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Las opiniones sobre la noción de tiempo son, frecuentemente,
variadas y contradictorias. Un físico dirá que ha sido introducida
por Newton y que el problema que esa noción plantea ha sido globalmente
resuelto. Los filósofos piensan de manera muy diferente: relacionan
el tiempo con otras nociones, como el devenir y la irreversibilidad. Para
ellos, el tiempo sigue siendo una interrogación fundamental. Me
parece que esta divergencia de puntos de vista es la cesura más
neta dentro de la tradición intelectual occidental. Por un lado,
el pensamiento occidental ha dado nacimiento a la ciencia y, por consiguiente,
al determinismo; por otro lado, este mismo pensamiento ha aportado el humanismo,
que nos remite, más bien, hacia las ideas de responsabilidad y creatividad.
Filósofos como Bergson o Heidegger han planteado que el tiempo no incumbe a la física, sino a la metafísica. Para ellos, el tiempo pertenece claramente a un registro diferente, sobre el que la ciencia no tiene nada que decir. Pero estos pensadores disponían de menos herramientas teóricas de las que tenemos hoy.
Personalmente, considero que el tiempo brota de lo complejo. Un ladrillo
del paleolítico y un ladrillo del siglo XIX son idénticos,
pero las edificaciones de las que formaban parte no tienen nada en común:
para ver aparecer el tiempo hay que tomar en consideración el todo.
El alejamiento del equilibrio nos reserva sorpresas. Nos damos cuenta de que no se puede prolongar lo que hemos aprendido en estado de equilibrio. Descubrimos nuevas situaciones, a veces más organizadas que cuando hay equilibrio: se trata de lo que yo llamo puntos de bifurcación (1), soluciones a ecuaciones no lineales. Una ecuación no lineal admite frecuentemente varias soluciones: el equilibrio o la proximidad al equilibrio constituye una solución de esa ecuación, pero no es la única solución.
Así, el no-equilibrio es creador de estructuras, llamadas dísipatívas porque sólo existen lejos del equilibrio y reclaman para sobrevivir una cierta disipación de energía y, por tanto, el mantenimiento de una interacción con el mundo exterior. Al igual que una ciudad que solamente existe en cuanto que funciona y mantiene intercambios con el exterior,la estructura disipativa desaparece cuando deja de ser "alimentada".
Ha sido muy sorprendente descubrir que, lejos del equilibrio, la materia
tiene propiedades nuevas. También asombra la variedad de los comportamientos
posibles. Las reacciones químicas oscilantes son una buena muestra
de ello. Por ejemplo, el no-equilibrio conduce, entre otras cosas, a fenómenos
ondulatorios, en los que lo maravilloso es que están gobernados
por leyes extremadamente coherentes. Estas reacciones no son patrimonio
exclusivo de la Química: la hidrodinámica o la óptica
tienen sus propias particularidades.
El no-equilibrio es un interface entre ciencia pura y ciencia
aplicada, aunque las aplicaciones de estas observaciones a la tecnología
estén solamente en sus inicios. Actualmente, empieza a comprenderse
que la vida es, probablemente, el resultado de una evolución que
se dirige hacia sistemas cada vez más complejos. Es cierto que no
se conoce exactamente el mecanismo que ha producido la primeras moléculas
capaces de reproducirse. La naturaleza utiliza el no-equilibrio para sus
estructuras más complejas. La vida tiene una tecnología admirable,
que muy frecuentemente no llegamos a comprender.
Agruparemos estos sistemas bajo el nombre de caos. ¿Cómo tratar este mundo inestable? En vez de pensar en términos de trayectorias, conviene pensar en términos de probabilidades. Entonces, se hace posible realizar predicciones para grupos de sistemas. La teoría de caos es algo semejante a la mecánica cuántica. Es necesario estudiar en el ámbito estadístico las funciones propias del operador de evolución (hacer su análisis espectral correspondiente). En otros términos, la teoría del caos debe formularse a nivel estadístico, pero esto significa que la ley de la naturaleza toma un nuevo significado. En lugar de hablar de certidumbre, nos habla de posibilidad, de probabilidad.
La flecha del tiempo es, simultáneamente, el elemento común del universo y el factor de distinción entre lo estable y lo inestable, entre lo organizado y el caos. Para ir más lejos en esta reflexión, es necesario extender los métodos de análisis de la física cuántica, especialmente saliendo del espacio euclediano (el espacio de Hilbert, en sentido funcional) en cuyo seno está definida. Afortunadamente, matemáticos franceses, ante todo Laurent Schwartz, han descrito una nueva matemática, que permite aprehender los fenómenos de caos y describirles en el ámbito estadístico.
Pero el caos no explica todo. La historia y la economía son inestables: presentan la apariencia del caos, pero no obedecen a leyes deterministas subyacentes. El simple proceso de la toma de decisión, esencial en la vida de una empresa, recurre a tantos factores desconocidos que sería ilusorio pensar que el curso de la historia puede modelizarse por medio de una teoría determinista.
El segundo tipo de sistemas inestables evocados más arriba es
conocido bajo la denominación de sistemas de Poincaré. Los
fenómenos de resonancia juegan en ellos un papel fundamental, pues
el acoplamiento de dos fenómenos dinámicos da lugar a nuevos
fenómenos dinámicos. Estos fenómenos pueden ser incorporados
en la descripción estadística y pueden conducir a diferencias
con las leyes de la mecánica clásica newtoniana o la mecánica
cuántica. Estas diferencias se ponen de manifiesto en los sistemas
en los que se producen colisiones persistentes, como los sistemas termodinámicos.
La nueva teoría demuestra que se puede tender un puente entre dinámica
y termodinámica, entre lo reversible y lo irreversible.
La física clásica estaba fundada sobre un dualismo: por
un lado, el universo tratado como un autómata; por otro lado, el
ser humano. Podemos reconciliar la descripción del universo con
la creatividad humana. El tiempo ya no separa al ser humano del universo.
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