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De nuevo Hitler se levanta de su tumba

y vuelve a prometernos el Reich de los mil años

en favor de las víctimas
contra los verdugos

Salustiano Martín

(poema de El orden que nos mata, serie inédita en elaboración)


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Sólo ha habido mil muertos,

me comentan en serio unas amigas.

¿Son esos los que ha habido?

Cuánta sangre truncada, cuántas

voluntades inútiles,

cuánta conciencia que no pudo

servir para la vida.

Sólo ha habido mil muertos.

                               Veo 

caer una por una su esperanza:

la luz herida de sus voces

fluyendo por las piedras de las calles,

manchando nuestras manos,

tiñendo de rencor nuestros quejidos.

¿Quién decidió su muerte?

¿Quién pudo creer que era su dueño

y así los arrojó a la inútil

desidia de la carne

sin pulso?


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Recuerdo a aquellos cómplices

voluntarios de Hitler,

sometidos a un sueño sin entrañas..

Recuerdo cómo entonces

miraban a otro lado

cuando el vecino era

sacado por la noche

al frío de la muerte

brutal de Buenos Aires,

porque con ellos nada

tenían los soldados.

Recuerdo con tristeza

su cómplice alegría,

porque no eran judíos,

porque no eran tampoco comunistas

pisando el suelo amargo

de Santiago de Chile.

Recuerdo su mirada de desprecio

porque ellos no eran turcos

abatidos a golpes en Baviera,

indigentes quemados

en el profundo Boston de los yupis.

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Caminas por la calle,

y un tiro aquí detrás de la cabeza

te corta ya la calle para siempre.

Y entonces

otra vez las oscuras

camisas de las lágrimas

persiguiendo gitanos;

salvajes lobos con el odio

brotando del revólver con que ordenan

que mueran los maquetos.

Recuerdo con terror la mueca absurda

de aquellos otros cómplices

voluntarios de Hitler,

y sus hijos

preguntando por qué se los llevaban

a aquellos negros a la hoguera

en las noches sin luna de Alabama,

a aquellos protestantes a la hoguera

allí en Valladolid en el reinado

de Felipe el segundo.

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Un ser humano muerto es una pérdida

sin rescate posible.

A quién le hablo

desde esta voz entrecortada

que acaso sólo pronuncia sollozos.

Dímelo tú, mujer vencida

por los golpes de un chulo sin coraje:

a quién pretendo

atraer a la ingenua

piedad de las razones.

Tal vez a nuevos cómplices

voluntarios de Hitler,

que también asesinan

en nombre de la patria monolingüe

con su mezquino

desdén indiferente.

Vuelve a ladrar la historia

de ese letal consentimiento:

si los matan será porque son malos;

eso les pasa por ser rojos,

por ser negros, judíos, de derechas;

tienen la culpa

de no balar como nos dicen

los amos de la granja que balemos:

aquéllos que decretan,

con el gruñido de sus balas,

quiénes deben cegarse

hasta el feroz

silencio de la tumba.

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Pero, sabedlo, seáis cómplices

o no, sabedlo:

pronto

también acaso los colmillos

del ADN o de la lengua

quebrarán vuestros huesos,

porque los dogmas, la nación, la raza

demandan que la sangre

siga fluyendo para gloria

de la estéril pureza

que proclaman sus dioses.

Acaso en ese día no haya nadie

que tenga ya piedad

de nuestra muerte.


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