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Para entender el oasis catalán

Del nacionalismo como instrumento de alienación colectiva al servicio de un proyecto de dominación social. El caso catalán.

Joaquim Pisa

Joaquim Pisa es miembro del PSC y la UGT de Catalunya


La identificación entre catalán y nacionalista, principal aportación ideológica del pujolismo a la política catalana -"soy catalán y por eso voto al partido catalán", suelen decir sus seguidores-, constituye el corazón mismo de una política hegemonista de clase, y cuya función como instrumento de dominación social vamos a intentar aclarar aquí.

Tal identificación es, desde luego, una pura y burda mixtificación, una impostura, pero ha sido tan sabiamente cultivada desde el poder pujolista, que ha logrado hacer fortuna incluso entre la mayoría de catalanes no nacionalistas; la dimensión que dentro y fuera de Catalunya ha alcanzado esta confusión interesada llega en ocasiones a extremos ridículos.

A efectos prácticos, tal identificación entre país e ideología nacionalista ha comportado una segunda y peor confusión, a saber: la existente entre la organización política que encarna esa propuesta ideológica y la propia estructura de gestión administrativa autonómica de Catalunya. Es así que la Administración pública catalana es hoy mero ejecutor de los sueños, las fantasías y los delirios de la opción política que la gestiona, y simultáneamente, generoso pesebre en el que se alimentan sus deudos.

Para que todo este castillo se sostenga en pie, obviamente hace falta algo más que ideología como cemento.

La perpetuación en el poder de la coalición que lidera Jordi Pujol, y sobre todo, el modo hegemónico en que se viene produciendo, sólo puede entenderse desde la habilidad conque la derecha nacionalista ha sabido ir tejiendo una red clientelar densa y capilarizada, capaz de penetrar en todos los intersticios de la sociedad catalana. Así, la colusión entre lo público y lo privado ha devenido en un fenómeno normal y universalmente aceptado en todo el país.

En ciudades, pueblos y comarcas catalanas, la fusión entre organización política y aparato gubernamental alcanza tales niveles de compenetración simbiótica, que resulta difícil encontrar modelos foráneos con los cuales comparar, al menos en el ámbito europeo. Ciertamente, ninguno de esos posibles modelos tiene que ver con sociedades democráticas avanzadas, y sí con regímenes autoritarios más o menos disfrazados.

Este fenómeno es tan sólo la punta de un iceberg al que en adelante llamaremos nacionalpujolismo, entendiendo por tal la forma ideológica en que la mayoría de la sociedad catalana actual vive su identidad como pueblo y desde la cual interpreta la realidad tanto en la existencia colectiva como en la individual, incluso en los aspectos más cotidianos y aparententemente desideologizados.

Uno de los pilares fundamentales del nacionalpujolismo es el soporte acrítico que le prestan la jerarquía y el clero católicos en Catalunya, lo cual, en una sociedad cuyos referentes míticos tienen raíces profundamente conservadoras, facilita una legitimación ideológica verdaderamente eficaz. El desparpajo con el que la Iglesia catalana contemporánea ha hecho suya la nueva ideología dominante sólo cabe compararlo con el que exhibió durante el franquismo, cuando integró, con todo entusiasmo, en su pensamiento sociopolítico la ideología fascista imperante. La Iglesia catalana ha encontrado en el nacionalpujolismo un perchero adecuado en cual colgar su pensamiento terrenal en materia política, social y cultural, a la vez que un fiel defensor de sus intereses materiales y también de su afán de predominio sobre las conciencias.

El éxito del nacionalpujolismo como encarnación del pensamiento único política y socialmente correcto en Catalunya, se debe precisamente a la habilidad conque se ha sabido integrar en él la defensa de los intereses de sectores muy concretos de ésta sociedad, articulándolos y elevándolos a la categoría de intereses generales, y a la capacidad que ha demostrado para generar complicidades fidelizando a los beneficiados por las actuaciones emprendidas bajo su paraguas.

Así, no ha resultado difícil conseguir que comulguen en él no sólo la clase política del país, incluida la mayor parte de la formalmente opositora, sino también sectores intelectuales y profesionales no en todos los casos directamente paniaguados aunque sí siempre promocionados, y también amplias capas populares incapaces de sustraerse a la emoción de un discurso interclasista y bienpensante, tan falsario como halagador para quienes deciden participar en la ficción comunitarista de una construcción nacional que difícilmente concluirá alguna vez, porque, en el fondo, sus impulsores tampoco están demasiado interesados en culminarla en el sentido que dicen demandar.

La ventaja de tener todo un país por construir de aquí a que suenen las trompetas del Apocalipsis, y de disponer para hacerlo de una bien engrasada máquina administrativa -creada desde cero y por tanto modelada a gusto-, es que puede haber sitio y futuro para todos los que, por convencimiento personal o simplemente por carecer de escrúpulos, quieran sumarse al juego. El nacionalismo catalán contemporáneo no divide a los catalanes en razón de RH’s o capacidades craneales, según practican el modelo nacionalista vasco y otros modelos etnicistas y paracientíficos similares, sino en base a la participación o no en una comunión de pensamiento nacionalista a la que en principio todos, sin exclusión, son llamados.

Una amplísima red de grupos, asociaciones y entidades de todo tipo, asociadas al poder y generosamente subvencionadas desde él, constituyen el verdadero armazón sobre el que se sustenta y trenza todo el entramado civil del invento. La capacidad de penetración social del tinglado abarca desde las élites intelectuales del país -a las que se corrompe mediante la creación de universidades políticamente correctas y ricamente dotadas, en tanto las universidades públicas malviven en el abandono y la masificación- hasta los clubs de petanca de barrio frecuentados por jubilados, desde las asociaciones consagradas a la promoción de la cultura tradicional catalana en su versión más light y rancia hasta las organizaciones de inmigrantes de carácter folklórico y apolítico.

Una abundante ensayística y novelística subvencionadas, por último, facilita argumentarios que, en función del público destinatario, apelando en unos casos al irracionalismo sentimental y xenófobo, y en otros, a un cientifismo que se quiere objetivo y suele resultar por contra burdamente manipulador, crea o actualiza mitos y conforma conciencias. Una caterva de historiadores a sueldo viene reescribiendo el pasado reciente o lejano con ejemplar dedicación y resultados ciertamente notables.

Para los refractarios, para los que se autoexcluyen, queda un muy musculado despliegue de retórica sectaria, de arrogancia y de prepotencia. Sea desde los medios de comunicación, desde el mundo asociativo o desde la simple charla de café, el pensamiento único nacionalista es propagado y esgrimido contundentemente contra cualquier disidencia, por matizada que ésta sea, por verdaderos e incansables naciópatas.

Esa presión coactiva forma parte ya de una manera de vivir la cotidianeidad política y social, en la cual, el hecho de que no se produzca violencia física contra los no asimilables se debe más al alto grado de eficacia alcanzado mediante aquella, que a un pacifismo que no suele ser más que puro oportunismo y a una moderación que mal se compadece con la agresividad y crispación que muestra tanto encendido patriota a poca oportunidad que tenga.

Semejante ambiente constituye un caldo de cultivo idóneo para que la corrupción económica florezca con tanta potencia como discreción. Y así es. No sólo los círculos próximos al poder se lucran directamente (casos Casinos, lotería catalana, De la Rosa, fondos de la Conselleria de Treball, etc), sino que más allá de ese primer nivel, y difundiéndose en círculos concéntricos, los suculentos beneficios obtenidos riegan capilarmente insospechados recovecos del país; al cabo, todo queda en casa, y muchos acaban por recibir su porción tarde o temprano.

Lo hasta aquí reseñado pretende explicar la narcotización en que vive una sociedad antaño activa e inquieta, y ahora plácidamente acomodada en una siesta de la que al parecer no hay nada que sea capaz de despertarla. Así se entiende que veinte años de gobierno apenas hayan supuesto desgaste para Jordi Pujol y su proyecto político. Éste es el verdadero oasis catalán.

Estamos pues ante un proyecto de dominación social triunfante. Una derecha fea, católica y sentimental, tosca y provinciana, se ha alzado con el santo y la limosna en un país supuestamente ejemplo de modernidad y apertura a todos los aires renovadores. Si para que esto haya sido posible ha sido necesario que la izquierda catalana abdicara previamente de la acción política, o si esta abdicación se ha producido precisamente como consecuencia del éxito sin matices del proyecto ideológico aquí descrito, poco importa ahora y es en todo caso materia para estudio de historiadores y politólogos futuros.

Lo realmente importante en estos momentos es que no hay una alternativa ideológica a quienes gobiernan Catalunya. Hay, en todo caso, una alternativa de gestión de la Administración catalana, pero es probable que esto no sea suficiente para movilizar a las clases trabajadoras del país, quienes, con razón, no aciertan a distinguir entre las propuestas políticas y sobre todo ideológicas que les ofrecen desde el gobierno catalán y desde la oposición de izquierdas.

Esas clases trabajadoras, de las que se niega incluso su existencia -al suponérselas parte integrante de esa gran clase media universal de ficción inventada por los neoliberales-, a las que se les ha arrebatado la iniciativa en la acción política y social que tuvieron en Catalunya durante la Transición, y a las que se intenta despojar de su identidad como clase y hasta de sus propios mitos -diluida aquella en beneficio de una supuesta identidad nacional ilusoriamente superadora de los conflictos de clase, substituidos éstos por el repertorio nacionalista al uso-, siguen viviendo en los distritos periféricos de Barcelona y en las comarcas del cinturón industrial más densamente poblado de la Península.

Hoy como ayer, las personas residentes en esos barrios y en esas poblaciones siguen teniendo intereses de clase específicos y un imaginario colectivo que les pertenece, en oposición frontal a los propios de las clases dominantes de éste país y de cualquier otro. Los hechos son tozudos, decía Marx, y efectivamente es cuestión de tiempo y de oportunidad que los conflictos ahora latentes afloren, incluso si quienes se reclaman como dirigentes políticos y referentes culturales de la izquierda catalana siguen empeñados en mantener el consenso ideológico con sus adversarios naturales y en perseverar en la inanidad política e intelectual frente a ellos.
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