Que miraba es una forma de decir, debido a que por sus propios dichos nos hemos enterado que vivió como aquellos tres monitos de cerámica (o de cualquier material): uno se tapaba los ojos, el otro los oídos y el tercero la boca. Aunque el primero oía y podía hablar, el segundo veía y también hablaba, mientras que el tercero ve y oye todo, aunque nada puede decir: pareciera ser que el modelo de monito que mejor se acomoda a nuestro benemérito General fue el último. Así fue que Balza relató con bastante retraso de manera pública que por aquel entonces ni siquiera leía los periódicos de aquellos años, es decir, vivía encerrado en una impoluta torre de cristal.
Pero, ya de adulto y con más galones y oropeles colgantes de la chaqueta que el portero de un hotel internacional de cinco estrellas, no pudo dejar de encontrarse -con atónita y no por eso menos fingida sorpresa- con que en la Fuerza bajo su conducción se había perpetrado el asesinato de aquel soldado neuquino llamado Carrasco, caso que se complicó debido a que estaban involucrados en su homicidio altos -y también bajos e intermedios- mandos militares a los cuales la inteligencia militar (sic) habría intentado ocultar, a la hora de confeccionar los sumarios y demás menesteres internos y externos. Y este fue un homicidio que nos implicó y complicó a todos los argentinos que alguna vez pasamos por las filas de las Fuerzas Armadas. Todos fuimos en algún momento un poco Carrasco, sufriendo el autoritarismo de tales fuerzas que, curiosa y polisémicamente, hacen mucha "fuerza" cuando están luchando contra compatriotas, pero la misma se vuelve una suerte de timidez a la hora de los tiros con los usurpadores de las Islas Malvinas. Ahí, en la milicia, aprendimos -bailando al compás de los gritos y los insultos- las diferencias existentes entre el bien y el mal. Pero el caso Carrasco fue la gota que colmó el vaso de tanto despropósito .., antes de él ¿cuántos soldados quedaron lisiados por los golpes? ¿Y cuántos nos hemos sentido humillados y hasta tratados como verdadera basura humana en los cuarteles haciendo el famoso "orden cerrado" con el que se tortura a los ciudadanos que destinan sin voluntad alguna un tiempo de los mejores de su vida a servir a la Patria y no a los caprichos de un Teniente o un Sargento?
Durante el mandato de Balza al frente del Ejército, se produjo la explosión del arsenal militar de Río Tercero, donde murieron y fueron heridos un montón de civiles, aunque ningún militar de graduación cayó en aquel "fortuito accidente", como fuera definido por las autoridades militares de entonces. Accidente que de tal lo único que tuvo fueron las consecuencias nefastas para la gente que vivía en cercanías de la zona, ya que se ha podido comprobar que no fue tan accidental como se lo quiso hacer pasar. Parece ser que cuando faltan pertrechos de la Santa Bárbara, nada mejor que volar el lugar con una explosión "fortuita" y así no se puede hacer una evaluación contable de las existencias de pertrechos. Pero aquí no terminó la extraña situación, tiempo después los medios de prensa difundieron la noticia de que en el juzgado civil que estaba llevando adelante la causa por la explosión no solamente estaban ocurriendo hechos de espionaje militar, sino que una vez conocidos los mismos, los oficiales de la guarnición se negaron a colaborar con el quehacer de la justicia -por el ocultamiento de pruebas en el contrabando de armas a Ecuador y Yugoeslavia, no presentándose a declarar lo que podían saber al respecto ante los instructores del sumario.
El General Balza es el mismo que se negó a declarar ante el Juez Federal J. Urso como sospechoso por la venta ilegal de armamentos a Ecuador y a Croacia, habiendo sido acusado por la fiscalía de nimiedades tales como asociación ilícita, falsedad ideológica de documentación pública y malversación de bienes del Estado.
Pero no nos engañemos, así como en su momento el Teniente Coronel "cara pintada" Aldo Rico se convirtió en un político de carrera, no sería extraño que en un futuro no muy lejano tendremos la oportunidad de poder votar por un militar que se "civilizó" luego de hacer el blanqueo de rigor y los correspondientes actos de constricción. Entonces seremos muy pocos los que recordaremos estos tristes episodios de nuestra historia reciente.
Con Balza no terminaron los intentos de "reconciliación"
con la civilidad de parte del Ejército. Su sucesor, el General Ricardo
Brinzoni aprovechó la oportunidad del Jubileo realizado por el episcopado
nacional para hacer el séptimo pedido de perdón "... en
los hechos dramáticos y crueles" que fueron perpetrados durante
la última dictadura militar; aunque sin perder la oportunidad de
ofrecer su perdón, de un modo soberbio "... a los que alentaron,
toleraron, desataron y profundizaron el mal de la violencia". Es decir,
los militares se bajan de sus pedestales a pedir perdón, pero su
intento de reconciliación parte de la soberbia de ofrecer el perdón
a quienes no tienen de que ser perdonados. Aquellos no secuestraron, mataron
ni torturaron utilizando los recursos hegemónicos de la "fuerza"
que provee el Estado para la defensa nacional.
Este es el momento en que asociaremos los elogios antes
citados de Erasmo y Aguinis con lo que hasta aquí hemos desarrollado.
La asociación en cuestión es sencilla, los dos perdones -el
eclesiástico y el militar- de los cuales hice el "elogio" en páginas
anteriores, han sido una locura, en tanto y en cuanto no se corresponden
con "toda" la verdad histórica y se dejan en la manga la verdadera
constricción que consiste en la reparación del bien dañado.
Por otra parte, tales locuras no son otra cosa que una evidencia del "profundo
sentimiento de culpa" que sus protagonistas dicen que embarga a
sus subordinados e instituciones y que confiesan que les molesta en lo
más profundo de las entrañas. Es verdad, sentirse culpable
de algo, ya es un paso adelante pero no suficiente para expurgar los horrendos
delitos cometidos. Los que alguna vez hemos sido católicos y, con
mayor razón los que no lo son, requieren una expresión más
sentida y comprometida con la culpa que dice sentir el Papa. Los que hemos
vivido en la Argentina la penuria y humillación de soportar el autoritarismo
militar durante la dictadura, también reclamamos que las culpas
de los Generales Balza y Brinzoni no solamente sean una expiación
verbal -al igual que con los sentimientos de culpa del Episcopado argentino-,
se requieren actos concretos y efectivos de reparación y cambios
sustanciales en las Fuerzas Armadas que permitan asegurarnos un Nunca
Más a estos episodios denigrantes para la salud pública.
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