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Seattle y la Nueva Alianza

 Luis M. Sáenz

 
Iniciativa Socialista número 56, primavera 2000

De forma paralela a la reunión oficial de la Organización Mundial del Comercio, Seattle se convirtió en un laboratorio de movilizaciones y debates protagonizados por miembros de ONGs, por sindicalistas, por ecologistas, por feministas y tipos diversos de activistas sociales.

Como demuestra el informe de Alain Deneault publicado en este mismo número de Iniciativa Socialista, lo ocurrido no fue obra de marginales violentos o extravagantes. Hubo, sí, actos vandálicos, pero sus protagonistas no pasaron del centenar. En líneas generales, el ánimo pacífico de los contestatarios contrastó marcadamente con el despliegue de violencia policial y de violación de derechos civiles básicos, como el de transitar libremente por la calle sin ser discriminado en función de tu "pinta".

En las movilizaciones de Seattle se expresó, de forma embrionaria, la nueva alianza transformadora sin la cual seremos incapaces de hacer frente a la depredación social y ecológica. Sindicalistas, convocados por la AFL-CIO, se mezclaban con ecologistas, feministas, defensores de los derechos humanos y otras muchas variedades del activismo progresista.

El abigarramiento multicolor de la protesta social ante Seattle, la pluralidad de las demandas e incluso la diversidad de opiniones en aspectos estratégicos, no eran una debilidad de ese movimiento, sino signo de los tiempos. El activismo progresista mundial ha escapado de las manos de los Estados, de los partidos políticos y de sus ideologías específicas. El que miles de activistas llegasen a Seattle portando sus propias reivindicaciones y lemas, sus propias prioridades en cuanto a intereses y preocupaciones, no fue, ni mucho menos, un elemento negativo. Alejándose de los que quieren disolver la diversidad en una gris uniformidad, o trazar una estricta línea divisoria entre los "revolucionarios" y los "reformistas", se trata de forjar una alianza de lucha que no excluye la existencia diferencias respecto a asuntos vitales, como, por ejemplo, el derecho de injerencia, el Tribunal Penal Internacional, la actuación frente a las instituciones de carácter internacional, etc.

No obstante, esta nueva alianza estaría también condenada al fracaso si renunciase a reflexionar sobre sí misma y sobre sus aspiraciones. Y toda reflexión colectiva implica controversia, diferenciación de opiniones, reagrupamientos parciales. El problema no está en la explicitación de tal diferencia, sino en hacer de ella "la división principal", como algunos han pretendido.

A mi entender, Seattle ha reanimado algunos debates:

- La exigencia de una cláusula social para el comercio internacional, ¿es justa o significa "hacer el juego" a los países desarrollados frente a los países pobres?

- La Organización Mundial del Comercio, ¿debe ser reformada o destruida? O, para plantear la pregunta de forma más realista, ¿debe la izquierda promover propuestas en torno a los asuntos que competen a la OMC, o, por el contrario, sólo cabe abogar por su disolución?

- La izquierda, ¿debe combatir la globalización en cuanto tal o debe tratar de gobernarla?

- ¿Cuál es el alcance real de las discusiones en torno a proteccionismo y libre comercio?

La cláusula social

Muchos gobiernos de los países "del Sur" y todas sus clases dominantes, que nunca se han preocupado por el bienestar de sus conciudadanos, denuncian como trampa "neocolonialista" la propuesta sindical de imponer en el comercio mundial, e incluso en las inversiones, una cláusula social que permita imponer sanciones y tratamientos "discriminatorios" a los Estados que no la cumplan. Con otros argumentos, también se oponen a esta cláusula las compañías transnacionales, que, si montan una fábrica en China o en Birmania, lo último que desean es encontrarse allí con una nueva versión de las leyes laborales, de las secciones sindicales o de los comités de empresa que deben soportar" en Francia, Suecia o España. Hasta aquí, no hay nada sorprendente.

Lo que sí llama la atención es que algunos sectores de la izquierda -que, además, suelen considerarse "muy de izquierda"- pretendan también que la campaña desarrollada por la Confederación Internacional de Organizaciones Sindicales Libres (CIOSL) no sería más que una añagaza para debilitar la competitividad de los países atrasados frente a los países capitalistas avanzados. Afortunadamente, tan extraño punto de vista no es compartido tampoco por los sectores más avanzados del sindicalismo en Asia o África. Así, por ejemplo, los sindicatos sudafricanos (COSATU) están entre los adalides más enérgicos de la cláusula social.

Esta cláusula, obviamente, no puede incorporar exigencias sobre salarios mínimos. A lo que la cláusula social hace referencia es a la libre organización de la clase trabajadora y al respeto de derechos humanos básicos. En particular, debería incluir: el derecho a la libre formación de sindicatos, a la libre afiliación, el derecho de huelga; la prohibición de discriminaciones en el trabajo por razón de sexo; la eliminación del trabajo infantil y la erradicación del trabajo forzado y de algunas formas de semiesclavitud aún vigentes.

Esta cláusula, cuyo grado de cumplimiento podría ser baremado por la Organización Internacional del Trabajo, podría servir también para establecer un sistema de impuestos sobre las inversiones, de forma que se desincentivasen las realizadas en países no respetuosos con las normas antes citadas (ver el trabajo de Fabienne Dourson publicado en esta misma revista). Estos criterios podrían ampliarse a otros derechos humanos básicos no laborales, baremados por alguna agencia dependiente de las Naciones Unidas.

El reconocimiento de la cláusula social se opone frontalmente a la lógica liberista, afirma que el capital y sus flujos deben someterse a reglas, y, pese a lo que repiten machaconamente sus adversarios "de izquierda", no ahondaría el foso Norte-Sur sino que, por el contrario, sería factor de progreso y democratización en los países no desarrollados, así como aliciente para un desarrollo a largo plazo no sujeto a los movimientos espasmódicos de los capitales en búsqueda del máximo beneficio a cortísimo plazo y de las máximas protecciones frente a la acción del movimiento obrero organizado.

 

Por una regulación mundial del comercio y de las inversiones

En Seattle se mezclaron las voces de los "reformadores" que hacían propuestas sobre qué debía decidir y hacer la OMC con las de los "rupturistas" que exigían su inmediata disolución. A mi entender, durante bastante tiempo ambas opciones deberán trabajar juntas e implicarse en acciones comunes, ya que, en realidad, los objetivos perseguidos son similares. De hecho, ambas corrientes podrían ser componentes complementarias de un movimiento común si no se imponen posiciones excluyentes.

Entrando, sin embargo, en el debate, tengo la impresión de que la disolución de la OMC, por sí sola, no aportaría nada a favor de la causa socialista y de los objetivos transformadores del activismo progresista mundial. A veces, parece que algunos piensan que si desapareciese la OMC y otras instituciones similares, habría muerto el enemigo principal. Pero esa es una visión idealista acerca de cuáles son las verdaderas fuentes del poder y de las relaciones de fuerza.

La Organización Mundial del Comercio es, ante todo, una organización intergubernamental. Inequívocamente, es mucho más permeable a las presiones de las transnacionales que a las del movimiento obrero. Pero eso se debe a que también la inmensa mayoría de los gobiernos del mundo se inclinan del lado de las transnacionales y de un escaso respeto -o, al menos, minusvaloración- de los derechos humanos. Al fin y al cabo, las resoluciones de la OMC exigen el acuerdo de todos de sus miembros integrantes. Ese funcionamiento "consensual" es un tanto falaz, ya que los países más desarrollados e incluso algunas transnacionales disponen de enormes medios de presión económica para hacer que los gobiernos acepten establecer acuerdos en términos no favorables para su país, pues las consecuencias del aislamiento económico y de quedarse fuera del mercado mundial serían aún mucho peores. Pero creer que sin OMC no existiría esa misma capacidad de presión de los poderosos no es más que una ilusión arbitraria, excepto si se cree que la "desconexión" de la economía mundial es una vía de desarrollo viable, lo que, en principio, no comparto.

Uno de los riesgos teóricos y prácticos que amenazan a la izquierda es encerrarse en un "pensamiento bit" capaz de tomar solamente dos valores: o "mundialización irrefrenable de la lógica capitalista" (lo que algunos han llamado "organización comercial del mundo") o múltiples "capitalismos en un sólo país". Ambas opciones implican la renuncia a fundamentales valores de la izquierda. Pero la segunda es, además, utópica, irrealizable. Las fronteras nacionales no son límites para el capitalismo. Los únicos límites reales del capitalismo son los inherentes a sus propias contradicciones y aquellos que le son puestos desde la acción política y desde la democracia.

De la batalla contra el liberismo, que trata de someter el todo social a la mercantilización más extrema, no es posible "salirse", ni atrincherarse localmente. La única alternativa que nos queda es ganarla, y hay que ganarla en el espacio mundial en que está teniendo lugar. Y, aunque no sea fácil, ganarla es posible. O, al menos, ir ganando posiciones más favorables a las clases subalternas y a las aspiraciones por un mundo habitable. Estamos aún lejos de forjar la nueva alianza necesaria para ello, pero no deberíamos despreciar signos alentadores, como el fracaso del Acuerdo Multilateral de Inversiones o la victoria moral alcanzada por los contestatarios de Seattle.

En vez repudiar la idea de una Organización Mundial del Comercio, deberíamos repudiar lo que se está haciendo de ella. En una lucha que no puede ganarse sin convencer de su trascendencia a millones y millones de personas, la existencia de instancias internacionales nos da de plataformas y oportunidades para hacer llegar la voz de la izquierda y extender las alternativas existentes. Sin reunión de la OMC, las transnacionales habrían seguido chantajeando al mundo entero, pero el mundo entero no habría escuchado la voz de los resistentes de Seattle.

Las campañas transnacionales antiliberistas y ecologistas encajan perfectamente con las necesarias movilizaciones nacionales. Un relevante punto de encuentro para ambos tipos de acciones es la presión sobre los gobiernos. Estos siguen siendo los principales centros de decisión política, aunque estén condicionados por otros poderes. Aunque escasos, hay en el mundo gobiernos democráticos sensibles a la crítica antiliberista, como es el caso de los gobiernos de Francia y Sudáfrica. ¿Qué actitud debemos mantener ante ellos? ¿Debemos pedirles que abandonen la OMC o, por el contrario, que lleven a ella, en colaboración con todas las organizaciones sindicales, ecologistas, feministas, etc. que forman un amplísimo entramado de activismo mundial por los derechos humanos, propuestas que reclamen una regulación del comercio internacional y de las inversiones, unas normas que protejan el ecosistema, los derechos laborales, los derechos de las mujeres, el derecho universal a la educación y a la salud? Personalmente, creo que la segunda de las opciones es mucho más eficaz y puede contribuir de forma mucho más clara a la creación de la nueva alianza contra el capitalismo, contra los tiranos y contra los fundamentalistas de todo tipo.

 

Globalización, proteccionismo y librecambio

La mundialización es una tendencia inherente al capitalismo, y actúa desde hace varios siglos. Lo que nos debe interesar no es la mera constatación de tal fenómeno, sino lo que de peculiar pueda haber en estos momentos: la desruralización del mundo, el proceso de industrialización de algunos países periféricos, el papel de los "inversores institucionales" -que materializan una profunda separación entre origen del capital y mando-, las consecuencias de las nuevas tecnologías de la información y del nuevo papel de las redes financieras, etc. Pero no quiero hablar de estas cosas.

"La globalización es mala", "La globalización es buena, a más de inevitable". Si no salimos de ese esquematismo, poco podemos avanzar, pues el proceso de mundialización tiene muchas facetas, y no todas son del mismo signo en cuanto a su relación con la emancipación humana y la socialización del poder.

En el punto al que hemos llegado, es evidente que la humanidad hace frente a problemas mundiales que sólo se pueden resolver mundialmente. Por ello, es cierto que la tarea de la izquierda es gobernar la mundialización. ¿Pero cómo y para qué?

En términos generales, nos interesa potenciar el debilitamiento de las fronteras, el libre movimiento de personas y bienes, el incremento de los intercambios de todo tipo, la derivación de poderes estatales hacia poderes locales o supranacionales, la universalización de los derechos humanos, la conservación del ecosistema como patrimonio global de toda la humanidad presente y futura, etc.

La "globalización" que las transnacionales y gran parte de los gobiernos del mundo nos quieren imponer es, sin embargo, otra cosa. Su objetivo es claro: todo debe ser mercancía. Su "Organización Comercial del Mundo" significaría, si llegan a imponerla, que el Estado no puede proteger a los sistemas sanitarios y educativos de carácter público, porque eso sería "competencia desleal" con los sectores privados. Significaría que el Estado no puede impedir la entrada de alimentos peligrosos, porque sería "competencia desleal". Significaría que, a no ser que las transnacionales lo autoricen, no se podrían imponer sanciones comerciales a regímenes genocidas o no respetuosos con los derechos laborales, porque eso sería una injerencia en el "libre mercado".

Esos son los términos de la confrontación, no proteccionismo o librecambismo.

La izquierda no debe ser proteccionista, en el sentido habitual del término. Los antagonismos entre "capital nacional" o "capital extranjero", "productos nacionales" o "productos extranjeros", etc., son más propios de la extrema derecha que de la izquierda, además de profundamente anacrónicos, ya que, hoy más que nunca, "el capital no tiene patria". Si tal Hospital privado es propiedad de españoles, estadounidenses o japoneses, nos importa un bledo. Lo que nos importa es el sistema sanitario público, su financiación y su calidad; lo que nos importa es impedir el desvío de fondos desde los sistemas públicos a los privados, lo que nos importa es afirmar la prioridad del derecho a la salud sobre cualquier interés comercial.

A su vez, los capitalistas y las transnacionales no son librecambistas. Por el contrario, cada uno de ellos aspira al monopolio, y algunos casi lo consiguen. Uno de los esfuerzos principales de los grupos de presión empresariales se centra precisamente un obtener un sistema de patentes profundamente agresivo, que incluye a productos farmacéuticos e inclusos a ciertas formas de vida. El sistema de patentes está teniendo ya consecuencias terribles sobre la salud de millones de seres humanos. Un dramático ejemplo de esto es el abandono criminal de la lucha contra el SIDA en África.

La nueva alianza transformadora no se hará sobre la base de las añoranzas por las "soberanías nacionales" ni de discursos nostálgicos de la "lucha de bloques" -que ni siquiera era tal lucha, sino "santa alianza" para sostener el orden de Yalta-, sino colocando las actuales resistencias dentro de una perspectiva alternativa y mundial, como hacen ya quienes promueves medidas concretas como la Tasa Tobin, la cláusula social y otras muchas. Tal y como escribe Fabienne Dourson a pocas páginas de aquí:

Las "élites" utilizan la modernización y la mundialización para atacar a los sistemas de seguridad social, a los pobres de los países desarrollados y a los aún más pobres de los países en desarrollo. Ha llegado el momento de demostrarles que las fuerzas que les oponen resistencia también saben utilizar las mismas armas de la modernización y la mundialización
 
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