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La Oposición Democrática de Serbia ha obtenido en las elecciones del 23 de diciembre cerca de dos tercios de los votos y el 70% de los escaños en el Parlamento serbio. El hasta hace pocos meses todopoderoso SPS de Milosevic no ha alcanzado ni un 15% de los votos, mientras que la Izquierda Unida Yugoslava ha sido barrida del mapa, apenas con un 0,5%. Se anuncia que el nuevo jefe del gobierno será Zoran Djindjic, líder del Partido Demócrata.
Desde finales de septiembre de 2000 hasta ahora, pocos días antes del cambio de siglo, Serbia ha dado pasos de gigante hacia la recuperación de la democracia, desafío en el que debe recibir todo el apoyo de la comunidad internacional.
La tarea no será fácil. El pueblo serbio, que se dejó arrastrar en su mayoría por la locura asesina y genocida del nacionalismo, ha reaccionado, por fin, contra la degradación de sus condiciones de vida y contra un estado de guerra permanente que, aunque agredía a otros pueblos con brutal infamia, no lograba conseguir las grandes victorias prometidas. Superar el estado lastimoso en que se encuentra la economía serbia, con un 30% del Parlamento en manos de grupos ultranacionalistas y fascistas dispuestos a atizar contra la democracia los males que ellos mismos causaron, es una labor que requerirá coraje político, compromiso ciudadano y ayuda internacional. Pero es una labor que debe ser cumplida.
Durante los últimos diez años, Milosevic ha entregado el país en manos de mafias cercanas a él que se han enriquecido escandalosamente mientras la población empobrecía. La producción serbia en 1999 era la tercera parte de la de 1989, y la tasa de paro pasaba del 30%. El salario mensual medio equivalía en 1990 a 750 marcos, pero ahora era de sólo 90 marcos, mientras que en Eslovenia equivale a mil marcos.
La creación de una sociedad democrática en Serbia, capaz de integrarse en Europa, tiene varios retos planteados:
- La consolidación de instituciones democráticas, el desmantelamiento de toda la estructura autoritaria del Estado y la reforma de la Constitución.
- La cancelación de todos los afanes belicistas y el establecimiento de relaciones pacíficas con Montenegro, Kosovo, Bosnia y el conjunto de países de la zona balcánica.
- La mejora de la situación económica y del nivel de vida de los ciudadanos, así como el desarrollo de un marco de derechos laborales y de libertad sindical y asociacionismo cívico con agentes autónomos respecto al Estado.
Si la democracia serbia es capaz de sentar en el banquillo
a Milosevic y a otros altos miembros del viejo régimen, acusados
de abuso de poder y apropiación indebida, merecerá todo nuestro
aplauso por ello, más aún si recordamos que en España
no fuimos capaces de hacer lo mismo con los jerifaltes de la dictadura
franquista. Ahora bien, si Milosevic fue malo para la propia Serbia, para
Bosnia o Kosovo fue un genocida de la peor especie. La Haya le espera para
procesarle por ello. En eso, ni un paso atrás.
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