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En un número reciente de Transversales (1) afirmábamos que la fórmula favorita de Lionel Jospin, "sí a la economía de mercado, no a la sociedad de mercado", era engañosa (2). El olvido del término "capitalista" tras la palabra "economía" da a la fórmula un tono de inocencia que la despoja de su parte inquietante. La utilización exclusiva de la palabra mercado remite a la existencia desde hace siglos de las formas bonachonas y útiles de los "mercados" tradicionales que han permitido el intercambio exitoso de bienes y servicios, antes realizado por medio del trueque. Por el contrario, el capitalismo con su lógica de poder, sus funciones conjuntas de producción y de acumulación del capital, su búsqueda de la máxima ganancia financiera en el plazo más breve que sea posible, su racionalización integral con desprecio de lo humano, promueve, de forma exacerbada, la tan famosa "competencia, entre los seres humanos, entre las empresas y entre las naciones. Favorece y desarrolla comportamientos basados en el deseo de poder, en la posesión y en la pasión por las "únicas riquezas materiales" contabilizables en el Producto Nacional Bruto.
Parece que Lionel Jospin y Laurent Fabius, cuando eran
alumnos de la ENA, no profundizaron en los esclarecedores trabajos de Karl
Polanyi. En La gran transformación (3), crítica del
capitalismo liberal, radical por ser antroposociólogica, este importante
pensador, desaparecido en 1964, subraya con un rigor muy difícil
de refutar cómo, desde los siglos XIV y XV, el curso central de
la economía mercantil en vías de transformarse en economía
capitalista ha consistido en gestionar el conjunto de la sociedad como
un simple auxiliar de la economía mercantil. Las relaciones sociales,
la tierra y la moneda han sido empotradas progresivamente en la dictadura
de la economía.
Hoy estamos desembocando en la "sociedad de mercado", pues, al apropiarse de la mutación informacional, el capitalismo liberal transforma en mercancías la cultura, la salud, la educación y, en resumen, hasta la experiencia vivida de cada individuo. Desearíamos que Lionel Jospin reflexionase sobre esta evolución a propósito del último libro de Jeremy Rifkin, La era del acceso (4). El autor constata, con ejemplos precisos y con cifras ineludibles, que "la economía en red" nacida de la mutación informacional da predominancia a las condiciones de "acceso" a las riquezas materiales, y no ya a los valores de "propiedad". Esa "economía de servicios" transforma en mercancías todo tipo de bienes y al propio tiempo humano. La evolutiva conversión de la ganancia en renta financiera de los servicios se apodera de la esfera cultural. Desde el "turismo" al "centro comercial" concebido como espacio cultural, desde los significantes artísticos hasta los problemas del cuerpo, desde el deporte al conocimiento, la privatización generalizada por la economía capitalista de mercado controla poco a poco las conductas individuales y las arrastra, en una permanente efervescencia mercantil, hacia la efímera ilusión del bienestar en el momento presente. En Europa marchamos así, a grandes pasos, hacia el caos infernal de la sociedad de mercado.
Esta economía capitalista de mercado parece haber
ganado la partida. Hoy, la inmensa mayoría de los ciudadanos la
considera como inevitable e ineludible. Los dirigentes declaran estar forzados
a aceptarlo, por no hablar ya del burlón Alain Minc, que aprieta
mucho la clavija al escribir: "la economía de mercado es un estado
natural...". Los "boletines europeos" de France-Info anuncian: "En las
condiciones impuestas a los países del Este para entrar en la Comunidad
europea se encuentra, junto a las prácticas democráticas
del Estado de derecho, el respeto a la economía de mercado...".
Estamos lejos de los tiempos en que Michel Rocard se ponía a prueba:
"Debemos concretar nuestros valores en el marco de una sociedad democrática
con mercado. He dicho con mercado, no de mercado" (5). Los dirigentes socialdemócratas
tratan de limitar los excesos de la economía capitalista de mercado,
pero ésta sigue siendo la única perspectiva. Algunos de los
paladines de la economía distributiva, siguiendo la estela de Jacques
y Marie-Louise Duboin, proponen una alternativa global, pero parece una
perspectiva para un periodo más lejano en la vida de la humanidad.
Los propios Verdes, que se desmarcan del productivismo, sólo ofrecen
medidas parciales. Más aún, cuando se cita "la economía
plural" que propone asociar las lógicas del mercado, de la economía
pública y de una economía social y solidaria, siempre queda
ausente cualquier tipo de autonomía financiera y monetaria para
las lógicas no mercantiles, cuya subsistencia dependería
siempre de la dedicación a ellas de una fracción de los recursos
creados por la economía mercantil. El sistema monetario mercantil
se mantiene como dueño del juego y modela, diga lo que diga Lionel
Jospin, una sociedad de mercado, en tanto y en cuanto no se aborde la puesta
en marcha de indicadores cualitativos de riqueza, otros formas de contabilidad
nacional y, ante todo, la creación de otros instrumentos de intercambios
monetarios de consumo sin atesoramiento. Mientras tanto, el malestar y
el "mal-ser" no dejarán de crecer.
No desarrollaremos aquí el tema de la inseguridad alimentaria y sanitaria ("vacas locas" y organismos genéticamente manipulados, amianto, intoxicación por plomo, SIDA...), ligada la primera a un enloquecido productivismo agrícola y, la segunda, a las inconsecuencias derivadas de la no aplicación del principio de cautela. Y, aunque sea dramática, nos limitaremos a citar la inseguridad debida a nuestro desprecio a las reacciones de la biosfera ante nuestros comportamientos irresponsables: los cambios climáticos con tempestades e inundaciones repentinas reflejan los primeros avisos de un efecto invernadero agravado, en gran parte, por las actividades industriales y por las conductas de nuestras sociedades; la creciente escasez del agua potable y los daños causados por los desechos están directamente relacionados con el despilfarro de los países industrializados. La incompresión general ha quedado ratificada por el fracaso de la conferencia de La Haya.
La cotidiana inseguridad física en las ciudades, en los barrios periféricos y en las zonas rurales está directamente vinculada a la sociedad de mercado, ya que la competencia exasperada y el afán de obtener dinero transtornan toda alteridad. Hablamos de los peligros permanentes que derivan de los delirantes horarios de los camioneros, de la insuficiente labor de mantenimiento en los transportes ferroviarios, marítimos o aéreos. Hablamos del exceso de velocidad relacionado con la excitación del "resultado a cualquier precio", del estrés psíquico debido al empleo prolongado del ordenador y de Internet.
Hablamos de las consecuencias destructivas de los territorios abandonados por motivos de insuficiente "productividad" económica, muy en particular en el ámbito de los servicios públicos: cierre de escuelas no saturadas de alumnos, desclasificación de servicios hospitalarios de proximidad por ser no-rentables, espaciamiento de los repartos postales... El confort y las simples alegrías de la vida quedan alteradas.
Hablamos ante todo del martilleo sobre el papel clave del dinero, de la publicidad para arrastrarnos a consumir de forma incesante para "ser el más bello", para "positivar", para ser "reconocido". Las cotizaciones bursátiles publicadas cada media hora terminan haciendo creer que en ellas residen los baremos de la vida. Los "juegos" organizados en los prime-time de las cadenas de televisión reciben siempre el espaldarazo del dinero: "¿quiere usted ganar millones?". El marketing, dueño del afán consumista, halaga nuestras facetas más individualistas, como testimonia la campaña de lanzamiento de la consola Play-Station 2: ¡date prisa, no habrá para todos! Esta enloquecida búsqueda del dinero con el propósito de consumir a tope, conduce a la violencia física ejercida por individuos abandonados y sin referencias.
¿Cómo no constatar, más allá de las estadísticas, el aumento de las agresiones de todo tipo, incluso dentro de la escuela? Es imposible no incriminar el papel de los medios audiovisuales, el cine y la televisión. Para aumentar la audiencia (y, con ella, la publicidad), se banaliza la muerte violenta, se da prioridad al horror de las agresiones físicas, todo ello en nombre de la libertad de expresión. La "sociedad de mercado" utiliza, en todo lugar y por cualquier medio, la corrupción, que, como primer efecto, diluye las prácticas de la democracia.
La sociedad de mercado, consecuencia inevitable de la
economía capitalista de mercado, lleva hacia un caos en el que el
"cada uno a lo suyo" va acompañado por artificiales exaltaciones
comunes que recuerdan a los juegos circenses de la decadencia romana: panem
et circenses. Aunque, como en todos los periodos de mutaciones extremas,
se desarrollan simultáneamente solidaridades ejemplares que resaltan
las facetas calurosas y convivenciales de los seres humanos. Pero se puede
prever que la maquinaria desencadenada por la "sociedad de mercado" seguirá
haciendo su trabajo durante los próximos años. En Francia,
los quince meses que siguen, ocupados por la cercanía de múltiples
procesos electorales, llevarán a la clase política a interesarse
por el corto plazo y a pasar por alto los asuntos que deben ser vistos
a medio y largo plazo.
Sin olvidar, finalmente, la inmensa pregunta que pesa sobre nuestro porvenir: ¿nuestra capacidad de acción sobre el genoma humano, se orientará hacia el completo desarrollo de los seres humanos o hacia la lógica guerrera de falsos superhombres que se apropiarán de la sociedad de mercado?
1. Jacques Robin, "Notre type d’economie de marché fonde bien la societé de marché", Transversales, nº 62.
2. Durante el reciente Congreso de Grenoble, Jena-Christophe Cambadélis insiste: "El modelo original de la izquierda plural se distingue por un rechazo fundamental: el de la sociedad de mercado"
3. Karl Polanyi, La gran transformación, La Piqueta, Madrid, 1989
4. Jeremy Rifkin, La era del acceso, Paidós, Barcelona 2000, 366 páginas.
5. Michel Rocard, Estados generales socialistas, Lyon,
4 julio 1993
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