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Si bien es cierto que todas las elecciones son una caja cerrada que,
afortunadamente, impide saber a ciencia cierta qué va a ocurrir,
las elecciones autonómicas que Catalunya va a celebrar el próximo
17 de octubre han suscitado una especial expectación.
Los motivos son diversos: por una parte, hemos podido detectar que
en la sociedad catalana ha calado una sensación de cansancio ante
las mismas excusas cuando se es incapaz de hacer aquello para lo que los
políticos deben servir; esto es, resolver los problemas que afectan
a los ciudadanos y ciudadanas.
Hasta ahora, Jordi Pujol se había sentido lo suficientemente
seguro de sí mismo y de sus posibilidades de ser reelegido hasta
el punto de no tener que hacer ni siquiera campaña electoral. Sin
embargo, Pujol se ha dado cuenta de que algo está cambiando en la
sociedad catalana y está intentando cambiar, a mi juicio en vano,
esta tendencia.
En esta línea, son patéticos los esfuerzos electoralistas
de Pujol para recuperar la iniciativa política, el más anecdótico
es su ascenso al pico Aneto para “demostrar” su “juventud”, “capacidad
de sacrificio” y su “entrega al país”, aunque los hay más
preocupantes -porque son financiados con dinero público- como son
la organización, por parte de la consellería de Benestar
Social del Govern de la Generalitat, de un acto para la gente mayor un
día antes del inicio de la campaña electoral; la rebaja de
ciertos peajes, en según qué condiciones, o el insulto a
la dignidad de los ancianos con las pensiones más bajas que ha supuesto
la “propina” (la palabra “aguinaldo” que otros han utilizado parece excesiva)
de cuarenta duros mensuales que ha aprobado recientemente el Govern y que,
de facto, constituye una zancadilla más al Pacto de Toledo.
Por otra parte, la apuesta del PSC por la candidatura de Pascual Maragall
ha puesto de manifiesto la posibilidad de dejar de conjugar el verbo resistir
y la posibilidad de conjugar el verbo ganar. Sin embargo, tanto Maragall
como el PSC son conscientes de que, si bien son imprescindibles para el
cambio en Catalunya, no son suficientes para materializarlo. Y por esto,
a pesar de las reticencias iniciales mostradas tanto por el PSC como por
el candidato, al final se han decidido a firmar un acuerdo electoral con
Iniciativa per Catalunya-Verds (IC-V) y Ciutadans pel canvi.
El acuerdo para concurrir en una única lista electoral en las
circunscripciones de Girona, Lleida y Tarragona suscrito el pasado 3 de
septiembre tiene que ser uno de los catalizadores que hagan estallar la
ilusión de los ciudadanos y ciudadanas de Catalunya ante un posible
cambio de una mayoría de derechas -merced al pacto, encubierto en
Catalunya, entre el PP y CiU- por una mayoría de progreso que consiga
responder a los retos que nos depara el futuro.
A menudo se acusa a los partidos políticos -no sin razón-
de inmovilismo o de incapacidad de reacción ante la evolución
de la sociedad. Sin embargo, en esta ocasión los partidos políticos
progresistas hemos puesto toda la carne en el asador. Hemos sido capaces
de hacer todo lo que está en nuestras manos para aunar esfuerzos,
para buscar las coincidencias y no encallarnos en las discrepancias. Y
estos esfuerzos han cristalizado en un acuerdo que garantiza para los dos
partidos que lo integran el respeto a su pluralidad en los planteamientos
y ése es uno de los motivos por los que se prevé un programa
electoral y un grupo parlamentario propios para cada uno de los socios.
La reacción airada de CiU -una coalición formada por
dos partidos- ante la formación de una coalición electoral
progresista confirma que vamos por buen camino. La arrogancia histórica
de CiU se ha transformado ahora en un nerviosismo impertinente cargado
de descalificaciones impropias de dos partidos con tanta tradición
democrática. ¿Cómo es posible criticar a dos partidos
por coaligarse desde una coalición electoral?
Otra reacción interesante es la de Esquerra Republicana de Catalunya.
Señalan que el pacto supondrá el fin de IC-V. Sin embargo,
ERC ha participado recientemente en la coalición que todos los partidos
políticos -incluida la conservadora Unión Mallorquina- de
Ibiza y Formentera han suscrito para desbancar del poder, con éxito,
por cierto, al Partido Popular. ¿No será acaso que con este
acuerdo ERC queda relegada a un papel testimonial y que su pretendida equidistancia
-esto es, no mojarse, quedar a disposición del mejor postor, sin
aclarar al votante si van a contribuir a la creación de un gobierno
de derechas o de izquierdas, lo cual es tanto como presentarse sin programa
electoral- resulta ahora irrelevante?
Suponer, sin duda interesadamente por parte de muchos, que la coalición
electoral recientemente constituida puede conllevar la absorción
“de facto” de IC-V por parte del PSC demuestra el desconocimiento absoluto
de lo que es IC-V. Durante los últimos veinte años, el PSC
ha cogobernado, entre otros, la ciudad de Barcelona, primero con el PSUC
y luego con IC-V. La extraordinaria transformación de esta ciudad
sólo es comprensible teniendo en cuenta que, desde 1979 Barcelona
ha tenido un gobierno de coalición, por tanto un gobierno que ha
tenido que basar su gestión en el consenso, en el pacto y en el
diálogo. Hace veinte años que hay voces, dentro y fuera de
IC-V, que se alzan ante la “inminente” absorción de IC-V por parte
del PSC -algunas de estas voces hace ya años que abandonaron nuestro
partido para integrarse o bien en el propio PSC o bien en otros proyectos
de dudoso éxito.
IC-V no sólo no va a ser absorbida por ningún otro partido
sino que continuará trabajando para consolidar el espacio de izquierda
verde que recientemente se ha visto respaldado por unos buenos resultados
en las pasadas elecciones municipales y europeas. Los proyectos políticos
del PSC y de IC-V no se solapan en absoluto, a lo sumo son complementarios.
Por otra parte, IC-V garantiza que el cambio no resulte ser un simple relevo
sino un cambio radical de prioridades, de estrategia y de objetivos en
el futuro gobierno de la Generalitat.
Pese a los buenos augurios, no podemos relajarnos, queda mucho por
hacer, queda mucha gente a la que motivar para que abandonen la apatía
que les lleva a abstenerse en las elecciones autonómicas, aunque
sí participan en las elecciones generales, porque no se sienten
partícipes en el proyecto anestesiante de la derecha catalana, liderada
por Jordi Pujol, que se caracteriza por la corrupción, el amiguismo
y, lo que es más grave, el desprecio que Pujol ha demostrado, a
pesar de las apariencias, hacia las instituciones catalanas, ya sea el
Parlamento, los medios de comunicación públicos, etc.
El trabajo que nos aguarda no es sencillo. Por una parte, nos enfrentamos
a una campaña electoral que, sin duda, CiU intentará ensuciar
cuanto pueda con promesas demagógicas, cuyo único objetivo
es confundir a los ciudadanos. Por otra parte, nos encontramos ante el
reto de ganar. Ahora ya no sirve el viejo objetivo de resistir o de reducir
distancias con CiU. Esta vez hay que ganar porque si no ganamos quien perderá
será Catalunya.
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