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* Artículo publicado en Iniciativa Socialista número 53, verano 1999. En 1997 fue publicado en el diario El Mundo. Reproducido con autorización del autor.
La actitud personal ante la cuestión de Dios puede discurrir
por dos vías opuestas. La respuesta afirmativa del teísmo
estructura explícita o implícitamente la concepción
del mundo en el sentido de un ordenamiento jerárquico de la realidad,
y su desdoblamiento en una esfera de lo sobrenatural y trascendente y una
esfera de lo natural e inmanente. El creacionismo, la existencia e inmortalidad
del alma, y la retribución de una vida personal más allá
de la muerte son las tres cláusulas básicas de la respuesta
afirmativa. La respuesta no-afirmativa presenta dos versiones diferenciales:
el agnosticismo y el ateísmo. La finitud de la existencia humana
y el evolucionismo de la materia definen habitualmente el núcleo
de esta respuesta en su doble forma, respecto de la cual se mantiene una
viva discusión en la que intervienen no sólo los increyentes
sino también muchos creyentes movidos por sus intereses religiosos.
La posición del agnóstico puede expresarse así:
"los argumentos que se exhiben en favor de la existencia de Dios no me
permiten afirmar que existe". La posición del ateo es más
terminante: "los argumentos que se exhiben en contra de la existencia de
Dios me permiten afirmar que no existe". Es decir, ante la hipótesis
teísta, el agnóstico niega modalmente un enunciado afirmativo
de existencia, apoyándose en el axioma según el cual quien
afirma debe probar; mientras que el ateo afirma modalmente un enunciado
negativo de existencia, fundándose en el axioma en virtud del cual
los juicios negativos de existencia son verdaderos en tanto no se demuestre
lo contrario. Ahora bien, en el orden práctico -es decir, existencial,
moral, conductual, profesional, etc.- el agnóstico y el ateo se
comportan de modo esencialmente equivalente, pues, como pone de manifiesto
el análisis de la función performativa del lenguaje y la
experiencia común, el uno y el otro descartan operativamente la
hipótesis teísta.
La postura del agnóstico es esencialmente metodológica,
porque pone el acento en la naturaleza, según él, no-conclusiva
de la argumentación del creyente. Propone, por principio, desconocer
el referente teísta y suspender cautelarmente el juicio definitivo
sobre la posibilidad de saber si Dios existe o no. Sin embargo, el punto
crítico de la discusión radica en dilucidar si, una vez planteada
la cuestión de Dios, es posible dejarla en suspenso sine die,
aparcarla y continuar por la senda de la vida sin redimir la hipoteca de
esta indefinición personal. En mi opinión, esto es teóricamente
posible, pero prácticamente más bien imposible. El point
d'honneur del agnóstico frente al creyente es tan formalista
y tan teoricista en su actitud de espera -dice que necesita pruebas concluyentes
para decidir- que, de hecho, su posición nominal no se corresponde
con los esquemas de comportamiento vital a los que cada uno de nosotros
tiene que atenerse en el mundo de la praxis, entendiendo por esta
categoría no sólo lo que se hace (práctica), sino
también la estructura teórica y motivacional de lo que se
hace (ideología, discurso comunicativo, intereses). Apenas parece
discutible que tanto en el plano del saber como en el plano de la vida
cotidiana resulta ineludible adoptar, al menos provisionalmente, un posicionamiento
de dirección positiva o negativa sobre la hipótesis testa,
aunque este posicionamiento no alcance una formulación explícita.
Naturalmente, siempre y cuando la pregunta se le plantee efectivamente
al interesado, pues la cuestión de Dios no es, contra lo que suele
afirmarse un universal antropológico, ya que multitud de seres humanos
jamás se han sentido concernidos por esa pregunta o ni siquiera
la conocen -y el número de ellos aumenta a acelerado ritmo en estos
tiempos-. Pero si la pregunta cobra para alguien pertinencia existencial,
la actitud agnóstica, en su estricta formulación teórica,
no pasa de aparecer como más bien académica o vagamente verbal.
Estimo que esto es lo que quiso decir Bertrand Russell al declararse agnóstico
teórico y ateo práctico. La decisión positiva o negativa
respecto de la hipótesis testa estructura necesariamente el conjunto
del campo perceptivo, intelectivo y moral del ser humano confrontado al
respecto. Cabe que quien se tome a sí mismo por agnóstico
sólo sea un creyente perplejo, en cuyo caso -relativamente
frecuente- debe cambiar su autodefinición. Cabe también que
la ideosincrasia de muchos agnósticos, tejida por el temperamento,
el carácter y la educación, les lleve a inhibirse, ante los
demás y ante sí mismos, a la hora de manifestar públicamente
su verdadera posición. Declararse ateo en contextos públicos
en los que la inercia del consenso recibido y la presión social
es fuerte, comporta correr graves riesgos y dificultades para los propios
intereses, lo cual lleva a muchos increyentes a eludir esas declaraciones
y a refugiarse en la relativamente más confortable posición
del agnóstico, generalmente más pasivo y mucho menos peligrosa,
con la puerta expresamente abierta a los intentos de quienes deseen proselitizarlo,
o simplemente utilizarlo para sus propios fines, en tanto que sean conciliables
con los fines e intereses de los que entran en el juego.
Cuando se rechazan los argumentos en favor de la existencia de Dios
-y sus cláusulas de acompañamiento-, es sumamente incoherente
no reconocer que se ha accedido a una situación personal de increencia
-situación que jamás puede excluir a priori el retorno
a la fe-. Una situación de increencia debe concluir, en el orden
lógico, en una explícita presunción de ateísmo,
la cual obedece metodológicamente al axioma rector que privilegia
inequívocamente la verdad, en principio, de los juicios negativos
de existencia. Remito al lector a mis libros Elogio del ateísmo,
de 1995, y Ateísmo y religiosidad, que acaba de aparecer,
si desea profundizar en esta temática.
Un buen amigo mío, agnóstico y experto en teología,
ha opinado que el ateo sigue estando "colgado" de la cuestión de
Dios. Se trata de una argumentación falaz. Lo cierto es exactamente
lo contrario: quien estima que está en posesión de razones
suficientes para negar que exista un referente real para la idea de Dios
acredita así que se ha "descolgado" de la incertidumbre. A la inversa,
quien resuelve permanecer -pública o privadamente- en la duda agnóstica
es claro que, expressis verbis, continúa "colgado" de la
cuestión sobre si Dios es una quimera o una realidad. A los creyentes
les entusiasma presentar al ateo como un fideista recalcitrante pero al
revés, obsesionado por el tema de Dios, tal vez creyendo que por
esta vía espuria exorcizan la calificación de fanatismo que
pesa sobre ellos mismos. Esta actitud de mala fe recuerda la muy mala prensa
que siempre ha tenido que soportar el ateísmo. Las ancestrales creencias
animistas de los seres humanos, ancladas probablemente en los mecanismos
genéticos de supervivencia de la especie, han modelado tan vigorosamente
nuestro acervo cultural que la declaración personal de ateísmo
exige gran lucidez y mucho carácter, pues desmantela las seguridades
y certezas transmitidas por las tradiciones religiosas y absorvidas compulsivamente
por las generaciones sucesivas de nuestra especie.
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