Iniciativa Socialista (portada) Tres críticas a la democracia
Joël Roman

Joël Roman es filósofo, consejero de la dirección de la revista Esprit. Publicado en TCS, nueva serie, número 2, segundo trimestre 2002 y en Iniciativa Socialista, 66, otoño 2002.

El shock del 21 de abril, fecha de la primera vuelta de las últimas elecciones presidenciales francesas, ha reavivado los interrogantes sobre la democracia: evidentemente, algo funciona mal en nuestra democracia que hace posible estos resultados. Se han dado numerosas explicaciones; unas incriminando la ausencia de arraigo social de la vida política y de las instituciones; otras, creando la sospecha sobre la manera en la que los medios de comunicación y los sondeos influencian el escrutinio y, finalmente, otras que critican las lagunas de civismo de los electores, sin que, por otra parte, ninguna de ellas sea exclusiva en relación a las otras.
Si es legítimo interrogarse sobre las disfunciones de nuestra democracia y los medios de remediarlas, conviene también estar vigilante para no caer en una crítica radical que olvide su profunda significación: un poder que viene del pueblo y que debe ser periódicamente validado o elegido por el pueblo mediante el sufragio, además de una sociedad que, al menos en este aspecto, es una sociedad de iguales.
La crítica a la democracia viene de lejos y se ha desarrollado alrededor de tres registros fundamentales, que podemos calificar como crítica populista, crítica elitista y crítica activista. Conviene retomarlos en detalle a fin de analizar sus argumentos y sus consecuencias.

La crítica populista afecta al principio mismo de la representación
La crítica populista a la democracia consiste, esencialmente, en fustigar a las élites políticas alejadas del pueblo, en sospechar sistemáticamente del principio de representación por el riesgo de una deriva hacia una autonomización más o menos total de los representantes. Esta crítica está siempre dispuesta a denunciar en las prácticas de la democracia un resurgir de la oligarquía. Es más o menos intensa, y, sobre todo, está más o menos fundada. Constatar hoy en día el carácter eminentemente poco representativo de nuestro personal político no significa necesariamente caer en el populismo. Pero atribuir este déficit de representación al principio de representación y movilizar al pueblo como entidad pretendidamente sana contra la corrupción de las élites es lanzarse por la pendiente de la argumentación de Jean Marie Le Pen, que domina perfectamente este tono, uno de los motores permanentes de su retórica política. Buena parte de su discurso consiste en atacar violentamente la confiscación del poder por una casta, homogénea socialmente e intelectualmente consensuada, que habría excluido del juego a todos los que pretendiesen contestar sus privilegios. A otro lado, la inmensa mayoría del pueblo, excluido o incluso víctima de esta confiscación del poder, de la que el líder del Frente Nacional sería su portavoz heroico e injustamente estigmatizado.
Esta crítica de nuestro funcionamiento democrático no la ha hecho sólo Le Pen. En menor medida, buena parte de los comentarios que acogieron su presencia en la segunda vuelta para la elección presidencial argumentaban lo mismo.
La izquierda o, más en general, la clase política, habría perdido al pueblo, dejando de lado sus verdaderas preocupaciones, como  la seguridad (uno se pregunta, si se está ya en esta vía, que por qué pararse en tan buen camino y y no tomar también los otros temas favoritos del dirigente populista, por ejemplo, la inmigración, si se cree que él expresa las preocupaciones populares mejor que la política clásica). Su lenguaje, sus formas, su gusto por la complejidad y su desdén hacia la simplificación estarían en el origen de un descrédito que se transformó en derrota.
Estemos alerta ante estos argumentos, que tienen algo de cierto en el diagnóstico, para no asumir subrepticiamente toda la lógica de esa argumentación, condenando el ejercicio de una democracia de responsabilidad en aras de una demagogia menos totalitaria que populista, que substituye la representación por la identificación con un líder carismático.
La crítica populista a la democracia se apoya sobre uno de los aspectos de nuestra democracia contemporánea que los medios de comunicación han ampliado considerablemente y que ha llevado a hablar de democracia de opinión: la tendencia a cristalizar la opinión mayoritaria, medida instantáneamente, aglutinando reacciones espontáneas y a menudo poco reflexivas bajo la forma de una vox populi tan masiva como incontestable.
Sin embargo, hay que entender lo que esta crítica plantea para equilibrar nuestras instituciones y nuestras prácticas. La democracia no es solamente un conjunto de procedimientos racionales destinados al intercambio sopesado de argumentos con el objetivo de elegir el menos malo posible, sino que incluye también el imaginario, las pasiones, una cierta representación del vivir juntos...
Igualmente, representar no significa solamente mostrarse atento a los intereses o a las reivindicaciones, sino ser capaz en cierta manera de reflejar y encarnar. Déficit de encarnación y déficit de lo simbólico serían las principales lecciones a retener de esta crítica.
La crítica elitista se sitúa en las antípodas de la crítica populista. Para ella, la democracia reposa sobre un presupuesto radicalmente viciado, la igualdad aritmética de los individuos y la ley del número. Por definición, la democracia coloca a las élites, en particular a las élites “competentes”, pero también a los argumentos racionales, a la visión a largo plazo y al sentido de la complejidad, a merced de la ignorancia y de las pasiones, de los imbéciles y los malvados.
Este es el punto de vista defendido, con cierto éxito, por toda una tradición de pensadores políticos pesimistas, desde Pareto a Schumpeter, la democracia no es más que, en el mejor de los casos, una forma de devolver la legitimidad, pero que solamente permite la competencia entre élites que deben alternarse. Mecanismo que falla si las élites que compiten para ganar los sufragios populares se lanzan a una subasta demagógica o si intervienen en el juego outsiders que rechazan esta regla.
Por eso vimos como el día siguiente al 21 de abril algunos comentadores decían que los electores del Frente Nacional “se han perdido para la democracia”. Otros, sin llegar a tal conclusión, consideran que, de todas formas, han elegido con total conocimiento de causa y que habría que dejar de buscarles justificaciones sociológicas o de otra índole. Los más pedagógicos estiman que, con paciencia y por medio de la educación, poco a poco esos refractarios irán aclimatándose. Algunos creen, sin embargo, que sólo una acción represiva y de distanciamiento puede resultar eficaz.
Finalmente, otros imaginan que se les puede llegar a integrar siguiendo el modelo que en su momento fuera el modelo de la izquierda, por intermedio del Partido Comunista que supo encauzar el salvajismo de la clase obrera, tal y como lo ha expresado bajo una forma más educada Georges Lavau cuando habla de la función tribunicia del Partido Comunista, ya sea, como en otros países europeos, mediante la integración política de las corrientes populistas o bien mediante la recreación, a la izquierda, de un polo revolucionario con un discurso exclusivamente contestatario.

Cuando la crítica elitista de la democracia se une a la demagogia populista
Para esta hipótesis, el mejor escudo contra las intervenciones intempestivas del pueblo reside en los cerrojos institucionales que se puedan implementar, sobre todo vía Europa. Poco importa que ésta se convierta en el chivo expiatorio de las frustraciones de numerosas capas sociales ya que, precisamente, lo que se la solicita es que las encauce sin entenderlas. ¡Pasemos de los que protestan y pongámonos a trabajar en cosas serias! Estos serían los fundamentos de una democracia de expertos, que sólo deja al resto la posibilidad de elegir o recusar a un equipo de expertos en beneficio de otro.
En esto, esta crítica elitista no carece de fundamento: la democracia también consiste en un intercambio reglado de argumentos racionalmente motivados, un conjunto de procedimientos de arbitraje complejos entre intereses y puntos de vista divergentes. Exige un alejamiento de las pasiones y una capacidad para situarse por encima y dar respuesta al interés general. Nuestras instituciones no son suficientemente deliberativas; los elementos del debate no están expuestos con claridad; a menudo, los argumentos no son explícitos... En cuanto al seguimiento de las decisiones o a la evaluación de las políticas públicas, todo está por hacer, o casi. De este modo, cierta altivez elitista se da la mano con la demagogia populista, acomodándose mutuamente. El remedio se encuentra en el reparto social de las decisiones, en la organización del pluralismo de las mismas y en el debate de los supuestos y los resultados.

Participación activa versus representación
La crítica activista apunta, ante todo, al carácter formal de los procedimientos democráticos. Preocupada por la participación activa del mayor número de personas, rechaza esencialmente el mecanismo de delegación, que aleja el poder del ciudadano. Es la crítica de izquierda por excelencia, la que pone el acento sobre las virtudes de la democracia participativa y la valoriza frente a la democracia representativa. Su propósito es lograr que los ciudadanos sean actores y responsables. La delegación de poder y la confianza acordada a los representantes engendran asistencialismo y desinterés por la cosa pública; induce, también, a un comportamiento de consumidor.
En un sentido, la crítica activista ofrece una síntesis de las dos posturas precedentes: su desconfianza en relación a la representación la acerca a los populistas, mientras que su preocupación por la responsabilidad y el control la emparenta a los elitistas. De hecho, hay una brizna de elitismo en esta visión de las cosas: ¿qué pasa con aquellos que no pueden o no quieren participar? La crítica activista está próxima a pensar que éstos no tienen derecho a quejarse, que han abdicado y cedido su poder en manos célebres y más expertas. Esta crítica desprecia la objeción que le dirigen los políticos tradicionales cuando dicen, a menudo con mucha mala fe pero a veces con alguna razón, que ellos están a la escucha de ese gran número de personas que compone la mayoría silenciosa, pero que realmente son ellas las que no desean  esa participación en cada instante. En base a esta lógica, la crítica activista caería en lo que podríamos llamar una democracia efervescente, que tendría como único proyecto la movilización permanente de energías contestatarias, sin tomar en cuenta la capacidad de actuaciones conjuntas. Benéfica en cuanto a recordar la necesidad de asentar la democracia sobre procedimientos participativos, no limitándose a la delegación de poder, sino definiéndose también por una capacidad de negociación permanente con la sociedad civil, la crítica activista se desliza hacia una forma de elitismo cuando olvida que la participación no puede ser más que intermitente y que la democracia comienza por el reconocimiento de la igual dignidad de todos, independientemente de su capacidad o su voluntad de compromiso, a ser representados. La participación tiende a ser exclusiva, mientras que la representación es un derecho inclusivo.
Es por esta razón por la cual es legítimo considerar los resultados electorales en porcentajes de sufragios expresados, sin tomar en cuenta las abstenciones o los votos blancos o nulos. Esto no quiere decir que estos comportamientos carezcan de significación, pero esta significación, al ser individual, no puede atribuirse a una predisposición colectiva, más allá de los comentarios sociológicos o políticos. El voto es un procedimiento de decisión colectiva, y aquellos que no participan por una u otra razón eligen, de hecho, ponerse en manos de otros, que también los representarán sea cual sea el resultado.
A la inversa, esta argumentación sólo es de recibo cuando la representación se preocupa verdaderamente por representar a todo el mundo, por ser inclusiva, es decir, si lo que pretende es ser siempre la mejor representación. Y esto exige que el aguijón de la participación acuda permanentemente para recordarles su tarea. Cuando la representación se adormece se transforma en confiscación del poder en beneficio de una élite autodesignada que percibe las aspiraciones divergentes como intrusiones ilegítimas, abriendo así la vía para la deriva populista, receptáculo de todas las frustraciones.

Mantener la dinámica de los poderes y de los contrapoderes
Entre democracia de opinión, democracia de expertos y democracia de efervescencia, la democracia contemporánea se encuentra sobre una estrecha cima, en riesgo de caer constantemente en la caricatura de una o de otra. Probablemente deba conjugar estas tres direcciones al mismo tiempo. Los excesos de una de ellas no actúan de contrapeso hacia las otras dos, sino que, al contrario, conducen a un desequilibrio general; la confiscación del poder no frena el populismo sino que lo libera; una excesiva sumisión a la tiranía de la opinión obliga a apoyarse sobre argumentos de autoridad institucional o de imposibilidad material; la absolutización de la efervescencia contestataria hipoteca un verdadero reformismo y alimenta las otras dos tendencias regresivas. Sólo la capacidad de tener en cuenta la tres direcciones ofrece una salida, pero sin otra garantía que la dinámica más o menos reglada de los poderes y los contrapoderes. Al fin y al cabo, ¿no es aquí, acaso, donde se encuentra el núcleo de la dinámica democrática?