Joël de Rosnay, entrevistado por Sacha Goldman.
Rosnay es director de prospectiva y evaluación de la Ciudad de las
ciencias y de la industria de París.
Sacha Goldman.- La sed del ser humano por comprender nos lleva hacia un
cierto “hartazgo” informacional. Como si hubiese una polución sobreinformacional,
en la que resulta hoy difícil navegar y encontrarse.
Joël de Rosnay.- Creo que eso va a acelerarse y a empeorar, pues es
preciso comprender la fase de aceleración en que hemos entrado. Recordemos
que hay tres grandes evoluciones que se superponen y complementan: la evolución
biológica con su propia temporalidad, la evolución tecnológica
y, ahora, la evolución digital.
La evolución biológica ha ocupado millones de años.
Fabricar una hormiga por medio de la evolución darwinista, cuesta mucho
tiempo. Y si no funciona, la especie hormiga será eliminada y reemplazada
por otras especies. En consecuencia, ese ensayo se hace en tiempo real y
en el mundo real. De hecho, la evolución biológica tiene un
único teatro: el mundo real.
A partir de cierto momento, los seres humanos evolucionan con su propio
cerebro y se hacen capaces de pensar su propia evolución. Por consiguiente,
aparece un mundo imaginario junto al mundo real. Y de este mundo imaginario
pueden nacer, mucho más rápidamente que en el mundo real, ideas,
inventos, patentes, la rueda, el martillo, el destornillador, el motor, el
avión... Se tiene, así, una primera aceleración: mientras
que la bioesfera se desarrolla a lo largo de millones de años, la tecnoesfera
lo hace en un espacio-tiempo de algunos siglos.
La tercera etapa, quizá la más fulgurante, es la irrupción
de lo digital con la evolución ligada a los bits de información,
a las redes de telecomunicación... En este ciberespacio entramos con
una aceleración aún más prodigiosa. A partir de los dos
mundos precedentes, el real y el imaginario, se crea un tercero, el mundo
virtual, en el que no solamente se pueden inventar las cosas, sino también
fabricarlas e intercambiarlas por otras a distancia, gracias a las telecomunicaciones.
Un engranaje puede engranarse con otro a muchos kilómetros. Estamos,
pues, ante una aceleración debida a la inmaterialidad de los intercambios.
Entre el mundo biológico y su bioesfera, el mundo tecnológico
y la tecnoesfera, el mundo digital y el ciberespacio, se produce en cada ocasión
una aceleración. Y la última de ellas genera la polución
informacional que nos invade y puede inhibir la creatividad si no se pone
remedio a ello y no se ponen los medios pertinentes para extraer sentido
de todo este depósito de informaciones.
S.G.- Usted ha participado en los comienzos de una revolución del
saber: la transdisciplinidad. Mientras que antes el saber estaba compartimentado,
a partir de los años setenta tuvo lugar una fabulosa mezcla de saberes,
que dio nacimiento a un mundo de hecho completamente nuevo, seguido y acelerado
por la tecnología.
JdR.- El enfoque del conocimiento desde Descartes es analítico. Pensamos
que sólo podemos comprender la complejidad si la cortamos en trocitos
y los recombinamos entre sí. Pero sabemos que eso no funciona, en la
medida de que existen propiedades emergentes que nacen de la complejidad y
de la interacción. Por tanto, ha sido necesario inventar un enfoque
transversal, nacido efectivamente durante los años cincuenta con el
enfoque sistémico, la escuela de Palo Alto, más tarde el Grupo
de los Diez en los años 70/80. Se trataba de encontrar una metodología
que permitiese abordar la complejidad en su totalidad, sin reducirla a sus
elementos simples. Podría decirse que el enfoque sistémico es
una nueva metodología, que permite organizar los conocimientos de
cara a una acción más eficaz.
Este enfoque ha tomado prestadas nuevas herramientas procedentes de diferentes
disciplinas, tales como la teoría de grafos, la teoría del caos,
etc. La biología ha jugado un papel catalizador, al igual que la ecología
en tanto que ciencia integradora. Progresivamente, han ido cayendo las líneas
de separación, pero también ha surgido la confusión,
ya que ha llegado la era de los generalistas, es decir, personas que picotean
todo, capaces de saltar de una disciplina a otra sin tener verdaderamente
en cuenta las bases fundamentales de esa disciplina. En el Grupo de los Diez
siempre hemos promovido una visión generalista fundada sobre las disciplinas:
a partir de las disciplinas el árbol arraiga y puede interconectarse
con otros árboles gracias a su enramado.
Actualmente, este enfoque toma una nueva dimensión, con la irrupción
de las tecnologías de la comunicación interactiva, como Internet.
¿Por qué? Porque sólo un simple clic del ratón
nos separa de una base de datos, o a un sitio de otro. En consecuencia, además
de disciplinas, interdisciplinidad, pluridisciplinidad o transdisciplinidad,
hay metodologías que no son solamente teóricas (descritas en
los libros) sino que viven en la red.
Tomemos el ejemplo de Internet. Se nos dice que “lo importante es la interactividad”,
pero eso no es exactamente así. Veo como, ante sistemas interactivos,
los niños se limitan a presionar botones, en una especie de juego,
de diálogo estéril sin comprender lo que se les trata de decir.
Así que, en un primer nivel, la interactividad no es interesante, lo
interesante es su utilización para crear colectivamente, lo que denomino
“la intercreatividad”. Con ella, ya no se está conectado a Internet,
sino por medio de Internet. Ahí detrás, hay cerebros, y esa
creatividad mutua es lo que puede expresarse o no. En lo que afecta a Internet,
no se habla con frecuencia de la interconmutabilidad, pero para mí
es casi más interesante que el Web o el TCP-IP. La interconmutabilidad
comienza, por ejemplo, al poder crear, sobre mi propia página web,
un enlace hacia el sitio de Transversales: cuando alguien llega a mi página,
hacen clic sobre el enlace y se encuentran en la página de Transversales,
donde descubren entrevistas o artículos. Esa interconmutabilidad es
la fuerza de Internet. Y es la primera vez en la historia de la humanidad
que se produce algo semejante, ya que los sistemas interconmutables que existían
antes -el teléfono y el correo- no eran conmutables por mí mismo.
Con la web, por primera vez, cada persona tiene potencialmente la posibilidad
de realizar una interconexión, una synapsis de interconmutabilidad
entre ella y las demás personas. El “cerebro planetario” que describo
en L’Homme symbiotique se hace más complejo en la medida de los vínculos
interconmutables y, esperémoslo, de la intercreatividad.
S.G.- Con esta infopolución, ¿no estamos confrontados a un
fénomeno con dos vertientes que puede crear callejones sin salida irreversibles?
JdR.- Antes de hablar de este fenómeno de polución, hay que
comprender su lugar dentro de este colectivo mental. Se habla de ciberespacio,
¿pero de que se está hablando exactamente? En mi libro L’Homme
symbiotique he inventado dos conceptos: el cybionte y la introsfera. El cybionte
(de cyb, cibernética, y bios, biología) es esa especie de metaorganismo
planetario constituido por nosotros, con nosotros (y quizá contra nosotros),
de manera que nos hemos convertido en neuronas conectadas por redes interplanetarias,
que crean así una especie de metaorganismo que se ha denominado global
brain (cerebro planetario) con todos los riesgos que comporta. En consecuencia,
este metasistema en formación crea el cybionte: un organismo híbrido,
simultáneamente vivo, biológico (nosotros), tecnológico
(las máquinas) y electrónico (los ordenadores interconectados).
Lo “mental” del cybionte es lo que denomino introsfera.
Existe una biosfera, ese mundo real que nos rodea y del que somos constituyentes
biológicos. Existe también la tecnosfera, el mundo de las máquinas
que se comunican entre ellas, desde las locomotoras hasta los aviones, pasando
por los ordenadores. Y además existe la noosfera de Theilard de Chardin:
esa visión bastante genial de pensar en otra capa resultante de la
comunicación entre los espíritus y los cerebros humanos a través
de las redes de comunicación. Creo que pasamos de una fase exteriorizada
(biosfera, tecnosfera, noosfera...) a una fase interiorizada, que denomino
introsfera. Creo que este cerebro planetario en constitución -con el
aumento del multimedia, del tiempo real, de los sistemas de alta velocidad
en la transferencia de datos, de la imagen- va a generar una especie de mental
de imágenes compartidas del que la televisón sólo es
un pequeño elemento y que, se quiera o no, crea un extraordinario foso
entre quienes tienen acceso a estas técnicas y quienes no lo tienen.
Esta introsfera va a propagar a través del mundo, de manera muy fluida
y rápida, una especie de cultura de la imagen, del sonido, de la expresión
y de la emoción. Subrayo estas últimas dos palabras, expresión
y emoción, porque me pareen esenciales. Toda la deriva mediática
a la que asistimos, desde el diario televisado hasta Loft Story, pasando
por el turismo masivo, la pasión por el deporte o por los parques
de atracciones, reposa sobre la idea de experimentar con emoción alguna
cosa que se pueda compartir. Compartir la experiencia es compartir la emoción.
Creo que esta tendencia está sobrepasando al hecho de adquirir objetos
o saberes.
S.G.- Se trata de tendencias que van a trastornar todos los dominios: la
creación artística, los medios de comunicación, etc.
JdR.- Sí, absolutamente. La creación artística puede
hacerse ahora apropiándose digitalmente de los elementos de otro y
recreándolos. ¿Es una copia o una recreación? ¿Qué
pasa con la propiedad intelectual? ¿En qué se transforma la
vida privada en esta introsfera compartida por mucha gente en la que la “rastreabilidad”
de las personas se hará cada vez más preocupante? En el marco
de una especie de fusión de ideas y de espíritus, de creación
robada, pirateada, compartida, etc., debemos repensar todas nuestras referencias
sociales basadas en la separación de los individuos.
Creo que uno de los principales peligros que acechan el cerebro humano es
la polución por exceso de información. Hemos tenido la polución
del aire, la del agua, la del ruido... Pero la polución informativa
es particularmente insidiosa: si no se aprende pronto a seleccionar la información,
a hacerla pertinente en su trabajo o en su vida personal, el individuo queda
rápidamente sumergido. Y, entonces, la respuesta habitual es: “no tengo
tiempo, estoy desbordado”. Esto revela una incapacidad para organizar su
información y, por tanto, su tiempo.
En L’Homme symbiotique, diferencio entre lo que llamo tiempo corto, tiempo
largo y tiempo ancho. Crear un capital-tiempo permite vivir dentro de un tiempo
ancho en paralelo. Y creo que uno de los medios principales para luchar contra
la infopolución consiste precisamente en saber gestionar el tiempo
ligado a la información con los medios de que se dispone, a condición
de saberlos utilizar.
A veces, nos perturba disponer de más información que aquella,
pertinente, de la que tenemos verdadera necesidad. Pero cuando esto se utiliza
bien, también es un medio para saber gestionar adecuadamente el capital-tiempo
y dar sentido a la vida.
SG.- El mundo real, alejado y oculto en una esfera intocable, nos llega
a través del saber, la palabra, nuestra imaginación, etc. Todo
pasa por una matriz mental. En esa medida, ¿se podría evocar
la ecología mental?
JdR.- La creación nace cuando se rompe la matriz mental. A esto podríamos
llamarlo un fenómeno de disrupción. En un momento dado, hay
que ser disruptivo para poder ver de otra manera. El paisaje se descubre de
golpe, como ocurre desde el avión al levantarse la niebla. Creo que
muy frecuentemente esta matriz mental es una prisión que nos impide
ver la realidad porque nos encerramos en esquemas conocidos y repetitivos.
La fuerza extraordinaria de los artistas y científicos visionarios
ha sido romper la matriz del lenguaje, en el caso de los poetas, o la matriz
visual, para los artistas, creando un mundo fractal o el caleidoscopio de
visión de los otros que me da una visión diferente del mundo
en el que me había encerrado en mi matriz mental. Por eso me alegra
mucho, en tanto que científico, el tener tanta pasión por el
arte, sin duda porque mi padre era un artista y he vivido en ese mundo durante
mi juventud.
Creo que la misión de los científicos y la vocación
de los artistas están muy cercanas, son mundos de creatividad en lo
totalmente nuevo, en lo original. Si el científico rehace lo que otros
ya han hecho, carece de interés, y lo mismo ocurre con el artista.
Como en una cadena montañosa, con sus picos y sus diferentes alturas,
cada artista tiene su propio camino y su propia vía. De repente, aparece
un pico, y decimos: “Es Cézanne, es Vuillard, ¡extraordinario!
Braque. ¿Cómo lo ha hecho? ¿Por qué hace eso?”
Y repentinamente, los demás empiezan a tomarle como referencia, como
hacen los científicos, y tratan de ir más lejos.
Por consiguiente, romper la matriz mental me parece esencial. Es el medio
para interconectar las inteligencias, para desembocar, dentro de la red humana
y de la red Internet, en esa inteligencia colectiva que permite crear sentido
en común. ¿Quién escribe los libros? ¿Quién
hace las emisiones de televisión? Algunos... Desde el momento
en que esta posibilidad sea dada a más personas, se entrará
en fenómenos de inteligencia colectiva extremadamente interesantes,
liberando esta famosa etapa de integración. Hoy se vive en un mundo
de bits, de datos, creando un mundo informacional. Ligadas entre sí,
estas informaciones constituyen saberes operacionales. A partir de ahí
se puede actuar, enseñar, comprender, modificar. Estos saberes, conectados
entre sí crean conocimientos de dimensión superior, conocimientos
integrados en las culturas: eso es la sabiduría, y quizá el
genio.
SG.- Recuerdo una anécdota, la del artista que dice al científico
“Si no sabes lo que haces, no lo haces”, a lo que el científico responde
“Si sabes lo que haces, ¡detente!”.
JdR.- Hay muchos científicos que tantean y no saben a dónde
van. Rompen su probeta, luego recomponen los trozos, el producto se ha mezclado
y esto da lugar a una publicación científica. Se trabaja a posteriori.
Ocurre muy frecuentemente. La pregunta que se plantea es “¿qué
tiene que ver esto con el genio?”. El genio es visto con frecuencia como una
especie de mutante dotado de un punto de observación único,
arrastrándonos hacia él como si fuese un faro. No estoy muy
seguro de que sea así. Creo que el genio, por el contrario, es alguien
que ha sido capaz de fundirse, de manera extraordinaria, con la sensibilidad
artística y científica de su mundo, que ve de forma diferente
desde el interior, pero no desde el exterior.
SG.- ¿El genio viene de la sabiduria, del “otro lado”, o es algo
planteado a la manera de un metaconocimiento, es decir, “à côté”,
al lado”?
JdR.- La sabiduría se expresa en una multidimensionalidad tanto racional
como emocional y conductual, lo que genera su fuerza. ¿Está
el genio “à côté”, dentro de todo eso? Creo que está
inmerso en esta multidimensionalidad. Siendo un enfoque simultáneamente
intelectual, emocional y sensible, crea un nuevo paradigma y nos implica,
desde el interior, en él. Desde Gödel sabemos que para aprehender
cualquier lógica es precisa una metalógica. Pero no olvidemos
que esto conduce a una recurrencia hacia el infinito, pues cuando se comprende
una lógica con una metalógica, se crea una nueva lógica
que requiere otra metalógica para comprenderla. El genio, creándose
en el mundo y con el mundo, inmerso en el mundo y abriendo un nuevo paradigma
en la multidimensionalidad, nos incita a crear permanentemente, ya que una
y otra vez necesitamos una referencia diferente para comprender la puerta
abierta por este genio.
SG.- Retrospectivamente, se observa que usted ha sido un pionero en muchos
asuntos convertidos en temas de la modernidad, particularmente Internet. Hace
unos treinta años, fue pionero sobre la comida basura o el mal-comer
(malbouffe), un concepto salido de uno de sus libros, publicado en 1979. También
podríamos recordar la biótica, etc. Me gustaría que
esbozase su visión del porvenir del mundo en el contexto de la mundialización.
JdR.- Sólo puedo hacerlo desde el punto de vista del tecnólogo
humanista que soy, como un futurólogo que proyecta las posibles evoluciones
de algunas tecnologías. Pero deducir de ahí las consecuencias
políticas, económicas o sociales no puede hacerse de manera
seria durante una entrevista. Creo que en los próximos quince años
entraremos en lo que llamo entornos “inteligentes”, en los que el ser humano
no estará aislado de los objetos físicos, estáticos,
que esperan que nos comuniquemos con ellos, pues se va a entrar en una simbiosis
entre el entorno y nosotros mismos. La interface entre lo biológico,
lo mecánico y lo electrónico va a ser cada vez más íntima.
La palabra, el reconocimiento del rostro, los gestos, los signos... nos van
a permitir entrar en comunicación de manera cada vez más estrecha
con este entorno, ya sea la casa, la oficina, el coche o los medios de transporte.
En los próximos 15-20 años esta simbiosis cambiará
completamente la relación con nosotros mismos y con los otros. En
el último otoño hemos inaugurado una gran exposición
en la Ciudad de las ciencias y de la industria de París, sobre “El
ser humano transformado”, que habla exactamente de esto: cómo la vida
artificial, las nanotecnologías, la robótica, la conexión
a una red Internet, transforman al ser humano por medio de la mirada que
hacemos sobre nosotros mismos y por la modificación de las conexiones
con otros.
No obstante, todo esto queda hoy reservado a algunos. Internet sólo
concierne a un 5% de la humanidad. Estas tecnologías son costosas y
difíciles de utilizar. ¿Quién va a utilizarlas? ¿Cómo
reducir esta fosa digital? ¿Cómo evitar el imperialismo de aquellos
que detentan las herramientas, controlan los medios, definen las reglamentaciones
políticas y económicas? ¿Cómo evitar que todo
esto ponga trabas a las libertades humanas? Estas son las preguntas a las
que el futurólogo debe tratar de encontrar respuestas.