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Las manos de Putin

 José María Mendiluce

Artículo publicado en el diario El Periódico

Hoy llega Putin a España. Viene a estrechar la mano de Aznar y ésta será la foto de mañana de todos los diarios españoles. El mismo Putin y la misma mano que mantiene a los ministros de la guerra chechena en el actual gobierno ruso. De entre ellos destacan Igor Sergueyev como Ministro de la Defensa y que ha sido el directo responsable de la ofensiva rusa y Igor Ivanov como Ministro de Exteriores que hizo frente a las críticas internacionales con un cinismo extraordinario.

Putin ha premiado a los que le han ayudado a consolidar un grupo de poder en lugar de formar un gobierno democrático. Y en él se sientan los duros e intransigentes sectores del ejército que aspiran con Putin a recuperar los privilegios perdidos y los halcones conspiradores del Kremlin. Y también ministros de corte ultraliberal que controlan el área económica del gabinete dispuestos a privatizar y a liberalizar la economía rusa a un ritmo incapaz de ser asimiliado por una sociedad sin tejido empresarial ni social.

El nuevo presidente de Rusia se ganó al electorado gracias a su imagen de hombre duro y sus promesas de "poner orden en el país", actuando en la guerra chechena a ritmo de campaña electoral hasta cometer un genocidio. No es de extrañar que, después del éxito conseguido, sus asesores militares le animen a recuperar la disuasión nuclear o a reiniciar campañas militares en Afganistán, como las bazas políticas más importantes para mantenerse en el poder. Su obsesión es, de momento, reforzar su poder, y aplazar las reformas democráticas.

Putin da también la mano a Slobodan Milosevic, el pirómano de los Balcanes, al invitar hace quince días a Moscú al ministro yugoslavo de Defensa Dragaljub Ojdanic –acusado de crímenes de guerra por el Tribunal Penal Internacional de La Haya- y no detenerlo como era su obligación. Así, mientras la UE se mostraba incapaz de dotar un fondo económico para la democratización de Serbia tal como se comprometió el pasado verano después de la guerra de Kosovo en la pomposa Cumbre de Estabilización, Vladimir Putin vende petróleo y amplía créditos por valor de más de 100 millones de dólares a los radicales serbios ayudándoles a consolidar su poder.

Europa seguirá equivocándose si cree que su seguridad está más garantizada con una Rusia presidencialista que duda entre la fuerza militar o la fuerza de la democracia y de las reformas para recuperar un protagonismo perdido. Tampoco está garantizada la seguridad de los intercambios económicos, ni de las inversiones en Rusia mientras que una excesiva burocratización o unas mafias organizadas puedan introducirse en los espacios institucionales de poder además de protagonizar la ilegalidad. Y éstas amenazas son reales, y frente a ellas Putin deberá de responder activamente si quiere integrar a Rusia en el mundo de las naciones democráticas.

Y si no lo hace, el dinero de la UE bien puede acabar en Milosevic, en Chechenia, o en la corrupción que permite mantener el poder gracias al soborno y la ambición de una sociedad desestructurada que se empobrece rápidamente. Con una emigración de su inteligencia y su mano de obra más cualificada, y una de las cotas más bajas de natalidad Rusia avanza hacia el empobrecimiento demográfico y social. Y el descontento se controla con la fuerza y con la limitación de las libertades como las de expresión y de información amenazadas o suprimidas por el actual gobierno ruso. En éste escenario, consolidar políticamente y económicamente a Putin sin condicionar nuestra ayuda a la democracia y a los derechos humanos, es amenazar nuestra seguridad y nuestros intereses.

Las manos de Putin no están limpias. Por mucho que se las estreche Blair, Clinton o el mismísimo Papa. Pero se trata de no soltarle y compremeterle en un calendario de reformas políticas, económicas y sociales para Rusia si quiere nuestra ayuda. Porque el futuro de Rusia es el futuro de Europa. Y ahora le toca a Aznar, que parece que se ha ganado el privilegio de que ésta sea la segunda visita del líder ruso a un país europeo como un premio a su moderación en sus declaraciones sobre la guerra de Chechenia. Silencios o declaraciones suaves que le han permitido iniciar un clima de confianza con el presidente ruso. Y ese clima debe de ser utilizado con responsabilidad para forzar compromisos claros y evaluables dentro de una calendario que no permite más demoras ni más ambigüedades.

Aznar y su gobierno tienen con la visita de Putin una oportunidad de demostrar que entienden de algo más que razones de estado. Razones de principios democráticos, los mismos que les llevaron, aunque sólo fuera por oportunismo electoral en España, a liderar las sanciones de la UE contra Austria y su gobierno. Esperamos que el creciente protagonismo del presidente español en Europa esté al servicio de liderar otra política europea hacia Rusia más exigente y que garantice también un modelo de seguridad compartido. Aznar tiene hoy la obligación de continuar insistiendo sobre Putin y su equipo de que no hay mercado sin una profundización de la democracia. Como no es posible tampoco la democracia sin mercado libre.

Pero no nos engañemos. Hoy Aznar le va a dar la mano a un frío y calculador presidente de Rusia. Dispuesto a hacer cualquier cosa por mantenerse en el poder. Dispuesto a dar seguridades a los inversores e instituciones españolas. Y muchos nos hacemos dos preguntas ante la visita del dirigente ruso: La primera, ¿dónde están los partidos progresistas?, y la segunda ¿hasta dónde está dispuesto Aznar a llegar por un contrato o por una foto?. Espero que no acepte el argumento de que Chechenia es un asunto ruso interno. Porque no es legítimo hacer negocio con las manos manchadas de sangre. Como no es tolerable que la izquierda establecida esté tan ocupada contando delegados o los recibos del alquiler.

13 de junio de 2000
 
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