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El caos infernal

de la sociedad de mercado

 Jacques Robin

Publicado en el número 66, diciembre 2000, de la revista Transversales Science Culture y el el suplemento Transversales número 1, Iniciativa Socialista número 60, primavera 2001
 

En un número reciente de Transversales (1) afirmábamos que la fórmula favorita de Lionel Jospin, "sí a la economía de mercado, no a la sociedad de mercado", era engañosa (2). El olvido del término "capitalista" tras la palabra "economía" da a la fórmula un tono de inocencia que la despoja de su parte inquietante. La utilización exclusiva de la palabra mercado remite a la existencia desde hace siglos de las formas bonachonas y útiles de los "mercados" tradicionales que han permitido el intercambio exitoso de bienes y servicios, antes realizado por medio del trueque. Por el contrario, el capitalismo con su lógica de poder, sus funciones conjuntas de producción y de acumulación del capital, su búsqueda de la máxima ganancia financiera en el plazo más breve que sea posible, su racionalización integral con desprecio de lo humano, promueve, de forma exacerbada, la tan famosa "competencia, entre los seres humanos, entre las empresas y entre las naciones. Favorece y desarrolla comportamientos basados en el deseo de poder, en la posesión y en la pasión por las "únicas riquezas materiales" contabilizables en el Producto Nacional Bruto.

Parece que Lionel Jospin y Laurent Fabius, cuando eran alumnos de la ENA, no profundizaron en los esclarecedores trabajos de Karl Polanyi. En La gran transformación (3), crítica del capitalismo liberal, radical por ser antroposociólogica, este importante pensador, desaparecido en 1964, subraya con un rigor muy difícil de refutar cómo, desde los siglos XIV y XV, el curso central de la economía mercantil en vías de transformarse en economía capitalista ha consistido en gestionar el conjunto de la sociedad como un simple auxiliar de la economía mercantil. Las relaciones sociales, la tierra y la moneda han sido empotradas progresivamente en la dictadura de la economía.
 

Hacia la mercantilización de nuestras vidas

Hoy estamos desembocando en la "sociedad de mercado", pues, al apropiarse de la mutación informacional, el capitalismo liberal transforma en mercancías la cultura, la salud, la educación y, en resumen, hasta la experiencia vivida de cada individuo. Desearíamos que Lionel Jospin reflexionase sobre esta evolución a propósito del último libro de Jeremy Rifkin, La era del acceso (4). El autor constata, con ejemplos precisos y con cifras ineludibles, que "la economía en red" nacida de la mutación informacional da predominancia a las condiciones de "acceso" a las riquezas materiales, y no ya a los valores de "propiedad". Esa "economía de servicios" transforma en mercancías todo tipo de bienes y al propio tiempo humano. La evolutiva conversión de la ganancia en renta financiera de los servicios se apodera de la esfera cultural. Desde el "turismo" al "centro comercial" concebido como espacio cultural, desde los significantes artísticos hasta los problemas del cuerpo, desde el deporte al conocimiento, la privatización generalizada por la economía capitalista de mercado controla poco a poco las conductas individuales y las arrastra, en una permanente efervescencia mercantil, hacia la efímera ilusión del bienestar en el momento presente. En Europa marchamos así, a grandes pasos, hacia el caos infernal de la sociedad de mercado.

Esta economía capitalista de mercado parece haber ganado la partida. Hoy, la inmensa mayoría de los ciudadanos la considera como inevitable e ineludible. Los dirigentes declaran estar forzados a aceptarlo, por no hablar ya del burlón Alain Minc, que aprieta mucho la clavija al escribir: "la economía de mercado es un estado natural...". Los "boletines europeos" de France-Info anuncian: "En las condiciones impuestas a los países del Este para entrar en la Comunidad europea se encuentra, junto a las prácticas democráticas del Estado de derecho, el respeto a la economía de mercado...". Estamos lejos de los tiempos en que Michel Rocard se ponía a prueba: "Debemos concretar nuestros valores en el marco de una sociedad democrática con mercado. He dicho con mercado, no de mercado" (5). Los dirigentes socialdemócratas tratan de limitar los excesos de la economía capitalista de mercado, pero ésta sigue siendo la única perspectiva. Algunos de los paladines de la economía distributiva, siguiendo la estela de Jacques y Marie-Louise Duboin, proponen una alternativa global, pero parece una perspectiva para un periodo más lejano en la vida de la humanidad. Los propios Verdes, que se desmarcan del productivismo, sólo ofrecen medidas parciales. Más aún, cuando se cita "la economía plural" que propone asociar las lógicas del mercado, de la economía pública y de una economía social y solidaria, siempre queda ausente cualquier tipo de autonomía financiera y monetaria para las lógicas no mercantiles, cuya subsistencia dependería siempre de la dedicación a ellas de una fracción de los recursos creados por la economía mercantil. El sistema monetario mercantil se mantiene como dueño del juego y modela, diga lo que diga Lionel Jospin, una sociedad de mercado, en tanto y en cuanto no se aborde la puesta en marcha de indicadores cualitativos de riqueza, otros formas de contabilidad nacional y, ante todo, la creación de otros instrumentos de intercambios monetarios de consumo sin atesoramiento. Mientras tanto, el malestar y el "mal-ser" no dejarán de crecer.
 

Malestar en la sociedad de mercado

Sin embargo, "el crecimiento ha regresado" en socorro de la economía francesa y europea. Mas, ¿qué es lo que ha crecido?: el PNB. Este tipo de crecimiento permite, temporalmente, disminuir una parte del desempleo masivo, en el marco del desarrollo de algunos sectores, principalmente los ligados a las nuevas teconologías informacionales (informática, biotconologías, Internet...). Estas innovaciones no constituyen una "nueva economía", pues se trata de ámbitos que responden a la misma lógica de la economía capitalista de mercado con marcada predominancia financiera. En Francia sigue habiendo cerca de 2,5 millones de desempleados registrados, un millón de beneficiarios del ingreso mínimo de inserción y cientos de miles de personas asistidas por diversos servicios sociales. Este famoso crecimiento agrava las desigualdades sociales, consolidando la pobreza y la precariedad. El reciente informe del Observatorio de la pobreza resalta que, en diez años, el número de "nuevos pobres" (con o sin trabajo, pero con ingresos inferiores a 3.500 francos mensuales -unas 90.000 pesetas-) se ha mantenido estancado, con un desplanzamiento de la pobreza desde las personas mayores y rurales hacia la gente más joven y, frecuentemente, urbana. ¡3.500 francos mensuales! Sin tomar en cuenta los ingresos mensuales de un millón de francos o más de los que disfrutan las estrellas del deporte o del espectáculo y los aún más numerosos miembros de las redes mafiosas de la droga, de la venta de armas, del tráfico de inmigrantes y de la prostitución, la desigualdad económica más corriente es fácil de observar comparando esos 3.500 francos con los 80.000 francos -más de dos millones de pesetas- de ingresos reales disponibles para una considerable cantidad de hogares, aunque pagando por ello un alto precio: un verdadero hostigamiento en el trabajo, capaz de desequilibrar la vida personal y familiar. Para defender el lugar alcanzado, la competición es feroz, y los métodos para expulsar a los menos productivos se hacen cada vez más traumáticos.
 

Más fuerte, más deprisa

La inquietud y la angustia planean permanentemente sobre quienes poseen un empleo, a consecuencia de la furiosa utilización por parte de las empresas de diversas formas de contratos temporales y de los más variados pretextos relacionados con la flexibilidad. Y qué decir del encarnizamiento hacia "la victoria" en algunas profesiones, de manera que, por ejemplo, prolifera el dopaje en los deportes profesionales de competición para contentar a los patrocinadores, corriendo el riesgo de sufrir graves transtornos patológicos a partir de los cincuenta años. Esta disminución de la calidad de vida se ve agravada por el sentimiento general de inseguridad que mana de la atmósfera en la que se bañan esta "sociedad de mercado" y su eslogan: más fuerte, más deprisa.

No desarrollaremos aquí el tema de la inseguridad alimentaria y sanitaria ("vacas locas" y organismos genéticamente manipulados, amianto, intoxicación por plomo, SIDA...), ligada la primera a un enloquecido productivismo agrícola y, la segunda, a las inconsecuencias derivadas de la no aplicación del principio de cautela. Y, aunque sea dramática, nos limitaremos a citar la inseguridad debida a nuestro desprecio a las reacciones de la biosfera ante nuestros comportamientos irresponsables: los cambios climáticos con tempestades e inundaciones repentinas reflejan los primeros avisos de un efecto invernadero agravado, en gran parte, por las actividades industriales y por las conductas de nuestras sociedades; la creciente escasez del agua potable y los daños causados por los desechos están directamente relacionados con el despilfarro de los países industrializados. La incompresión general ha quedado ratificada por el fracaso de la conferencia de La Haya.

La cotidiana inseguridad física en las ciudades, en los barrios periféricos y en las zonas rurales está directamente vinculada a la sociedad de mercado, ya que la competencia exasperada y el afán de obtener dinero transtornan toda alteridad. Hablamos de los peligros permanentes que derivan de los delirantes horarios de los camioneros, de la insuficiente labor de mantenimiento en los transportes ferroviarios, marítimos o aéreos. Hablamos del exceso de velocidad relacionado con la excitación del "resultado a cualquier precio", del estrés psíquico debido al empleo prolongado del ordenador y de Internet.

Hablamos de las consecuencias destructivas de los territorios abandonados por motivos de insuficiente "productividad" económica, muy en particular en el ámbito de los servicios públicos: cierre de escuelas no saturadas de alumnos, desclasificación de servicios hospitalarios de proximidad por ser no-rentables, espaciamiento de los repartos postales... El confort y las simples alegrías de la vida quedan alteradas.

Hablamos ante todo del martilleo sobre el papel clave del dinero, de la publicidad para arrastrarnos a consumir de forma incesante para "ser el más bello", para "positivar", para ser "reconocido". Las cotizaciones bursátiles publicadas cada media hora terminan haciendo creer que en ellas residen los baremos de la vida. Los "juegos" organizados en los prime-time de las cadenas de televisión reciben siempre el espaldarazo del dinero: "¿quiere usted ganar millones?". El marketing, dueño del afán consumista, halaga nuestras facetas más individualistas, como testimonia la campaña de lanzamiento de la consola Play-Station 2: ¡date prisa, no habrá para todos! Esta enloquecida búsqueda del dinero con el propósito de consumir a tope, conduce a la violencia física ejercida por individuos abandonados y sin referencias.

¿Cómo no constatar, más allá de las estadísticas, el aumento de las agresiones de todo tipo, incluso dentro de la escuela? Es imposible no incriminar el papel de los medios audiovisuales, el cine y la televisión. Para aumentar la audiencia (y, con ella, la publicidad), se banaliza la muerte violenta, se da prioridad al horror de las agresiones físicas, todo ello en nombre de la libertad de expresión. La "sociedad de mercado" utiliza, en todo lugar y por cualquier medio, la corrupción, que, como primer efecto, diluye las prácticas de la democracia.

La sociedad de mercado, consecuencia inevitable de la economía capitalista de mercado, lleva hacia un caos en el que el "cada uno a lo suyo" va acompañado por artificiales exaltaciones comunes que recuerdan a los juegos circenses de la decadencia romana: panem et circenses. Aunque, como en todos los periodos de mutaciones extremas, se desarrollan simultáneamente solidaridades ejemplares que resaltan las facetas calurosas y convivenciales de los seres humanos. Pero se puede prever que la maquinaria desencadenada por la "sociedad de mercado" seguirá haciendo su trabajo durante los próximos años. En Francia, los quince meses que siguen, ocupados por la cercanía de múltiples procesos electorales, llevarán a la clase política a interesarse por el corto plazo y a pasar por alto los asuntos que deben ser vistos a medio y largo plazo.
 

Otras formas de vida social

Si se desease detener la extensión de la sociedad de mercado, sería necesario proponer otro modo de desarrollo económico solidario y sostenible, otras maneras de gobernar, otros comportamientos de alteridad. Los partidos políticos, con sólo uno o dos siglos de existencia, ¿son capaces de constituir los puntos de encuentro de las fuerzas sociales que buscan abrirse a un mundo menos duro para los débiles, más inclinado hacia el conocimiento y los placeres espirituales? Movimientos como los Estados generales de la ecología política, ATTAC, Amnistía internacional, Derecho a la vivienda, los numeros movimientos de ciudadanía activa y muchos otros, en Francia y en todo el planeta, ¿no estarán prefigurando los reagrupamientos precisos para sostener otras formas de vida social: democracia participativa, comercio justo, autolimitación del consumo energético, economía plural con monedas plurales, procesos para una Europa ciudadana?

Sin olvidar, finalmente, la inmensa pregunta que pesa sobre nuestro porvenir: ¿nuestra capacidad de acción sobre el genoma humano, se orientará hacia el completo desarrollo de los seres humanos o hacia la lógica guerrera de falsos superhombres que se apropiarán de la sociedad de mercado?

 

NOTAS

1. Jacques Robin, "Notre type d’economie de marché fonde bien la societé de marché", Transversales, nº 62.

2. Durante el reciente Congreso de Grenoble, Jena-Christophe Cambadélis insiste: "El modelo original de la izquierda plural se distingue por un rechazo fundamental: el de la sociedad de mercado"

3. Karl Polanyi, La gran transformación, La Piqueta, Madrid, 1989

4. Jeremy Rifkin, La era del acceso, Paidós, Barcelona 2000, 366 páginas.

5. Michel Rocard, Estados generales socialistas, Lyon, 4 julio 1993
 
 
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