Suceder a Pujol o ser sus herederos
Joaquim Pisa
Joaquim Pisa es militante del PSC y la UGT de Catalunya
Aunque oficialmente las próximas elecciones autonómicas catalanas
deberían celebrarse en octubre de 2003, son muy pocos los que creen
que el último Govern presidido por Pujol dure hasta entonces.
A la vista de la escenificación del deterioro de las relaciones entre
CiU i PP –escenificación claramente preelectoral, pura comedia
destinada a públicos devotos y poco exigentes-, cabe deducir que las
elecciones para renovar el Parlament catalán se celebrarán en
algún momento de la primavera próxima.
Pujol ha dicho que no va a volver a presentarse, y probablemente no lo hará.
El hombre debe estar cansado –medio siglo fent país cansa lo suyo-,
y la verdad es que el futuro no pinta muy halagüeño para el nacionalismo
moderado catalán. Es muy posible que Pujol quiera ahorrarse vivir en
primera persona el declive de su partido (que electoralmente comenzó
de forma suave pero perceptible hace ya un lustro), y la subsiguiente tala
a hachazos del espacio político, social, cultural, ideológico
y hasta metafísico que CiU ha venido ocupando en Catalunya durante
casi un cuarto de siglo.
Con todo, algunos problemas que se le han presentado a Pujol en los últimos
tiempos y que aparentemente podrían haber influido en su decisión
de irse, tienen más apariencia que calado real.
La transformación de la alianza electoral entre CDC y UDC en federación
de partidos no ha sido, ciertamente, más que una estratagema pujolista
para ganar tiempo y calmar los afanes protagonistas de Duran Lleida y acólitos
mediante una leve redistribución del poder interno; conociendo la vocación
termita de Duran Lleida, eso es paz apenas para cuatro días. Empero,
y dado que seguimos sin saber –y probablemente no sabremos nunca- cuántos
votos tiene UDC por sí misma, no parece arriesgado pronosticar que
los democristianos catalanes seguirán parasitando CiU por tiempo indefinido;
no habrá ruptura de la alianza nacionalista en los próximos
años, a no ser que suceda un cataclismo.
El apoyo del PP, por otra parte, está garantizado en lo fundamental
-¿qué otra cosa podría hacer el PP más que apoyar
al gobierno de CiU en las cosas substanciales?-, aunque fastidiar en el Parlament
puede fastidiar lo suyo, incluso votando con la izquierda parlamentaria, cosa
que ya ha hecho. Pero el PP no derribará un gobierno de la derecha
catalana sino puede cambiarlo por algo más ventajoso para la estrategia
de Aznar, máxime cuando tienen muy claro que substituir a CiU como
primera fuerza de la derecha en Catalunya es algo que estará fuera
de su alcance por muchos años.
A los independentistas de ERC aún les queda mucho camino por recorrer
si quieren consolidar un perfil propio, políticamente creíble
y eficaz. Un perfil políticamente maduro, en definitiva, lejos de las
salidas de pata de banco de algunos de sus dirigentes, cuyo radicalismo aunque
sólo sea verbal no es precisamente el más adecuado para recolectar
votos entre el muy burgués y poco dado a exhabruptos electorado nacionalista
catalán.
Las izquierdas, por último, siguen en lo de casi siempre, es decir,
despistadas y endormiscadas, medio peleadas y medio aliadas entre ellas a
la vez. Aunque el candidato Maragall les haya alegrado las pajaritas y quitado
en parte la modorra, parece difícil que puedan llegar a ganar una mayoría
suficiente la próxima vez.
En resumen: si Pujol se presentara de nuevo en 2003, probablemente ganaría.
Pero el Muy Honorable, viejo zorro, ha olido, leído e interpretado
los signos del fin de un ciclo histórico y no quiere que la caída
de la casa le pille dentro. El se va a la Historia, que es una residencia
de lujo donde hace años tiene reservada plaza, y desde tan particular
Olimpo seguramente continuará diciéndonos a los catalanes de
qué toca hablar y de qué no; en el fondo, Pujol de mayor siempre
ha querido ser Tarradellas.
El signo de los tiempos más evidente es el hartazgo del propio electorado
nacionalista, que ya se detectó en las elecciones autonómicas
catalanas de 1999. En esa ocasión, la alianza PSC-IC superó
en algunos miles de votos reales a CiU, aunque ésta terminó
por sumar más escaños, poniendo así al descubierto
en toda su crudeza la estafa electoral que representa la actual asignación
numérica de los escaños autonómicos de Catalunya entre
las diferentes provincias (por no hablar de la existente en el País
Vasco). El factor nuevo e inesperado aparecido en esas elecciones y que puso
por primera vez a Pujol contra las cuerdas, fue la sorprendentemente elevada
abstención entre el electorado nacionalista. La izquierda estuvo a
punto de ganar.....sin haber conseguido movilizar a su electorado del cinturón
rojo barcelonés (el mismo que le da el triunfo en las generales y municipales):
simplemente, y por primera vez, una parte importante del electorado nacionalista
decidió no acudir a votar en las que tradicionalmente consideran “sus”
elecciones (en modo opuesto a los votantes de izquierdas, que siempre acuden
a votar en mayor número en las generales e incluso en las municipales).
Es decir, el cansancio no es sólo de Pujol. ¿Habría
que decir que el cansancio de Pujol lo provoca precisamente el cansancio que
manifiesta su electorado?. Probablemente.
¿Y de qué están cansados?. El país marcha razonablemente
bien, la oposición se opone poco, los actores sociales, económicos
y culturales fundamentales están a su servicio o son sus partenaires
salvo rarísimas excepciones.... ¿qué les cansa?. Pues
seguramente el propio discurso de sus políticos: el votante medio de
CiU comienza a estar empachado de los equilibrismos de puente aéreo,
de tanto independentismo expedido en dosis de caballo en la Escuela de Verano
del partido o en las visitas de los gerifaltes a los barrios y comarcas, simultaneado
con total desparpajo con gentiles besamanos y abrumadoras protestas de lealtad
institucional (a la Corona, a la Constitución o a la Liga de Fútbol
Profesional si se tercia) proferidas por los mismos, con Pujol a la cabeza,
en cuanto pisan Barajas.
Es decir, el votante nacionalista moderado empieza a demandar un discurso
nítido: el que sea, pero nítido. O caixa o faixa, o lo uno o
lo otro.
Y eso Pujol no se lo puede ofrecer. El es un artista de la maroma, un equilibrista
sin red pero con mil trucos disponibles. El no es un Arzalluz, por ejemplo;
mediterráneo hasta el fin, mientras el Padre Vasco transporta una sola
y robusta piedra bajo el brazo (genial síntesis de Peridis), Pujol
se mueve con un surtido muestrario de globos de todos los colores y tamaños
posibles.
Se imponía pues, y con cierta urgencia, la necesidad de relevar al
Muy Honorable por antonomasia. Nuevos tiempos, nuevas caras.
El pujolismo buscó rápidamente un heredero y dice haberlo
encontrado en Artur Mas. No es que no hayan otros posibles, es que no quieren
comprometerse. Todos esperan a verlas venir, y por eso han tenido que sacar
a este chico de las oficinas de la Generalitat. Si Artur Mas gana las elecciones,
será el funcionario de segunda o tercera fila que haya llegado más
lejos desde que existe la Administración pública catalana;
un indiscutible mérito que debería figurar en su currículum.
De momento, todo lo que hasta ahora ha ofrecido el señor Mas como
conseller en cap del Govern, ha sido la sonrisa y el dinamismo de un vendedor
de enciclopedias a domicilio. Ni como gestor ni como ideólogo ha demostrado
absolutamente nada.
Ante tal panorama y adversario, la izquierda presentará de nuevo
un candidato experimentado y con gancho. Mal que bien soplan vientos de unidad
y distensión entre todas las formaciones que se reclaman de izquierdas,
y hasta Esquerra Republicana de Catalunya –nombre de añejo sabor para
un curioso partido que, a pesar de su biografía, atavismos y electorado,
dice ser de izquierdas-, apoya por el momento iniciativas que normalizan su
presencia en la política catalana, sumándose a opciones progresistas
(gobierno del Ayuntamiento de Barcelona, coalición Entesa dels Catalans
al Senado).
Desde 1999 las encuestas insisten que Maragall ganará en 2003. Atención,
no que ganará el PSC, sino que ganará Maragall. Desde que se
conoció que Pujol no se presentaba y que Artur Mas sería el
rival a batir, el tamaño de la victoria de Maragall creció según
los sondeos hasta cotas que nadie, salvo las empresas encuestadoras, se ha
creído realmente. Parece, por contra, que las fuerzas están
muy igualadas, y que incluso, según esas encuestas que nunca se publican
pero que suelen manejar los estados mayores de los partidos, es muy
probable que CiU vuelva a ganar en número de escaños; en este
caso, y al revés que en el de la izquierda, quien ganaría obviamente
sería CiU, no Artur Mas.
Existe, con todo, alguna posibilidad de que gane Maragall. Cabe preguntarse
entonces en calidad de qué llegaría Maragall al Palau de la
Generalitat, si como sucesor o como heredero de Pujol. Es decir, si llegaría
para substituirle o para, en cierto modo, dar continuidad a su obra.
El matiz es básico. Desde hace tiempo, algunos intelectuales y periodistas
de izquierdas catalanes no comprometidos con el establisment del país
se interrogan sobre este asunto, y las conclusiones son bastante desalentadoras.
Desde la ironía, la acidez y en ocasiones, también desde una
cierta amargura, gente como Francesc de Carreras, Josep Ramoneda, Arcadi
Espada, Félix de Azúa y otros, vienen denunciando cómo
la crema política e intelectual de la izquierda catalana en general
y los dirigentes socialistas en particular, tienen interiorizados de tal manera
mentalidades, modos, maneras y valores propios del nacionalismo de derechas
catalán, que resulta cada vez más difícil distinguir
las posiciones de unos y otros en temas fundamentales, significativamente
en cuanto afecta a la llamada cuestión nacional.
La causa de que ello sea así radica probablemente en unos orígenes
de clase compartidos, y sobre todo, en la acusadísima endogamia de
la élite catalana, en la cual todo el mundo es hermano, primo o cuñado,
ha estudiado en los mismos centros educativos, y mantiene un variado repertorio
de intereses en común, incluidos desde luego los de carácter
puramente profesional o económico-financiero.
La apertura al centro desarrollada por Maragall en la preparación
de las elecciones de 1999 –creando Ciutadans pel Canvi, guiñando el
ojo a UDC, tanteando sectores modernizadores de las fuerzas vivas tradicionales
catalanas-, fue equilibrada en su momento por la inteligente alianza con IC
en tres provincias, alianza que si se hubiera extendido a la provincia de
Barcelona habría dado algunos escaños más a la coalición
de izquierdas, en detrimento de CiU. Sin embargo, y a pesar de su conocimiento
de los barrios barceloneses y de sus excelentes relaciones con el movimiento
vecinal y asociativo en general de la ciudad, Maragall no fue capaz de extender
hacia la izquierda más allá de IC la tela de araña
que comenzó a tejer entonces, lo que sumado a que tampoco se produjo
la movilización de votantes de izquierdas necesaria no ya para conseguir
algunos escaños más que CiU –situación en la que difícilmente
el PSC habría podido gobernar, presionado por una más que posible
pinza CiU-PP, y por la equidistancia de ERC-, sino la mayoría suficiente
que despejara el horizonte para un gobierno estable y fuerte, aunque seguramente
lejos de la mayoría absoluta.
Es decir, lo que el PSC necesitaba y no consiguió –y probablemente
tampoco conseguirá en 2003-, fue, simplemente, obtener los mismos resultados
en votos reales que alcanza en las elecciones generales.
Con todo, y a pesar de las dificultades objetivas expuestas, sigue existiendo
como decíamos una posibilidad cierta, aunque reducida, de que Maragall
llegue a gobernar en 2003. Si esto se produjera, habría que ver cuáles
serían los mimbres con los que se fabricaría ese gobierno, y
qué políticas se puede esperar que produzca.
Una de las virtudes tradicionales de Maragall ha sido saber crear equipos
competentes a su alrededor -equipos de valía técnica indiscutible
y con una cierta heterogeneidad ideológica en su interior, fieles al
hombre que los ha creado y a pocas cosas más-, lo que ya le ocasionó
problemas con la dirección barcelonesa del PSC en su etapa como alcalde
de Barcelona. No parece que sea el caso del Gabinete en la Sombra que, a imitación
del británico, le ha acompañado en los últimos tiempos
con más pena que gloria. Llegado el momento, difícilmente el
aparato del PSC le permitiría a Maragall los niveles de independencia
que gozó antaño en la Alcaldía barcelonesa. Tanto para
escoger a sus colaboradores en el Govern como para diseñar las políticas
a llevar a cabo desde él, Maragall debería negociar duramente
con su propio partido.
Pero es que además, los vínculos y compromisos de Maragall
con la sociedad civil catalana –es decir, con los sectores mejor organizados
y más dinámicos de la burguesía local-, reducen su margen
de maniobra de modo notable; que estos vínculos y compromisos sean
asumidos de buen grado o le sean impuestos, es algo que no tiene ahora demasiada
importancia. En realidad, Maragall es él mismo un producto de lo mejor
del establishment burgués catalán, y por tanto jamás
hará nada que perjudique los intereses fundamentales de sus iguales.
En todas partes el reformismo tiene unos límites, precisos e intocables,
en lo que afecta a la organización básica económica y
social de un país; en Catalunya, esos límites abarcan además
aspectos ideológicos y culturales asimismo incuestionables. No es exactamente
que en Catalunya exista un pensamiento único en torno a temas como
la lengua, la identidad nacional o la prioridad de la política catalana
respecto a la española, sino que lo que existe es más bien
un pensamiento no discrepante en relación con el núcleo de
las propuestas burguesas en esos temas; desde la izquierda se pueden matizar,
pero sin entrar nunca en lo substancial. Por autorrenuncia o por convencimiento,
la cosa funciona así.
Con todo, existe la posibilidad de hacer otra política. No otra política
de gestión, que es la que se barrunta intentarían Maragall y
su equipo caso de ganar, sino otra política de gobierno: una acción
política transformadora, que acometiera los problemas reales y desinflara
los artificiales, y estuviera impulsada desde un Govern de izquierda plural
plenamente conectado con los sectores populares.
No basta con adecentar la gestión pública autonómica
catalana, sumida desde hace 20 años en el gigantismo, la arrogancia
y la corrupción. Se entiende implícitamente que un gobierno
de izquierdas acabe con todo eso -dicho sea de paso, requerirá un esfuerzo
notable conseguirlo-, y gestione los recursos públicos con la honestidad,
la imaginación y el buen hacer que avalan la trayectoria histórica
de un político como Pasqual Maragall.
Lo que muchos catalanes están demandando –incluso mediante el recurso
silencioso pero a la vez elocuente de no acudir a las urnas-, es mucho más
que eso: lo que quieren es un cambio de políticas en todos los terrenos.
Y quieren, además, que ese cambio se realice con participación
popular directa, y no sea fruto sólo de la intervención de técnicos
y políticos profesionales.
Si hay un político en Catalunya – y quizá en toda España-
que por talante, biografía y recursos puede encabezar un proyecto así,
es Pasqual Maragall. Cosa distinta es que quiera y pueda.
Lo cómodo para Maragall en caso de ganar sería constituirse
en heredero de Pujol, y limitarse a gestionar honestamente una Administración
pública catalana con demasiados vicios de origen y desarrollo; cuadrar
el círculo, se le llamaría a eso. Tal continuidad, sencillamente,
cercenaría las esperanzas de millones de catalanes.
La apuesta de transformar profundamente la Catalunya de principios del siglo
XXI entraña muchos riesgos, y, ciertamente, ni Pasqual Maragall es
Salvador Allende ni el mundo de nuestros días está para muchos
experimentos. Y sin embargo, un programa de acción de gobierno que
simplemente priorizara los intereses populares reales por encima de los intereses
colectivos míticos, sería hoy en Catalunya profundamente revolucionario.
Honestidad e imaginación son dos virtudes características
de Pasqual Maragall. Si gana, necesitará, además, mucha suerte.
Si le suma a todo eso una fuerte voluntad de transformar las cosas, se abrirá
entonces una nueva etapa en la autonomía catalana, en la que por fin
podrá comenzar a reconocerse el electorado natural de las izquierdas
de este país, cosa que hasta fecha de hoy no ha sucedido.
Septiembre 2002