Otra arquitectura mundial
Riccardo Petrella
Transversales Science Culture 2002/003
Iniciativa Socialista, número 68, primavera 2003
Riccardo Petrella es profesor en la Universidad
de Lovaina
Ha llegado
la hora de reconocer a la humanidad como sujeto político y jurídico.
La humanidad existe, es un hecho que no requiere ser demostrado. Pero, hasta
el presente, no ha habido reconocimiento de la humanidad como sujeto político
en el que se encuentran representados todos los seres humanos, ni como sujeto
jurídico, titular de derechos y deberes.
Nuestras sociedades han reconocido a las “naciones” (de donde derivan los
“Estados-nación”) sobre la base del principio (o derecho) de autodeterminación
de los “pueblos”. Han reconocido también al ciudadano, al individuo,
sobre la base del principio (o derecho) de que toda sociedad se fundamente
sobre los individuos, los ciudadanos. Finalmente, han reconocido a las personas
jurídicas -empresas, asociaciones, iglesias, partidos políticos,
sindicatos- en el ámbito del derecho público y privado nacional
e internacional. Así, la ONU no representa a la humanidad, sino a los
Estados-nación miembros y sobre todo, por no decir exclusivamente,
a los intereses de los Estados más poderosos. Desde hace algunos años,
la UNESCO ha creado el estatus de “patrimonio común de la humanidad”
atribuido a un monumento, una ciudad, un lugar, pero eso no significa que
se haya reconocido a la humanidad como responsable de ese “patrimonio”, jurídica
y políticamente, pues los Estados implicados siguen siendo los titulares
de la responsabilidad.
La única verdadera autoridad política mundial existente actualmente
es la Organización Mundial de Comercio (OMC). Gracias a su “órgano
de resolución de las diferencias”, posee precisamente un poder reglamentario,
judicial y sancionador irrecusable, pero no representa a la humanidad, sino
exclusivamente a los intereses económicos y políticos de los
Estados firmantes de los acuerdos comerciales. En resumen: hasta el momento,
ningún tratado, convención, acuerdo o “contrato” internacional
o intergubernamental ha gestado a “la humanidad” en el ámbito político
y jurídico. Desde ese punto de vista, la humanidad sigue siendo un
concepto abstracto.
La actual mundialización no es otra cosa que la afirmación
en el ámbito mundial de los poderes de decisión y control de
las fuerzas ligadas a la economía capitalista de mercado, bajo la hegemonía
militar, política y cultural de Estados Unidos y “Occidente”. Esta
mundialización del capitalismo de mercado y de la hegemonía
de EE.UU. ni necesita ni está interesada en el reconocimiento político
y jurídico de la humanidad.
Además, según los defensores de esta mundialización,
la “gobernanza” mundial significa la ausencia de un sujeto mundial y el establecimiento
de dispositivos de decisión y control en los que todos los agentes,
mezclados los públicos con los privados, serían, según
ellos, libres e interactuarían colocados todos en el mismo plano de
igualdad.
Creo que la afirmación de una “política mundial” y de un “derecho
mundial” se hizo necesaria a partir de la “conquista” nuclear y su expresión
militar bajo la forma de la bomba atómica. La toma de conciencia en
1969 de la finitud y pequeñez de nuestro planeta Tierra, visto en las
pantallas de televisión gracias a la aeronave Apolo como una pequeña
bola azul suspendida en el vacío, no ha hecho más que reforzar
esa necesidad, que comporta, en primer lugar, la instauración de un
“Tribunal penal mundial para los crímenes contra la humanidad” y de
una “Autoridad mundial de la vida y la convivencia”.
En cuanto a la definición y promoción de un conjunto de bienes
comunes considerados como patrimonio mundial y de servicios públicos
comunes a escala mundial, su propiedad y gestión no deberían
en ningún caso y de ninguna manera, ni directa ni indirectamente, convertirse
en objeto de apropiación de sujetos privados ni quedar bajo su responsabilidad.
Entre los bienes comunes indispensables para asegurar a todos el derecho
a la vida en torno a los años 2020-2025, deben figurar el agua, los
servicios primarios de salud, la vivienda y la educación.
Estos bienes deben seguir siendo propiedad de la colectividad, o volver
a serlo allá donde carezcan de esa condición. Los servicios
correspondientes deben ser gestionados y asumidos por instituciones públicas,
democráticamente controladas, inspiradas por los grandes principios
de la cooperación y la solidaridad.
El derecho a la propiedad intelectual no puede aplicarse a estos bienes
comunes, ni tampoco en aquellos ámbitos que puedan influir sobre ellos
de forma determinante. Y lo mismo hay que decir sobre las negociaciones comerciales.
Haciendo frente a las preferencias mostradas por los responsables políticos
y económicos de los países de la OCDE que, en la conferencia
de Doha [noviembre 2001], han presionado para incluir los servicios públicos
en el orden del día de la nueva ronda de negociaciones de la OMC, los
ciudadanos deben movilizarse para defender los elementos en que se fundamenta
de la res publica. Esa es la condición esencial para garantizar la
seguridad de la “convivencia” y la voluntad de “hacer sociedad” en común.
El concepto y la práctica de los servicios universales no han impedido
la privatización y la mercantilización de los bienes y servicios
correspondientes. La mercantilización de la salud, la educación
o el agua, por ejemplo, constituye hoy uno de los mecanismos más eficaces
de destrucción de la convivencia y de los vínculos de solidaridad
dentro de cada país y entre todos ellos.
La construcción de alternativas debería, por tanto, proponerse
la definición de una “política de bienestar mundial”. Esta política
estaría articulada en torno a una Organización Mundial del
Desarrollo Social (OMDS), que reagruparía las funciones y poderes
del FMI, de la Banca Mundial, de la Organización Mundial de la Salud,
de la FAO; de la OIT. También sería conveniente asegurar la
creación y gestión de un impuesto mundial, del que la tasa
Tobin sería un primer bosquejo. Es preciso evitar caer en las derivas
nacionalistas, oligárquicas y tecnocráticas que han marcado
el funcionamiento del sistema multilateral intergubernamental de las Naciones
Unidas y su preferencia por la segmentación sectorializada y burocratizada
de las tareas.
Para hacer todo esto, resulta conveniente hacer surgir nuevas formas de
democracia representativa a escala mundial, tomando en cuenta las lecciones
que puedan extraerse de la primera experiencia de democracia representativa
internacional conocida, el Parlamento Europeo elegido por sufragio universal
directo. Ese es el significado de la propuesta de creación de un Parlamento
mundial de la vida y de la seguridad. Considero que, al comienzo, este “parlamento”
debería ser resultado de una iniciativa de “auto-organización”
procedente de los parlamentarios nacionales. Creo que ningún poder
podría impedir legalmente que quinientos parlamentarios decidiesen
reunirse en “asamblea mundial” y comenzar a elaborar principios, reglas, normas...
El problema quedaría así situado en el terreno de la voluntad
política y de la relación de fuerzas entre el grupo de los 500
parlamentarios y el resto de los poderes actuales, muy poderosos, que, inevitablemente,
se opondrán a tal iniciativa a la que acusarán de ser, quizá,
“muy simpática” pero “irrealista” y carente de efectos prácticos.
La OMDS, el Parlamento de la vida y la seguridad, y el impuesto mundial constituyen
dispositivos portadores de la nueva arquitectura de una política mundial
a construir durante los próximos veinte o treinta años.