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El "viraje histórico" de Seattle

Alain Deneault

Texto publicado en Iniciativa Socialista númeto 56, primavera 2000, con la gentileza de la Association québécoise pour la taxation des transactions financières pour l’aide aux citoyens (ATTAC-Quebec), de la que el autor es miembro. Alain Deneault participó en la caravana que partió de Toronto el 4 de noviembre y recorrió diversas regiones hasta llegar a Seattle. Más información sobre ATTAC-Quebec en sus páginas en Internet, http://www.altern.org/attacqc

Celebrando lo que algunos han considerado como un "viraje histórico", intelectuales, sindicalistas, manifestantes o firmantes de actos de desobediencia civil han alcanzado en Seattle su explícito objetivo: derribar la maniobra de la Organización Mundial del Comercio en pleno vuelo, shut it down, como se leía y escuchaba en todas partes. La OMC realizaba en Seattle su reunión interministerial para establecer las modalidades de las negociaciones de la "Ronda del milenio", que, como acabamos de saber, han quedado postergadas hasta el próximo año. Los conferenciantes del Foro internacional sobre la mundialización, reunidos en el Symphony Hall, han redactado la lista de las motivaciones teóricas del intento, mientras que miles de manifestantes han desafiado a las fuerzas represivas americanas impidiendo a las diversas delegaciones nacionales llegar a su reunión.

La OMC sigue existiendo, evidentemente. Pero tras el viraje de Seattle ya no podrá actuar con la confortable discreción de que gozaba. La amplitud de las manifestaciones, la dignidad de la gran mayoría de los participantes, las diferentes marchas y actos de desobediencia civil han tenido la fortuna de quebrantar la moral de los delegados, varios de los cuales han admitido la dificultad que tenían para ignorar las bombas lacrimógenas que retumbaban en el centro de la ciudad.

Estas negociaciones de libre cambio, en las que las transnacionales esperaban apropiarse de los recursos humanos o naturales del planeta, prometían, ya antes de iniciarse, ser dificultosas, dados sus propósitos inconsecuentes, irresponsables e irracionales. Los griegos nos han enseñado mucho sobre el hybris [N.T.: desmesura, exceso]. Tanto si se trata de la carne con hormonas como de la protección de especies en vías de extinción, la OMC ha indicado ya, en los conflictos que ha arbitrado, que las reglamentaciones nacionales en materia de medio ambiente o sanidad constituyen obstáculos al libre mercado. Si la OMC hubiese llegado hasta el último extremo de su "filosofía", y eso pretendía hacer con la "Ronda del milenio" de la que Seattle sería punto de partida, entonces la educación y el comercio del agua, así como las instituciones sanitarias, se habrían encontrado sometidas a la misma lógica: toda ley en materia de educación (por ejemplo, la lengua de enseñanza tal como la prevé la ley 101 en Quebec, la cualificación de los profesores, las materias y programas pedagógicos, el origen de los proveedores de cuadernos y bienes materiales...), toda ley en materia de protección ambiental o toda financiación pública de instituciones sanitarias habrían podido ser declaradas obstáculos ilegales al sacrosanto funcionamiento del "libre" mercado. La OMC ve a los gobiernos como vestigios de una antigua civilización. Así, las empresas, especialmente las más afortunadas -las sociedades transnacionales- habrían podido hacer marchar al mundo a su compás, haciendo anular por la OMC toda "competencia" pública molesta. La OMC habría tenido el poder de obligar a los Estados a sostener "equitativamente" a cualquier escuela u hospital privados extranjeros, de la misma forma que sostienen las escuelas y hospitales públicos. Tal obligación habría sido la derrota definitiva del servicio público y de 150 años de duras conquistas, en provecho de una "libertad" para algunos privilegiados. La OMC ha anulado ya leyes nacionales, y no sin importancia; podemos citar, entre otras, el pacto canadiense del automóvil. Las reglas de funcionamiento de la OMC se cuentan entre las más secretas, y sus juicios son el resultado de discusiones cerradas a cal y canto.

El sistema económico internacional sufre una extraordinaria perversión. Que se considere como "económico" este intento de destrucción del medio ambiente, de las estructuras económicas locales y de las instancias políticas no es más que un indicio del cáncer que corroe hoy a las instituciones privadas y públicas. Cuando los países del Tercer Mundo temen a las leyes laborales y medioambientales, tachándolas de proteccionismo, es que algo de podrido hay en el reino del capitalismo. "La economía" se ha convertido en el adversario de las poblaciones. En Seattle, estas poblaciones han reaccionado utilizando la única voz que les queda: su propia voz.
 

Desobediencia civil


Para hacer frente a esas amenazas, siendo imposible depositar la confianza en representaciones políticas vendidas a la idea del libre mercado, millares de ciudadanos han participado en acciones pacíficas de desobediencia civil.

Durante dos días, con la vista puesta en la fecha del 30 de noviembre, la Direct Action Network, en su cuartel general montado para la ocasión en un lugar cercano al centro de Seattle, impartía formación relativa a la organización de la desobediencia civil, a los primeros auxilios (particularmente sobre el tratamiento de las inflamaciones causadas por la pimienta de cayena y el gas lacrimógeno), a la solidaridad carcelaria y a las leyes (www.go.to/directaction).

Los manifestantes han bloqueado las calles de Seattle desde las primeras horas de la mañana del 30 de noviembre, primer día de las negociaciones, desfilando primero por el centro de la ciudad, en lo que se anunciaba como una simple manifestación. Disfraces, banderas, pancartas con la imagen de maíz (¡bio!), marionetas de 18 metros representando esqueletos que portaban la inscripción "Exxon, Chevron, genocidio", banderolas ondeando las consignas "Imagine", "Freedom", "Resist"..., todo ello acompañado de percusiones africanas y pitidos, e incluso, más raramente, de música tecno. Pero la manifestación se ha dividido en varios grupos, que se han dispersado para bloquear el centro de la ciudad.

Las iniciativas de desobediencia civil tienen en ocasiones aspectos negativos. Vistas de lejos, pueden parecer actos extremos de mera oposición. Pero en realidad son, ante todo, una propuesta aplicada de principios democráticos, por los modos de preparación y de formación utilizados por las redes de "acción directa". La desobediencia civil tiene su memoria, su historia y sus formas de organización. Las figuras clave son Gandhi, Gertrude Stein, Martin Luther King, y todos los compañeros anónimos que han participado en las acciones contra la Guerra del Vietnam, o en las manifestaciones contra la energía nuclear o contra la falocracia. El soldado desconocido de la desobediencia civil muy bien podría ser el hombre parado ante la columna de tanques, en la Plaza de Tiananmen. De manera más lejana y más metafórica, los occidentales pueden recordar también el rechazo a cooperar del personaje de Antígona, de Jesús y de los primeros cristianos. Leyendo sobre este tema, aparecen abundantes filiaciones.

Desde el punto de vista de la organización, las acciones de desobediencia civil preveían que cada participante fuese miembro de un "grupo de afinidad", que elige un representante -modificable- para un Consejo más amplio encargado de establecer las estrategias de acción. Las reuniones son abiertas a todos, pero sólo pueden hablar los delegados. Este proceso rompe toda veleidad jerárquica, garantizando a la vez cierta eficacia. Dentro de esta relación horizontal, las decisiones no se toman por votación, sino por consenso, entendiendo por esto que todos los miembros alcanzan un compromiso con el que pueden sentirse cómodos. Al elaborar estrategias, los delegados de los grupos de afinidad pueden apoyar una propuesta, pero también pueden participar por solidaridad en un proyecto sin subscribirle. También pueden hacer constar algunas pequeñas reservas, o retirarse de una acción sin poner en cuestión su solidaridad con el conjunto del grupo. En casos extremos y poco frecuentes, pueden oponerse "moralmente" a una acción, forzando así la realización de una reunión de crisis.

En Seattle ha prevalecido la camaradería entre las organizaciones autónomas y la ausencia de una fuerte autoridad, a imagen y semejanza del mundo sano en que tenemos fe. Este enfoque es uno de los más prometedores. Tras Seattle, se puede creer que una gran huelga que desemboque en la desobediencia civil pacífica, tal y como la hemos practicado, podría derrocar no solamente a un gobierno, sino también a una estructura constitucional, si eso fuese lo que se desease. La próxima revolución será pacífica, o no será. Si esta conclusión es la de un numeroso grupo de testigos y de actores de los acontecimientos, Seattle pasará efectivamente a ser el nombre de este "viraje histórico" que aún debemos asumir. Con motivo de su presencia en la ciudad para comentar un documental realizado en 1998 en torno a la "operación Salami" que tuvo lugar en Montreal como protesta contra el Acuerdo Multilateral de Inversiones (AMI), Philippe Duhamel ha declarado que la desobediencia civil estaba buscando reglas fundamentales, haciendo una analogía con el recurso a la huelga, que hace cien años también carecía de métodos claros. La desobediencia civil tendrá un intento papel en la historia en tanto que sea objeto de ese tipo de búsqueda.

Algunos desesperados se han aprovechado de las barreras alzadas durante la operación de Seattle para cometer actos de vandalismo, pero casi todos los medios de prensa escrita de EE.UU., y algunos noticiarios televisivos, han señalado que los destrozos perpetrados han sido obra de un centenar de personas como mucho. Si bien los militantes pacíficos han denunciado unánimemente estos actos inútiles, en el Consejo realizado en la sede de Direct Action Network, la mayor parte de nuestros interlocutores ven a esta gente como un resultado de las estructuras económicas modernas: embutrecimiento audiovisual, represión antes que educación, precariedad, fascinación por el consumo... Nada excluye que se haya tratado también de una táctica política para justificar la extraordinaria represión policial (asociaciones como Amnistía Internacional piensan presentar una denuncia contra la policía de Seattle).
 

Foro Internacional


Las críticas contra las negociaciones de la OMC se han expresado formalmente el 26 de noviembre, con ocasión de un importante encuentro organizado por el Foro Internacional sobre la mundialización, en la gran sala, con aforo para más de 3.000 personas, del Symphony Hall. La mayor parte de los conferenciantes, que han hablado sin interrupción durante la noche del 26 de noviembre y durante todo el día 27, han insistido, casi unánimemente, en este "viraje histórico" (historical shift) que "Seattle" marcará en las relaciones contemporáneas entre "activistas" y las sociedades transnacionales apoyadas sin ambigüedad por los gobiernos. El público que llenaba el Symphony Hall a lo largo de todas las sesiones aprovechaba cualquier ocasión para recordar su victoria sobre el AMI. Igualmente, se organizaron de forma paralela decenas de conferencias, de simposios, de proyecciones de películas

El primero de los conferenciantes, Jerry Mander del International Forum on Globalization (EE.UU.), ha manifestado su emoción por ver a la sociedad civil "salir por fin de la bruma", y se ha felicitado porque también la prensa empieza a preguntarse por los efectos nefastos del capitalismo mundial. Ha trazado un panorama sombrío del contexto político y económico internacional: carne con hormonas impuesta a Europa en nombre del libre mercado, en perjuicio de la salud; desprecio de la diversidad cultural; anulación potencial de toda ley contra los organismos genéticamente modificados, pero (curioso proteccionismo) patentes sobre lo vivo protegiendo a las compañías que producen semillas genéticamente modificadas; desforestación sin posibilidad de reglamentación, pues violaría las sacrosantas leyes del mercado; automatización total a cualquier precio; competencia entre los países para establecer las peores medidas sociales; los muchos sobresaltos en el mercado de divisas; los países denominados cínicamente como "países en vía de desarrollo", atrapados en las redes del endeudamiento, proveyendo, cada vez más, de recursos naturales a los países del Norte, permitiendo al tándem FMI-Banco Mundial someter su economía local a todo tipo de depredaciones...

Jerry Mander puso en guardia a la sociedad civil contra el régimen que hacen rodar los jefes de la mundialización económica. Nada es fatal, nada es natural, en el proceso librecambista que se nos hace interiorizar. Si bien las transacciones y los cambios existen desde hace siglos, la estructura librecambista no ha sido nunca tan destructiva como ahora. El libre mercado ha sido instituido tras la Segunda Guerra Mundial para permitir que las mercancías llegasen a quienes las necesitaban, a precios decentes (de ahí los acuerdos aduaneros del GATT, antecesor de la OMC), y para alentar la reconciliación entre los pueblos. Pero a través de una perversa desviación el comercio se ha convertido en una dinámica represiva que trabaja literalmente contra los pueblos, el medio ambiente, las culturas y los recursos básicos. El librecambio se ha convertido en un "supersistema" orientado hacia el establecimiento de una monocultura.

Mander ha preguntado: ¿cómo el 20% de los ciudadanos estadounidenses han podido apropirse del 84% de los bienes nacionales? ¿Cómo hemos llegado a que el 52% de las mayores economías del mundo corresponden a sociedades transnacionales y solamente el restante 48% a los Estados más ricos? Ha solicitado una moratoria para estas enfermizas negociaciones.

Maude Barlow, del Consejo de los canadienses, ha presentado el problema del agua dulce como "el más urgente reto medioambiental". Mil quinientos millones de habitantes carecen de agua. Las previsiones sobre la distribución del agua anuncian días terribles alrededor de los años 2020-2025. La mayor parte de las empresas vierten sus desechos en los ríos. Con la OMC, las empresas están en condiciones para perseguir a los gobiernos que quieran mantener el control de la gestión del agua, y ya han intentado algunas medidas en ese sentido. Pero, como Maude ha declarado, "hay diferencias inconmensurables entre el reparto del agua y el comercio del agua".

Susan George, del Observatoire de la mondialisation (Francia), ha evocado con duras palabras los retos de la "batalla de Seattle". "La palabra guerra no es una metáfora". ¿Qué es una guerra? Una operación cuyo objetivo es el control de recursos naturales y humanos, para obtener un beneficio. "El hecho bélico no necesita armas o tanques", declaró apasionadamente.

El librecambio no es un hecho de la naturaleza, sino una maniobra que necesita reglas, "como toda la mafia". El librecambio es una ideología. El FMI asegura la libre circulación de capitales, el AMI trataba de imponer la libertad de inversiones, la OMC tiene como vocación la libre explotación y circulación de los bienes y servicios. La mundialización es una estructura sobrereglamentada que trabaja en el sentido de una hegemonía del gran capital. Aquí no pude hablarse de "intercambio".

Susan George mencionó que ciento sectores de actividad, los fundamentos mismos de nuestra existencia, corrían el riesgo de ser el objeto de las negociaciones. También reveló que los delegados presentes en Seattle habían sido intensamente alentados a seguir una formación (coaching) dispensada por una asociación empresarial. "Esta gente tiene poder, ellos determinan los reglamentos y después dicen a los negociadores qué deben hacer". Calificó el proyecto de la OMC como "re-reglamentación", que envía a las calendas griegas la idea según la cual el libre mercado fomentaría la "desreglamentación". "Estamos en plena disutopía", un neologismo de moda que ilustra las contorsiones que sufre la utopía neoliberal.

Martin Kohr, del Third World Network (Malasia) hizo esta sugestiva antimetábola: "La OMC mata a la gente, matemos a la OMC". Resaltó las extraordinarias contradicciones que, a pesar de su potencia, hacen de la OMC una institución mucha más frágil de lo que se cree.

Al modo de George Orwell, sugirió un abecedario con las palabras de doble sentido empleadas por la OMC. Por ejemplo, cuando ésta habla de "política de competencia" no se refiere al desmantelamiento de Microsoft, sino a proteger los monopolios. La palabra "consenso" tiene un extraño significado para la OMC: para los representantes de los pequeños países que deben tragarse la medicina, esta palabra evoca sesiones de torturas morales y amenazas económicas que fuerzan a los pequeños a unirse al juego de los grandes. "EE.UU. han declarado que en la OMC nunca habrá votaciones entre los países miembros. La democracia es peligrosa para la OMC", concluye Martin Khor.

Por su parte, Vandana Shiva, de la Research Fondation for Science (India), ha denunciado intensamente que la OMC "protege actividades que no deberían existir". En nombre del libre mercado, la OMC tiene el proyecto de prohibir a los países la adopción de sanciones económicas, incluso por asuntos relacionados con los derechos humanos (con este proyecto de la OMC, habría sido imposible desembarazarse del Apartheid). También denunció lo absurdo de crear una policía sobre las semillas agrícolas en nombre de la propiedad internacional.

Lori Wallach, del Global Trade Watch-Public Citizen (Estados Unidos ), ha desmitificado completamente la OMC, que "ni siquiera podría seguir existiendo si la gente comprendiese qué es". Wallach invitó al auditorio a participar en amplias campañas de información y ridiculizó a esta organización volcada al intercambio entre transnacionales ("It is corporate manage trade, not free trade"). "Si verdaderamente se tratase del librecambio, suprimirían las barreras comerciales y no habría leyes arancelarias. Pero, por el contrario, se nos dan documentos con centenares de páginas... ¿Qué tiene que ver esto con el librecambio?". Los pretendidos intercambios libres tienen lugar entre grandes grupos, frecuentemente entre sociedades con los mismos accionistas.

Tim Lang, del Centre for Food Policy (Inglaterra), se entristeció profundamente al constatar que el hambre sigue siendo "un arma" para someter a las poblaciones escogidas para tal fin. Tony Clarke, del Polaris Institute (Canada), preconizó la creación de gobiernos comunitarios, paralelos a las instituciones vigentes, en las que no podemos confiar.

No obstante, quedan importantes vacíos teóricos en cuanto a las estrategias a adoptar para aplicar los bellos principios morales y jurídicos reiterados en el Symphony Hall, y que se proponen erradicar "el mal".

Erradicar "el mal" suscitará el consenso, pero supone el paso a la acción, y está necesita ser hecha y ser reflexionada. ¿En qué se han convertido nuestros estrategas? Susan George, en la sesión de cierre del 27 de noviembre, hizo una vibrante alocución en favor del Estado, indicando que sin él no podría sostenerse nada entre las comunidades y las relaciones mundiales. Pero, en la víspera, ella misma veía en el Estado todo lo contrario de un aliado, y citaba el Manifiesto del Partido comunista: "el poder estatal moderno no es más que un comité ejecutivo encargado de gestionar los asuntos comunes de la burguesía". Algunos días más tarde, en un boletín de ATTAC, Susan George aplaudía la gesta pacífica de desobediencia civil que ha marcado la reunión interministerial de Seattle.

Si el Estado no se parece en nada a lo que desearíamos, es necesario pensar el paso de un Estado a otro. Pero, por el contrario, las intervenciones que tuvieron lugar en Symphony Hall repitieron, casi unánimemente, la descripción de cómo "el pueblo" estaba del lado de la justicia, subyugado por la oligarquía capitalista a la que haría frente. Este discurso roussoniano sobre la bondad del pueblo, enfrentada o corrompida por instituciones diabólicas, no puede convencer a un espíritu crítico. Basta con frecuentar a ese "buen pueblo" y a sus contradicciones para saber que está más interesado en los resultados del "partido" que en la guerra de Sierra Leona; que una campaña de información ciudadana sobre los abusos de una empresa puede irritarle más que la propaganda comercial de la misma empresa; que se identifica gustosamente a los productos y etiquetas de la sociedad de consumo, incluso cuando a ratos es capaz de dar prueba de sentido crítico. ¿Y quién diría que entre nosotros no hay quienes se alegran, más o menos discretamente, de la suerte infame que Occidente hace sufrir a los países "del Sur" y al Cuarto Mundo?

Las imágenes del "buen pueblo", opuestas de manera maniquea a las malvadas transnacionales, son una forma de ocultar el extraordinario trabajo teórico y pragmático -digamos político- que nos espera.

Las soluciones económicas requerirán también la implicación de filósofos, ensayistas y psicoanalistas, la de todos aquellos que se comprometan en un esfuerzo de reflexión incierta y densa, orientando la marcha en la dirección imprecisa que nos indican los autores de los actos de resistencia en Seattle. Sí, esas soluciones serán también asunto suyo. Y deberán convertirse en estrategas.
 
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