Hacia un cambio
de ciclo político
José M. Roca
Iniciativa Socialista, número 68, primavera 2003
Las numerosas y multitudinarias manifestaciones ciudadanas realizadas
en España para rechazar la incondicional colaboración del
Partido Popular (PP) con los belicosos planes del Gobierno de Bush (jr.)
respecto a Irak, se han multiplicado, en buena parte espontáneamente,
tras el comienzo de las operaciones militares. A la guerra, emprendida de
manera unilateral por el gobierno norteamericano, han respondido l@s ciudadan@s
de todas las regiones y nacionalidades ocupando calles y plazas y acudiendo
de manera espontánea a ciertos puntos de encuentro público,
situados, en muchos casos, frente a las sedes de instituciones políticas
representativas (ayuntamientos, parlamentos, gobiernos autonómicos...),
fenómeno que se presta a sugerentes interpretaciones pero que excede
el comentario de estas notas.
No a la guerra. No al Gobierno.
L@s ciudadan@s de este país periférico, que por empeño
del PP en sacarlo del rincón está en el centro del huracán
político, han respondido a este acto, tan imperial por parte de Bush
y tan servil por parte de Aznar, como ciudadanos del mundo y como miembros
de esa nueva (y vieja, para desesperación de Rumsfeld) Europa que
empieza a gestarse, ahora desunida por la eficaz colaboración del hasta
ayer europeísta entusiasta José María Aznar y del habitualmente
descreído europeo Tony Blair, que representa a un Estado políticamente
más próximo a los Estados Unidos que a la Unión Europea,
seguidos por el self-made-richman a la italiana, Silvio Berlusconi, ahora
taimadamente eclipsado.
Sin embargo, este explosión de solidaridad con las inevitables
víctimas de la guerra y de indignación ante el comportamiento
oscuro y prepotente del gobierno español en la gestación política
del conflicto armado no tiene su única causa en este gravísimo
acontecimiento internacional, sino que en sus actuales dimensiones se ha
generado por una acumulación de efectos locales, nacionales, cuyos
antecedentes están temporalmente distantes. De modo que, en realidad,
a lo que estamos asistiendo es a una airada evaluación civil de lo
que han supuesto los siete años de gobierno del PP para un amplio
sector de la población. Podríamos decir que, en buena parte,
es el balance, en términos de respuesta social, de los resultados
del déficit cero efectuado por los afectados, agravado por el cada
día más evidente componente autoritario en el modo de gobernar.
El déficit cero ha sido una argucia política disfrazada
de coartada contable para reducir dinero público destinado a gastos
sociales (España es el país de la UE que destina menos dinero
a protección social por habitante, en 2002 fue el que menos ayudó
a las familias -sólo un 2,1% del gasto de protección social-,
y que destina a ayuda humanitaria un 60% menos que los países desarrollados)
y emplearlo en financiar actividades privadas, deshacerse a precio de saldo
de empresas públicas y trocear el Estado para vender o arrendar sus
actividades y servicios más rentables a grupos empresariales afines
al partido gobernante.
El evidente deterioro de la sanidad pública -España está
a la cola de la UE en camas hospitalarias- el aumento de las listas de espera,
la insuficiencia de los servicios auxiliares (las ambulancias que no llegan),
la fuga del personal sanitario a otros países y el traspaso de las
competencias sanitarias a las comunidades autónomas sin la financiación
adicional con la intención de quitar un problema de encima al Gobierno
central, forman parte del balance del déficit cero, como lo forma
el programado deterioro de la enseñanza pública por la desvergonzada
transferencia de fondos públicos a los colegios privados, especialmente
a los de la Iglesia católica, favorecida también por otras
muchas vías, que en muchos casos rozan la discrecionalidad. En la investigación
no se ha avanzado gran cosa, ni con Birulés ni con Piqué: los
investigadores siguen marchándose y los fondos prometidos no llegan
(los 500 científicos del programa de bandera Ramón y Cajal,
que pretendía recuperar científicos de valía mundial,
llevan tres meses esperando su contrato, y más de 1.500 científicos
han firmado, en el mes de marzo, el Manifiesto por la ciencia, donde advierten
que el Gobierno está llevando la ciencia española al desastre).
Un reciente informe de la revista EMBO Reports indica que España,
con Irlanda y Grecia, está por debajo del 50% de la aportación
pública -1/3 del 3% del PIB- que la UE ha acordado destinar a I+D
en el año 2010, por lo cual España deberá aumentar un
136% el gasto en ese capítulo para cumplir dicho objetivo. En consonancia
con esos datos, España se encuentra entre los últimos puestos
en dotación de bibliotecas públicas pero en los primeros en
accidentes laborales y de circulación, a pesar de estar en la media
alta en el precio de la gasolina.
La contención salarial y de las pensiones de los jubilados, a quienes
les han “birlado” un 2% a pesar de esa campaña de propaganda en la
que el Gobierno afirma haber cumplido, y el aumento del desempleo provocado
por un crecimiento económico que no ha cumplido las previsiones, se
han visto agravados por una inflación de las más altas de
la Unión Europea, que ha golpeado a las economías más
débiles. Todo esto está en el fondo de esa masiva protesta,
como lo está la precaria situación de los jóvenes, sometidos
a las condiciones manchesterianas de las empresas de trabajo temporal y
de una patronal abusadora, y el escandaloso precio de las viviendas, que
ha convertido un derecho constitucional en una quimera, sin que la inversión
en vivienda pública haya dejado de descender.
El afán gubernamental por impedir la difusión de opiniones
críticas y su intento de controlar la opinión pública
creando un grupo mediático (Onda Cero, Antena 3, Vía Digital)
a través de la Telefónica, dirigida por un compañero
de pupitre de Aznar, unido a otros grupos afines a la doctrina Aznar (RTVE,
ABC, El mundo, La razón, Agencia EFE) ha generado el rechazo de un
amplio sector de la población muy celoso de preservar los derechos
fundamentales contenidos en el artículo 20 de la Constitución.
También ha sido notoria la indiferencia en materia de seguridad
ciudadana (6.800 policías menos y casi 3.000 investigadores) siguiendo
el criterio de privatizar servicios públicos -el que quiera seguridad
que se la pague- y en materia de seguridad laboral.
En cuanto a corrupción política, el PP ha mostrado que no
es incompatible con ella. Estamos lejos del caso Naseiro, pero tenemos cerca
los casos de Cañellas, Piqué y Jaume Matas, el IMEFE y la privatización
de la funeraria municipal de Madrid y las aventuras financieras en paraísos
fiscales de personajes cercanos al gobierno y, sobre todo, el caso de Gescartera,
que abunda, además, en el trato de favor dispensado a la Iglesia
católica. Y de la misma manera que el Gobierno ha encontrado rechazo
social en temas como el Plan Hidrológico Nacional o la Ley de extranjería,
por ejemplo, lo ha suscitado también en otros que revelan actitudes
de lo más arcaico -la postura ante las parejas de hecho, los derechos
de los homosexuales, la violencia doméstica o el insólito
apoyo de Ana Botella al acosador de Nevenka Fernández- o en hechos
más triviales pero pretenciosos -la boda principesca de la hija de
Aznar, las ínfulas del presidente en su visita a Bush (con los pies
sobre la mesa) o su sobrevenido (y patético) acento tejano-.
En el terreno internacional, el Gobierno Aznar ha mostrado su escasa capacidad
para defender intereses españoles en la Unión Europea, como
lo pone en evidencia la gestión del acuerdo pesquero con Marruecos,
y a la vez su prepotencia en las relaciones bilaterales con este país
(retirada de embajadores, “operación Perejil”) y su sometimiento a
las decisiones del “amigo americano”. Pero donde el Gobierno ha carecido
por completo de ideas y de reflejos ha sido ante los acontecimientos no previstos,
que a la larga le han ocasionado un serio desgaste. Así, las erráticas
medidas adoptadas por Celia Villalobos en el caso de la encefalopatía
espongiforme -vacas locas- habrían de ser un antecedente de la incompetencia
gubernamental en el caso del Prestige. Y la negativa del Gobierno a admitir
en el Congreso la gravedad del problema se vería confirmada por la
misma actitud ante los casos de Gescartera, naufragio del Prestige y crisis
de Irak, todos ellos de gran repercusión en la opinión pública,
pues el Gobierno ha pretendido suplir sus carencias y su falta de resolución
acallando las protestas que suscita su política y negando a la oposición
parlamentaria la función de control y de interlocución en los
asuntos de trascendencia nacional. En el tema del País Vasco o en
la Ley Orgánica Universitaria, el Gobierno se ha mostrado especialmente
reacio a admitir otras opiniones. La fomentada crispación que condujo
al Partido Popular al poder ha sido convertida en un componente esencial
de su forma de gobernar. La bronca inicial ha sido convertida en bronca permanente
y la oposición ha sido designada culpable, por acción o por
omisión, de todo aquello que causa disgusto al Gobierno, el cual parece
incapaz de admitir que su política ha ido afectando cada vez a más
sectores sociales y sumando agraviados, que han mostrado de muchas y muy
contundentes maneras su repudio: la huelga general del 20 junio 2002 contra
la reforma del mercado laboral, la huelga general de educación el
29 octubre 2002, las masivas movilizaciones contra la LOU y la Ley de Calidad
de la Enseñanza en otoño e invierno del 2002, las manifestaciones
contra su gestión en el caso del Prestige y ahora contra la participación
en la guerra contra Irak, como colofón y muestra de servilismo, cerrazón
y secretismo en un asunto gravísimo.
Este es un gobierno ampliamente deslegitimado por la opinión
de los ciudadanos en las encuestas y en la calle.
Un cambio de ciclo
Puede estarse gestando, interna y lentamente, en amplios sectores de la
población la idea de que hay que terminar un ciclo político
conservador y ultraliberal y de que es posible hacerlo.
Hasta fechas cercanas los sondeos de opinión, al tiempo que reflejaban
la pérdida de votos del PP y la ganancia del PSOE, aportaban, además,
dos datos de interés. Uno recogía los deseos particulares de
los entrevistados expresados en la intención de voto (lo que les gustaría
que ocurriese), y otro recogía la percepción que los entrevistados
tenían sobre la intención de voto de los demás (lo
que esperaban realmente que ocurriera, aunque no les gustara). Ante la pregunta
¿quién cree que ganaría, si hoy se celebrasen unas
elecciones?, la respuesta mayoritaria hasta ahora ha sido que ganaría
el PP. Es decir, si los encuestados no percibían signos que les hicieran
pensar que la mayoría había cambiado de opinión seguían
creyendo que, más o menos, la intención de voto seguía
siendo la misma. Sin embargo se están produciendo acontecimientos
visibles que van indicando un cambio lento de actitud con respecto al Gobierno
del PP, que representan, además, el efecto de una acumulación
de agravios y quejas, porque para ciertos sectores de la población
ya son perceptibles los efectos de la política del PP que para otros
sectores estuvieron muy claros desde el principio. Pero todo se ha precipitado
desde este verano, porque ya había suficientes desaguisados gubernamentales
que habían abonado el campo a la indignación popular. Y todo
lo que ha ocurrido ha sido muy rápido, las iniciativas de Nunca máis
han quitado el sueño al Gobierno, las movilizaciones en la enseñanza
y la terquedad de Aznar con respecto a Irak, más los adversos resultados
económicos, han provocado la indignación popular expresada
en la calle, que, por otra parte, enlaza con una ola de movilizaciones sociales
contra la globalización capitalista, que tiene en Seattle su punto
de arranque.
Es posible que estemos asistiendo al comienzo de un cambio profundo que
excede el contorno de nuestro país y que, como todo comienzo, sus
rasgos sean difíciles de percibir con claridad. Es posible que, en
medio de un gran desorden, se esté alumbrando un nuevo orden mundial,
pero no sólo a instancias de EE.UU., ni a su imagen y semejanza. No
hablo de un orden establecido unilateralmente por un solo país que
aspira a ejercer una hegemonía indiscutible, sino de un orden resultante
de presiones multilaterales, configurado por fuerzas actuantes de origen
y de identidad muy diversos (políticas, económicas, étnicas,
religiosas, nacionales e internacionales, institucionales y sociales), que
discuten esa hegemonía, aunque en principio no puedan anularla y sustituirla
sino sólo combatirla.
No podemos perder de vista que el movimiento emergente conocido como antiglobalización
o por otra globalización, y aglutinado por la idea de que otro mundo
es posible, es una respuesta a las peores consecuencias de dos largas décadas
de capitalismo salvaje, inauguradas por los gobiernos conservadores de Reagan
y Thatcher en 1980, y que como ha ocurrido en otros casos ha podido tener
un origen casi anecdótico pero sorprendente en sus efectos sociales.
Actitudes de grupos minoritarios como los provos y los kabuters holandeses
abrieron el camino a la comuna de Berlín en 1967, discursos minoritarios
como el situacionismo o formas de vida casi marginales como las de hippies
y beatnicks prepararan el gran rechazo a la sociedad de consumo y a la guerra,
y lo que se preparó como un acto más contra la intervención
de EE. UU. en Vietnam, en la universidad de Nanterre, dio lugar al mayo del
68. La comuna de Berlín del 67, el mayo francés del 68 y el
otoño italiano del 69 señalan tres momentos del colosal movimiento
de insubordinación civil que recorrió -y transformó,
a pesar de su fracaso- la Europa occidental surgida de la II Guerra mundial.
Pero la conmoción no se detuvo ahí, ni se limitó a un
continente -recordemos México, Estados Unidos, la América Latina
insurgente, Japón y los países de África en proceso
de liberación colonial- ni a un sistema económico y político
-recordemos, también, la primavera de Praga-.
Hoy, como entonces, aparece un gobierno norteamericano implicado en una
guerra de agresión recalcando la idea de que en los últimos
años los EE.UU. se han visto envueltos en demasiadas guerras fuera
de sus fronteras, guerras, que, según Emmanuel Todd, se libran contra
enemigos pequeños. Lo cual es cierto, pues desde la II Guerra mundial,
EE.UU no se ha vuelto a batir con enemigos de su talla.
Y hoy, como entonces, los jóvenes han aparecido como los principales
componentes de esta conmoción. Podemos decir que ha surgido una generación
en términos políticos, como una porción de una cohorte
generacional que comparte la cultura, aspiraciones y experiencias que marcan
un período histórico determinado. Esta generación, que,
como Ortega señalaba en El tema de nuestro tiempo, surge como una
generación de combate, ha recibido su bautismo político como
conjunto de ciudadanos activos en las movilizaciones de la calle, en la demanda
al Gobierno, en la crítica a la actividad política, con la
información y la reflexión, pues, frente a la apatía
ciudadana y la indiferencia hacia la política de hace no mucho tiempo,
es innegable el aumento del interés por los asuntos políticos
que ha acompañado a este multitudinario abandono de la pasividad, que
en España no se producía desde la transición.
La legitimidad cuestionada
Volvamos al marco político doméstico. Estamos en un sistema
político en el que la representación política descansa
en la opinión de los ciudadanos expresada en las urnas. Siendo así,
este gobierno tiene una legitimidad de origen. Sin embargo, esa legitimidad
hoy se halla seriamente cuestionada porque el Gobierno está enfrentado
a la inmensa mayoría de la población, incluyendo a sus propios
votantes, por una decisión sobre un asunto que no es baladí:
una guerra. O la guerra o la opinion de los ciudadanos, pero no se pueden
mantener ambas cosas si el Gobierno gobierna en nuestro nombre. O el Gobierno
se equivoca o se equivoca la inmensa mayoría de los ciudadanos, pero
alguien tiene que rectificar.
Si este gobierno fuera verdaderamente democrático, es decir, si
de verdad le importara sentirse respaldado por la opinión de los ciudadanos,
debería desdecirse de sus apoyos a Bush apoyándose precisamente
en la opinión pública -la coartada es magnífica y democrática-
o bien debería convocar eleciones generales de inmediato para comprobar
si las urnas le devolvían la legitimidad que ha perdido en la calle.
Para desgracia nuestra, tenemos unas instituciones políticas que
pueden permanecer sordas y ciegas ante lo que sucede en la calle, y el Gobierno,
haciendo uso de la ortopedia parlamentaria, puede vetar cualquier iniciativa
de la oposición que tenga que ver con lo que ocurre en la sociedad.
Aznar, si quiere, puede hacerse el sordo o el muerto, pero los ciudadanos
no están ni sordos ni muertos. Y estas manifestaciones en la calle
nos han hecho ver que los ciudadanos no estamos solos, que lo que pensamos
solos en nuestra casa otros muchos lo piensan en la suya y lo expresan, como
nosotros, colectivamente, en la calle.
En la calle los ciudadanos establecen contacto directo entre sí;
dejan de ser moléculas, individuos atomizados, para convertirse en
pueblo; es decir en la representación colectiva de la soberanía,
al margen de las instituciones, cierto, pero no por eso los ciudadanos dejan
de percibirse colectivamente como lo que realmente son: acreedores del poder
político. Y cuando la ciudadanía empieza a ser consciente de
su poder colectivo los cambios políticos empiezan a ser posibles.
Así las cosas, se abre una puerta a la esperanza de que, a corto
plazo, aunque no inmediatamente como sería lo deseable, y a pesar
de la terquedad del Gobierno, se produzca un cambio de ciclo político.
Pero también queda la duda: ¿Sabrá el PSOE, como máximo
beneficiario, aprovechar este inesperado regalo, que la sociedad española
ha puesto a su alcance sin haberlo merecido?
Madrid, 30 de marzo de 2003