Philippe Merlant
La ruptura de Porto Alegre
Philippe Merlant es redactor jefe de Transversales, publicación actualmente
electrónica (http://grit-transversales.org). Traducción de Toñi
Ortega para Iniciativa Socialista,
primavera 2005
La quinta edición del Foro Social Mundial ha estado muy lejos de traducir
cierto agotamiento. Por el contrario, ha mostrado toda la dinámica
de este proceso inédito. Dinámica que instaura una verdadera
ruptura en la historia de los movimientos sociales apostando por la “justa
conciencia” individual y por la capacidad colectiva para auto-organizarse.
¿Y si esta apuesta estuviese a punto de ser ganada?
Más de 150.000 participantes, 2.000 talleres y seminarios han formado
la trama de un programa totalmente auto-organizado, con cerca de 400 propuestas
al concluir los trabajos. Estas cifras demuestran hasta qué punto
la quinta edición del Foro Social Mundial (FSM), lejos de traducir
el agotamiento que ciertos medios predecían, ha marcado un nuevo paso
adelante.
Y paso que no sólo ha sido cuantitativo. El carácter cada vez
más propositivo del Foro, su apertura a la población de Porto
Alegre, la construcción de redes temáticas duraderas, la incorporación
masiva de las nuevas generaciones... Todo ello confirma que estamos ante
un proceso perenne, que gana madurez poco a poco, conservando todo el entusiasmo
de la juventud.
Ha llegado el momento de observar los motores de esta dinámica virtuosa,
que no cesa de ganar en profundidad y en extensión geográfica.
¿Por qué está a punto de triunfar un proceso de autoorganización
de la sociedad civil mundial que parecía loco e inesperado hace solamente
diez años?
Sin duda, no se ha comprendido aún lo suficiente por qué el
proceso iniciado hace cinco años en Porto Alegre constituye una ruptura
histórica en relación a los movimientos sociales existentes
desde hace cerca de dos siglos.
Rechazando toda declaración final, toda síntesis que sólo
sería fruto de compromisos laboriosos o de dudosas manipulaciones,
todo llamamiento a manifestarse a favor de esta o aquella causa, el proceso
de FSM constituye una verdadera invención política. Y funciona.
Sus principales animadores continúan siendo fieles a los principios
fundacionales, incluso cuando desde todas parte se intenta persuadirles de
que la “eficacia política” reclamaba actuar de otra manera. “Durante
la guerra contra Irak muchos pensaban que era necesario que el FSM, en tanto
que tal, lanzara un llamamiento a manifestarse”, nos cuenta Chico Whitaker,
uno de los principales fundadores del FSM. “Nos hemos negado a ello: ningún
llamamiento centralizado ha sido lanzado a nivel mundial. Sin embargo, el
15 de febrero de 2003, 15 millones de ciudadanos del mundo se han encontrado
en las calles, y esto ha contribuido a modificar la política de varios
países”.
Y el brasileño añade este comentario: “Pensamos que las ideas
justas pueden seguir su curso y encontrar un gran eco sólo con la
fuerza de su verdad”.
En eso reside la ruptura. Particularmente con respecto al movimiento obrero
tal y como se construyó a partir del predominio del marxismo. Al cabo
de decenios, éste ha desarrollado una teoría de la alienación
ampliamente pertinente pero cargada de consecuencias: a partir de la constatación
de que el capitalismo tiene una formidable capacidad de influir -y de pervertir-
las conciencias individuales, llegó a la conclusión de que
era necesario edificar cortafuegos ideológicos, “concienciar” a las
masas populares, intentar construir una vanguardia susceptible de iluminarlas.
La ligazón entre esta visión de la alienación y las
derivas leninistas es evidente. Pero esto no es todo. Si observamos con perspectiva
histórica cual es el resultado de esta teoría, podemos emitir
la hipótesis de que no ha contribuido en nada a hacer retroceder la
alienación real. Incluso ha sucedido todo lo contrario. Nos encontraríamos
de esta manera ante esto que se ha dado en llamar una “profecía autorrealizada”:
A fuerza de temer y denunciar un fenómeno, se contribuye a su realización.
La filósofa americana Hanna Arendt explicaba esto muy bien: “lo que
hay de enojoso en las teorías modernas no es que sean falsas, es que
pueden llegar a ser verdaderas”, escribía.
El proceso del Foro Social Mundial invierte la lógica. En vez de poner
el acento en los procesos de alienación y de falsa conciencia, apuesta
por la capacidad de las personas y de los grupos por perseguir el reparto,
la justicia, la solidaridad, la cooperación... En efecto, el hombre
puede ser “un lobo para el hombre” (según la feliz fórmula
de Karl Marx describiendo al capitalismo), pero puede también, en
ciertas situaciones, hacer emerger lo mejor de la humanidad.
Claro está, la verdad se sitúa en algún punto intermedio:
todo ser humano encierra en sí mismo un doble programa, uno egoísta
y el otro altruista, como señala Edgar Morin, en su último
libro [L’ethique, SEUIL], y en cada uno de nosotros la ceguera ideológica
cohabita permanentemente con la justa conciencia de las cosas y los fenómenos.
Pero ¿por qué la profecía autorealizadora positiva no
funciona tan bien como su homóloga negativa?
Hacer esta apuesta es unirse a las intuiciones de George Orwell (desgraciadamente
insuficientemente leído y escuchado en las filas de los socialistas),
quien veía en la common decency, es decir, en la moral de la gente
normal, la única base posible para construir una sociedad justa y
habitable. Y que en tanto que periodista comprometido pasaba la mayor parte
de su tiempo observando la manera en la que vivían las gentes sencillas
y escuchándolas para allí descubrir pepitas de vida y lecciones
de sabiduría.
Desde hace diez años, la lectura optimista y movilizadora del mundo
que intenta realizar el espacio Place Publique se inscribe en esta lógica. Lejos
de cualquier ingenuidad primaria, se trata de apostar por espirales virtuosas.
Exactamente del mismo tipo que las que el FSM a escala internacional pone
en marcha hoy en día. Evidentemente, lo consigue bastante bien. Más
que condenar de antemano un proceso prometedor en nombre de antiguas quimeras
ya fracasadas, conviene tener el coraje de dar a la apuesta todas sus oportunidades.
¿No es así?