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Gonzalo Sichar Moreno es Coordinador de Maestrías de la Universidad Autónoma de Madrid en Guatemala. Artículo publicado en Iniciativa Socialista número 54, otoño 1999
Una de las labores más arduas tras los enfrentamientos bélicos
es la reconstrucción del tejido social y el fortalecimiento de una
sociedad civil que durante el periodo anterior ha estado subordinada al
poder militar del bando dominante en su territorio. Está claro que
las firmas de paz, en el mejor de los casos, suponen meros propósitos
de intenciones que de nada sirven si no van acompañadas de políticas
de desarrollo (o al menos de reconstrucción de infraestructuras)
y de algo que se suele olvidar (en la mayoría de los casos intencionadamente):
la educación para la paz. Otro aspecto muy importante es acabar
con la impunidad que durante la guerra concedió cada bando a sus
héroes que “mantuvieron a raya al enemigo”. Pero aún cuanto
se cumpliera todo ello la paz no sería firme y duradera a menos
que se lograse democratizar una sociedad que durante el periodo bélico
vivió más cumpliendo las órdenes de la estrategia
militar que la voluntad popular. En las épocas de guerra los Estados
Mayores de la Defensa adquieren mayor poder real que el Gobierno y el Parlamento
(en el caso de ejércitos regulares) y las Comandancias Generales
dominan a los aparatos políticos de los movimientos insurgentes
(si hablamos de guerrillas).
La teoría de las Relaciones Internacionales, además,
nos dice que nunca ha habido guerras entre dos democracias (1), y si repasamos
la historia de la humanidad no encontraremos demasiados ejemplos que invaliden
esta teoría. Es por ello fundamental para que una sociedad viva
en paz que se democratice, y cuanto mayor grado de democracia alcance tanto
más difícil será que los conflictos los resuelva por
la vía violenta, ya que uno de los grandes méritos del proceso
democrático es que permite que los problemas afloren a la superficie
para poder ser debatidos y resueltos antes de que alcancen su punto álgido.
Se suele discutir mucho acerca de si en Estados que han sufrido guerras
los procesos de pacificación que llevan a cabo democratizan el sistema
político o si es a la inversa, que la democratización posibilita
la paz. En la mayoría de los casos son procesos simultáneos
y que tienden a retroalimentarse, y por contra, si falla uno el otro suele
fracasar también. Por ejemplo, en la paz impuesta a Bosnia no se
vislumbra ningún atisbo de democratización en la sociedad
(pese a todas las instituciones democráticas de los acuerdos de
Dayton) y el peligro de que resurja la guerra una vez abandonen el territorio
las fuerzas internacionales no lo niega ni el más optimista. En
la deficiente paz entre Rusia y Chechenia (contagiando la tensión
a otras repúblicas caucásicas) también hay una gran
carencia democrática en ambos bandos y la paz pende de un hilo.
En muchos de los conflictos africanos la falta de democracia es uno de
los principales factores de guerra que sumados a las fronteras artificiales
trazadas con tiralíneas después de las colonias sin tener
en cuenta a los pueblos y su historia hacen de esta región una bomba
permanente.
En los numerosos procesos de pacificación llevados a cabo en
América Latina el factor democrático es básico. En
una sociedad verdaderamente democrática la inmensa mayoría
de los actores sociales del país participarán en la nueva
concepción del Estado y en la reconstrucción nacional. Si
compartimos el supuesto de que cuantos más sectores sociales participen
en la reconstrucción nacional hay más garantías de
una paz firme y duradera, será lógico estar de acuerdo con
llevar la democracia a los máximos niveles de participación.
Es decir, no conformarse con que haya mayor nivel de participación
en los eventos electorales sino en trabajar por llegar a una democracia
plena construida desde lo local y la participación de la sociedad
civil.
Si tomamos la definición de Democracia de Lindblom como “un
sistema en el que el electorado: 1) incluye a todos los miembros adultos
y cuerdos de la sociedad; 2) es soberano. Para ser soberano, un electorado
debe cumplir dos condiciones: 2a) estar informado; 2b) no debe haber ninguna
clase minoritaria estable que sea privilegiada (es decir, que posea un
poder político al menos equivalente al de los representantes elegidos
y no comparable con el de ningún otro grupo estable)” [Citado en
Schweickart (1997), p. 305], nos opondremos al modelo liberal de democracia,
que consiste únicamente en la participación política
a través del voto. Y “no cabe duda que no es lo mismo votar informado
que votar desinformado. No es lo mismo votar habiendo comido ese día
que con tres días con el estómago vacío” [Martínez
Bullé-Goyri (1996), pp. 241-242.]. Habrá que hacer un arduo
trabajo para que la información llegue a toda la población
y también se deberán llevar a cabo políticas encaminadas
a reducir los altos niveles de pobreza para que no haya prisioneros del
«voto hambriento». Hasta Joao Soares —ex-secretario general
de la OEA— advierte que “mientras la libertad de vivir esté vedada
para los grandes grupos de la población de las Américas,
la democracia de que disfrutan los demás ciudadanos del continente
será incompleta e imperfecta y correrá el peligro de desmoronarse”[
Díaz (1997), p. 183]. Hernando de Soto —ex-asesor de Fujimori y
por tanto nada sospechoso de tener ideas revolucionarias— llega más
lejos al decirnos que “en América Latina no existe una economía
de mercado para todos [...] no existe democracia [y que] nos engañamos
y hasta engañamos a los países desarrollados haciéndoles
creer que vivimos en una democracia”[ Díaz (1997), p. 185]. Y es
que “democracia no es sólo elecciones limpias; democracia es participación
real de las comunidades en su propia vida”[ Villoro (1996), p. 184] y en
esto es en lo que se debe incidir. El que la democratización de
la sociedad deba iniciarse en los ámbitos que determinan la experiencia
cotidiana de los hombres, es decir, en el nivel económico-social,
ya que es “el fundamento y sustento de toda la sociedad en última
instancia”[ Saña (1998), p. 27], está demasiado alejado del
«pensamiento único» como para que en los círculos
dominantes se pueda tan siquiera insinuar. Ha habido casos, como el socialismo
autogestionario de Yugoslavia, donde, por tener menor libertad política,
aunque gozase de mayor democracia en las relaciones de producción,
desde «el mundo libre» siempre se les tildó de dictatoriales.
Pero para que haya una sociedad en la que la resolución de los conflictos
sea pacífica, necesita de ambos ámbitos de democracia: el
político y el económico. De este modo no habrá clases
dominantes con mayor poder que el Legislativo (y si la democracia política
funciona bien decir Parlamento equivaldría a hablar de voluntad
popular) y que, por tanto, pudieran ejercer sus privilegios y abusos al
margen de las relaciones democráticas y por consiguiente podrían
oscurecer la voluntad de la sociedad.
Sobre la importancia de llevar la democracia al nivel económico
nos debería de convencer la postura de William Buckley, opinión
compartida por muchos grandes empresarios, al decir “dadme el derecho a
gastar mis dólares como me plazca y, si tengo que elegir, os cederé
a cambio mis derechos políticos, seguro que con esta transacción
—y supuesto que entre las cláusulas del contrato se incluya la imposibilidad
de que se tome decisión política alguna que afecte a mi soberanía
sobre mis dólares— habré incrementado mi dominio sobre mis
propios asuntos”[ Citado en Schweickart (1997), p. 313].
Si en todos los conflictos armados es importante el componente democrático,
aún juega un papel más preponderante cuando hablamos de guerras
civiles, debido a que los antiguos beligerantes ahora van a tener que convivir
en la misma sociedad y territorio. Y si el motivo de la guerra fue por
lucha de clases (como ocurrió en la mayoría de las guerras
latinoamericanas) entre un pueblo desposeído —ayudado por guerrillas
en bastantes casos, pero a veces también atacado por ellas— contra
un gobierno/ejército colaboracionista de las clases pudientes, el
problema que va a enfrentar el proceso de paz es la negativa de la clase
dominante a ceder su poder ante las futuras estructuras democráticas
que pudieran surgir de los acuerdos de paz.
Un ejemplo clásico de esta negativa de ceder poder es la oposición
de las clases dominantes y sus gobiernos —ya “demócratas” o se trate
de dictaduras— a la formación de cooperativas y otras formas de
producción y comercialización democrática y autogestionaria.
Las cooperativas no sólo logran independencia a los campesinos y
les evita tener que emigrar a las grandes plantaciones trabajando en condiciones
infrahumanas por un mísero salario, además les obliga a invertir
un porcentaje de los excedentes en gastos sociales, con lo que consiguen
unos beneficios para la comunidad que no lograrían si sus pobladores
se dedicasen a trabajos por cuenta ajena.
En las comunidades indígenas donde se rigen por ellas están
muy entremezcladas las funciones de la cooperativa con la vida comunitaria
y las obligaciones de los asociados con sus obligaciones como miembros
de la comunidad. Esto es debido a la relación tan estrecha entre
su trabajo y su forma de vida, que sólo se entiende apelando a su
propia cosmovisión, como manifestaron en la Declaración de
San José, de 1981: “Para los pueblos indios la tierra no es sólo
un objeto de posesión y de producción. Constituye la base
de su existencia en los aspectos físico y espiritual”[ Citado en
García (1996), p. 158-159]. La cosmovisión india tiene un
alto sentido democrático y, como no separan producción agrícola
(tierra) con el resto de su vida, es lógico que también su
sistema productivo sea democrático. Cuando hablamos de este sentir
democrático en el pensamiento indio no lo hacemos engañándonos
por mitificaciones sino apelando a la renovada cosmovisión indígena.
Es decir, que “cuando los indígenas o los negros de hoy presentan
su cosmovisión, no están haciendo una pura reconstrucción
del pasado, sino que están proponiendo su cosmovisión actual,
inspirada, por cierto, en la de sus antepasados, pero también renovada
y purificada a lo largo de estos siglos de presión y resistencia”
[Girardi (1994), p. 26.]. “No se trata de hacer defensa a ultranza ni de
idealizar hechos y sucesos que ocurrieron en contextos específicos,
es más bien emprender una búsqueda de lo positivo con el
fin de perpetuarlo en nuestra generación y en la que educamos actualmente”[
Gómez (1997), p. 69.].
Si tomamos el caso concreto de Guatemala, en pleno proceso de pacificación,
la oposición a las cooperativas se manifestó de la forma
más cruel. La situación de violencia en este país
lleva ya largos siglos, con la única interrupción (relativa)
del periodo 1944-54, en los llamados gobiernos democráticos o revolucionarios.
Pero desde la intervención de la CIA en 1954 y sobre todo desde
la aparición de grupos guerrilleros a principios de los ‘60 la violencia
creció a límites inimaginables. Y, a pesar de que en la violencia
indiscriminada (1981-83) no hubo distinción, en las etapas de represión
selectiva fueron los líderes cooperativistas y sindicales junto
con todos aquellos que luchaban por una democracia política o económica
los más brutalmente aniquilados.
La necesidad de los campesinos de organizarse para producir más
teniendo pocos recursos tiene el riesgo de llevarles a ser el punto de
mira de los sectores más reaccionarios del agro y del ejército,
ya que nunca han visto bien a las cooperativas, acusándolas en muchas
ocasiones de trabajar para la guerrilla. Pues, aunque “el sector cooperativo
antes de la etapa de la violencia política, se encontraba consolidado
orgánicamente, y a nivel económico era un sector dinámico
[y] las comunidades que tenían cooperativas eran prósperas
[y] contaban con puestos de salud, tiendas de consumo, [...] secadoras
de cardamomo, escuelas, trilladoras de arroz,...”[ Gutiérrez (1989),
p. 11], ya en los ‘70 “el ejército empezó a poner un control
más fuerte sobre las cooperativas y decía que toda la organización
que había alcanzado no era por ser campesinos trabajadores sino
porque la guerrilla estaba dando ideas y todo” (2). Además, en esta
visión de los militares se aprecia gran dosis de racismo y clasismo
al suponer que los campesinos (en su mayoría indígenas) por
sí solos no sabrían sacar adelante una explotación
agrícola.
Hay que señalar que las represiones sistemáticas a estos
sistemas democráticos se hicieron en nombre del anticomunismo acusando
al “comunismo” (3) de totalitario y restrictivo de las libertades.
Por eso no es de extrañar que gobiernos “democráticos” como
el caso de los Estados Unidos se prestaran a brindar apoyo a los genocidas.
Y es que cuando la democracia entra en confrontación con la libertad
(de mercado) es más valorada ésta que aquella por los Estados
capitalistas. Estos comportamientos tiránicos de las “democracias”
en tierras ajenas no debe de extrañarnos si partimos del nacimiento
de las “democracias” occidentales: “la burguesía utilizó
el sistema parlamentario contra las mismas clases populares que había
movilizado para combatir a la nobleza”[ Saña (1998), p. 25]. Tal
vez sostener la tesis de Saña de “que el parlamentarismo es un reflejo
de la democracia indirecta o representativa, y, por ello, la negación
de la democracia directa o gobierno del pueblo”[ Saña (1998), p.
25] es ir demasiado lejos pero tiene bastante de razón. “La praxis
parlamentaria conduce, en mayor o menor grado, a una despolitización
del ciudadano, que se acostumbra a ceder la iniciativa a los profesionales
del poder y de la gestión pública. Eso explica, entre otras
cosas, el incremento del abstencionismo electoral y del retroceso todavía
más acelerado del asociacionismo, tanto político como sindical”[
Saña (1998), p. 26]. Y una vez despolitizado, se le tiende a mostrar
que todos los candidatos son iguales, lo que beneficia la llegada de “mesías”
y “salvadores de la patria” como Fujimori, Ríos Montt, Chávez...
El lenguaje conservador nos dice que hay que disminuir el papel del
Estado y fortalecer el mercado. Incluso se atreve a decir que de esta manera
se refuerza la sociedad civil porque la iguala al sector privado y la contrapone
con el público. Pero reforzar la democracia participativa no se
debe confundir con dar un mayor protagonismo a la sociedad civil restando
poder al Estado (4) y, por tanto, favorecer a la iniciativa privada frente
a la pública. En el modelo tardoliberal se critica sistemáticamente
al Estado para minimizarlo, se despolitiza a la Sociedad Civil y
al tratar al Mercado como dicotomía irreconciliable con el Estado
queda en las manos de los intereses privados corporativos. Ante esto podemos
hacernos la pregunta que se hacía Torres-Rivas: “¿Estado
mínimo, mercado oligopólico y democracia plena?”[ Torres-Rivas
(1992), p. 14.]. Entre otras razones la respuesta es “no” porque en el
seno del mercado totalmente libre se producen fuerzas oligopólicas
que niegan al propio mercado, como reconoce Galbraith en su teoría
del sindicato como fuerza equilibradora, y que si no se dispone de mecanismos
estatales de redistribución del poder cada vez la economía
se va a parecer menos a la tan teóricamente querida por los liberales
competencia perfecta. “El propósito final de la participación
e integración sociales es la capacidad de participar en el debate
político” [ Torres-Rivas (1992), p. 17] y para ello habrá
que construir una democracia participativa y no sólo electoral,
aunque, por supuesto, la existencia de elecciones es condición necesaria,
y con esto nos estamos alejando también de los mesianismos de izquierdas
que al creerse con una ideología “que defiende al pueblo” no les
hace falta escucharlo mediante consulta electoral.
Con lo anterior estamos diciendo que sin elecciones no hay democracia
pero que puede haber elecciones pluripartidistas y no existir democracia.
En otras palabras, las elecciones son condición necesaria pero no
suficiente para la democracia. Incluso puede haber elecciones “limpias”
y carecer de democracia. Pues, aparte de lo visto en las condiciones sociopolíticas
y económicas de Lindblom y en las reflexiones de Joao Soares y de
Hernando de Soto, en Estados recién salidos de una guerra o donde
aún sin haberse librado una guerra hay gran violencia estructural
es difícil que haya democracia aunque no se produzca ningún
pucherazo en las urnas. Sin embargo, las organizaciones internacionales
veladoras de procesos democráticos (como la OSCE, UE, OEA, ONU,
OUA...) muchas veces no detectan estas situaciones como falta de democracia.
En la primera vuelta de las elecciones presidenciales, legislativas,
municipales y para el Parlacen de Guatemala, en 1995, encontramos ejemplos
claros de un proceso electoral oscuro pese a los informes positivos de
organismos internacionales. El único incidente de importancia que
reflejaron los observadores internacionales acreditados fue un apagón
de quince minutos en gran parte del país durante el recuento y que
en muchas mesas sólo portaban linternas los del Partido de Avanzada
Nacional, el que saldría ganador. Los observadores internacionales
dieron las elecciones por válidas. Aún supongamos que realmente
el apagón no distorsionase los resultados de una forma significativa
(como parece que así fue) o incluso imaginemos que no se hubiese
producido, ¿habrían sido limpias esas elecciones?. Aunque
para un observador internacional, que llega pocos días antes de
la consulta y que prácticamente se encarga de vigilar que no haya
intimidaciones a la hora de ejercer el voto, cambio de papeletas, asesinatos
de electores y candidatos,... las elecciones pueden darse por válidas,
no son limpias porque en Guatemala hay un control del voto que va mucho
más allá de las fechas de la contienda electoral:
Los antiguos Comisionados Militares y los antiguos Patrulleros de Autodefensa
Civil (hipócritamente denominados desde la democracia de 1986 Comités
Voluntarios de Defensa Civil) todavía ejercían en 1995 un
control férreo sobre muchas comunidades rurales. De hecho en las
zonas más devastadas por la política contrainsurgente de
Ríos Montt es donde su partido FRG consiguió mejores resultados.
Esto no es por la incultura de los indios, como salió publicado
en un diario guatemalteco de gran tirada, sino porque precisamente en esas
zonas es donde mayor control les quedó a estas organizaciones paramilitares.
Y esto no lo detectan los supervisores internacionales.
También muchos finqueros entregan las papeletas a sus colonos
y éstos no tienen otra alternativa electoral si quieren conservar
su trabajo esclavizante. Y esto no lo detectan los supervisores internacionales.
En muchas comunidades muy pobres los partidos entregan regalos a los
pobladores; si después hay menos votos que regalos llegan las desapariciones.
Y esto no lo detectan los supervisores internacionales.
La mayor parte de los campesinos que comenzaron a retornar en 1993
del refugio mexicano carecían de cédulas de vecindad y del
empadronamiento electoral; a partir de 1996 ya se agilizó su documentación,
por tanto, sólo un mínimo porcentaje pudo votar en 1995.
Y esto no sólo no se detecta por los observadores internacionales
sino que reduce los datos oficiales de la abstención (5).
Hubo un caso en Chisec (ubicado en el departamento de Alta Verapaz,
mayoritariamente q’eqchi’) donde retornados mam fueron a votar; tenían
todos los papeles correctos pero sus apellidos les delataron su condición
de retornados (a los que se les asocia con la guerrilla y el Frente Democrático
Nueva Guatemala) y en la mesa les preguntaron que por qué estaban
en Chisec. En este caso se atrevieron a votar pero la intimidación
(que no fue detectada por observadores internacionales, porque no había,
ya que no hay suficientes para cubrir todo el país) les podía
haber hecho perfectamente darse la vuelta sin votar.
El control del Ejército sobre las comunidades parece que no
va a menguar pese a que contradice el “Acuerdo sobre Fortalecimiento del
Poder Civil y Función del Ejército en una Sociedad Democrática”,
firmado por el Gobierno y la Unidad Revolucionaria Nacional Guatemalteca
(URNG) el 19 de septiembre de 1996 en México. La Coordinadora Regional
de Derechos Humanos de Ixcán (CORDHI) denunció que soldados
se presentan en diferentes comunidades y las «invitan» a crear
un comité de apoyo a la institución castrense. El 14
de septiembre militares fuertemente armados se presentaron en las comunidades
de retornados Victoria 20 de Enero, Cuarto Pueblo, Pueblo Nuevo y Mayalán
a izar banderas en las escuelas. También indicaron que los pobladores
de las comunidades son invitados a integrar los “comités de la amistad,
seguridad para el apoyo al Ejército”, y les proponen apoyo directo
a proyectos de desarrollo, como construcción de viviendas, introducción
de agua, luz y otros. Esto hace pensar a la población que surjan
grupos similares a las PAC.
Vemos, pues, que pueden producirse situaciones de elecciones sucias
que los observadores internacionales de tan prestigiosas organizaciones
no detectan. Pero aún en el caso de que no hubiese este tipo de
amenazas socavadas a la población que les impide votar con verdadera
libertad, “hay métodos de emplear la riqueza para aumentar la probabilidad
de que el resultado final de un proceso nominalmente democrático
refleje los intereses de los ricos:
La creación de fundaciones e instituciones privadas destinadas
a estudiar las maneras de proteger y potenciar sus intereses y de elaborar
una «legislación modelo».
La creación también de foros de debate de financiación
privada para reunir a altos cargos de la administración, intelectuales
afines y dirigentes de grandes empresas que respalden sus posiciones.
Los propietarios de los principales medios de comunicación [...]
pueden movilizarse contra las campañas políticas contrarias
a los intereses generales de su clase (6).
Otra forma es la contribución con fuertes sumas de dinero a
las campañas electorales. Y normalmente los partidos que defienden
políticas populares encuentran serias dificultades para encontrar
financiación privada. En el sistema democrático el dinero
con el que se cuenta para una campaña es muy definitivo para las
posibilidades de triunfo. Díaz refleja cómo en las elecciones
estadounidenses del 8 de noviembre de 1994 en 29 de las 35 (82,86%) competencias
para el Senado ganó el candidato que más gastó; y
en la Cámara de Representantes, 364 de los 421 (86,46%) ganadores
fueron los mejor financiados[Díaz, (1997), p. 187].
Si estamos asistiendo a un sistema nominalmente democrático
pero que en realidad refleja los intereses de los ricos, es decir, de una
pequeña parte de la población, el sistema está teniendo
un déficit democrático tan grande que podríamos no
sólo decir que es la negación de la democracia directa —como
decía Saña— sino que sencillamente no es democrático.
Y si nuestra tesis con la que comenzábamos de que “sin democracia
no hay paz” es cierta estamos en un sistema de paz inestable en la mayoría
de los Estados donde en estos momentos no hay guerra abierta. Galeano veía
muy bien esta relación de riqueza-pobreza-represión-guerra
cuando decía que “la injusticia social se reduce a un asunto de
policía. Si los conjuntos de individuos ya no forman pueblos sino
sociedades de consumo, y el consumo está vedado al ochenta por ciento
de la humanidad, el orden mundial depende de la aplicación implacable
de la represión y el olvido” (7). De forma que para que unos pocos
sigan disfrutando de tanto a costa de que muchos no tengan ni lo básico
sólo se podrá mantener por la vía de la fuerza, la
represión y, si hay respuesta popular, también por medio
de la guerra. De modo que aunque desapareciese el comunismo no terminaría
el anticomunismo, como prueban la feroz represión gubernamental
y paramilitar contra las poblaciones de Chiapas, Oaxaca y Guerrero con
la excusa de la presencia de guerrillas (sin apoyo del desaparecido bloque
comunista), la continuidad de los escuadrones de la muerte en El Salvador
y Guatemala (ya sin guerrillas comunistas) y en Honduras (donde nunca operó
una guerrilla significativa).
El belicismo anticomunista no tiene fronteras. Mucho antes de que conocieran
fenómenos como la globalización, la transnacionalización,
la internacionalización de la economía, las operaciones anticomunistas
rebasaron las fronteras. “Si la política exterior occidental hubiera
estado determinada por la democracia, más que por el anticomunismo,
parece razonable suponer que los Estados Unidos (por circunscribirnos al
principal protagonista):
1) No habrían enviado tropas a Rusia en 1918 para combatir la
revolución; 2) no habrían visto tan favorablemente la toma
del poder en Italia por parte de Mussolini ni habrían apoyado tan
fácilmente la política de «contemporización
económica» de Hitler; 3) no habrían apoyado el acceso
al poder, en los años treinta, de las dictaduras «patriarcales»
en América Central y el Caribe (Hernández Martínez
en El Salvador, Somoza en Nicaragua, Ubico en Guatemala, Carisa en Honduras,
Trujillo en la República Dominicana, Batista en Cuba...); 4) habrían
ayudado a la República española en su lucha contra la sublevación
antidemocrática de Franco (que gozó del apoyo material y
personal tanto de Hitler como de Mussolini); 5) no habrían apoyado
al corrupto gobierno de Chiang Kai-Shek en China; 6) no habrían
respaldado los esfuerzos de los franceses por recobrar el control sobre
Indochina después de la Segunda Guerra Mundial; 7) no habrían
insistido en la partición de Corea a raíz de la Segunda Guerra
Mundial ni habrían favorecido la instauración de una brutal
dictadura de derechas en el Sur [...]; 8) no habrían urdido el derrocamiento
del gobierno iraní y la entronización del Sha en 1953; 9)
no habrían orquestado la destrucción de la democracia en
Guatemala en 1954 ni favorecido la proliferación de gobiernos militares
tanto en aquel país como en El Salvador y en Honduras; 10) habrían
reconocido el derecho de los pueblos vietnamita, laosiano y camboyano a
elegir su propio futuro, con lo que habrían evitado la guerra del
Vietnam; 11) no se habrían opuesto durante tantos años a
las luchas por la liberación de los negros en Sudáfrica;
12) no habrían mirado a otra parte (por emplear un eufemismo) cuando
los militares indonesios ocuparon el poder en 1965 y aniquilaron a cerca
de un millón de «comunistas»; 13) no habrían
ayudado e instigado el establecimiento de gobiernos militares espantosamente
crueles en la mayor parte de Sudamérica durante los años
sesenta y setenta; 14) no habrían protegido la dictadura de Marcos
en Filipinas, desde su establecimiento en 1972 hasta casi sus últimos
momentos en 1986; 15) no habrían financiado movimientos insurgentes
criminales contra los gobiernos populares que accedieron al poder en los
años setenta tras derrocar a un dictador odiado o a un poder colonial
(Nicaragua, Angola, Mozambique...; 16) no se habrían esforzado incesantemente
[...] en destruir Cuba”(8); 17) no habrían invadido Granada; 18)
no habrían apoyado la subida al poder de Noriega; 19) tampoco habrían
invadido Panamá años después; 20) no habrían
derrocado a Lumumba favoreciendo a Mobuto en Zaire; 21) no habrían
esperado a apoyar a Kabila contra Mobuto a que el primero renunciase al
marxismo y aceptase la economía de mercado (9); 22) no estarían
apoyando al gobierno colombiano en materia contrainsurgente; 23) no habrían
apoyado a Israel hasta la saciedad en su represión contra palestinos
y otros pueblos árabes (libanés, egipcio, sirio,...; 24)
no habrían apoyado a las guerrillas islamistas contra el gobierno
comunista de Afganistán.
Esta lista es un resumen escueto de las largas atrocidades que el anticomunismo
ha cometido en nombre de la libertad. Con ello no estamos diciendo que
el comunismo no haya cometido sus masacres y genocidios (Stalin, Pol Pot
(10) y Sendero Luminoso, son ejemplos bien crueles). Ni siquiera entramos
en una valoración comparativa de quiénes fueron peores. Ante
vidas humanas es absurdo hacer comparaciones cuantitativas sobre el número
de víctimas. En lo que sí enfatizamos es en el carácter
no democrático de las políticas exteriores de las “democracias”
occidentales y que es precisamente su condición no democrática
la que está conduciendo a tantísima guerra.
En la editorial del New York Times, del 6 de agosto de 1954, tras el
derrocamiento de la democracia guatemalteca y sólo un año
después de la reinstauración del Sha de Persia, se daba una
clara advertencia de la que sería la política de Estados
Unidos con su patio trasero y, desgraciadamente, con patios mucho más
alejados: “los países subdesarrollados con recursos ricos tienen
ahora una lección objetiva en los altos costos que debe pagar uno
de ellos que se enloquece de fanatismo nacionalista”[Citado en Chomsky
y Herman (1981), p. 76]. Lamentablemente esta doctrina no es del pasado
sino que Madeleine Albright, Secretaria de Estado, se encargó de
dejarnos bien clara su vigencia: “Uno de los objetivos prioritarios de
nuestro gobierno es el de asegurar que los intereses económicos
de los Estados Unidos puedan extenderse a escala planetaria” (11).
Por no hablar siempre del principal protagonista anticomunista, veamos
el caso de España. Su participación en la guerra del Golfo
se hizo por decisión del Ejecutivo sin consultar con el Congreso
de los Diputados. Como el resto de Estados, lo hizo por intereses económicos,
no para acabar con el imperialismo dictatorial de Sadam Hussein. La reinstauración
de la dictadura kuwaití lo reconfirmó. Pero lo que quiero
destacar aquí es la falta de consulta con el Legislativo. Es muy
probable que, dada la representación parlamentaria, si se hubiera
preguntado a la Cámara Baja la respuesta también habría
sido favorable a la guerra. Pero lo importante es resaltar que no hubo
consulta, que no hubo participación democrática para entrar
en esa guerra. Y, yendo más lejos, si en lugar de escuchar a los
grupos parlamentarios se hubiese hecho al pueblo (democracia más
participativa), en este caso quizá sí que hubiese habido
una respuesta pacifista.
Entre las hipocresías del mundo figura el que los mayores exportadores
de armamento pertenecen de forma permanente al Consejo de Seguridad de
la ONU y con derecho a veto. A poca visión empresarial que se tenga
se supondrá que estos vendedores no van a hacer grandes esfuerzos
por paralizar guerras, sobre todo si se dan en zonas suficientemente alejadas
de ellos como para hacer tambalear otros intereses económicos. La
escasez democrática de la ONU provoca que no se mire por el mismo
rasero a Libia, Irak, Somalia que a Israel y Estados Unidos. Las violaciones
de derechos humanos cometidas por cascos azules en Somalia o fuerzas internacionales
amparadas por la ONU en la guerra del Golfo nunca serán castigadas
porque, como dice un proverbio africano, “hasta que los leones tengan sus
propios historiadores, las historias de caza seguirán glorificando
al cazador”, y las actuaciones de la ONU carecerán de transparencia
mientras no aumente su democracia interna.
Normalmente cuando se habla de procesos de pacificación se incide
únicamente en los comportamientos de los beligerantes pero en un
mundo tan interrelacionado también habrá que incidir en las
actuaciones de los Estados poderosos y de los exportadores de armas. Campañas
como «Hay secretos que matan», realizada por Médicos
Sin Fronteras, Greenpeace, Amnistía Internacional e Intermón,
para dar mayor transparencia al comercio de armas español, supone
frenar guerras a la vez que democratizan la propia sociedad española.
Una vez más vemos como democracia y pacificación están
estrechamente unidas.
Lograr sociedades más democráticas frenarán muchos
conflictos. Y en este sentido damos mucha importancia a la necesidad de
información de la que hablaba Lindblom. ¿Cuántas veces
el pueblo estadounidense se ha justificado por las atrocidades de su Gobierno
y de la CIA alegando que no sabía nada?
Concluyendo, podemos asegurar que en situaciones de guerra va a haber
una pérdida de democracia (en el caso de que hubiera democracia
anteriormente) ya que los aparatos militares (jerárquicos) se van
a imponer a los políticos (democráticos). Por otra parte,
el fortalecimiento democrático va a dificultar que la solución
de los conflictos se haga por la vía armada. Y este fortalecimiento
de la democracia deberá hacerse no sólo en los Estados considerados
dictatoriales sino en todos, ya que la historia nos está demostrando
cómo las “democracias” (12) occidentales tienen frecuentes comportamientos
antidemocráticos.
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