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¿Sólo hay una mundialización? ¿Los verdaderos
mundialistas son aquellos a los que así se denomina?
A finales de enero de 2001, en Porto Alegre, frente al tradicional
Foro económico de Davos se levanta el Foro social mundial. Desde
la lejana Suiza nos llegan las raras imágenes de una ciudad en la
que se pretende hablar en nombre de la humanidad, pero para ello se comienza
aislándose del mundo. En las calles sólo hay uniformes, escudos,
cascos, vehículos militares y vallas portátiles, controlando
los lugares donde se desarrollan las reuniones. Personajes casi todos vestidos
de gris, llegados de las zonas más ricas del planeta, pertenecientes
al mundo de las finanzas, de los negocios o de las instituciones internacionales,
junto a algunos invitados representando a gobiernos de países pobres
o de organizaciones no gubernamentales, se desplazan bajo protección
policial, mientras que sus coches son tragados tras los muros de una especie
de búnker en cuyo interior, altaneramente aislados, celebran sus
conciliábulos. ¿Para qué abrirse al mundo si consideran
que ellos son el mundo?
Pero el mundo está aquí, en Porto Alegre. Los movimientos
ciudadanos y los representantes de los pueblos desheredados no son invitados,
sino actores. Llegados desde todos los rincones del planeta, la larga y
abigarrada procesión de participantes celebra la inauguración
del Foro, al ritmo sordo de la percusión. Durante cinco días,
esa misma efervescencia rodeará el trabajo realizado en los cuatrocientos
talleres que, desbordando el recinto universitario, se expanden por toda
la ciudad. La calle pertenece a la multitud, no a la policía (...).
Se nos dice que la mundialización en marcha estaría representada
por esos sombríos pequeños hombres de Davos, enclaustrados
para protegerse de la multitud. Y el caluroso pueblo de Porto Alegre no
sería otra cosa que el antimundialismo en acción. Recuperadas
y vueltas del revés, las palabras pierden su sentido. ¡Qué
ridiculez! Pues la prensa -incluso la mejor intencionada-, lo proclama,
lo repite, y las ondas lo pregonan, lo vocean y lo acreditan: los antimundialistas
somos aquellos que nos oponemos a aquello que un gran autor liberal ha
calificado como "mascarada mundialista laisser-fairiste" (1). Nosotros
somos quienes nos oponemos. Cansados de precisar en vano que no criticamos
la mundialización sino su forma unilateral, terminamos por pasar
por alto sus palabras. ¿De qué sirven, en efecto, los matices
y puntualizaciones ante el simplismo de las etiquetas? Pasamos por alto
lo que dicen, y cometemos un gran error. ¿Cómo podemos tolerar
la extraordinaria inversión de la situación según
la cual se nos quiere convencer de que, por un lado, estarían los
"mundialistas" virtuosos, campeones de la aventura planetaria, tales como
los representantes de las finanzas y de las firmas transnacionales (...),
los gobiernos neoliberales y los grandes organismos internacionales (OCDE,
Banco Mundial, FMI, OMC...) que les sirven, mientras que por otro lado
estaríamos nosotros, "antimundialistas", irresponsables y retrógrados,
que combatimos este proyecto de confiscación del mundo y (...) que
apareceremos en cualquier donde un pequeño número de sombríos
personajes, habitualmente sin ningún mandato electivo, pretendan
determinar soberanamente el destino de los pueblos?
Parecería que esto está muy mal. El FMI lo dice claramente:
"La mundialización (...) es uno de los motores principales del crecimiento
(...). Al permitir una mayor división del trabajo y un reparto más
eficiente del ahorro, la mundialización se traduce en un aumento
de la productividad y del nivel de vida (...). La competencia internacional
eleva la calidad de la producción e incrementa su eficacia" [Boletín
FMI, 19/5/1996] (...). Frases tan bellas como un manual de "ciencia" económica,
ya que son artículos de fe enumerados sin ninguna demostración.
Contra esa fe pecamos, al oponernos a ella.
Su mundialismo, ¿qué designa?. Esencialmente, "la abolición
total del control de los movimientos de capitales, la liberalización
de los servicios financieros transfronterizos y la eliminación de
las restricciones que limitan el acceso de las instituciones e inversores
extranjeros al mercado" [Boletín FMI, 2/2/1998].
Por nuestra parte, queremos lo siguiente:
- remodelar el poder, resituando la finalidad humana y los valores
en el corazón de la economía; someter la esfera financiera
y poner a la economía en su justo y digno lugar de sirviente;
- redefinir los marcos de una economía respetuosa de la pluralidad
de las lógicas de cada uno de sus componentes; imponer la supremacía
del interés general sobre el juego de los intereses particulares;
definir los criterios de una racionalidad en la toma de decisiones, que
no repose sobre la lógica de la mercancía sino sobre la lógica
de los hombres y de las mujeres que la producen;
- redefinir las reglas de un reparto que refuerce la solidaridad humana
dentro de cada nación, entre las naciones y a través de las
sucesivas generaciones.
¿No es así como entendían la mundialización
nuestros grandes antecesores humanistas? Entre quienes defendemos esta
perspectiva y los campeones de la libre circulación de capitales,
¿quiénes son, a vuestro entender, aquellos cuyos esfuerzos
tienden hacia la unificación de la comunidad humana?(...)
Una aparente rectificación
Si creemos lo que dice la prensa, Porto Alegre, dando culminación
a los múltiples movimientos que se han producido después
de Seattle, habría inducido a los pequeños hombres sombríos
a tomar conciencia de las catástrofes que sus actividades provocan
en el mundo. Tengámoslo en cuenta: en Davos, cinco de los ocho grandes
temas de debate se referían a la articulación entre lo social
y lo económico. Incluso habían invitado a representantes
de los países pobres y a responsables de las ONG, ¡nada más
y nada menos! Sobre el Atlántico, Davos tendía su mano hacia
Porto Alegre.
Sin embargo, da la impresión de que los pequeños hombres
no han comprendido nada. El miedo que comienzan a sentir les conduce únicamente
a preguntarse qué sacrificios deben consentir para asegurar la "sostenibilidad"
de su posición a lo largo del tiempo. Pero incluso en eso, respondiendo
a una especie de segunda naturaleza, tratan de optimizar: nada de sacrificios
excesivos, sólo los necesarios para reafirmar su porvenir. En el
fondo, el objetivo sigue siendo el mismo, evitando cualquier cuestionamiento
un poco radical, pero pensando a largo plazo: "Las desigualdades crecen,
se demoniza a las empresas, son tiempos de cambio" (4), declara la presidenta
de Hewlett-Packard; "Se ha entendido que era necesario escuchar y dialogar",
añade el patrón de la célebre Monsanto.
Se nos anuncia una triple ambición estratégica:
- Un toquecito filantrópico por aquí: desde McDonald's
hasta la industria química Dupont, pasando por el banquero Goldman
Sachs y muchos otros, todos están de acuerdo, al modo de las viejas
damas caritativas, en hacer un salpiqueo social en favor de los pobres:
algunas escuelas para unos, algunos hospitales para otros, algunos subsidios
para los más desprovistos... en medio de las riquezas que, claro
está, se les siguen arrancando.
- Un toquecito de ética por allá, no resulta muy caro
y prestigia socialmente. La mayor parte de los grandes grupos se comprometen
a respetar los derechos humanos, a rechazar la corrupción, a proteger
el medio ambiente. (...)
- Mucha palabrería, en definitiva. Eso divierte a la galería
y todo el mundo sabe que mientras se habla no se mata. Sin embargo, algunos
de sus interlocutores, pese a que al desplazarse hasta Davos habían
demostrado no ser los que peores intenciones tenían hacia ellos,
se mostraban decepcionados. "Los patrones nos reciben (...), declara el
presidente de Greenpeace, pero, en el fondo, no nos comprenden". A lo que
añade el secretario de Amnistía Internacional: "Muy frecuentemente,
parece que estamos en dos planetas diferentes". Después de esto,
¡vaya usted a creer en las virtudes de la negociación!
Filantropía, ética, palabras... todo lo que, en suma,
depende de su capricho sin poner en cuestión su poder. Sobre esto,
las cosas están muy claras: "Todo depende, declara el patrón
de McDonald's, de lo que verdaderamente quieran las ONG. Si quieren destruirnos,
el diálogo es inútil". Soros, de forma menos brutal -al fin
y al cabo, es un especulador "social"- subraya que "no se puede pedir a
las empresas que violen su propia naturaleza"...
Esta gente no ha comprendido nada. Deberían calmarse, sin embargo.
No se trata de su muerte, ni siquiera de la brutal instauración
de uno de esos sistemas cuya perfección sobre el papel va acompañada
siempre, en lo concreto, de peores servidumbres y de más crueles
exacciones. Sabemos muy bien que una vez que el vínculo social ha
sido destruido por rupturas radicales, ya nada puede mantener en pie a
la sociedad que no sea la coacción.
Pero sabemos también que, en tanto que la naturaleza del poder
no sea puesta en cuestión, no puede esperarse ningún verdadero
cambio. Soros tiene razón; no se puede pedir a un sistema "violar
su propia naturaleza". Mientras que ese poder siga en manos de las finanzas,
se perpetuarán los mismos males. Hoy, la creación de riquezas
es una obra colectiva y no hay ninguna razón para que todos aquellos
que contribuyen a ella -trabajadores, ciudadanos- no participen en ese
poder, bajo formas y en proporciones evidentemente diversas. No lo olvidemos:
resituar la finalidad humana en el corazón de las decisiones económicas,
ése es el único problema. Con ellos, debemos hablar sobre
eso. Pero no quieren escuchar.
Los pequeños hombres sombríos deberían retroceder
unos pasos para poder comprender que la imagen que han dado en Davos constituye
el pasmoso símbolo de la situación de reclusión frente
al mundo en que ellos mismos se colocan. Países ricos rodeados por
un universo de miseria que creen poder seguir explotando indefinidamente;
hombres ricos protegidos, aquí, por milicias armadas, tras los muros
que les separan de un mundo al que pretenden representar; hombres ricos,
en cualquier otra parte, que empujan a los pobres hacia guetos de lo que
un día podrían salir; entre tanto, mientras se espera a que
todo eso se extienda, las milicias cuentan al amanecer los cadáveres
de los niños que ellas mismas han matado durante la noche porque
la lógica de un sistema inhumano los había transformado en
pequeñas fieras. ¿Cómo puede dormir esta gente? ¿Qué
cálculo imbécil y corto de vista les ha llevado a soportar,
para protegerse, los mismos sacrificios que, consentidos y orientados de
otra forma, evitarían que siguiese creciendo este océano
de miseria en el que, un día, podrían ser engullidos?
La multitud de Porto Alegre -pese a todas las miserias a las que daba
voz- no deseaba lo peor. Todo este esfuerzo de convencimiento se hace,
precisamente, para impedir lo peor antes de que ya no quede tiempo. Ante
los pequeños hombres sombríos replegados sobre sí
mismos, ¡qué bella era la potente y pacífica marejada
formada por los hombres y las mujeres de Porto Alegre, erguidos para rechazar
la servidumbre de los pueblos!
NOTAS
(1) Maurice Allais, premio Nobel de economía, "La mondialisation,
le chomâge et les imperatifs de l'humanisme", UNESCO, Sciences et
humanisme, 9-10 abril 1999
(2) Esta cita y las siguientes proceden del artículo "La question
sociale à Davos", de Èric le Boucher y Babette Stern, Le
Monde, 3 febrero 2001.
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