Jaques Robin, fundador de TRANSVERSALES SCIENCE CULTURE.
Artículo publicado en TRANSVERSALES SCIENCE CULTURE 1, nueva serie,
primer trimestre 2002.
La “ecología política” pretende traducir al campo político
los múltiples aspectos y realidades que engloba el término ecología.
Como se ha repetido hasta la saciedad, la palabra ecología se remonta
a las raíces griegas oikos (casa) y “logie” (estudios metódicos
del ¿para hacer qué?). Generalizado en los últimos decenios
del siglo XIX, el término ecología adopta el sentido de “la
organización más satisfactoria de nuestra casa Tierra, en sus
relaciones con la Naturaleza que la rodea”.
La ecología tiene de excepcional el haber sido una ciencia y haber
pasado a ser un asunto político y ético de mayor importancia.
Hacia una ciencia de la biosfera
En la historia más o menos lejana de la humanidad
se puede encontrar tal o cual referencia a “una economía de la Tierra
habitada por los seres vivos”. De hecho, podemos situar el inicio de una ecología
científica moderna con Haeckel, en 1866. Siguiendo los pasos de los
naturalistas (Bufón, Lamarck, Humboldt, Darwin...), Haeckel, naturalista
alemán, estudia con gran atención “las interacciones entre
los organismos vivos y su entorno”. La ecología científica
había nacido. Este concepto de entorno se abre rápidamente a
nociones como biotopo (el medio geofísico), biocenosis (el conjunto
de las interacciones entre los seres vivos), de nichos ecológicos (pequeñas
comunidades tópicas donde se tejen innombrables interacciones entre
los seres vivos que las habitan). La emergencia de la noción de ecosistema
(Tansley, 1935) constituye una etapa superior: “Las interacciones entre organismos
vivos, conjugándose con las coacciones y las posibilidades que suministra
el biotopo físico (y retroactuando sobre éste), organizan precisamente
el entorno en sistema”.
Esta ecología científica no es solamente biológica;
se trata, por excelencia, de una “nueva ciencia interdisciplinar”, que se
ha situado rápidamente en la encrucijada de las ciencias de la vida
y de las ciencias de la tierra. Estudia los sistemas naturales a escalas espaciales
y temporales muy diferentes, con una jerarquía de complejidad que
integra todos los ecosistemas en un inmenso sistema geobioquímico.
La ecología científica se desarrolla por la intersección
de numerosas disciplinas científicas: la geografía, la meteorología,
la botánica, la fisiología, la zoología, la microbiología,
la geoquímica...
En los primeros decenios del siglo XX, los trabajos fundamentales del sabio
ruso Vladimir Vernadsky (1), de Alfred Lokta, de Edouard Suess, y posteriormente
de sus discípulos de la Universidad de Yale en Estados Unidos (Hutchinson,
los hermanos Odum...), condujeron, después de la segunda guerra mundial,
a aproximaciones más globales: la ecología científica
es una ciencia de la biosfera, “sistema ecológico total que hace de
la Tierra, quizás, el único planeta vivo en el sistema solar”.
Una aproximación así se encuentra estrechamente ligada al paradigma
energético resultante de la termodinámica: se estudia el conjunto
constituido por la energética de la Tierra (con su sistema climático
global) y de la biosfera. Por otro lado, la comunidad científica emprende
después de 1980 el “Programa internacional geoesfera-biosfera” (Global
Change), así como el “Programa climatológico mundial”.
En la segunda mitad del siglo pasado, personas con las más diversas
responsabilidades declaran que nosotros, los seres humanos, somos de la Naturaleza
y estamos en la Naturaleza, a la vez que entienden con mayor claridad que
la Naturaleza no se nos ha “dado” a los humanos: el crecimiento demográfico
brutal y general, así como la explosión de las actividades industriales
en las sociedades productivistas de Occidente, ponen en peligro las regulaciones
de la biosfera que permiten la habitabilidad misma de la humanidad sobre
el planeta Tierra. Se precisan importantes envites: el agua, el aire y la
energía pasan a ser responsabilidades humanas.
La coevolución entre las actividades cotidianas de las sociedades
humanas y la biosfera se presenta como una necesidad imperiosa. Desde 1970,
Nicholas Georgescu-Roegen (2) llama la atención sobre estas relaciones
incuestionables, seguido por otros economistas como Herman Daly en Estados
Unidos y René Passet (3) en Europa (1979). Al mismo tiempo se desarrollan
una serie de reflexiones múltiples sobre temas conexos: la relación
naturaleza-cultura, en Serge Moscovici (4), Edgar Morin (5), Ivan Illich (6),
Teddy Goldsmith (7); las aplicaciones de los datos de la teoría de
sistemas, en Rapoport (8), Joel de Rosnay (9); críticas sobre una visión
hegemónica de la ciencia y de la tecnología, en Jacques Ellul,
Bernard Charbonneau (10). Además, los trabajos sobre la ecología
científica continúan, por ejemplo en Francia, con François
Ramade (11), así como se consolida la afirmación del concepto
de “ecosistema global de la biosfera”, en particular por Jacques Grinevald
(12). Pero la ecología científica remite cada vez más
hacia una interrogación general de lo social y de lo político
y a una revolución de las mentalidades.
La poderosa emergencia de la ecología política
La intimidad de la pareja ecología científica-economía
se impone. En Europa, el Club de Roma, René Dumont, Armand Petitjean
y otros participan, con dosis de incertidumbre, en discusiones sobre lo que
va a llamarse el “desarrollo”. Aunque es cierto que a esta noción de
desarrollo se le van añadiendo los adjetivos de sostenible, de humano
más tarde, lo prioritario hasta hoy es habilitar de la mejor manera
posible el himno general al Crecimiento apto para servir a Occidente, hasta
el punto de que ha generado un debate profundo sobre la necesidad, vista
por algunos, de “debilitar el desarrollo”, es decir, de instaurar un “decrecimiento
convivencial” (13). Sea lo que sea, desde el final de los Treinta Gloriosos,
hacia 1970, asistimos a la poderosa emergencia de una ecología política,
centrada sobre un cuestionamiento de los modos de producción, de consumo
e, incluso, de vida supuestos por un productivismo sistemático, un
crecimiento cuantitativo a cualquier precio, un despilfarro sin freno que
ponen en peligro nuestra relación con la biosfera. Paralelamente,
la ecología política se ve azotada por las reacciones ofuscadas
de los humanos, inconscientes ante el saqueo del planeta por el sistema industrial
y la rápida degradación de los recursos naturales más
elementales.
Hoy se está expresando una “ecología ciudadana” a través
de aquellos que se oponen al envenenamiento de los ríos, al destrozo
de los bosques, al pulular de los residuos (en primer lugar los residuos nucleares).
En Europa, pensadores como André Gorz (14), Jean-Paul Deléage
(15), Alain Lipietz (16), Wolfgang Sachs (17) y otros, reclaman importantes
transformaciones en el terreno de los transportes, del urbanismo, de las
formas de trabajo, es decir, de los principales mecanismos de la sociedad
productivista de mercado.
El economicismo salvaje de finales del siglo XX, ligado al ascenso fulgurante
de un ultraliberalismo que se apoya sobre las capacidades de la tecnociencia,
ha agravado las protestas de gran parte de la opinión pública,
preocupada por las transformaciones climáticas, el efecto invernadero,
la desaparición de la biodiversidad de las diferentes especies animales
y vegetales, las “contaminaciones globales” (y sus repercusiones alimenticias
y sanitarias), etc.
También en otro ámbito se está produciendo un ascenso
que no puede separarse de la ecología política. Nuestra “responsabilidad”
hacia la Naturaleza no está separada de nuestras relaciones hacia los
otros; por el contrario, se encuentra directamente ligada a nuestros comportamientos
individuales y sociales. Esta realidad nos lleva a reexaminar las cuestiones
clave de dominación y de jerarquía entre los individuos, sexos,
razas y edades: ¿cómo refrenar nuestra voluntad de poder y
de disfrute inmediato que a lo largo de los siglos nos ha conducido a la
agresividad y al despilfarro? ¿Cómo cambiar las mentalidades
de los humanos hacia un nuevo estilo de vida, donde primen la solidaridad,
el intercambio, la alteridad, el compartir, la concertación, la simbiosis?
Ahí se encuentra la relación entre la ecología política
con las interrogaciones filosóficas y éticas renovadas. Gregory
Bateson, Edgar Morin (18) y Félix Guattari (19) reflexionan sobre una
“ecología del espíritu” y una “ecología cognitiva”. Éste
último propuso durante los años 90 la perspectiva de la ecosofía:
“Una ecosofía, es decir, una perspectiva que incluya las dimensiones
éticas y que articule entre ellas el conjunto de las ecologías
científicas, políticas, medioambientales, sociales y mentales.
Esta ecosofía está llamada, quizás, a sustituir a las
viejas ideologías que sectorializaban de forma abusiva lo social,
lo privado y lo civil, y que eran incapaces de establecer la unión
entre la política, la ética y la estética”.
Edgar Morin detalla lo que sería una “política de civilización”.
La ecología política, de múltiples raíces, aparece
ante muchos en Occidente como una ideología grata y abierta, capaz
de orientar la marcha general de una mundialización “con rostro humano”
y de salvar el foso Norte-Sur que se profundiza todos los días. La
ecología política se opone a los rostros aterradores de las
ideologías totalitarias, comunistas y fascistas, del siglo XX en Europa,
a los nacionalismos identitarios, a las sectas religiosas y, sobre todo hoy,
al ultraliberalismo económico. A pesar de que han surgido en diferentes
países partidos ecologistas, agrupamientos cívicos democráticos
y ecológicos, el recorrido de esta evolución parece muy lento,
en particular en una sociedad occidental siempre bajo la presión de
lo inmediato. Es difícil hacer evolucionar la opinión de los
pueblos hacia “otro mundo”. Desgraciadamente, la ecología política
no ha sabido ver, comprender y aprehender, como debería, las dos mutaciones
que trastocan la entrada en el siglo XXI: la explosión de la era de
la información y la apuesta por una democracia cívica y ética.
Dos imperativos para la ecología política
del siglo XXI
Si la ecología política quiere asumir un papel más
importante para el siglo XXI, necesita, en primer lugar, aprehender en su
especificidad la gran mutación que significa el nacimiento de la era
de la información, que se desarrolla en paralelo a la era energética
que, desde el neolítico, ha dirigido la transformación de la
materia por las invenciones y las acciones de los humanos.
Particularmente en Occidente, la utilización de fuentes energéticas
cada vez más poderosas (desde la energía muscular a la
nuclear) ha dirigido las transformaciones de la materia en continua progresión.
Hoy en día, con la entrada en la era de la información no asistimos,
como algunos enuncian, a una tercera revolución industrial de la era
energética, sino a una verdadera mutación que afecta a los cimientos
de la humanidad.
Desde los años 40, decisivas investigaciones en el terreno militar
y sus “repercusiones organizativas” hicieron que los humanos fueran capaces
de comprender y tratar (computar) una magnitud física desconocida hasta
entonces, que acompaña las circunstancias (las situaciones) de la
materia desde su evolución en el espacio y en el tiempo. Dicha magnitud,
desprovista de sentido pero mensurable, se ha convertido en bits (20). Estas
investigaciones coronaron los trabajos premonitorios de otros científicos
como el teórico de los juegos Von Neumann (21) o los cibernéticos
Norbert Wiener (22) y Heinz Von Förster (23).
Esta información, entendida como magnitud física, levanta
las incertidumbres sobre un gran número de características
que los seres humanos trataron siempre de discernir en la materia (inanimada
o viva), y entraña otros poderes considerables: mediante agudos algoritmos,
es capaz de constituir un programa de mando informatizado que, introducido
en máquinas adaptadas a la transmisión de información,
puede dirigir ordenadores, robots, telecomunicaciones digitales, acciones
sobre la producción de procesos vitales...
El paso dado es revolucionario. Wiener lo reconoce: “La información
no es la masa ni la energía, es la información”. Y K.F.Boulding,
que preside la Academia de las Ciencias de Nueva York, afirmaba en 1952: “La
información es la tercera dimensión fundamental más allá
de la masa y de la energía”.
Desgraciadamente, Claude Elwood Shannon y Weaver (24), que establecieron
las bases matemáticas de estos datos y elaboraron la primera teoría
sobre este nuevo concepto, lo denominaron “información”. La confusión
ganó rápidamente los espíritus, que no entendieron el
hecho importante de que se trataba de una magnitud física carente de
sentido y se mantuvo su uso corriente en la conversación: informar(se).
Se confunde alegremente la información con la comunicación.
Se compara la información con innovaciones históricas como la
escritura o la imprenta. La confusión se amplía por el hecho
de que las tecnologías, nacidas del concepto de información,
dan lugar a progresos gigantescos en el campo de las comunicaciones entre
los seres humanos. Y aunque se publican otros trabajos fundamentales sobre
el mismo concepto de información -en Francia los del físico
Léon Brillouin, los del biofísico Henri Atlan (25), o del biólogo
Henri Laborit (26)-, el interés de los responsables económicos,
sociales y políticos se centra sobre las tecnologías que derivan
del concepto de información. Éstas se desarrollan a gran velocidad,
con consecuencias todavía incalculables, pues en tres o cuatro decenios
la informática, la robótica, las telecomunicaciones digitales,
las biotecnologías, en resumen, todas las tecnologías que funcionan
sobre las bases de una transmisión de información mensurable,
transforman las sociedades industrializadas de Occidente.
Las especificidades de la era energética lo trastocan todo. Recordemos
los principales elementos de esta mutación:
- Por vez primera, los humanos tratan a la materia y a los objetos que ellos
fabrican por medio de códigos, de memorias, de señales, asociadas
a lenguajes. Las manipulaciones de la materia se realizan cada vez menos a
través de medios materiales, pues se usan medios inmateriales con gastos
mínimos de energía.
- Las reglas de intercambio de bienes y servicios entre los seres humanos
se metamorfosean: en la era energética el reparto de un bien se efectúa
por separación de ese bien en varias partes; en la era de la información,
la totalidad de la información transmitida es conservada por cada uno.
- Las tecnologías de la información, duplicables con bajo
coste energético, inauguran un mundo inédito de reproductibilidad
casi gratuita de numerosos bienes y servicios (por ejemplo, tratamiento de
textos, creación musical o semillas agrícolas...).
- Estas tecnologías se despliegan en red. La naturaleza de estas
redes transforma las relaciones estructurales de producción, las relaciones
de poder, las relaciones entre los usuarios. La invención de códigos
culturales depende, sin embargo, de las capacidades tecnológicas de
los individuos, de los grupos, de las sociedades y de su destreza en estas
tecnologías.
- Estas tecnologías alteran las nociones del espacio y del tiempo
tal y como se percibían en la era energética. Al espacio hasta
ahora recorrido por los seres humanos se suma un espacio de flujos permanentes,
difíciles de apreciar. El tiempo se ha plegado simultáneamente
sobre lo instantáneo (mercados financieros) como sobre una discontinuidad
aleatoria (hipertexto).
- Una de las especificidades de estas tecnologías de la información
reside en su maridaje con la automatización de máquinas desarrolladas
en las sociedades industriales energéticas (mecánica, textil,
química...). La informatización, cuando se implica en estos
procesos, produce a amplia escala bienes, objetos y servicios requiriendo
para ello menos trabajo humano y menos tiempo.
Otras especificidades de las tecnologías de la información
son:
- Su tendencia natural a la miniaturización, lo que abre las puertas
a las nanotecnologías del mañana.
- Sus interacciones y sus efectos que la hacen inseparable de la ciencia
fundamental (la ciencia para comprender), y conduce a orientaciones ligadas
a la tecnociencia (la ciencia para actuar sobre el medioambiente de las sociedades).
Cuando esta tecnociencia se encuentra bajo la dependencia de los mecanismos
del mercado, tiende a dirigir la investigación fundamental hacia la
mercantilización del mundo.
La economía de mercado en la era de la información
En las sociedades occidentales de finales del siglo XX
asistimos al encaje directo de estas especificidades de las tecnologías
de la información sobre una economía capitalista de mercado
ligada a los mecanismos energéticos, en pleno ascenso dentro de la
perspectiva del ultraliberalismo económico. Aún hoy es difícil
hacer ver esta realidad: la economía de mercado, que controla las reglas
del juego, no facilita la extensión de las tecnologías de la
información. ¿Cómo no darse cuenta de las consecuencias,
hoy patentes, de la incomprensión del significado de la mutación
informacional? El economicismo, convertido en el principal generador de sentido
en la sociedad, sólo administra el crecimiento económico, sin
reparto, provocando una enorme caída en la creación de empleos.
Favorece, exageradamente, la fractura entre los ganadores y los perdedores,
lo que es agravado por una financiarización extendida a todo el planeta.
Después de la mercantilización del trabajo, de la tierra,
de la moneda, que hubiera debido (¿o podido?) evitarse (como bien
demuestra Karl Polanyi), ahora la economía mercantil se apodera de
otros sectores que serán pervertidos por el mercado: la educación,
la sanidad, el deporte, la cultura... La experiencia vivida por cada uno
es banalizada, estandarizada, dirigida. La importancia del dinero se ha convertido
en decisiva y la corrupción generalizada favorece a las mafias que
se apoderan de terrenos clave: armas, drogas, agua potable, migraciones e,
incluso, de los cuerpos... Las inauditas desigualdades sociales, económicas,
financieras y culturales, la exacerbación de una competitividad encarnizada
entre los Estados y entre los individuos, el foso que se amplía sin
tregua entre el Norte y el Sur, generan una escalada generalizada de la violencia,
agravada por el uso creciente de las drogas más diversas.
En resumen, la economía mercantil ha creado una mundialización
salvaje, no regulable por los mecanismos económicos tradicionales.
Asimismo, segrega tremendas amenazas ecológicas que no podrán
ser detenidas durante algunos años. Esta intrusión de la era
de la información con sus tecnologías inéditas es soberbiamente
ignorada e incomprendida en su significado profundo, no menos por parte de
la ecología política que por la socialdemocracia o el economismo
liberal. Es sintomático ver que el reciente número de L’Écologiste
(13) sobre el “desarrollo a derrotar” tampoco toma en cuenta este paso decisivo
de nuestro tiempo.
No obstante, lo que parece decisivo es que si la ecología política
se apropiara de esta mutación informacional, reforzaría sus
perspectivas y podría ser capaz de proponer la construcción
de otro mundo posible. Sería más fácilmente sustituible
la economía capitalista de mercado por una economía plural (con
mercado y sin mercado), que respetara varias lógicas económicas,
utilizando, además del PIB, indicadores de riqueza cualitativos y monedas
plurales. En asuntos como el agua, el aire, el genoma y, claro está,
el conocimiento, la creación de “bienes del patrimonio común
de la humanidad”, sería visto como una acertada necesidad. Construyendo
un modelo ecológico, no productivista, que elimine el consumo a todo
gas y el despilfarro generalizado, nos podríamos reconciliar con la
Naturaleza sin hipotecar el bienestar de nuestros descendientes. La búsqueda
de una mejor calidad de vida, de un nuevo arte de vivir y de morir sería
más fácil. Asimismo sería posible, mediante una educación
apropiada, la cultura de la complejidad. El tiempo liberado, gracias a las
capacidades inéditas de producción a gran escala de bienes y
servicios que permite las tecnologías de la información, serviría
para la conquista de nuestra autonomía. La extensión de lo
relacional, marca distintiva de las tecnologías informacionales de
la comunicación, permitiría la realización personal en
el marco del progreso colectivo. Los portavoces de la ecología política
ante los ciudadanos de todos los continetes se limitan, con demasiada frecuencia,
a propuestas sectoriales sobre el medio ambiente. Sin embargo, tienen a su
disposición un verdadero bulevar lleno de argumentos.
Además, es necesario que la ecología política asuma
una segunda necesidad: elaborar propuestas concretas para instaurar una ciudadanía
y una democracia ética y planetaria. Tal actitud exige aportar respuestas
a dos cuestiones centrales en interacción: ¿cuáles son
las condiciones necesarias de funcionamiento de las sociedades que permitan
el completo desarrollo de las personas que la componen? ¿Cuáles
son las condiciones de funcionamiento personal que permitan la emergencia
de sociedades más humanas? En suma, cómo modificar los comportamientos
y las mentalidades de cada uno, cómo reinventar prácticas sociales
para devolver a la humanidad el sentido de su responsabilidad, no solamente
para su supervivencia, sino para preservar el futuro de la vida sobre el planeta,
tanto para las especies animales y vegetales como para las artes, la cultura,
la relación con el tiempo o el sentimiento de pertenencia al cosmos.
Nos encontramos ante una verdadera “polución mental”, de una humanidad
que no quiere saber nada que la pueda molestar, ni tomar en cuenta nada de
lo que la amenaza. El economicismo dominante ha marcado los modos de dominación
en la cabeza y en el corazón de los individuos, en el centro de su
vida personal. Carrera contra el tiempo, culto al beneficio, competitividad
exacerbada bajo el pretexto de la rentabilidad, emergencia de nuevos miedos,
deficiente calidad de vida en todos los aspectos, esos son los signos evidentes.
En nuestras propias redes y asociaciones ¡cuánta basura debida
a las querellas intestinas, a las luchas de poder y a los apetitos personales!
El objetivo se encuentra no solamente en la reconciliación con la Naturaleza,
sino en volver a poner a los humanos en el centro de lo económico,
lo social, lo cultural y lo político. El respeto por la diversidad,
es decir, la idea de pluralidad tiene que situarse en el centro del proyecto
político a desarrollar. Quien dice pluralidad dice alteridad; no estamos
ni educados ni preparados para eso. “Ser responsables de la responsabilidad
del otro” según la fórmula de Levinas, no significa un abandono
a las ilusiones idealistas; la pobreza, la explotación del Tercer Mundo
subsisten y hacen necesarias las luchas activas. Pero una ecología
política adaptada al mundo actual tiene que estar asociada a la democracia,
a una democracia a la vez representativa y participativa. Para que hoy sea
creíble debe situarse a nivel planetario y progresar al mismo tiempo
en los niveles locales y de proximidad. Portadora de sentido, de justicia
y de responsabilidad, la ecología política se halla recorrida
por las grandes tradiciones éticas y espirituales. “Hacer la política
de otra manera” es abandonar los comportamientos de dominación y de
jerarquía. No olvidemos que han existido grandes tentativas de transformación
social y política que desembocaron en derivas monstruosas. Es necesario,
pues, que la ecología política favorezca las transformaciones
personales educando a cada uno en la autonomía y en la complejidad,
pues como lo subraya Edgar Morin: “¿Cómo podemos soñar
con mejorar de forma duradera las relaciones a nivel planetario si no somos
capaces de transformar nuestras relaciones individuales, y, por lo tanto,
de transformarnos nosotros mismos?”
Utilizando las redes de información, de intercambio y de comunicación,
lo que nos permiten las tecnologías de la información, una ecología
política del siglo XXI podría, sin dejarnos paralizar por la
presión de las catástrofes, sustituir nuestras sociedades habitadas
por el miedo, la angustia, el individualismo y el egoísmo, por otras
culturas orientadas hacia la emulación, el reparto, la alteridad, la
fraternidad y la alegría. Tenemos la necesidad de fijar otra mirada
sobre lo que constituye nuestro interés en este mundo.
La urgencia parece extrema.
NOTAS
1. Vladimir Vernadsky, La Biosphère, Le Seuil, 2002
(primera edición en 1926).
2. Nicholas Georgescu-Roegen, The Antropy Law and the economic Process,
Academic Press, Boston, 1971.
3. René Passet, L’Économique et le Vivant, Payot, 1979.
4. Serge Moscovici, Essai sur l’histoire humaine de la Nature, Flammarion,
1968.
5. Edgar Morin, Le Paradigme perdu: la nature humaine, Le Seuil, 1973.
6. Ivan Illich, Libérer l’avenir, Le Seuil, 1971.
7. Teddy Goldsmith, fundador de la revista The Ecologist, Londres, 1969.
8. A. Rapoport, General Systems Theory, The free Press, New-York, 1968.
9. Joël de Rosnay, Le Macroscope. Vers une vision globale, Le Seuil,
1975.
10. Bernard Charbonneau, Le Système et le Chaos, Económica,
1973.
11. François Ramade, Écologie des ressources naturelles, Mc
Grawhill, Paris, 1982.
12. Jacques Grinevald, Institut universitaire du développement, Genève.
13. L’Écologiste, nº 6, invierno 2001. En un número especial,
la edición francesa de The Ecologist trata de manera magistral el tema
“Deshacer el desarrollo-rehacer el mundo”, bajo la égida de Serge Latouche.
Bonne bibliographie.
14. André Gorz, Écologie et Politique, Le Seuil, 1978.
15. Jean-Paul Deléage, Histoire de l’écologie, une science
de l’Homme et de la Nature, La Découverte, 1991.
16. Alain Lipietz, Qu’est-ce que l’écologie politique? La grande
transformation du XXIe siècle, La Découverte, 1999.
17. Wolfgang Sachs, Des Ruines du développement, Écosociété,
Montréal, 1996.
18. Edgar Morin, La Méthode (III), La Connaissance de la connaissance,
Le Seuil, 1986.
19. Félix Guattari, Les Tríos Écologies, Galilée,
Paris, 1989. “Vers une écosophie”, Transversales Science Culture nº
2, abril 1990.
20. El Bit, contracción de binary digit, no es de ninguna manera
una unidad de sentido. No mide nada más allá de la transmisión
de señales. Es una unidad elemental de información capaz de
tomar dos valores distintos: en general cero y uno, en relación con
el excepcional desarrollo del ordenador en sistema binario.
21. J. Von Neumann, Theory of Games and economic Behaviour, Princeton University
Press, Princeton, 1947. The General and logical Theory of Automates, Aldine,
Chicago, 1968.
22. Norbert Wiener, Cybernétique et société, Union
générale d’éditions, Paris, 1962.
23. Heinzs Von Förster, Organizing Systems and their Environnements,
Bergamon, New-York, 1960.
24. Claude Elwood Shannon and W. Weaver, The Mathematical Theory of Communication,
University of Illinois Press, Urbana, 1949.
25. Henri Atlan, L’Organisation biologique et la théorie de la communication,
Herman, Paris, 1972.
26. Henri Laborit, Société informationnelle. Idées
pour l’autogestion, Édition du Cerf, Paris, 1973. La Nouvelle grille,
Laffont, 1974.